martes, 30 de diciembre de 2025

La izquierda zombi

Allá por los primeros tiempos del poscapitalismo, antes de la crisis de 2008, se hizo famosa una serie protagonizada por manadas de zombis. The Walking Dead mostraba un mundo infestado por unas criaturas que deambulaban de aquí para allá, sin pies ni cabeza, sin ser conscientes ni siquiera de que estaban muertos (de ahí el nombre de la serie). Frente a ellos, los únicos supervivientes eran aquellos que tomaban conciencia del peligro, se unían a otros como ellos y se organizaban. 

De las muchas metáforas que se podían sacar de la serie de marras, una apuntaba a que aquellos que llevaban el individualismo al extremo de no reconocer a sus semejantes ni siquiera su propia situación habían perdido su condición humana y, por tanto, podían ser abatidos sin remordimientos por aquellos que seguían considerándose humanos. La posterior crisis de 2008 y el surgimiento de movimientos insurreccionales contra la gestión de la misma parecía demostrar que, a la hora de luchar contra un enemigo más poderoso, había dos cosas que nunca se podían perder: la conciencia y la unidad. 

Más de 15 años después, la izquierda española, al igual que en el resto de Occidente, se enfrenta al advenimiento de una versión más salvaje y dictatorial del turbocapitalismo. Y, al menos en España, lo hace menos unida y menos consciente que nunca. Hasta el punto de que muchas veces recuerda a aquellos fiambres ambulantes de The Walking Dead.

Sobre la falta de conciencia, basta con observar las numerosas meteduras de pata de altos cargos de Podemos y figuras mediáticas de Canal Red (o a la inversa, que tanto da), que demuestran su absoluta desconexión del pueblo al que dicen defender. Hace un mes, un dirigente de Podemos llamaba “ineptos, idiotas y jetas” a 2 millones de trabajadores autónomos, muchos de los cuales son o pueden ser votantes de este partido. El muy memo ignoraba que los miles y miles de profesionales creativos (ilustradores, editores de vídeo, fotógrafos) distan mucho de los dueños de restaurantes y talleres. Completamente alejado desde hace años de la realidad de las clases trabajadoras, Podemos es –como todo ente endogámico- un partido condenado a la desaparición. 

No extraña, por tanto, que Podemos siga a la baja en las encuestas, por debajo del 5% (un 3,9%) y con peor desempeño que Sumar, a pesar de lo decepcionantes que están siendo estos en el Gobierno. Si sumamos los niveles de aceptación de Irene Montero, Pablo Iglesias e Ione Belarra, no llegan ni a la tercera parte del apoyo que tiene Gabriel Rufián y, lo que es más grave, ni a la mitad del de la nefasta Yolanda Díaz. Podemos es un partido muerto. Mejor dicho, es un partido zombi porque ni siquiera lo saben. 


Sin embargo, con el buen resultado de las elecciones autonómicas en Extremadura, en las que Podemos e IU se presentaron conjuntamente y obtuvieron sus mejores resultados históricos (7 diputados y más del 10% de los votos), parecía que había una puerta abierta a la esperanza. Ha durado poco. El adanismo y el rencor de unas, las viejas prácticas de fontanería política de otros, y el amor al sillón y a las prebendas de todos, todas y todes han dinamitado la posibilidad de formar una alianza similar en Aragón. Con los obreros de este país hartos de ver cómo la vida sube, los servicios públicos se deterioran, la vivienda se convierte en algo inalcanzable y la convivencia en los barrios y los pueblos se deteriora, la izquierda española sigue emperrada en sus guerritas y sus navajeos, incapaz de ver el hartazgo de la gente. Incapaz de proponer soluciones prácticas a sus problemas, incapaz de explicarle de forma comprensible quiénes son los verdaderos culpables de esos problemas, incapaz ni siquiera de darse cuenta de que ella misma, sus divisiones y su desconexión de la realidad, es vista como un problema por aquellos mismos que hace 10 años la votaron en masa llenos de esperanza y de ilusión. Y así deambulan desperdigados, sin pies ni cabeza, encaminándose cada vez más al abismo sin darse cuenta. Como los zombis de aquella serie.   


sábado, 28 de diciembre de 2024

Llamáis izquierda

Llamáis izquierda al partido que nos metió en la OTAN 
Llamáis izquierda al partido que practicó el terrorismo de Estado recurriendo a policías franquistas y mercenarios de ultraderecha 
Llamáis izquierda al partido que permitió que los barrios obreros se inundaran de heroína, para desactivar los movimientos subversivos 
Llamáis izquierda al partido que destruyó el sector industrial español por orden de Alemania 
Llamáis izquierda al partido que asumió de lleno el paradigma neoliberal de la Unión Europea y el consenso de Washington 
Llamáis izquierda a un partido que sirve a los intereses de los grandes oligarcas, empresarios y banqueros 
Llamáis izquierda al partido que está vendiendo el país a los fondos buitre yankis 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil vivir en una casa decente 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil recibir una atención sanitaria en condiciones 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil llenar la nevera 
Llamáis izquierda al partido que nos quiere meter en primera fila de la Tercera Guerra Mundial 
Llamáis izquierda al PSOE y exigís que la gente y partidos de izquierdas le apoyen “porque toda la izquierda tiene que estar unida” 
No tenéis ni puta idea de lo que es el PSOE, ni de lo que es la izquierda, ni de lo que es la política 
No tenéis ni puta idea de nada. Pero por desgracia, vuestra ignorancia también la pagamos los demás

jueves, 14 de diciembre de 2023

La huelga

Hoy se cumplen 35 años de la Huelga General del 88, el ultimo gran triunfo de la clase obrera de nuestro pais. Un día que nos marcó a muchos chavales de clase trabajadora y sobre el que escribí una remembranza hace años. 

Un día como hoy hace tres décadas, no fui al cole a pesar de ser miércoles. Me levanté, desayuné y me puse a jugar a las chapas. Mi padre -por aquel entonces delegado de Comisiones Obreras- y mi madre me habían hablado de la importancia de hacer huelga para defender nuestro futuro. El profesor de la academia de inglés, Rigoberto, nos había dicho que gracias a la huelga los trabajadores habían conseguido jornadas de 8 horas, Seguridad Social y vacaciones pagadas, y que por ello se solidarizaba con la huelga. Vista en el recuerdo 30 años mas tarde, el gran valor de la huelga general del 14-D no fue que resultara masiva, ni que los grandes sindicatos entonces no estuvieran vendidos, ni que se lograra doblarle el brazo al Gobierno de Felipe Gonzalez y su Plan de Empleo Juvenil. 

Lo mas importante para mí es que entonces en todas partes se respiraba conciencia de clase, lo natural y lo lógico era hacer huelga para pelear por nuestros derechos. Hoy esa conciencia de clase ha decaído mucho, y quizá por eso ahora los pobres perdemos una y otra vez. 


 

miércoles, 16 de agosto de 2023

Amaral, topless y el deber de no juzgarlas

Los que hemos acudido en alguna ocasión al Sonorama Ribera sabemos que las reivindicaciones forman parte de manera natural del festival. En las pantallas de los escenarios, junto a la tradicional publicidad, aparecen mensajes reclamando mejoras para la ciudad de Aranda de Duero: recuperar el tren directo a Madrid y Burgos, un nuevo hospital... El gesto de Eva Amaral reivindicando la libertad de las mujeres para mostrar sus pechos sin coacciones, por lo tanto, no me sorprendió demasiado en ese escenario. 

Este gesto sí podía resultar más sorprendente por la protagonista del mismo: Amaral nunca se ha caracterizado por hacer reivindicaciones sociales y políticas explícitas. En sus canciones sí hay alegatos por la rebeldía, defensa del medio ambiente o de la independencia femenina, pero no son unos artistas politizados. Precisamente por eso, me parecen absurdas las acusaciones que ha recibido de buscar solamente publicidad con su topless en el escenario del Sonorama. Eva Amaral es una artista consagrada desde hace más de 15 años que no necesita trucos publicitarios. Quedarse con los pechos al aire en un concierto me parece, por el contrario, un acto de rebeldía y de defensa de la liberación de las mujeres, en un momento en que, después de décadas de avances, vuelven a darse retrocesos. Y también un riesgo, teniendo en cuenta lo mucho que les gusta a ciertos sectores sociales y políticos censurar y cancelar a aquellos artistas que expresan cosas que no les gustan. 

 Creo que las críticas al topless de Eva Amaral vienen, por un lado, de la envidia hacia una mujer con fama y talento que se atreve además a decir lo que piensa y se solidariza con otras compañeras de profesión sin miedo a sufrir consecuencias. Por otro, la fobia que sienten muchos españoles hacia cualquier postura mínimamente progresista, aunque esa postura sea una simple defensa de la libertad, esa libertad de la que tanto alardean. 

Pero el tercer motivo de las críticas a la cantante zaragozana me resulta más preocupante. Es la creencia de que los hombres todavía pueden arrogarse el derecho de decirle a una mujer cuando puede quedarse en topless y cuando no. En una peli de risa, bien. En un concierto, mal. En la playa, si la mujer en cuestión es atractiva, bien. Si no lo es, mal. Si es para anunciar coches, bien. Si es para reivindicar derechos para ella misma y para las demás mujeres, mal. Y así con todo.  

Pienso, y como hombre es posible que tenga una perspectiva menos precisa, que el gesto de Eva Amaral en el Sonorama no es tanto una reivindicación del topless como un alegato por el derecho de las mujeres a disponer de sus tetas como les de la gana. Sin que las aplaudan ni las coarten, sin que les digan dónde, cuándo, cómo y para qué está bien hacerlo y dónde, cuándo, cómo y para qué está mal y tienen que taparse. Nadie debería autoatribuirse el derecho a juzgar los actos de otra persona sólo porque no les gustan o le molestan. A nadie se le ocurre censurar a un tipo porque vista la camiseta de un determinado equipo de fútbol, por mucho que a los fans del equipo rival les pueda molestar. Y en ocasiones, ni porque vaya sin camiseta. ¿Por qué con una mujer es diferente? El deber moral de respetar los comportamientos ajenos, siempre que no supongan un perjuicio, comprende tanto a hombres como a mujeres. Lo contrario es barbarie.

viernes, 26 de mayo de 2023

Análisis predictivos para el 28-M

Nadie tiene una bola de cristal para saber lo que pasará dentro de dos días, pero si analizamos el panorama actual de la izquierda política española, y de parte de la clase trabajadora, quizás podamos hacernos una idea de lo que nos vamos a encontrar al final de la jornada de elecciones municipales y autonómicas. 

(I)
El eje izquierda vs. derecha sobre el que solemos articular nuestra actividad política es, no lo olvidemos, reciente; tiene poco más de 200 años, desde la época de la Revolución Francesa. Hay otro eje socio-económico-político mucho más antiguo, que data de las civilizaciones mesopotámicas, hace 7.500 años, y permanece vigente en nuestros días: el eje arriba vs. abajo, elites vs. pueblo, explotadores vs. explotados. Es el eje clave, al cual está subordinado el eje izquierda vs. derecha. La izquierda tiene sentido como conjunto de organizaciones, partidos, sindicatos, etc. que trabajan en favor de los de abajo. Si trabaja en favor de las elites, pierde su razón de ser y es cuestión de tiempo que acabe desapareciendo, sustituida por la apatía y la ignorancia política o por un populismo de derechas que también sirve a las mismas elites. 

(II)
Utilizan argumentos de derechas en campaña electoral
Hacen políticas de derechas cuando gobiernan
Compran los marcos de la derecha cuando están en la oposición
Pero luego la izquierda parlamentaria no entiende por qué hay gente que vota a la derecha. 

(III)
Hay en muchas personas de clase obrera -incluyendo a gente autodenominada "de izquierdas"- una pulsión miserable bajo la que bulle un magma purulento de rencor acumulado en una vida de derrotas, un deseo salvaje de ser por una vez quien se siente superior al resto, quien trata como basura al que tiene un poco menos que él, quien forma parte del mismo bando de los ricos, famosos y poderosos, quien se puede permitir tachar de segundones y fracasados a los demás. Y para esa gent(uza), politic@s psicópatas y demagog@s como Ayuso son la opción ideal, la que más les representa. 

(y IV)
"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, ni habla, ni entiende, ni participa en los acontecimientos políticos", escribía Bertold Brecht hace un siglo. Hoy en 2023, ¿quién seria el analfabeto político? ¿El que, viendo que nadie defiende sus intereses y los de su clase, se abstiene de votar? ¿O el que vota movido por la lealtad fanática a un partido/líder o, peor, por los mensajes repetidos en la televisión y los diversos foros de retarders? 


 


jueves, 10 de noviembre de 2022

Ayuso y la salud

Con su limitación intelectual y su psicopatía, Isabel Díaz Ayuso es una bala de plata para los amos del sistema. Esa limitación intelectual, unida a su actitud poligonera, resulta perfecta para convertirla en el referente de cuñados, charos, canis y chonis de clase media y trabajadora, sin cuyos votos ningún partido -el PP o cualquier otro- podría aspirar a gobernar. 

Por otra parte, su sobreexposición pública viene muy bien para situarla como representación absoluta de un mal -por ejemplo, la degradación y privatización de la Sanidad pública- que va mucho más allá de una persona, un partido político o una comunidad autónoma. De esta forma, se eclipsan las políticas similares que están llevando a cabo partidos considerados de izquierda -PSOE, ERC, Compromís- en otras autonomías, y sobre todo, se saca de foco a los verdaderos responsables de esas políticas: corporaciones, fondos de inversión, lobbys y, en última instancia, el sistema económico-político-social hegemónico en Occidente: el neoliberalismo. 

Por eso, la manifestación en defensa de la Sanidad pública del 13 de noviembre en Madrid no debería ser solamente una exigencia de dimisión de Díaz Ayuso, sino una exigencia de cambio de un modelo sanitario demencial que comienza con la Ley 15/1997 de "Habilitación de nuevas formas de gestión del Sistema Nacional de Salud".

jueves, 30 de diciembre de 2021

Yolanda Díaz dijo: "Plata o plomo" (y el plomo somos nosotros)

El final del año ha dejado dos victorias relativas para los trabajadores: el desbloqueo del convenio colectivo del sector del Metal en Cádiz y el desmontaje de algunos aspectos de la Reforma Laboral de 2012. Digo relativas porque, si bien ambas redundan en ciertos avances, no afectan por igual a todos los trabajadores y están lejos de las reivindicaciones iniciales de los mismos. 

Otro aspecto positivo es que han vuelto a poner en el centro del debate el trabajo, bastante olvidado desde los años 90 y que solo tras la precarización salvaje que siguió a la crisis de 2008 resurgió como tema de interés en la agenda pública. Siguiendo esta renovada popularidad, el trabajo fue también protagonista a mediados de diciembre de un rifirrafe en el Congreso entre la ministra del ramo, Yolanda Díaz, y la diputada de Vox Macarena Olona. Un rifirrafe en el que se dijo algo que, a mi juicio, resulta especialmente revelador y pone en contexto la resolución de los dos procesos mencionados al principio del artículo, además de darnos pistas para el futuro. 

Tras reprochar a Vox sus propuestas en aspectos como pensiones, convenios colectivos o indemnización por despido, Díaz avanzó que, si Vox llegaba a implantar su programa, entonces sí iba a haber "huelgas y movilizaciones masivas". Veníamos precisamente de unas movilizaciones masivas en Cádiz, resueltas con la firma de un nuevo convenio por parte de los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT, después de una semana larga de cargas policiales, pelotazos de goma, gases lacrimógenos y hasta una tanqueta paseándose por un barrio obrero de Puerto Real. 

Pocos días después del altercado en el Congreso se publicaba una fotografía de Díaz en amigable actitud con Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, y unos pocos días más tarde, se anunciaba una nueva Reforma Laboral que contaba con el visto bueno de la patronal. Con esta secuencia de los hechos, uno se imagina a la ministra recordándole a Garamendi sus palabras en el Congreso tres días antes: "Antonio, mientras estemos nosotros en el Gobierno los empresarios podréis vivir tranquilos. Si hay conflictos laborales, controlaremos que no pasen a mayores, con CCOO o con los tanques, con lo que haga falta. Pero si gobiernan el PP y Vox, ya sabes: huelgas y movilizaciones". En resumen, si estáis con nosotros, tendréis plata; contra nosotros, plomo. Pablo Escobar style.

(Foto: AntonMST29 - Wikipedia) 

Excepciones ultramontanas aparte, a los grandes empresarios no les gusta el caos. Su situación ideal es la del periodo 2015-2017: crecimiento económico que repercutía casi íntegramente en sus beneficios y paz social. El conflicto, las calles ardiendo, la bronca permanente en el Congreso, en los medios y en las redes sociales, la crispación, no les gusta mucho. El jaleo no es bueno para los negocios. Y en un contexto internacional que empieza a girar hacia la socialdemocracia, ¿qué son unas pocas concesiones a una izquierda socioliberal a cambio de tener el ambiente tranquilo? 

Porque, digan lo que digan propagandistas del Gobierno y Yolilovers, la nueva Reforma Laboral solo representa unas pocas concesiones para los empresarios, que además afectan más a los sindicatos que a los trabajadores directamente. Se recupera la ultraactividad de los convenios y se restablece la prevalencia del convenio sectorial sobre el de empresa (solo en lo relativo a salarios). Pero se limita poco la temporalidad y la subcontratación, y se mantienen las indemnizaciones por despido en 33 días para el improcedente y 20 días para el objetivo. Es cierto que rompe la tendencia de los últimos 30 años en los que cada reforma restaba derechos a los trabajadores -y esa es para mí su principal virtud-, pero el triunfalismo de Unidas Podemos parece un tanto exagerado. 

Cierto es que la nueva reforma está respaldada por los grandes sindicatos CCOO y UGT. Pero, más que a la legitimidad de que presume el bipartidismo -el bisindicalismo en este caso-, esto me recuerda al "plata o plomo" anterior. Controlados por el PSOE (UGT) y ahora por UP y antes por IU (CCOO), los sindicatos sistémicos actúan como correa de transmisión de estos partidos en el mundo laboral. La gran movilización contra los recortes de Zapatero vino del 15-M, no de CCOO y UGT, que convocaron una huelga general a regañadientes cuando el daño ya estaba hecho. 

En otras palabras, si Yolanda Díaz vende paz social a cambio de unas pocas reformas progresistas, lo hace sabiendo que cuenta con los grandes sindicatos como garantes de la misma. Y cuando amenaza con el plomo del conflicto social si gobierna la derecha, lo hace contando con que las balas, los que daremos la cara, los que saldremos a exigir derechos, seremos los trabajadores, convenientemente organizados y dirigidos por esos mismos sindicatos. 

En realidad, ese "yo o el caos" es bastante viejo. Desde Luis XV a Alfonso Guerra. Queda por ver si los trabajadores de este país nos prestaremos a servir como plomo en las pistolas cuando la señora Díaz lo decida y a quedarnos en el armero mientras le venga bien. ¿Qué harán PP y Vox contra los trabajadores cuando gobiernen? ¿Subir las pensiones por debajo del IPC, alargar la edad de jubilación, subir la cotización a los autónomos que ingresan 600 euros al mes, despido barato, sacar los tanques cuando protestemos...? La política del miedo se agota cuando, tras años viendo que nuestra situación no mejora pese a todas las promesas de cambios, el miedo se troca en desesperación. Antes llegan la desilusión y la desafección. Quien nos pida que salgamos a la calle contra la precariedad cuando gobierne la derecha debería darnos una razón para no salir hoy. Dicen en Abierto hasta el amanecer que hay que ser muy perdedor para no darte cuenta de que has ganado. Yo diría que hay que ser muy panoli para no darte cuenta de que sigues perdiendo.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

10 motivos por los que debes comprar en grandes centros comerciales si eres de izquierdas

Existe un mantra en la izquierda, repetido hasta la saciedad en los últimos tiempos, que santifica a las pymes y a los pequeños comerciantes. Seres de luz que representan un capitalismo humano, amable y cercano, muy distinto de la supuesta maldad depredadora de las grandes compañías. Compra en tu comercio de barrio y estarás haciendo la revolución proletaria, les falta decir. Sin embargo, si nos atenemos a las condiciones de sus trabajadores, el impacto económico en la sociedad y su responsabilidad social y medioambiental, los grandes centros comerciales, sin ser almas caritativas, respetan mucho más a sus trabajadores, al entorno y a la sociedad en general que esos pequeños empresarios que tanto idolatran algunos. Para muestra, 10 motivos con conciencia social para elegir una gran superficie estas fiestas:

1- Tratan mejor a sus trabajadores. Los sueldos y condiciones laborales, exceptuando el trabajo en fines de semana, son mejores en las empresas grandes. Sin ser el paraíso, hay más facilidades para tener una jornada reducida, se vigilan mejor los riesgos laborales, etc. Y los sueldos son más altos.

2- Sindicación y cooperación entre trabajadores. Lo anterior no es consecuencia de la bondad de los grandes empresarios del comercio, claro está. La clave reside en que las grandes cadenas emplean a muchos trabajadores, que pueden agruparse en sindicatos y unir fuerzas para mejorar sus salarios y condiciones, mientras que en un comercio pequeño que emplea a una o dos personas el trabajador está prácticamente solo, inerme ante la voluntad del jefe y/o el dueño. Y si reclama sus derechos, a la calle.

3- Dan trabajo a más personas. Una de las frases más repetidas por los pequeños comerciantes y hosteleros, sobre todo para argumentar su resistencia a la subida del salario mínimo o a la mejora de las condiciones de sus trabajadores, es que el empresario es quien crea empleo y riqueza. Si seguimos su propia lógica, un centro comercial que emplea a 200 personas será mejor que una tienda que da trabajo a dos, ¿no?

4- Ponen al trabajador en el centro. Todo empresario intenta extraer el máximo beneficio del trabajo de sus empleados. La diferencia es que las grandes firmas han evolucionado hacia una visión que contempla la experiencia de trabajo del empleado como un factor importante en la productividad que hay que cuidar. Para el pequeño empresario, en cambio, el trabajador debe darle las gracias por permitirle hacer horas extras a cambio de nada. Su gestión de recursos humanos se reduce a dos frases: “Es lo que hay” y “Si no te gusta, te vas”.  

5- Responsabilidad social corporativa. Es rara la gran compañía que, al menos de cara a la galería, no promueve valores positivos de convivencia: igualdad, solidaridad, sostenibilidad… El pequeño comerciante se jacta orgulloso de su racismo, su clasismo y su machismo.

6- Son más inclusivos y diversos. Como consecuencia, las posibilidades de ser contratado si no encajas en el modelo de país ideal del jefe son menores en un pequeño negocio. Y en caso de serlo, el riesgo de ser peor tratado por tu raza, género o ideas es más alto. 



7- Beneficios destinados a obra social. Derivado de la número 5, prácticamente todas las grandes empresas, incluyendo las del comercio, destinan una parte de sus beneficios a iniciativas solidarias: medio ambiente, educación, ayuda a familias menos favorecidas… El charcutero de tu barrio los destina a comprarse un Audi más gordo con le que darte en los morros.

8- Aportan más al común.
El fraude fiscal y laboral se da en empresas grandes, medianas y pequeñas. Sin embargo, a más nivel de ingresos, mayor contribución a las arcas públicas. Puede que los pequeños empresarios defrauden menos, pero es debido al menor conocimiento del Derecho tributario y las técnicas de elusión fiscal, no a un mayor sentido cívico.

9- El hilo musical es más agradable al oído. Con mejor o peor gusto, la gran superficie intenta poner música de fondo que guste a todos sus clientes. En la ferretería de al lado, tienes que escuchar a Jiménez Losantos y Carlos Herrera cagándose en los rojos, incluyéndote a ti.

10- No desprecian a sus clientes por su ideología. De derechas, de centro o de izquierdas, un cliente merece respeto, independientemente de la ideología de los directivos de la corporación. En el bar de la esquina, te toca aguantar al dueño llamándote "vago" y "muerto de hambre" por no ser dueño de tu propio negocio; eso cuando no aboga por fusilar a gente como tú.


 

 

lunes, 21 de diciembre de 2020

Biden, la decadencia de un imperio y su impacto en el resto del mundo

Polémica, remontada, suspense, amenazas… y al final ganó Biden. Las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos han sido fieles a esa regla tan yanki de que el espectáculo es lo que importa, dando más espectáculo que nunca, pero el resultado ha sido el mismo que apuntaban las encuestas desde hacía meses: victoria del demócrata Joe Biden y su segunda de a bordo Kamala Harris. A ello se suma la mayoría demócrata en el Congreso y la probable republicana en el Senado, lo que augura, como es habitual en los USA, dicho sea de paso, un equilibrio de poder bastante delicado y poco favorable a decisiones revolucionarias, que por otra parte no abundan en la política de Washington.  

Como es norma desde que Estados Unidos es una superpotencia, tras cada elección presidencial los demás países nos preguntamos cómo nos va a afectar la presencia del nuevo inquilino de Pennsylvania Avenue al resto del planeta. Y con mayor motivo en un contexto en el que, por primera vez desde hace tres décadas, el nuevo presidente de los EEUU no asume el mando de una potencia hegemónica a nivel mundial.

De hecho, el proceso de decadencia de la hegemonía estadounidense viene de más atrás. La propia  victoria de Trump en 2016 es consecuencia, entre otros factores, de la crisis económica de EEUU, provocada por el avance progresivo de la economía financiera en detrimento de la productiva, deslocalizada esta en el sureste asiático. Trump propone un repliegue proteccionista y una relocalización (en esto hay que reconocerle que ha sido un pionero), y eso le valió el voto de mucha clase obrera blanca afectada por la desindustrialización.

Pero, aunque a la interna la economía yanki no ha ido mal hasta principios de este año, Trump no ha logrado reducir las tasas de pobreza (creo que tampoco lo pretendía, este tipo de gente odia a los pobres como ya sabemos). Y a la externa, la perdida progresiva de poderío del dólar se ha acentuado en estos cuatro años en beneficio del yuan, y el ascenso de China al estatus de primera potencia económica es inevitable.

EEUU se encuentra inmerso en una Trampa de Tucídides con China: una potencia hegemónica en declive frente a otra en ascenso. ¿Como puede resolverse esta trampa? Normalmente a través de una guerra (que no tiene por qué ser militar). Y de esa guerra pueden salir tres escenarios. Uno, victoria de la potencia declinante y reafianzamiento de su hegemonía. Dos, victoria de la potencia ascendente y el consiguiente reemplazo como nueva potencia hegemónica. Tres, coexistencia más o menos forzada.

Personalmente, creo que el escenario uno es ya imposible. China será la nueva potencia mundial mas pronto que tarde, y ante eso EEUU puede optar por tres vías. La primera, admitir su declive y adaptarse a la nueva situación, conservando parte de su poderío (que no es poco) y manteniendo una actitud colaborativa con los nuevos amos del cotarro, los chinos. Es lo que hizo Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial. La segunda, hundirse y pasar de superpotencia a país de segunda división. Es lo que hizo España en el Siglo XVII. La tercera, hundirse y llevarse al mundo occidental por delante con ellos.


Qasioun News Agency
https://www.youtube.com/watch?v=5GomGZViTrU

 

Parecía, a la luz de sus actos, que Trump prefería la tercera. De ahí que haya estado alimentando- con dinero y con asesores, al estilo americano- una suerte de Interterror Ultraderechista que auna a las milicias supremacistas blancas de Michigan, a los Gobiernos de Polonia y Hungría, a partidos como Vox en Europa occidental, a caudillos filofascistas como Bolsonaro y a los paramilitares ucranianos. En este sentido, la derrota de Trump más que la victoria de Biden puede suponer un alivio para las democracias occidentales. Pero no convendría alegrarse demasiado ni demasiado pronto: recordemos que fueron Obama y el propio Biden, con la activa colaboración de Hillary Clinton y John Kerry, quienes patrocinaron y armaron a esos mismos paramilitares ucranianos en 2014 y, anteriormente, a los fundamentalistas islámicos en Siria y Libia en 2011. Con demócratas o con republicanos, el dólar prevalece sobre la democracia.

Es por ello que Europa haría muy mal en seguir dependiendo de Estados Unidos, que no solo es el caballo perdedor, sino que además es un enemigo tradicional de Europa, aunque los dirigentes europeos lo nieguen. Valga el acto de presionar a Hungría para que no adopte la vacuna rusa como ejemplo criminal de rusofobia.

Lo mejor para EEUU (y para el resto del mundo) es que asumieran que el tiempo de las talasocracias atlánticas ya ha pasado y que adoptaran un nuevo papel, cediendo parte de su hegemonía cultural y, desde luego, militar y económica. China está conquistando África, pero ofreciendo infraestructuras y ayuda al desarrollo a cambio de los recursos naturales. En la pandemia se está viendo cómo en China han reaccionado poniendo el bien común por delante de los intereses individuales. Y no tienen el orgullo absurdo de pensar que lo suyo es lo mejor y no necesitan aprender de nadie. Aun siendo culturas muy diferentes, no nos vendría mal aprender de ellos.

Con todo, Europa todavía tiene cosas (inmateriales) que ofrecer al mundo. Somos un ejemplo en historia, en cultura, en Derechos Humanos, en Estado del Bienestar, en coexistencia democrática de ideas, fruto estas tres ultimas del periodo 1950-1990. Podemos aún jugar esa baza para pintar algo en el nuevo orden y tener un futuro decente. Pero esa baza no va a durar siempre. Y el seguidismo absurdo de los dictados de los USA, sean presididos estos por Biden o por Trump, que practican los dirigentes europeos desde hace décadas nos coloca en una pésima situación para aprovecharla.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Maradona, 'uno di noi', uno como nosotros

Dicen que los dioses son eternos. Pero a D10S, entendido como Maradona, le llegó su hora esta semana. Su persona, su parte física, su cuerpo, no serán eternos, obviamente, pero basta con ver las reacciones a su muerte en todo el mundo, especialmente en Argentina y en Nápoles, para darse cuenta de que el Pelusa ha alcanzado la eternidad que por principio le es negada a las personas humanas, reservada únicamente para las divinas y para unos pocos que dejan su huella en la historia. 

Aquellos que no gustan del fútbol se lamentan de que un futbolista haya logrado una gloria eterna que, según ellos, debería estar reservada para los grandes dirigentes, para escritores y pintores y, como mucho, para algún cineasta. La respuesta es clara: Maradona será eterno porque cambió la vida de mucha gente, mucho más –o mucho mejor- de lo que lo hayan podido hacer Aznar o Gordon Brown, Coixet o Vargas Llosa. Para comprender la trascendencia del 10 argentino por antonomasia habría que conocer historias como la de la noche del 3 de julio de 1990 en el estadio de San Paolo (Nápoles), hoy renombrado como Diego Armando Maradona. 

Esa noche, Argentina e Italia se jugaban el pase a la final del Mundial de Italia’90. Nápoles era la casa de Maradona, la estrella de Argentina, que había llevado al Napoli a ganarle una UEFA a los alemanes del Stuttgart y una Liga a los poderosos clubes del Norte, AC Milan y Juventus. Por primera vez, los del Mezzogiorno habían hecho morder el polvo, aunque fuera en un campo de fútbol, a aquellos que se habían mofado de ellos durante años. Así que era normal que los napolitanos tuvieran el corazón dividido esa noche.

Dividido hasta que los aficionados de otras partes de Italia que habían bajado a Nápoles a ver el partido empezaron a insultar a Maradona, el mayor peligro de Argentina. El talento provoca miedo y odio, ya lo sabemos. Los napolitanos que estaban en el campo, en SU campo, reaccionaron ante esa afrenta a uno de los suyos tirando las banderas de Italia y poniéndose a animar a Argentina. Al final el gol no lo marcó Maradona, sino Caniggia, y Argentina pasó por penaltis. 

Pero la lección de dignidad que dieron los napolitanos ese día es lo que cuenta: tu gente, aquello en lo que crees, vale mucho mas que un país, más que la bandera de un territorio en el que no has elegido nacer y sobre cuyas leyes poco o nada puedes decidir. Luego Maradona cayó al infierno y emergió mirando la vida mas allá del fútbol. Quizá esa noche tuviera algo que ver. Sea como fuere, para los que amamos el fútbol por encima de la patria y el negocio, Maradona será siempre uno di noi

Pero, se preguntan algunes estos días, ¿puede ser uno de los nuestros un cocainómano, un tipo que se iba de putas, que maltrataba a sus parejas? Sobre eso, el propio Maradona lo expresó mejor que nadie en el documental de Kusturica: “Me arrepiento del 99% de las cosas que he hecho en la vida. Lo único que hice bien lo hice con la pelota”. Parece claro que la coca, las prostitutas, los malos tratos y todo lo demás formarían parte de ese 99%.

Por otra parte, un cocainómano, un tipo que se va de putas, sí puede ser uno de los nuestros. De hecho, todos tenemos amigos, conocidos, personas cercanas, que lo hacen. Desgraciadamente, algunas personas incluso conocen a gente que ejerce malos tratos o, aun peor, los sufren directamente. Y ese “todos” incluye a figuras mediáticas y a dirigentes de los dos partidos políticos que, en España, aglutinan a los detractores de Maradona. Pero esos periodistas, artistas y políticos subidos al púlpito de la moral intachable eluden la crítica, e incluso veneran, a violadores, defraudadores de impuestos, proxenetas y hasta fascistas. ¿Por qué a Maradona, en cambio, lo atacan con saña?

Puede que la respuesta tenga que ver con esa historia del San Paolo. Maradona era un ídolo para los de abajo. Un chaval que creció en un barrio marginal y acabó derrotando a la selección de un imperio una tarde de 1986 en el Estadio Azteca; primero siendo más ladrón que los ingleses, luego jugando mejor que ellos. En Argentina y en Nápoles le adoraban, pero también en África y en Palestina; era un ídolo porque había llegado a ser el mejor del mundo en lo suyo, pero también porque no se había olvidado de dónde venía. Era uno de los nuestros, pero también era uno como nosotros. No tenía la conciencia de clase de Socrates o Lucarelli, pero supo mirar más allá del fútbol, y decía que cualquier chaval que jugara en un equipo alevín de barrio valía más que todos los directivos juntos.

Y de eso se trata. Los de abajo no tienen derecho a salir del barro, ya lo sabemos, pero para algunes ni siquiera tienen derecho a mirar a las estrellas. No basta con obligarles a vivir una vida de mierda, con tratarles como una mierda, también hay que recordárselo, que no se les olvide que son unos mierdas y, por supuesto, que sus ídolos también lo son.

Pero da igual. Maradona hizo feliz a mucha gente, les hizo soñar con que un día podían convertir sus vidas en algo tan mágico como un slalom entre jugadores rivales o un tiro de falta alojado en un rincón imposible de la portería. Por eso se encienden bengalas y se pintan murales en su honor. Por eso es eterno.

No obstante, es innegable que su vida no fue ejemplar. Aunque en cierta medida, yo creo que su vida sí fue un ejemplo; un ejemplo de que, por mucha pasta que te llegue de golpe, sin educación no vas a ninguna parte. Si en el ranchito donde creció Maradona hubiera tenido posibilidades de ir a una buena escuela, con unos buenos maestros, habría sabido pensar por sí mismo y asimilar mejor el dinero y la fama. Creo que, entre otras cosas, por eso alucinó tanto con Cuba: aunque estuvieran en serios apuros económicos, cualquier cubano recibía una educación para poder mirar cara a cara a cualquiera, y no ser presas fáciles de vendehumos. Deberían aplicarse el cuento el Yung Beef y unos cuantos traperos más y, sobre todo, tomar nota todos esos chavales que piensan que estudiar no vale para nada y que lo que cuenta es ganar pasta. Ni siquiera el mejor del mundo puede manejar su vida sin el conocimiento suficiente… aunque Maradona sí supo alegrársela a los demás.


viernes, 30 de octubre de 2020

Vallecas será el ‘Bloody Sunday’ de la izquierda

El domingo 30 de enero de 1972, las tropas británicas masacraban a los participantes en una manifestación pro-derechos civiles en Derry (Irlanda del Norte). Con 14 muertos y 30 heridos, la matanza fue conocida como Bloody Sunday (Domingo Sangriento). A raíz de aquello, muchos vecinos de la ciudad, principalmente jóvenes, abandonaron el movimiento que luchaba pacíficamente contra los abusos cometidos por los británicos en el Ulster y se pasaron directamente al IRA. 


    El jueves 24 de septiembre de 2020, los vecinos de Vallecas, hartos de la nefasta política sanitaria de la Comunidad de Madrid que había dejado el barrio como la zona con mayor incidencia de coronavirus de Europa occidental, se rebelaban contra una nueva medida de la presidenta Isabel Díaz Ayuso, tan ineficaz como injusta: confinar varias zonas de Vallecas, impidiendo la entrada y salida excepto para ir a trabajar y poco más, mientras otros barrios de Madrid continuaban con su vida normal pese a tener también tasas de incidencia preocupantes. 


    Las manifestaciones, exigiendo más personal sanitario en los centros de salud del barrio, más camas en los hospitales, más rastreadores y mayor frecuencia de paso en los convoyes de Metro que acabara con la saturación en andenes y vagones, se habían celebrado de manera pacífica durante cuatro días. Pero ese jueves, la concentración de vecinos de Vallecas a las puertas de la Asamblea, el Parlamento autonómico madrileño, sita en Entrevías, fue disuelta a palos por los antidisturbios de la Policía Nacional, dependiente del delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco –a la sazón también secretario general del PSOE en Madrid- y, en última instancia, del ministro del Interior, el socialista Fernando Grande-Marlaska. 


    “Nos dejan morir sin tomar medidas, nos encierran y, cuando protestamos, nos apalean y nos detienen”. Ese era el sentir de los vecinos de Vallecas esa noche de un Bloody Thursday, un Jueves Sangriento que sin tener la gravedad de aquel Bloody Sunday de Derry, afortunadamente para los manifestantes, sí se asemejaba a aquel en lo que tenía de punto de inflexión. Fue un día de toma de conciencia para muchos de que la salud y la justicia, digan lo que digan los que mandan, sí van por barrios; de hartazgo ante unas instituciones públicas que han ignorado olímpicamente los sufrimientos de los barrios del Sur de Madrid, los sociales y los económicos y ahora también los sanitarios; de desilusión máxima al comprobar que la policía pega igual con el PP que con los “socialcomunistas” en el Gobierno. 

 
    Las dos primeras quejas, la deficiente respuesta sanitaria y el confinamiento perimetral, iban contra la Comunidad de Madrid, en manos del PP. Pero los palos eran negociado del Gobierno de coalición PSOE-Podemos, el “más progresista de la historia” según sus integrantes. Abandonados y maltratados por sus tradicionales enemigos de clase, algo esperable al fin y al cabo, los vecinos del Sur eran para colmo aporreados por policías mandados por los que, supuestamente, son los suyos. ¿Cuál fue la respuesta de los partidos que conforman el Gobierno de coalición? En el caso del PSOE, silbar mirando para otro lado. En el de Podemos, criticar las cargas sin señalar a los responsables o, en los casos más lamentables, culpar a Díaz Ayuso, que no posee competencia alguna sobre la Policía Nacional, tomando por imbéciles a aquellos a los que supuestamente habían venido a defender en el Parlamento.


    Un mes después, y con un confinamiento ampliado y un estado de alarma mediante, la situación no ha cambiado para los barrios y pueblos más pobres de Madrid. Escasez de recursos sanitarios, mala atención, un transporte público peligrosamente saturado y un imaginario alimentado por la derecha madrileña y sus medios afines que señala con el dedo a los vecinos como culpables de su situación. Era difícil de creer que el PP, Ciudadanos y Vox fueran a tomar medidas para proteger a aquellos a los que desprecian, cuando no odian, profundamente: a los trabajadores, a los inmigrantes, a los pobres, a los que viven al Sur y al Este de la M-30. Pero, ¿y la izquierda? 


    Más allá de discursos vacíos y tuits redundantes, ni PSOE ni Podemos han movido un dedo para pararle los pies al demencial tándem Ayuso-Aguado. La oposición de Ángel Gabilondo e Isabel Serra en Madrid sería de chiste si no estuviera en juego algo tan serio como la salud y la vida de sus habitantes. Únicamente Más Madrid, con la médico Mónica García al frente, ha batallado contra las políticas sanitarias de la CAM, con más pasión que éxito, todo hay que decirlo. 


    Cuestión no muy distinta es la del Gobierno central. Salvo la aplicación del estado de alarma y el cierre de municipios en Madrid a mediados de octubre, una medida más efectista que efectiva, la reacción del Gabinete Sánchez-Iglesias ante los desmanes de Ayuso ha sido nula. Ni presión, ni intervención, ni investigación, sólo laissez faire, laissez passer, al más puro estilo de ese liberalismo al que tanto dicen denostar. Permitir  a Ayuso un cierre a la carta es la (pen)última decisión en esta línea de abandonar Madrid a su suerte, consintiendo a la presidenta llevar a cabo sus desquiciadas políticas sanitarias aunque se lleven a 70.000 personas por delante.


    Se diría que la estrategia de Sánchez e Iglesias es convertir a Ayuso en una nueva Puigdemont, siguiendo la estrategia del PP en 2017: renunciar a Cataluña para ganar votos en el resto de España alimentando la catalanofobia. La jugada les salió bien a medias, ya que parte de las nueces las ha recogido Vox. Pero PSOE y Podemos parecen dispuestos a permitir a Ayuso que haga lo que le dé la gana, hinchando el globo para presentarla ante el resto de España como ejemplo de lo mal que nos iría si el PP estuviera en la Moncloa, alimentando de paso la madrileñofobia y el miedo a los populares para ganar o mantener votos en Andalucía o Valencia. Eso explicaría también por qué Más País, un partido centrado en Madrid y con presencia casi nula en el resto del Estado, sí está dando la batalla en la comunidad. 


    ¿Qué quieren que hagan entonces los vecinos de Vallecas, de Villaverde, de Alcorcón o de Parla? Que sigan votándoles porque se supone que ellos son “los suyos”, aunque uno sólo pise el Sur en campaña y el otro saliera pitando a la sierra noble en cuanto ganó algo de pasta. Que les aplaudan porque ellos son el escudo que defiende a los pobres contra la amenaza de la ultraderecha, aunque en realidad mandan a su policía a escoltar a los ultraderechistas en Núñez de Balboa y a sacudir a los pobres cuando protestan. Que pongan la cara contra Ayuso, mientras ellos permiten y protegen todas sus tropelías. 


    De lo último, que no tengan duda. Los barrios y pueblos obreros de Madrid seguirán peleando contra sus enemigos de clase. Dudo mucho de que la gente que se manifiesta pidiendo unos servicios públicos decentes vote algún día a Vox. Pero no sé si les quedarán ganas de votar a PSOE o Podemos otra vez después de esta ignominiosa inacción ante la política criminal de la derecha. Ambos están cavando su propia fosa en Madrid. Maltratar a los tuyos para proteger a los otros implica perder a los primeros sin ganar nunca a los segundos.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Madrid, la derecha y la profecía autocumplida

"Madrid no es la tumba del fascismo. Es el paraíso de los pijos subnormales y los policías fachas”. Así rezaba un meme, impreso sobre la icónica foto del cartel “No pasarán” en la calle Toledo durante la Guerra Civil, que circulaba en mitad de la revuelta de los Cayetanos de mayo, difundido por integrantes de Podemos Comunidad Valenciana. En términos similares se expresaban militantes de otros partidos de izquierdas y de otras regiones: “Que se jodan”, “que cierren Madrid y se confinen con Díaz Ayuso”, “que disfruten lo votado”. Más allá del tradicional pique Madrid-periferia, de la habitual madrileñofobia o de unas relaciones entre pueblos marcadas por el desconocimiento y el topicazo en todas direcciones –el “disfruten lo votado” también se lo rebozan con frecuencia a gallegos, andaluces o castellanos-, el meme y las frases denotan dos fenómenos bastante graves.

El primero, una absoluta falta de respeto a los y las antifascistas de Alcorcón, Vallecas, Usera o Moratalaz que salieron a la calle a enfrentarse a los de las cacerolas. El segundo, la implantación en el imaginario colectivo al sur de los Pirineos de la idea de que Madrid es un feudo de la derecha, de que los reaccionarios son la mayoría social por aquí y de que el PP gobernará hasta el fin de los siglos.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Es Madrid de derechas, estamos predestinados a sufrir las privatizaciones y el saqueo de las Aguirre, Ayuso y compañía per secula seculorum, tenemos realmente lo que nos merecemos? ¿O se trata más bien de lo que los científicos sociales llaman una profecía que se cumple a sí misma? Y lo más importante: ¿estamos condenados o es que lo hemos hecho fatal hasta ahora y simplemente sufrimos las consecuencias?

Para empezar, viene bien dejar los memes por un momento y fijarse en los datos. Las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid en mayo de 2019 registraron una victoria del PSOE de Ángel Gabilondo con 880.000 votos, 165.000 más que el PP y un 27,3% del total. Más Madrid y Podemos, por su parte, alcanzaron 470.000 y 180.000 votos, respectivamente. Fue la suma de diputados de las tres derechas la que le dio mayoría sobre la izquierda: 68 frente a 64. Cuatro escaños de diferencia en la Asamblea de Madrid. No parece un balance muy hegemónico para la derecha. 

 

Foto: Wikipedia

 

Pero, aunque por escasa diferencia, lo cierto es que ganó la derecha, no la izquierda. ¿Por qué? Bien es sabido que a la gente de derechas le gusta votar. Quizás en los grupos de WhatsApp de la familia digan que todos los políticos son iguales y que la democracia es una basura, pero votan. Si se presenta Ayuso, la votan. Si se presenta David Pérez, le votan. Si se presenta un palillo con un moco pinchado en la punta, le votan. Por lo general –hay excepciones en todas partes, naturalmente-, el votante de izquierdas es más crítico. Si una candidatura le resulta interesante y le ilusiona, la votará. Si no, se quedará en casa decepcionado, o, en el mejor de los casos, circunscribirá su acción política al activismo en el trabajo, en el barrio o en la calle.

La siguiente pregunta está clara: ¿presentan los partidos de izquierdas candidaturas interesantes e ilusionantes en Madrid? El PSOE lleva años, desde la retirada de Juan Barranco de la política madrileña, poniendo aspirantes mediocres a más no poder. Ministros y secretarios de Estado quemados, el alcalde del tranvía de Parla y un entrenador de baloncesto, por ejemplo. Ángel Gabilondo rompió esa tónica, pero ha demostrado carecer de garra para liderar la oposición. En Podemos, tres cuartos de lo mismo. Ni el primer candidato, José Manuel López; ni la última, Isa Serra, ni el futurible, Jesús Santos, poseen el carisma ni la talla política de las primeras figuras estatales, ni siquiera los de alguna autonómica como Pablo Fernández o la antaño podemista Teresa Rodríguez. Otro gallo podría haber cantado en Más Madrid, pero la huida hacia arriba de Íñigo Errejón y la división interna entre errejonistas y carmenistas tampoco auguran un ticket potente para 2023, salvo que estrellas emergentes como Mónica García reviertan la situación.

Da la sensación de que los partidos de izquierda han comprado esa identificación de Madrid con derecha y han derivado en un pasotismo que les lleva a no molestarse en dar la batalla por la región. Las figuras políticas que salen de Madrid, que las hay, dan el salto al nivel estatal en cuanto pueden, como si una conciencia invisible les susurrara lo mismo que le decía el viejo proyeccionista al chaval de Cinema Paradiso: “Márchate, esta tierra esta maldita”. Y así, al sentirse despreciados por los partidos de izquierda, se crea en los madrileños poco politizados una conciencia del PP como “partido nacional madrileño”, como lo fue el PSOE en Andalucía, CiU en Cataluña, y lo siguen siendo el PNV en Euskadi y el propio PP en Galicia, disparándolo a la condición de partido hegemónico. El daño que Aguirre, Ayuso y compañía han hecho y hacen a Madrid queda en segundo plano frente a esta imagen falaz.

Llegamos así a una profecía autocumplida. Madrid no es de derechas. En las autonómicas ganó el PSOE, como hemos visto. En el ayuntamiento de la capital, Martínez-Almeida quedó segundo en las elecciones y es alcalde por los pelos. Los distritos de Salamanca y Chamartín suman menos habitantes que Vallecas, donde nunca ha ganado la derecha. Madrid también es la periferia rojimorada del Sur, es Distrito 14 dando la cara en la calle y la AV de Aluche repartiendo comida entre sus vecinos. Pero muchos, dentro y fuera de la comunidad, no lo ven así, consideran hecha la derechización de manera acrítica y dan Madrid por perdida.

Es esta una situación terriblemente peligrosa. Huérfanos de una izquierda que les ignora y les insulta, que sólo ve en Madrid un campo de batalla entre facciones o un trampolín hacia puestos estatales, muchos cometerán el error de creer que el partido de los Cayetanos es el de todos los madrileños, y picarán. O, lo más probable, pasarán de votar porque para qué. Y así, aunque Madrid siga sin ser pija ni de derechas, corremos el riesgo de que sus instituciones lo sean para siempre. A no ser que esos colectivos que dan la cara en la calle, esas asociaciones que cuidan de sus vecinos y esa gente organizada lo remedien. A no ser que vuelvan las AUPA, los Ganemos y los Madrid en Pie, con más alcance y con el conocimiento que dan los errores pasados. Pero si ello es o no posible, y cómo abordarlo, ya es tema para otro artículo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Cena conflictiva: una historia de ideas, familia (política) y dignidad

El fin de semana parecía empezar bien para Javier Gamboa, a pesar de la lluvia de mediados de diciembre. Estaba en casa unas cuantas horas antes de lo previsto y podría aprovechar para prepararle a Miriam una cena por todo lo alto. Su novia recibió alborozada la sorpresa gastronómica cuando llegó a casa, pero durante los entrantes se encargó de chafar la alegría que invadía la cocina con el anuncio de uno de los eventos que más detestaba Javier: cenarían en Nochebuena con los padres de ella. 
   Como dicta el tópico, Javier detestaba a su suegra. Pero su animadversión iba más allá de la clásica fricción entre yerno y madre política. Era la madre de Miriam una mujer prepotente y clasista a más no poder. Cualidades agravadas por un, a juicio de Gamboa, fariseo progresismo. Se creía una egregia representante de la izquierda burguesa, superior al resto de los mortales por poseer las discografías completas de Serrat y Sabina y una suscripción a El País. A su yerno le consideraba un inmaduro y peligroso radical bolchevique y, a pesar de que con el tiempo se había convertido en un ingeniero competente y dotado de una abultada cuenta bancaria, seguía viendo en él al pelagatos que buscaba camelarse a su maravillosa hija para vivir a su costa sin dar un palo al agua. Aunque sus estudios no pasaban del Bachillerato y su nivel cultural no era nada del otro mundo, tendía a tratar como si fuera gilipollas a todo el mundo, empezando por su propio marido.
   Pablo, el padre de Miriam, era todo lo contrario a su mujer. Un tipo sencillo y bonachón que prefería el As a los plúmbeos best sellers que devoraba su esposa y cuya máxima aspiración era regresar a su pueblo de Soria una vez jubilado para trabajar en su huerto y compartir batallitas con sus amigos de la infancia. Gamboa le apreciaba mucho, pues veía reflejados en él la serenidad y el sentido común que siempre había admirado en su novia. Pero Miriam parecía querer a sus padres por igual, y para ella era un placer insustituible celebrar unas siempre tensas comidas familiares navideñas.
   Así que la tarde del 24 de diciembre, con aire de reo conduciéndose a sí mismo al patíbulo, montó en su Chrysler y se encaminó junto a Miriam a un barrio de chalets de reciente construcción donde su suegra jugaba a primera dama de la república independiente de su vivienda-unifamiliar-quiero-y-no-puedo.
   Como de costumbre, Pilar, que así se llamaba su suegra, les recibió con una sonrisa falsa y ostentosa, del tipo “mirad qué buena anfitriona soy, mejor de lo que tú, yerno de pacotilla, te mereces”. Disfrutaron, eso sí, de una de las escasas ventajas que tenían las ínfulas de la señora de la casa: con el fin de demostrar a sus invitados que sus comidas, cenas y saraos varios eran los mejores, siempre compraba vituallas de las buenas. Tartar de salmón y aguacate, merluza en crema de bogavante y unas delicadas tapas de foie y huevos de codorniz. 


   La cena marchó bien hasta el momento de los postres, cuando Pilar se enfrascó en una filípica contra los partidos de la llamada “política alternativa”. Argumentaba y argumentaba a favor de las bondades del sistema y Javier empezó a imaginársela como concursante de una especie de Battle Royale de suegras y cuñados. La idea le hizo sonreír de satisfacción.
-¿Te parece gracioso?
-¿Eh?
-Digo que si te parece gracioso lo que estoy diciendo. Como sonríes…
   Gamboa dudó brevemente entre rebajarse formulando una disculpa de cortesía o lanzarse al ring. Normalmente optaba por lo primero, para no disgustar a Miriam, pero no podía dejar de odiar a los criminales que habían arruinado vidas como la de su padre y estaban arruinando muchas otras en esos momentos, los admirados representantes de ese sistema que había estado a punto de joderle la vida y que aquella bohemia burguesa de tres al cuarto se empeñaba en defender con petulante vehemencia. Y saltó.
-Sonrío por lo ridículo de tu tesis y de tus argumentos, Pilar; no porque lo que dices tenga ni puta gracia. Que no la tiene.
   Se hizo un silencio más que incómodo. La calma que sigue al primer trueno y precede a la tormenta de verdad, pensó Javier. Miriam le miró como pidiéndole “no entres al trapo, no entres”, pero algo debió de ver en la mirada de su novio cuando su expresión pasó a una resignada del tipo “ay, ay, ay, la que se va a liar”. 
-¿Perdona?
-Digo que tu tesis y tus argumentos son ridículos. Aparte de poco democráticos. Si hay un sector social, tanto de izquierdas como de derechas, que reclama la formación de nuevos partidos, están en su derecho de crearlos. Aunque te moleste.
-¿Pero tú quién te has creído que eres, niñato? ¿Te crees que tú y cuatro pelagatos como tú podéis pasaros por el forro las leyes de este país, que nos dimos entre todos y que tanto nos ha costado conservar?
-La formación de nuevos partidos entra dentro de la ley. Está protegida por el artículo 6 de esa Constitución que tanto te gusta, de hecho.
-¿Sí? ¿Y para qué sirven esos partidos y esos “movimientos sociales” como los llamáis? ¿Para llamar a la rebelión, a cuestionar el sistema, a no respetar las leyes; para hacer el país ingobernable?
   Gamboa pensó que, si existiera algún partido que sirviera para todo eso, se afiliaría al día siguiente. Pero no conocía ninguno.
-¿Ahora te callas? Se nota que no tienes nada que decir. Todos vosotros sois iguales, unos niñatos que os creéis que lo sabéis todo y no tenéis ni idea de nada. Más os valdría dejar las cosas de la política en manos de los que saben y limitaros a trabajar, que buena falta os hace –el odio reconcentrado durante años contra su yerno salía ahora a borbotones de la boca de Pilar. Miriam la miró asombrada; no era el primer enfrentamiento entre ambos, pero ese día su madre estaba desquiciada.    
-Te recuerdo que trabajo desde hace dos años, Pilar.
-No sé si trabajarás lo bastante…
   Aquella insinuación fue demasiado para Gamboa. Se puso en pie y descargó un puñetazo sobre la mesa.
-Me importa una mierda lo que sepas, una puta mierda. Trabajo lo necesario para vivir, como hacían mis abuelos, como hacía mi padre hasta que un hijo de puta decidió que su trabajo no valía y lo mandó a la puta calle. Tú no eres nadie, ¿me entiendes?, nadie, para juzgar si trabajo poco o mucho, bien o mal.
-Aprende a comportarte, que estás en mi casa, sentado a mi mesa, comiendo mi comida. Aquí no te aguanto esas formas.
-No tenía ninguna gana de venir aquí. Vengo porque Miriam me lo pide. Pero tranquila, que no volveré. Y sobre la comida –sacó de la cartera un billete de 50 euros y lo arrojó sobre la mesa-, creo que con eso está pagado lo que he consumido. 
   Y se levantó, tomó la cazadora del perchero y se dirigió a la puerta. Miriam y su padre salieron detrás de él. Miriam le pidió un momento para hablar con su madre y le prometió que se irían juntos. Pablo suspiró tristemente.
-Disculpa a mi mujer. Siempre se pone así cuando habla de política.
-Espero por tu bien que tengáis otros temas de conversación.
-No demasiados. Resulta difícil conversar con ella. Es bastante fanática, siempre cree tener razón. Pero hay que asumirlo, ella es así y hay que quererla como es.
-No, Pablo. Yo no tengo que asumir nada, ni mucho menos querer a alguien que me detesta. Es tu mujer, no la mía.
-¿No volverás por aquí, entonces? Es una pena –su suegro sonrió en un torpe intento de camelarle.
-No creo. Volveríamos a tener la misma bronca, o una similar. Pero en mi casa siempre serás bien recibido –en el fondo le dolía el disgusto que se había llevado el pobre hombre. Cuando su novia regresó, se despidió de él con un abrazo.
   Ya en el coche, Javier le tendió las llaves a Miriam.
-Conduce tú, por favor, yo estoy un poco nervioso.
-Comprendo.
-¿De qué habéis hablado tu madre y tú?
-Le he dicho que se ha pasado un montón, que puede odiarte y despreciarte si le viene en gana, pero que tiene que respetarte y que a mi pareja la he elegido yo y estoy satisfecha de mi elección, le guste o no.
   Gamboa sonrió complacido.
-Pero tú también te has pasado un poco.
   La sonrisa de complacencia desapareció.
-¿Debía haberme tragado los beefs en silencio?
-No, tampoco es eso. La verdad es que ha molado cuando la has vacilado con lo de la Constitución. Pero tu explosión de ira final me ha asustado un poco. Estabas muy alterado.
-Miriam, he saltado porque no pienso consentir que pongan en duda mi trabajo, mi valía ni cómo me gano la vida. Tu madre lleva mirándome como a un parásito desde siempre y algún día tenía que pararle los pies. Sabes bien de mi odio hacia un sistema en el que gente con una vida regalada se permite el lujo de machacar y encima despreciar a los que no tienen nada.
-¿Gente como mi madre?
   Javier no contestó. La madre de Miriam era una burócrata, no tenía nada que ver con los psicópatas poderosos que gobernaban en país y el planeta, pero no podía dejar de mirarla con los mismos ojos que a aquellos. 
-Javi, respeto tu forma de ver las cosas, y la admiro. Yo también deseo un mundo más justo. Pero no quiero que te amargue.  
-Siempre he creído en que hay que pelear para mejorar las cosas, para que el miedo cambie de bando. Y eso nunca me ha amargado la vida, al contrario, me da esperanzas.
   Miriam suspiró mientras el Chrysler pasaba bajo la puerta del garaje. Aparcaron, subieron a casa y se acostaron rápido. Mientras apagaba la luz, Gamboa no podía desprenderse de una sensación de game over. 

sábado, 19 de octubre de 2019

Fuego a las banderas… menos a la nuestra

El sábado 12 de octubre por la noche, en el regreso de La Polla Records a Madrid, miles de personas coreaban enfervorecidas: “Odio a los partidos, fuego a las banderas”. Dos días más tarde, muchos de ellos se enzarzaban en el bar, en el trabajo, en Twitter, para defender como fuera su bandera; la rojigualda resignificada unos, la estelada, normal o vermella, otros. Otro tanto con los partidos, llámense PSOE, ERC, CUP, UP o MP. 

Y dos días después, 20.000 pensionistas venidos del norte, del sur y del centro se manifestaban en Madrid para exigir unas pensiones dignas. La masiva marcha obtuvo, como era de esperar, poca atención por parte de los medios de comunicación, naturalmente reticentes a la hora de informar de movimientos contrarios al poder y, en esta ocasión, con el tiempo y el espacio casi monopolizados por las barricadas ardientes de Barcelona. Pero, y esto es más grave, numerosísimos miembros de la “izquierda alternativa”, que llevaban tres días dando la matraca con la sentencia del procés –desproporcionada e inapropiada, según hombres de leyes como Javier Pérez Royo y Baltasar Garzón-, guardaron silencio absoluto ante la lucha, el sacrificio y la dignidad de los jubilados. Gente que cobra 600 euros al mes y se había hecho 700 kilómetros a pie no merecía ni un minuto ni 140 caracteres de atención para muchos de los que tanto hablan de “los que luchan” y “los de abajo”. 

Esa misma noche, un furgón de los Mossos –los Mossos de Torra- atropellaba a dos manifestantes independentistas. Más o menos a la misma hora que la Policía de Pedro Sánchez apaleaba en Madrid a los que intentaban mostrar su solidaridad con los 9 del Procés ante el Congreso. La policía pega, como bien nos recordaban los Lendakaris Muertos hace años. A ambos lados del Ebro. 

Empeñados en defender la idoneidad del palo y la cárcel para acabar con el independentismo, o mitificando la malhadada república catalana, o estupefactos –yo entre ellos- ante los últimos acontecimientos, en la izquierda nadie parece capaz de dar una solución viable al conflicto catalán. No es de extrañar, habida cuenta de que es un problema altamente complejo. Pero me conformaría con que alguien me explicara qué potencial emancipador para la clase trabajadora tiene el proceso independentista. 


Más allá de celebrarlo como un síntoma de “la crisis del régimen del 78” y del “Estado monárquico”, como hacen desde IzCa, no he podido leer ni escuchar ningún argumento válido. No lo critico. Guste o no a muchos de los que están poniendo el cuerpo y la cara para reclamar la libertad de los líderes independentistas, el actual proyecto de república catalana no supone ningún cuestionamiento, ni mucho menos una amenaza, al sistema capitalista occidental vigente en los territorios catalanes.
En los meses previos a la declaración unilateral de independencia de septiembre de 2017, Carles Puigdemont proclamaba en el exterior su intención de incluir desde el principio el futuro Estado en la Unión Europea y la OTAN. Meses después, su sucesor, Quim Torra, abogaba por la “vía eslovena”, esto es, una independencia unilateral avalada por el eje Washington-Berlín. Habría que recordar qué es Eslovenia hoy día: un Estado vasallo de Alemania, integrado en la estructura militar atlantista. Me ilusiona poco, la verdad. 

Eso por el lado derecho del bloque político independentista, el mismo que ejecutó recortes salvajes a principios de década y ordenó las primeras cargas policiales contra los activistas del 15-M, recordemos. Por el izquierdo, ERC, asoma Gabriel Rufián, el mismo que en febrero votó en contra de unos Presupuestos que, sin ser una maravilla, sí mejoraban sustancialmente los de los ocho años del PP y la última legislatura de Zapatero. El mismo que, en julio, exigía a Podemos que diera un cheque en blanco al mismo Pedro Sánchez que hoy coquetea con la derecha y saca el palo en Cataluña. El jefe de los que a principios de verano increpaban con gritos de “puta” y “guarra” a la alcaldesa más progresista que ha tenido Barcelona desde 1939. Quizá los socioliberales catalanes sean un poco más progresistas que los españoles, pero no sé si eso es suficiente para que el ingente esfuerzo de construir un nuevo país merezca la pena. 

No conviene olvidar tampoco procesos similares. En los años 60, cuando rebrota el conflicto del Ulster, Reino Unido era, junto a Escandinavia, la vanguardia de los derechos sociales y laborales del mundo occidental. Irlanda, una semiteocracia conservadora en la que el aborto estaba prohibido. Para la izquierda, los católicos eran los buenos, el IRA parecía guay y los Wolfe Tones sonaban a pura épica. Pero para un obrero, era mejor el sistema de Londres que el de Dublín. Lo mismo con otros países. La formación de una nueva nación fue emancipadora en la URSS, en Ghana y en Argelia. Pero en Lituania, en Ucrania o en Croacia ha generado sociedades y gobiernos profundamente reaccionarios. 

Y al final, entre barricadas y cargas policiales, entre desahucios, precariedad y pensiones de miseria, un Tyler Durden recién adaptado del Club de la Lucha susurra: “Somos una generación criada en el amor a la patria y la obediencia al Estado. Me pregunto si otra patria y otro Estado serán realmente la solución a nuestros problemas”. 

sábado, 13 de abril de 2019

20 cosas que aprendí antes de los 40 (y que me servirán en los próximos)

Ahora que cumplo la cuarentena, y con las décadas de la infancia, la adolescencia, la juventud y la dorada treintena a mis espaldas, uno sabe ciertas cosas que a los 10, a los 20, a los 30 desconocía, otras que en el fondo siempre ha sabido y otras, por último, que nunca pensó que iba a aprender. Es imposible saber qué me depararán los próximos 40 años, ni si mi evolución me llevará a mejor o a peor, hacia delante o hacia atrás, pero me gusta reflexionar sobre las cosas que he aprendido y pensar que me servirán de ahora en adelante. Muy resumidas, son estas 20:

  1. Aprende a distinguir lo accesorio de lo importante, y lo importante de lo esencial
  2. Tú eres imperfecto; los demás, también
  3. La confianza es como la virginidad: una vez perdida, nunca más se recupera
  4. Entre los tuyos hay hermanos pero también hay judas
  5. No se puede contar cualquier cosa a cualquier persona, en cualquier momento y en cualquier lugar 
  6. Cuenta hasta 10 antes de actuar; no hasta 10 segundos, sino hasta 10 horas o, mejor, hasta 10 días
  7. Ante el conflicto, escucha, comprende y respeta. Pero lo último, solo a quien se lo merece
  8. No seas como aquell@s a l@s que desprecias 
  9. Mantente orgulloso de no ser como ellos
  10. La dignidad es cara, pero lo que cuesta vale
  11. Piensa por ti mismo
  12. Conócete a ti mismo, y recuerda que, como decía Esther Arroyo, para conocerse hay que tocarse
  13. Sé el dueño de tu propia mente; de esta forma, serás siempre libre
  14. Lo que sucede conviene
  15. Recuerda que todo es susceptible de empeorar
  16. La vida con prisa no merece la pena
  17. Lleva una vida a tu medida, una que no te venga ancha ni estrecha
  18. Haz lo que quieras, lo que deseas y lo que te haga feliz. Y recuerda que la cuestión clave no es “esto o muerte”, sino “esto Y muerte”. No se elige vivir ni morir, pero sí lo que haces entre medias
  19. No tengas miedo, el miedo mata la mente 
  20. Y ante todo, sueña, y sueña más fuerte, hasta que el sueño, por más hermoso que sea, se convierta en realidad


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Y cerré de un portazo las puertas del cielo...

Hace tres años hubiera dado cualquier cosa por volver a la montaña rusa de las emociones. Y este año, sin poder preverlo, de repente el caos me cercó, me sacudió, me zarandeó, pasó silbando entre mis neuronas como el viento de aquel miércoles pluvioso de marzo cuando empezó todo.

Armado de mi fortaleza mental, lo expulso de mi cerebro, pero se instala en mi estomago, desciende hacia mis piernas y sale para volver a revolotear a mi alrededor. Lo curioso es que, por muchos problemas que me cause, lo prefiero a la rutina y a la anomia, a la falta de ilusión.  Desasosegado pero feliz estaba, en resumen, un miércoles de Champions en que encima ganaba el Barça.

Y en esto que me acordé de estos versos que escribí siete años antes, y que estaban de nuevo de plena actualidad:
“No tengo miedo a sentir
No tengo miedo a creer
ni a soñar
No tengo a miedo a volver a llamar a la puerta
sin saber si da al cielo o al infierno
No tengo miedo a la montaña rusa
ni a las sombras de lo desconocido
ni a la luz de la anábasis
ni a las hostias del futuro
No tengo miedo
porque el miedo mata la mente
y el alma
y son lo único que tengo”

... Y, una semana después, me limité a sonreírla mientras sus ojos chispeaban, porque no me atrevía a decirle que me subía a la cabeza una euforia loca cada vez que la veía, encantado de estar en presencia de una de las mujeres mas alucinantes que había conocido.

Y me decidí a soñar mas fuerte, hasta que el sueño, por mas hermoso que sea, se convierta en realidad. 

Pero, cuando las puertas del cielo estaban abiertas delante de mí, y en su interior adivinaba campos eternos de fresas y colinas mandarinas, las cerré de un portazo. No fuera a ser que, por una vez en la vida, la felicidad me fuera definitivamente concedida.

Y clamé que hay muchas emociones positivas en la vida, pero ninguna es comparable a la de ser el dueño de ti mismo.

Y me encontré en una de esas veces en que no sabes si decir “de buena me he librado” o “acabo de cometer uno de los errores mas graves de mi vida”. 

Y de pronto, en pleno conflicto, ella se avergonzó. Cuando de repente tomó conciencia de su debilidad. Pero le salió la mala leche, esa mala leche destructora que siempre la acompaña y siempre la acompañará. Una mala leche que solo la perjudica a ella, por la que siempre sale perdiendo…

Y por la que perdí yo también, porque para entonces me había dado cuenta de que, pese a todo y con todo, todavía la amaba.

Y llega el momento en que la última llamada perdida de la persona amada desaparece de la pantalla de últimos mensajes, y el chat que mantenías con ella en Whatsapp queda sepultado por una veintena de conversaciones mas recientes. Es entonces cuando nada, absolutamente nada, más se puede hacer que abandonar toda esperanza y proceder a borrarla de tu memoria, quemando sus recuerdos con adrenalina y vodka.

Y, ahora que lo miro con más perspectiva, me doy cuenta de que, cada vez que estaba con ella, sentía como si una mezcla de anfetamina y dinamita circulara por mis venas. Una sensación maravillosa y muy intensa, pero que, me temo, imposibilitaba establecer una relacion a largo, o ni siquiera a medio, plazo.

Y la echo de menos. Y tengo la sensación de que la echaré de menos hasta el fin de mis días. De que cada amanecer de martes, cada tarde de domingo, cada sábado de resaca la sentiré muy, muy cerca… Pero no estará allí. No me despertaré en sus brazos, nunca dormiré junto a ella, no recuperaré la felicidad y la calma y el sueño, no compartiré con ella una y mil palabras, una y mil inquietudes, uno y mil planes, una y mil vivencias. No habrá más tardes de risas y cervezas. No habrá más ilusiones, desde el momento en que cerré de un portazo las puertas del cielo.