martes, 30 de diciembre de 2025

La izquierda zombi

Allá por los primeros tiempos del poscapitalismo, antes de la crisis de 2008, se hizo famosa una serie protagonizada por manadas de zombis. The Walking Dead mostraba un mundo infestado por unas criaturas que deambulaban de aquí para allá, sin pies ni cabeza, sin ser conscientes ni siquiera de que estaban muertos (de ahí el nombre de la serie). Frente a ellos, los únicos supervivientes eran aquellos que tomaban conciencia del peligro, se unían a otros como ellos y se organizaban. 

De las muchas metáforas que se podían sacar de la serie de marras, una apuntaba a que aquellos que llevaban el individualismo al extremo de no reconocer a sus semejantes ni siquiera su propia situación habían perdido su condición humana y, por tanto, podían ser abatidos sin remordimientos por aquellos que seguían considerándose humanos. La posterior crisis de 2008 y el surgimiento de movimientos insurreccionales contra la gestión de la misma parecía demostrar que, a la hora de luchar contra un enemigo más poderoso, había dos cosas que nunca se podían perder: la conciencia y la unidad. 

Más de 15 años después, la izquierda española, al igual que en el resto de Occidente, se enfrenta al advenimiento de una versión más salvaje y dictatorial del turbocapitalismo. Y, al menos en España, lo hace menos unida y menos consciente que nunca. Hasta el punto de que muchas veces recuerda a aquellos fiambres ambulantes de The Walking Dead.

Sobre la falta de conciencia, basta con observar las numerosas meteduras de pata de altos cargos de Podemos y figuras mediáticas de Canal Red (o a la inversa, que tanto da), que demuestran su absoluta desconexión del pueblo al que dicen defender. Hace un mes, un dirigente de Podemos llamaba “ineptos, idiotas y jetas” a 2 millones de trabajadores autónomos, muchos de los cuales son o pueden ser votantes de este partido. El muy memo ignoraba que los miles y miles de profesionales creativos (ilustradores, editores de vídeo, fotógrafos) distan mucho de los dueños de restaurantes y talleres. Completamente alejado desde hace años de la realidad de las clases trabajadoras, Podemos es –como todo ente endogámico- un partido condenado a la desaparición. 

No extraña, por tanto, que Podemos siga a la baja en las encuestas, por debajo del 5% (un 3,9%) y con peor desempeño que Sumar, a pesar de lo decepcionantes que están siendo estos en el Gobierno. Si sumamos los niveles de aceptación de Irene Montero, Pablo Iglesias e Ione Belarra, no llegan ni a la tercera parte del apoyo que tiene Gabriel Rufián y, lo que es más grave, ni a la mitad del de la nefasta Yolanda Díaz. Podemos es un partido muerto. Mejor dicho, es un partido zombi porque ni siquiera lo saben. 


Sin embargo, con el buen resultado de las elecciones autonómicas en Extremadura, en las que Podemos e IU se presentaron conjuntamente y obtuvieron sus mejores resultados históricos (7 diputados y más del 10% de los votos), parecía que había una puerta abierta a la esperanza. Ha durado poco. El adanismo y el rencor de unas, las viejas prácticas de fontanería política de otros, y el amor al sillón y a las prebendas de todos, todas y todes han dinamitado la posibilidad de formar una alianza similar en Aragón. Con los obreros de este país hartos de ver cómo la vida sube, los servicios públicos se deterioran, la vivienda se convierte en algo inalcanzable y la convivencia en los barrios y los pueblos se deteriora, la izquierda española sigue emperrada en sus guerritas y sus navajeos, incapaz de ver el hartazgo de la gente. Incapaz de proponer soluciones prácticas a sus problemas, incapaz de explicarle de forma comprensible quiénes son los verdaderos culpables de esos problemas, incapaz ni siquiera de darse cuenta de que ella misma, sus divisiones y su desconexión de la realidad, es vista como un problema por aquellos mismos que hace 10 años la votaron en masa llenos de esperanza y de ilusión. Y así deambulan desperdigados, sin pies ni cabeza, encaminándose cada vez más al abismo sin darse cuenta. Como los zombis de aquella serie.   


sábado, 28 de diciembre de 2024

Llamáis izquierda

Llamáis izquierda al partido que nos metió en la OTAN 
Llamáis izquierda al partido que practicó el terrorismo de Estado recurriendo a policías franquistas y mercenarios de ultraderecha 
Llamáis izquierda al partido que permitió que los barrios obreros se inundaran de heroína, para desactivar los movimientos subversivos 
Llamáis izquierda al partido que destruyó el sector industrial español por orden de Alemania 
Llamáis izquierda al partido que asumió de lleno el paradigma neoliberal de la Unión Europea y el consenso de Washington 
Llamáis izquierda a un partido que sirve a los intereses de los grandes oligarcas, empresarios y banqueros 
Llamáis izquierda al partido que está vendiendo el país a los fondos buitre yankis 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil vivir en una casa decente 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil recibir una atención sanitaria en condiciones 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil llenar la nevera 
Llamáis izquierda al partido que nos quiere meter en primera fila de la Tercera Guerra Mundial 
Llamáis izquierda al PSOE y exigís que la gente y partidos de izquierdas le apoyen “porque toda la izquierda tiene que estar unida” 
No tenéis ni puta idea de lo que es el PSOE, ni de lo que es la izquierda, ni de lo que es la política 
No tenéis ni puta idea de nada. Pero por desgracia, vuestra ignorancia también la pagamos los demás

jueves, 14 de diciembre de 2023

La huelga

Hoy se cumplen 35 años de la Huelga General del 88, el ultimo gran triunfo de la clase obrera de nuestro pais. Un día que nos marcó a muchos chavales de clase trabajadora y sobre el que escribí una remembranza hace años. 

Un día como hoy hace tres décadas, no fui al cole a pesar de ser miércoles. Me levanté, desayuné y me puse a jugar a las chapas. Mi padre -por aquel entonces delegado de Comisiones Obreras- y mi madre me habían hablado de la importancia de hacer huelga para defender nuestro futuro. El profesor de la academia de inglés, Rigoberto, nos había dicho que gracias a la huelga los trabajadores habían conseguido jornadas de 8 horas, Seguridad Social y vacaciones pagadas, y que por ello se solidarizaba con la huelga. Vista en el recuerdo 30 años mas tarde, el gran valor de la huelga general del 14-D no fue que resultara masiva, ni que los grandes sindicatos entonces no estuvieran vendidos, ni que se lograra doblarle el brazo al Gobierno de Felipe Gonzalez y su Plan de Empleo Juvenil. 

Lo mas importante para mí es que entonces en todas partes se respiraba conciencia de clase, lo natural y lo lógico era hacer huelga para pelear por nuestros derechos. Hoy esa conciencia de clase ha decaído mucho, y quizá por eso ahora los pobres perdemos una y otra vez. 


 

miércoles, 16 de agosto de 2023

Amaral, topless y el deber de no juzgarlas

Los que hemos acudido en alguna ocasión al Sonorama Ribera sabemos que las reivindicaciones forman parte de manera natural del festival. En las pantallas de los escenarios, junto a la tradicional publicidad, aparecen mensajes reclamando mejoras para la ciudad de Aranda de Duero: recuperar el tren directo a Madrid y Burgos, un nuevo hospital... El gesto de Eva Amaral reivindicando la libertad de las mujeres para mostrar sus pechos sin coacciones, por lo tanto, no me sorprendió demasiado en ese escenario. 

Este gesto sí podía resultar más sorprendente por la protagonista del mismo: Amaral nunca se ha caracterizado por hacer reivindicaciones sociales y políticas explícitas. En sus canciones sí hay alegatos por la rebeldía, defensa del medio ambiente o de la independencia femenina, pero no son unos artistas politizados. Precisamente por eso, me parecen absurdas las acusaciones que ha recibido de buscar solamente publicidad con su topless en el escenario del Sonorama. Eva Amaral es una artista consagrada desde hace más de 15 años que no necesita trucos publicitarios. Quedarse con los pechos al aire en un concierto me parece, por el contrario, un acto de rebeldía y de defensa de la liberación de las mujeres, en un momento en que, después de décadas de avances, vuelven a darse retrocesos. Y también un riesgo, teniendo en cuenta lo mucho que les gusta a ciertos sectores sociales y políticos censurar y cancelar a aquellos artistas que expresan cosas que no les gustan. 

 Creo que las críticas al topless de Eva Amaral vienen, por un lado, de la envidia hacia una mujer con fama y talento que se atreve además a decir lo que piensa y se solidariza con otras compañeras de profesión sin miedo a sufrir consecuencias. Por otro, la fobia que sienten muchos españoles hacia cualquier postura mínimamente progresista, aunque esa postura sea una simple defensa de la libertad, esa libertad de la que tanto alardean. 

Pero el tercer motivo de las críticas a la cantante zaragozana me resulta más preocupante. Es la creencia de que los hombres todavía pueden arrogarse el derecho de decirle a una mujer cuando puede quedarse en topless y cuando no. En una peli de risa, bien. En un concierto, mal. En la playa, si la mujer en cuestión es atractiva, bien. Si no lo es, mal. Si es para anunciar coches, bien. Si es para reivindicar derechos para ella misma y para las demás mujeres, mal. Y así con todo.  

Pienso, y como hombre es posible que tenga una perspectiva menos precisa, que el gesto de Eva Amaral en el Sonorama no es tanto una reivindicación del topless como un alegato por el derecho de las mujeres a disponer de sus tetas como les de la gana. Sin que las aplaudan ni las coarten, sin que les digan dónde, cuándo, cómo y para qué está bien hacerlo y dónde, cuándo, cómo y para qué está mal y tienen que taparse. Nadie debería autoatribuirse el derecho a juzgar los actos de otra persona sólo porque no les gustan o le molestan. A nadie se le ocurre censurar a un tipo porque vista la camiseta de un determinado equipo de fútbol, por mucho que a los fans del equipo rival les pueda molestar. Y en ocasiones, ni porque vaya sin camiseta. ¿Por qué con una mujer es diferente? El deber moral de respetar los comportamientos ajenos, siempre que no supongan un perjuicio, comprende tanto a hombres como a mujeres. Lo contrario es barbarie.

viernes, 26 de mayo de 2023

Análisis predictivos para el 28-M

Nadie tiene una bola de cristal para saber lo que pasará dentro de dos días, pero si analizamos el panorama actual de la izquierda política española, y de parte de la clase trabajadora, quizás podamos hacernos una idea de lo que nos vamos a encontrar al final de la jornada de elecciones municipales y autonómicas. 

(I)
El eje izquierda vs. derecha sobre el que solemos articular nuestra actividad política es, no lo olvidemos, reciente; tiene poco más de 200 años, desde la época de la Revolución Francesa. Hay otro eje socio-económico-político mucho más antiguo, que data de las civilizaciones mesopotámicas, hace 7.500 años, y permanece vigente en nuestros días: el eje arriba vs. abajo, elites vs. pueblo, explotadores vs. explotados. Es el eje clave, al cual está subordinado el eje izquierda vs. derecha. La izquierda tiene sentido como conjunto de organizaciones, partidos, sindicatos, etc. que trabajan en favor de los de abajo. Si trabaja en favor de las elites, pierde su razón de ser y es cuestión de tiempo que acabe desapareciendo, sustituida por la apatía y la ignorancia política o por un populismo de derechas que también sirve a las mismas elites. 

(II)
Utilizan argumentos de derechas en campaña electoral
Hacen políticas de derechas cuando gobiernan
Compran los marcos de la derecha cuando están en la oposición
Pero luego la izquierda parlamentaria no entiende por qué hay gente que vota a la derecha. 

(III)
Hay en muchas personas de clase obrera -incluyendo a gente autodenominada "de izquierdas"- una pulsión miserable bajo la que bulle un magma purulento de rencor acumulado en una vida de derrotas, un deseo salvaje de ser por una vez quien se siente superior al resto, quien trata como basura al que tiene un poco menos que él, quien forma parte del mismo bando de los ricos, famosos y poderosos, quien se puede permitir tachar de segundones y fracasados a los demás. Y para esa gent(uza), politic@s psicópatas y demagog@s como Ayuso son la opción ideal, la que más les representa. 

(y IV)
"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, ni habla, ni entiende, ni participa en los acontecimientos políticos", escribía Bertold Brecht hace un siglo. Hoy en 2023, ¿quién seria el analfabeto político? ¿El que, viendo que nadie defiende sus intereses y los de su clase, se abstiene de votar? ¿O el que vota movido por la lealtad fanática a un partido/líder o, peor, por los mensajes repetidos en la televisión y los diversos foros de retarders? 


 


jueves, 10 de noviembre de 2022

Ayuso y la salud

Con su limitación intelectual y su psicopatía, Isabel Díaz Ayuso es una bala de plata para los amos del sistema. Esa limitación intelectual, unida a su actitud poligonera, resulta perfecta para convertirla en el referente de cuñados, charos, canis y chonis de clase media y trabajadora, sin cuyos votos ningún partido -el PP o cualquier otro- podría aspirar a gobernar. 

Por otra parte, su sobreexposición pública viene muy bien para situarla como representación absoluta de un mal -por ejemplo, la degradación y privatización de la Sanidad pública- que va mucho más allá de una persona, un partido político o una comunidad autónoma. De esta forma, se eclipsan las políticas similares que están llevando a cabo partidos considerados de izquierda -PSOE, ERC, Compromís- en otras autonomías, y sobre todo, se saca de foco a los verdaderos responsables de esas políticas: corporaciones, fondos de inversión, lobbys y, en última instancia, el sistema económico-político-social hegemónico en Occidente: el neoliberalismo. 

Por eso, la manifestación en defensa de la Sanidad pública del 13 de noviembre en Madrid no debería ser solamente una exigencia de dimisión de Díaz Ayuso, sino una exigencia de cambio de un modelo sanitario demencial que comienza con la Ley 15/1997 de "Habilitación de nuevas formas de gestión del Sistema Nacional de Salud".

jueves, 30 de diciembre de 2021

Yolanda Díaz dijo: "Plata o plomo" (y el plomo somos nosotros)

El final del año ha dejado dos victorias relativas para los trabajadores: el desbloqueo del convenio colectivo del sector del Metal en Cádiz y el desmontaje de algunos aspectos de la Reforma Laboral de 2012. Digo relativas porque, si bien ambas redundan en ciertos avances, no afectan por igual a todos los trabajadores y están lejos de las reivindicaciones iniciales de los mismos. 

Otro aspecto positivo es que han vuelto a poner en el centro del debate el trabajo, bastante olvidado desde los años 90 y que solo tras la precarización salvaje que siguió a la crisis de 2008 resurgió como tema de interés en la agenda pública. Siguiendo esta renovada popularidad, el trabajo fue también protagonista a mediados de diciembre de un rifirrafe en el Congreso entre la ministra del ramo, Yolanda Díaz, y la diputada de Vox Macarena Olona. Un rifirrafe en el que se dijo algo que, a mi juicio, resulta especialmente revelador y pone en contexto la resolución de los dos procesos mencionados al principio del artículo, además de darnos pistas para el futuro. 

Tras reprochar a Vox sus propuestas en aspectos como pensiones, convenios colectivos o indemnización por despido, Díaz avanzó que, si Vox llegaba a implantar su programa, entonces sí iba a haber "huelgas y movilizaciones masivas". Veníamos precisamente de unas movilizaciones masivas en Cádiz, resueltas con la firma de un nuevo convenio por parte de los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT, después de una semana larga de cargas policiales, pelotazos de goma, gases lacrimógenos y hasta una tanqueta paseándose por un barrio obrero de Puerto Real. 

Pocos días después del altercado en el Congreso se publicaba una fotografía de Díaz en amigable actitud con Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, y unos pocos días más tarde, se anunciaba una nueva Reforma Laboral que contaba con el visto bueno de la patronal. Con esta secuencia de los hechos, uno se imagina a la ministra recordándole a Garamendi sus palabras en el Congreso tres días antes: "Antonio, mientras estemos nosotros en el Gobierno los empresarios podréis vivir tranquilos. Si hay conflictos laborales, controlaremos que no pasen a mayores, con CCOO o con los tanques, con lo que haga falta. Pero si gobiernan el PP y Vox, ya sabes: huelgas y movilizaciones". En resumen, si estáis con nosotros, tendréis plata; contra nosotros, plomo. Pablo Escobar style.

(Foto: AntonMST29 - Wikipedia) 

Excepciones ultramontanas aparte, a los grandes empresarios no les gusta el caos. Su situación ideal es la del periodo 2015-2017: crecimiento económico que repercutía casi íntegramente en sus beneficios y paz social. El conflicto, las calles ardiendo, la bronca permanente en el Congreso, en los medios y en las redes sociales, la crispación, no les gusta mucho. El jaleo no es bueno para los negocios. Y en un contexto internacional que empieza a girar hacia la socialdemocracia, ¿qué son unas pocas concesiones a una izquierda socioliberal a cambio de tener el ambiente tranquilo? 

Porque, digan lo que digan propagandistas del Gobierno y Yolilovers, la nueva Reforma Laboral solo representa unas pocas concesiones para los empresarios, que además afectan más a los sindicatos que a los trabajadores directamente. Se recupera la ultraactividad de los convenios y se restablece la prevalencia del convenio sectorial sobre el de empresa (solo en lo relativo a salarios). Pero se limita poco la temporalidad y la subcontratación, y se mantienen las indemnizaciones por despido en 33 días para el improcedente y 20 días para el objetivo. Es cierto que rompe la tendencia de los últimos 30 años en los que cada reforma restaba derechos a los trabajadores -y esa es para mí su principal virtud-, pero el triunfalismo de Unidas Podemos parece un tanto exagerado. 

Cierto es que la nueva reforma está respaldada por los grandes sindicatos CCOO y UGT. Pero, más que a la legitimidad de que presume el bipartidismo -el bisindicalismo en este caso-, esto me recuerda al "plata o plomo" anterior. Controlados por el PSOE (UGT) y ahora por UP y antes por IU (CCOO), los sindicatos sistémicos actúan como correa de transmisión de estos partidos en el mundo laboral. La gran movilización contra los recortes de Zapatero vino del 15-M, no de CCOO y UGT, que convocaron una huelga general a regañadientes cuando el daño ya estaba hecho. 

En otras palabras, si Yolanda Díaz vende paz social a cambio de unas pocas reformas progresistas, lo hace sabiendo que cuenta con los grandes sindicatos como garantes de la misma. Y cuando amenaza con el plomo del conflicto social si gobierna la derecha, lo hace contando con que las balas, los que daremos la cara, los que saldremos a exigir derechos, seremos los trabajadores, convenientemente organizados y dirigidos por esos mismos sindicatos. 

En realidad, ese "yo o el caos" es bastante viejo. Desde Luis XV a Alfonso Guerra. Queda por ver si los trabajadores de este país nos prestaremos a servir como plomo en las pistolas cuando la señora Díaz lo decida y a quedarnos en el armero mientras le venga bien. ¿Qué harán PP y Vox contra los trabajadores cuando gobiernen? ¿Subir las pensiones por debajo del IPC, alargar la edad de jubilación, subir la cotización a los autónomos que ingresan 600 euros al mes, despido barato, sacar los tanques cuando protestemos...? La política del miedo se agota cuando, tras años viendo que nuestra situación no mejora pese a todas las promesas de cambios, el miedo se troca en desesperación. Antes llegan la desilusión y la desafección. Quien nos pida que salgamos a la calle contra la precariedad cuando gobierne la derecha debería darnos una razón para no salir hoy. Dicen en Abierto hasta el amanecer que hay que ser muy perdedor para no darte cuenta de que has ganado. Yo diría que hay que ser muy panoli para no darte cuenta de que sigues perdiendo.