Allá por los primeros tiempos del poscapitalismo, antes de la crisis de 2008, se hizo famosa una serie protagonizada por manadas de zombis. The Walking Dead mostraba un mundo infestado por unas criaturas que deambulaban de aquí para allá, sin pies ni cabeza, sin ser conscientes ni siquiera de que estaban muertos (de ahí el nombre de la serie). Frente a ellos, los únicos supervivientes eran aquellos que tomaban conciencia del peligro, se unían a otros como ellos y se organizaban.
De las muchas metáforas que se podían sacar de la serie de marras, una apuntaba a que aquellos que llevaban el individualismo al extremo de no reconocer a sus semejantes ni siquiera su propia situación habían perdido su condición humana y, por tanto, podían ser abatidos sin remordimientos por aquellos que seguían considerándose humanos. La posterior crisis de 2008 y el surgimiento de movimientos insurreccionales contra la gestión de la misma parecía demostrar que, a la hora de luchar contra un enemigo más poderoso, había dos cosas que nunca se podían perder: la conciencia y la unidad.
Más de 15 años después, la izquierda española, al igual que en el resto de Occidente, se enfrenta al advenimiento de una versión más salvaje y dictatorial del turbocapitalismo. Y, al menos en España, lo hace menos unida y menos consciente que nunca. Hasta el punto de que muchas veces recuerda a aquellos fiambres ambulantes de The Walking Dead.
Sobre la falta de conciencia, basta con observar las numerosas meteduras de pata de altos cargos de Podemos y figuras mediáticas de Canal Red (o a la inversa, que tanto da), que demuestran su absoluta desconexión del pueblo al que dicen defender. Hace un mes, un dirigente de Podemos llamaba “ineptos, idiotas y jetas” a 2 millones de trabajadores autónomos, muchos de los cuales son o pueden ser votantes de este partido. El muy memo ignoraba que los miles y miles de profesionales creativos (ilustradores, editores de vídeo, fotógrafos) distan mucho de los dueños de restaurantes y talleres. Completamente alejado desde hace años de la realidad de las clases trabajadoras, Podemos es –como todo ente endogámico- un partido condenado a la desaparición.
No extraña, por tanto, que Podemos siga a la baja en las encuestas, por debajo del 5% (un 3,9%) y con peor desempeño que Sumar, a pesar de lo decepcionantes que están siendo estos en el Gobierno. Si sumamos los niveles de aceptación de Irene Montero, Pablo Iglesias e Ione Belarra, no llegan ni a la tercera parte del apoyo que tiene Gabriel Rufián y, lo que es más grave, ni a la mitad del de la nefasta Yolanda Díaz. Podemos es un partido muerto. Mejor dicho, es un partido zombi porque ni siquiera lo saben.
Sin embargo, con el buen resultado de las elecciones autonómicas en Extremadura, en las que Podemos e IU se presentaron conjuntamente y obtuvieron sus mejores resultados históricos (7 diputados y más del 10% de los votos), parecía que había una puerta abierta a la esperanza. Ha durado poco. El adanismo y el rencor de unas, las viejas prácticas de fontanería política de otros, y el amor al sillón y a las prebendas de todos, todas y todes han dinamitado la posibilidad de formar una alianza similar en Aragón. Con los obreros de este país hartos de ver cómo la vida sube, los servicios públicos se deterioran, la vivienda se convierte en algo inalcanzable y la convivencia en los barrios y los pueblos se deteriora, la izquierda española sigue emperrada en sus guerritas y sus navajeos, incapaz de ver el hartazgo de la gente. Incapaz de proponer soluciones prácticas a sus problemas, incapaz de explicarle de forma comprensible quiénes son los verdaderos culpables de esos problemas, incapaz ni siquiera de darse cuenta de que ella misma, sus divisiones y su desconexión de la realidad, es vista como un problema por aquellos mismos que hace 10 años la votaron en masa llenos de esperanza y de ilusión. Y así deambulan desperdigados, sin pies ni cabeza, encaminándose cada vez más al abismo sin darse cuenta. Como los zombis de aquella serie.





