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sábado, 28 de diciembre de 2024

Llamáis izquierda

Llamáis izquierda al partido que nos metió en la OTAN 
Llamáis izquierda al partido que practicó el terrorismo de Estado recurriendo a policías franquistas y mercenarios de ultraderecha 
Llamáis izquierda al partido que permitió que los barrios obreros se inundaran de heroína, para desactivar los movimientos subversivos 
Llamáis izquierda al partido que destruyó el sector industrial español por orden de Alemania 
Llamáis izquierda al partido que asumió de lleno el paradigma neoliberal de la Unión Europea y el consenso de Washington 
Llamáis izquierda a un partido que sirve a los intereses de los grandes oligarcas, empresarios y banqueros 
Llamáis izquierda al partido que está vendiendo el país a los fondos buitre yankis 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil vivir en una casa decente 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil recibir una atención sanitaria en condiciones 
Llamáis izquierda a un partido que no mueve un dedo mientras los obreros cada día tienen más difícil llenar la nevera 
Llamáis izquierda al partido que nos quiere meter en primera fila de la Tercera Guerra Mundial 
Llamáis izquierda al PSOE y exigís que la gente y partidos de izquierdas le apoyen “porque toda la izquierda tiene que estar unida” 
No tenéis ni puta idea de lo que es el PSOE, ni de lo que es la izquierda, ni de lo que es la política 
No tenéis ni puta idea de nada. Pero por desgracia, vuestra ignorancia también la pagamos los demás

viernes, 30 de octubre de 2020

Vallecas será el ‘Bloody Sunday’ de la izquierda

El domingo 30 de enero de 1972, las tropas británicas masacraban a los participantes en una manifestación pro-derechos civiles en Derry (Irlanda del Norte). Con 14 muertos y 30 heridos, la matanza fue conocida como Bloody Sunday (Domingo Sangriento). A raíz de aquello, muchos vecinos de la ciudad, principalmente jóvenes, abandonaron el movimiento que luchaba pacíficamente contra los abusos cometidos por los británicos en el Ulster y se pasaron directamente al IRA. 


    El jueves 24 de septiembre de 2020, los vecinos de Vallecas, hartos de la nefasta política sanitaria de la Comunidad de Madrid que había dejado el barrio como la zona con mayor incidencia de coronavirus de Europa occidental, se rebelaban contra una nueva medida de la presidenta Isabel Díaz Ayuso, tan ineficaz como injusta: confinar varias zonas de Vallecas, impidiendo la entrada y salida excepto para ir a trabajar y poco más, mientras otros barrios de Madrid continuaban con su vida normal pese a tener también tasas de incidencia preocupantes. 


    Las manifestaciones, exigiendo más personal sanitario en los centros de salud del barrio, más camas en los hospitales, más rastreadores y mayor frecuencia de paso en los convoyes de Metro que acabara con la saturación en andenes y vagones, se habían celebrado de manera pacífica durante cuatro días. Pero ese jueves, la concentración de vecinos de Vallecas a las puertas de la Asamblea, el Parlamento autonómico madrileño, sita en Entrevías, fue disuelta a palos por los antidisturbios de la Policía Nacional, dependiente del delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco –a la sazón también secretario general del PSOE en Madrid- y, en última instancia, del ministro del Interior, el socialista Fernando Grande-Marlaska. 


    “Nos dejan morir sin tomar medidas, nos encierran y, cuando protestamos, nos apalean y nos detienen”. Ese era el sentir de los vecinos de Vallecas esa noche de un Bloody Thursday, un Jueves Sangriento que sin tener la gravedad de aquel Bloody Sunday de Derry, afortunadamente para los manifestantes, sí se asemejaba a aquel en lo que tenía de punto de inflexión. Fue un día de toma de conciencia para muchos de que la salud y la justicia, digan lo que digan los que mandan, sí van por barrios; de hartazgo ante unas instituciones públicas que han ignorado olímpicamente los sufrimientos de los barrios del Sur de Madrid, los sociales y los económicos y ahora también los sanitarios; de desilusión máxima al comprobar que la policía pega igual con el PP que con los “socialcomunistas” en el Gobierno. 

 
    Las dos primeras quejas, la deficiente respuesta sanitaria y el confinamiento perimetral, iban contra la Comunidad de Madrid, en manos del PP. Pero los palos eran negociado del Gobierno de coalición PSOE-Podemos, el “más progresista de la historia” según sus integrantes. Abandonados y maltratados por sus tradicionales enemigos de clase, algo esperable al fin y al cabo, los vecinos del Sur eran para colmo aporreados por policías mandados por los que, supuestamente, son los suyos. ¿Cuál fue la respuesta de los partidos que conforman el Gobierno de coalición? En el caso del PSOE, silbar mirando para otro lado. En el de Podemos, criticar las cargas sin señalar a los responsables o, en los casos más lamentables, culpar a Díaz Ayuso, que no posee competencia alguna sobre la Policía Nacional, tomando por imbéciles a aquellos a los que supuestamente habían venido a defender en el Parlamento.


    Un mes después, y con un confinamiento ampliado y un estado de alarma mediante, la situación no ha cambiado para los barrios y pueblos más pobres de Madrid. Escasez de recursos sanitarios, mala atención, un transporte público peligrosamente saturado y un imaginario alimentado por la derecha madrileña y sus medios afines que señala con el dedo a los vecinos como culpables de su situación. Era difícil de creer que el PP, Ciudadanos y Vox fueran a tomar medidas para proteger a aquellos a los que desprecian, cuando no odian, profundamente: a los trabajadores, a los inmigrantes, a los pobres, a los que viven al Sur y al Este de la M-30. Pero, ¿y la izquierda? 


    Más allá de discursos vacíos y tuits redundantes, ni PSOE ni Podemos han movido un dedo para pararle los pies al demencial tándem Ayuso-Aguado. La oposición de Ángel Gabilondo e Isabel Serra en Madrid sería de chiste si no estuviera en juego algo tan serio como la salud y la vida de sus habitantes. Únicamente Más Madrid, con la médico Mónica García al frente, ha batallado contra las políticas sanitarias de la CAM, con más pasión que éxito, todo hay que decirlo. 


    Cuestión no muy distinta es la del Gobierno central. Salvo la aplicación del estado de alarma y el cierre de municipios en Madrid a mediados de octubre, una medida más efectista que efectiva, la reacción del Gabinete Sánchez-Iglesias ante los desmanes de Ayuso ha sido nula. Ni presión, ni intervención, ni investigación, sólo laissez faire, laissez passer, al más puro estilo de ese liberalismo al que tanto dicen denostar. Permitir  a Ayuso un cierre a la carta es la (pen)última decisión en esta línea de abandonar Madrid a su suerte, consintiendo a la presidenta llevar a cabo sus desquiciadas políticas sanitarias aunque se lleven a 70.000 personas por delante.


    Se diría que la estrategia de Sánchez e Iglesias es convertir a Ayuso en una nueva Puigdemont, siguiendo la estrategia del PP en 2017: renunciar a Cataluña para ganar votos en el resto de España alimentando la catalanofobia. La jugada les salió bien a medias, ya que parte de las nueces las ha recogido Vox. Pero PSOE y Podemos parecen dispuestos a permitir a Ayuso que haga lo que le dé la gana, hinchando el globo para presentarla ante el resto de España como ejemplo de lo mal que nos iría si el PP estuviera en la Moncloa, alimentando de paso la madrileñofobia y el miedo a los populares para ganar o mantener votos en Andalucía o Valencia. Eso explicaría también por qué Más País, un partido centrado en Madrid y con presencia casi nula en el resto del Estado, sí está dando la batalla en la comunidad. 


    ¿Qué quieren que hagan entonces los vecinos de Vallecas, de Villaverde, de Alcorcón o de Parla? Que sigan votándoles porque se supone que ellos son “los suyos”, aunque uno sólo pise el Sur en campaña y el otro saliera pitando a la sierra noble en cuanto ganó algo de pasta. Que les aplaudan porque ellos son el escudo que defiende a los pobres contra la amenaza de la ultraderecha, aunque en realidad mandan a su policía a escoltar a los ultraderechistas en Núñez de Balboa y a sacudir a los pobres cuando protestan. Que pongan la cara contra Ayuso, mientras ellos permiten y protegen todas sus tropelías. 


    De lo último, que no tengan duda. Los barrios y pueblos obreros de Madrid seguirán peleando contra sus enemigos de clase. Dudo mucho de que la gente que se manifiesta pidiendo unos servicios públicos decentes vote algún día a Vox. Pero no sé si les quedarán ganas de votar a PSOE o Podemos otra vez después de esta ignominiosa inacción ante la política criminal de la derecha. Ambos están cavando su propia fosa en Madrid. Maltratar a los tuyos para proteger a los otros implica perder a los primeros sin ganar nunca a los segundos.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Madrid, la derecha y la profecía autocumplida

"Madrid no es la tumba del fascismo. Es el paraíso de los pijos subnormales y los policías fachas”. Así rezaba un meme, impreso sobre la icónica foto del cartel “No pasarán” en la calle Toledo durante la Guerra Civil, que circulaba en mitad de la revuelta de los Cayetanos de mayo, difundido por integrantes de Podemos Comunidad Valenciana. En términos similares se expresaban militantes de otros partidos de izquierdas y de otras regiones: “Que se jodan”, “que cierren Madrid y se confinen con Díaz Ayuso”, “que disfruten lo votado”. Más allá del tradicional pique Madrid-periferia, de la habitual madrileñofobia o de unas relaciones entre pueblos marcadas por el desconocimiento y el topicazo en todas direcciones –el “disfruten lo votado” también se lo rebozan con frecuencia a gallegos, andaluces o castellanos-, el meme y las frases denotan dos fenómenos bastante graves.

El primero, una absoluta falta de respeto a los y las antifascistas de Alcorcón, Vallecas, Usera o Moratalaz que salieron a la calle a enfrentarse a los de las cacerolas. El segundo, la implantación en el imaginario colectivo al sur de los Pirineos de la idea de que Madrid es un feudo de la derecha, de que los reaccionarios son la mayoría social por aquí y de que el PP gobernará hasta el fin de los siglos.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Es Madrid de derechas, estamos predestinados a sufrir las privatizaciones y el saqueo de las Aguirre, Ayuso y compañía per secula seculorum, tenemos realmente lo que nos merecemos? ¿O se trata más bien de lo que los científicos sociales llaman una profecía que se cumple a sí misma? Y lo más importante: ¿estamos condenados o es que lo hemos hecho fatal hasta ahora y simplemente sufrimos las consecuencias?

Para empezar, viene bien dejar los memes por un momento y fijarse en los datos. Las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid en mayo de 2019 registraron una victoria del PSOE de Ángel Gabilondo con 880.000 votos, 165.000 más que el PP y un 27,3% del total. Más Madrid y Podemos, por su parte, alcanzaron 470.000 y 180.000 votos, respectivamente. Fue la suma de diputados de las tres derechas la que le dio mayoría sobre la izquierda: 68 frente a 64. Cuatro escaños de diferencia en la Asamblea de Madrid. No parece un balance muy hegemónico para la derecha. 

 

Foto: Wikipedia

 

Pero, aunque por escasa diferencia, lo cierto es que ganó la derecha, no la izquierda. ¿Por qué? Bien es sabido que a la gente de derechas le gusta votar. Quizás en los grupos de WhatsApp de la familia digan que todos los políticos son iguales y que la democracia es una basura, pero votan. Si se presenta Ayuso, la votan. Si se presenta David Pérez, le votan. Si se presenta un palillo con un moco pinchado en la punta, le votan. Por lo general –hay excepciones en todas partes, naturalmente-, el votante de izquierdas es más crítico. Si una candidatura le resulta interesante y le ilusiona, la votará. Si no, se quedará en casa decepcionado, o, en el mejor de los casos, circunscribirá su acción política al activismo en el trabajo, en el barrio o en la calle.

La siguiente pregunta está clara: ¿presentan los partidos de izquierdas candidaturas interesantes e ilusionantes en Madrid? El PSOE lleva años, desde la retirada de Juan Barranco de la política madrileña, poniendo aspirantes mediocres a más no poder. Ministros y secretarios de Estado quemados, el alcalde del tranvía de Parla y un entrenador de baloncesto, por ejemplo. Ángel Gabilondo rompió esa tónica, pero ha demostrado carecer de garra para liderar la oposición. En Podemos, tres cuartos de lo mismo. Ni el primer candidato, José Manuel López; ni la última, Isa Serra, ni el futurible, Jesús Santos, poseen el carisma ni la talla política de las primeras figuras estatales, ni siquiera los de alguna autonómica como Pablo Fernández o la antaño podemista Teresa Rodríguez. Otro gallo podría haber cantado en Más Madrid, pero la huida hacia arriba de Íñigo Errejón y la división interna entre errejonistas y carmenistas tampoco auguran un ticket potente para 2023, salvo que estrellas emergentes como Mónica García reviertan la situación.

Da la sensación de que los partidos de izquierda han comprado esa identificación de Madrid con derecha y han derivado en un pasotismo que les lleva a no molestarse en dar la batalla por la región. Las figuras políticas que salen de Madrid, que las hay, dan el salto al nivel estatal en cuanto pueden, como si una conciencia invisible les susurrara lo mismo que le decía el viejo proyeccionista al chaval de Cinema Paradiso: “Márchate, esta tierra esta maldita”. Y así, al sentirse despreciados por los partidos de izquierda, se crea en los madrileños poco politizados una conciencia del PP como “partido nacional madrileño”, como lo fue el PSOE en Andalucía, CiU en Cataluña, y lo siguen siendo el PNV en Euskadi y el propio PP en Galicia, disparándolo a la condición de partido hegemónico. El daño que Aguirre, Ayuso y compañía han hecho y hacen a Madrid queda en segundo plano frente a esta imagen falaz.

Llegamos así a una profecía autocumplida. Madrid no es de derechas. En las autonómicas ganó el PSOE, como hemos visto. En el ayuntamiento de la capital, Martínez-Almeida quedó segundo en las elecciones y es alcalde por los pelos. Los distritos de Salamanca y Chamartín suman menos habitantes que Vallecas, donde nunca ha ganado la derecha. Madrid también es la periferia rojimorada del Sur, es Distrito 14 dando la cara en la calle y la AV de Aluche repartiendo comida entre sus vecinos. Pero muchos, dentro y fuera de la comunidad, no lo ven así, consideran hecha la derechización de manera acrítica y dan Madrid por perdida.

Es esta una situación terriblemente peligrosa. Huérfanos de una izquierda que les ignora y les insulta, que sólo ve en Madrid un campo de batalla entre facciones o un trampolín hacia puestos estatales, muchos cometerán el error de creer que el partido de los Cayetanos es el de todos los madrileños, y picarán. O, lo más probable, pasarán de votar porque para qué. Y así, aunque Madrid siga sin ser pija ni de derechas, corremos el riesgo de que sus instituciones lo sean para siempre. A no ser que esos colectivos que dan la cara en la calle, esas asociaciones que cuidan de sus vecinos y esa gente organizada lo remedien. A no ser que vuelvan las AUPA, los Ganemos y los Madrid en Pie, con más alcance y con el conocimiento que dan los errores pasados. Pero si ello es o no posible, y cómo abordarlo, ya es tema para otro artículo.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

PSOE: No logo


Sostiene Naomi Klein (no confundir con Naomi Watts) que las grandes compañías multinacionales han abandonado la venta de productos para dedicarse a comercializar imagen y modos de vida. Propone, frente a este nuevo capitalismo posmaterialista (ahora todo es post, ya sabes), conocer las prácticas productivas de las empresas y actuar en consecuencia.

No obstante, conocer la realidad de la organización que está detrás de una marca es complicado. En realidad, lo único que identifica a esa entidad es ese logo reproducido mil veces en vallas y televisores. Sus fábricas están en tierras lejanas que el común de los mortales no sabe situar en un mapa, sus actividades administrativas y comerciales en Occidente están subcontratadas y nadie sabe muy bien cómo es por dentro la compañía que todos conocemos tan bien por fuera; que para eso está la publicidad, para que nadie ignore qué tenemos que pedir cuando necesitamos un coche, unas zapatillas o una hamburguesa.

Ese mundo irreal de sobregnosis de logos y marcas y absoluto desconocimiento de las empresas que las respaldan funciona muy bien. La manipulación del consumidor, apelando a unos sentimientos y sensaciones identificables con un dibujo sencillo y media docena de letras y negándole la capacidad de análisis racional al escamotearle la información necesaria, crea un mercado cautivo, acrítico y, por lo tanto, dócil.

Tan bien funcionaba el invento de las agencias de publicidad y los departamentos de relaciones públicas, que los partidos políticos decidieron copiar el sistema. Si Adidas vende una imagen diferente a Nike, aunque ambas vendan camisetas similares, ¿por qué nosotros no?, debieron de preguntarse. Al fin y al cabo, un partido político vende valores inmateriales: principios, ideas, ideología. ¿Para qué poner el foco sobre la parte material, sobre las políticas reales? En realidad, las de las grandes formaciones, las que aspiran a gobernar un país, son muy parecidas, hay poco en lo que diferenciarse del rival. Y además, son comprometidas; la realidad no se puede cambiar, la percepción de la realidad sí.

A día de hoy, la diferencia entre los programas y, sobre todo, la actuación real de los principales partidos progresistas y conservadores europeos es escasa. Subordinados a los mercados financieros y diluidos en la anomia política que es marca de la casa posmoderna, unos y otros ejercen de gestores y garantes del statu quo. Si no les diferencia la materia, ¿qué queda? La forma.

En el caso español, el reparto del juego político está claro. Fuerzas minoritarias y nacionalistas al margen, dos grandes formaciones se disputan el poder cada cuatro años. A priori, ambas luchan por seducir a la mayoría del electorado desde posiciones diferentes. El PP hace bandera de los valores conservadores: mercado libre, unidad nacional, defensa de la moral tradicional… El PSOE se erige en quintaesencia del progresismo: defensa de las clases populares, derechos sociales, respeto de la legalidad internacional…

Pero cuando unos y otros llegan al poder, la cosa cambia. Bueno, en el caso del Partido Popular no cambia mucho: privatizaciones, obsesión con el terrorismo, impulso al ladrillo fueron ejes fundamentales de la política de Aznar.

Con el PSOE, la historia ha sido diferente. Llegó al poder en 2004 con un programa que encandiló al ala izquierda del partido, de la que Zapatero se consideraba su máximo exponente, relevando al defenestrado Alfonso Guerra. Su primera legislatura parecía confirmar la imagen de progresismo moderno y vanguardista que desde hacía cuatro años había ido conformando la marca del Partido Socialista, opuesto a los carcas agoreros del PP. Asuntos como los matrimonios gays, la negociación con ETA o la Ley de Dependencia daban sustancia a un discurso progre repetido hasta la saciedad por palmeros artísticos y mediáticos.

Pero llegó la segunda, y con ella la crisis, y ZP tuvo que ponerse a gobernar en serio. Y entonces se acabó la pantomima. Durante cuatro años, el PSOE no había puesto coto a la economía especulativa, pese a las nefastas consecuencias que tenía para el acceso de los jóvenes a una vivienda digna. Cuando la burbuja pinchó, la solución no fue exigir cuentas a los bancos responsables del desastre, sino subvencionar sus pufos con dinero público. Para reflotar la economía, se practicó un neokeynesianismo de pacotilla bajo el pomposo nombre de Plan E, que sólo sirvió para salvar las apariencias de socialismo populista mientras escampaba la crisis. Pasó 2009, vino 2010 y con él la hora de hacer reformas serias.

¿Cuáles fueron esas reformas? Modificar el sistema de contratación y el de protección por desempleo, recortando las prestaciones y abaratando el despido, en contra de los intereses de los obreros, esos que prestan la O al nombre del partido. Había que recortar gastos, claro está, y el Gobierno socialista metió la tijera en las prestaciones sociales, eliminó ayudas y congeló las retribuciones de funcionarios y pensionistas, como había hecho Aznar 14 años atrás en medio de un gran escándalo. Había que aumentar los ingresos públicos, pero no recuperó el Impuesto sobre el Patrimonio ni elevó el de Sociedades, sino que subió dos puntos el IVA, para que todos, aunque los pobres lo notamos más que los ricos, paguemos la factura de la crisis.

Todas estas políticas antisociales, propias de un Ejecutivo de derechas, condujeron a una huelga general, tras muchas vacilaciones de los sindicatos. Aunque el 29 de septiembre el país se paralizó y más de un millón de personas salieron a la calle a exigir a Zapatero que rectificara, las políticas gubernamentales no se movieron un ápice. En 2002, una huelga similar obligó al PP a retirar su reforma laboral, el decretazo, para conservar su popularidad. No es el caso del PSOE, poco preocupado por los efectos de sus políticas en su imagen pública. Al fin y al cabo, su imagen pública no depende de algo concreto como una reforma laboral impopular o una reforma fiscal injusta, sino de algo tan etéreo como un logo, una marca, un espacio privilegiado en el imaginario colectivo.

Después nos hemos enterado (por medio de los famosos cables de Wikileaks, publicados aquí por un periódico de línea socialista, que no progubernamental) de que el Ministerio de Justicia cedió a las presiones estadounidenses para dejar en el limbo el asesinato del cámara José Couso y los vuelos de la CIA en territorio español, en un acto de servilismo tan vergonzoso como el que abandonó a los saharauis a su suerte y remachó la política de apaciguamiento hacia Marruecos. Y hubo una huelga de controladores aéreos que se resolvió manu militari, decretando el estado de alarma por primera vez desde la muerte de Franco. Todo por la patria, incluso el esquirolismo por obediencia debida.

Ahora Miguel Sebastián, el que parecía el más progresista de los ministros, ha decidido subir a la luz un 10%, para que los ciudadanos mantengamos el tren de beneficios de las grandes empresas eléctricas. Y parece que al final habrá que jubilarse a los 67 años, mientras la tasa de paro juvenil sigue creciendo, con oposición social o sin ella. Y el PSOE se seguirá considerando progresista. No importa la realidad. Importa la imagen, el logo. Está la izquierda y está la derecha. El PSOE es la izquierda. No importa que su actuación sea de derechas. Y no hay más que hablar.