Mostrando entradas con la etiqueta podemos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta podemos. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de diciembre de 2025

La izquierda zombi

Allá por los primeros tiempos del poscapitalismo, antes de la crisis de 2008, se hizo famosa una serie protagonizada por manadas de zombis. The Walking Dead mostraba un mundo infestado por unas criaturas que deambulaban de aquí para allá, sin pies ni cabeza, sin ser conscientes ni siquiera de que estaban muertos (de ahí el nombre de la serie). Frente a ellos, los únicos supervivientes eran aquellos que tomaban conciencia del peligro, se unían a otros como ellos y se organizaban. 

De las muchas metáforas que se podían sacar de la serie de marras, una apuntaba a que aquellos que llevaban el individualismo al extremo de no reconocer a sus semejantes ni siquiera su propia situación habían perdido su condición humana y, por tanto, podían ser abatidos sin remordimientos por aquellos que seguían considerándose humanos. La posterior crisis de 2008 y el surgimiento de movimientos insurreccionales contra la gestión de la misma parecía demostrar que, a la hora de luchar contra un enemigo más poderoso, había dos cosas que nunca se podían perder: la conciencia y la unidad. 

Más de 15 años después, la izquierda española, al igual que en el resto de Occidente, se enfrenta al advenimiento de una versión más salvaje y dictatorial del turbocapitalismo. Y, al menos en España, lo hace menos unida y menos consciente que nunca. Hasta el punto de que muchas veces recuerda a aquellos fiambres ambulantes de The Walking Dead.

Sobre la falta de conciencia, basta con observar las numerosas meteduras de pata de altos cargos de Podemos y figuras mediáticas de Canal Red (o a la inversa, que tanto da), que demuestran su absoluta desconexión del pueblo al que dicen defender. Hace un mes, un dirigente de Podemos llamaba “ineptos, idiotas y jetas” a 2 millones de trabajadores autónomos, muchos de los cuales son o pueden ser votantes de este partido. El muy memo ignoraba que los miles y miles de profesionales creativos (ilustradores, editores de vídeo, fotógrafos) distan mucho de los dueños de restaurantes y talleres. Completamente alejado desde hace años de la realidad de las clases trabajadoras, Podemos es –como todo ente endogámico- un partido condenado a la desaparición. 

No extraña, por tanto, que Podemos siga a la baja en las encuestas, por debajo del 5% (un 3,9%) y con peor desempeño que Sumar, a pesar de lo decepcionantes que están siendo estos en el Gobierno. Si sumamos los niveles de aceptación de Irene Montero, Pablo Iglesias e Ione Belarra, no llegan ni a la tercera parte del apoyo que tiene Gabriel Rufián y, lo que es más grave, ni a la mitad del de la nefasta Yolanda Díaz. Podemos es un partido muerto. Mejor dicho, es un partido zombi porque ni siquiera lo saben. 


Sin embargo, con el buen resultado de las elecciones autonómicas en Extremadura, en las que Podemos e IU se presentaron conjuntamente y obtuvieron sus mejores resultados históricos (7 diputados y más del 10% de los votos), parecía que había una puerta abierta a la esperanza. Ha durado poco. El adanismo y el rencor de unas, las viejas prácticas de fontanería política de otros, y el amor al sillón y a las prebendas de todos, todas y todes han dinamitado la posibilidad de formar una alianza similar en Aragón. Con los obreros de este país hartos de ver cómo la vida sube, los servicios públicos se deterioran, la vivienda se convierte en algo inalcanzable y la convivencia en los barrios y los pueblos se deteriora, la izquierda española sigue emperrada en sus guerritas y sus navajeos, incapaz de ver el hartazgo de la gente. Incapaz de proponer soluciones prácticas a sus problemas, incapaz de explicarle de forma comprensible quiénes son los verdaderos culpables de esos problemas, incapaz ni siquiera de darse cuenta de que ella misma, sus divisiones y su desconexión de la realidad, es vista como un problema por aquellos mismos que hace 10 años la votaron en masa llenos de esperanza y de ilusión. Y así deambulan desperdigados, sin pies ni cabeza, encaminándose cada vez más al abismo sin darse cuenta. Como los zombis de aquella serie.   


viernes, 30 de octubre de 2020

Vallecas será el ‘Bloody Sunday’ de la izquierda

El domingo 30 de enero de 1972, las tropas británicas masacraban a los participantes en una manifestación pro-derechos civiles en Derry (Irlanda del Norte). Con 14 muertos y 30 heridos, la matanza fue conocida como Bloody Sunday (Domingo Sangriento). A raíz de aquello, muchos vecinos de la ciudad, principalmente jóvenes, abandonaron el movimiento que luchaba pacíficamente contra los abusos cometidos por los británicos en el Ulster y se pasaron directamente al IRA. 


    El jueves 24 de septiembre de 2020, los vecinos de Vallecas, hartos de la nefasta política sanitaria de la Comunidad de Madrid que había dejado el barrio como la zona con mayor incidencia de coronavirus de Europa occidental, se rebelaban contra una nueva medida de la presidenta Isabel Díaz Ayuso, tan ineficaz como injusta: confinar varias zonas de Vallecas, impidiendo la entrada y salida excepto para ir a trabajar y poco más, mientras otros barrios de Madrid continuaban con su vida normal pese a tener también tasas de incidencia preocupantes. 


    Las manifestaciones, exigiendo más personal sanitario en los centros de salud del barrio, más camas en los hospitales, más rastreadores y mayor frecuencia de paso en los convoyes de Metro que acabara con la saturación en andenes y vagones, se habían celebrado de manera pacífica durante cuatro días. Pero ese jueves, la concentración de vecinos de Vallecas a las puertas de la Asamblea, el Parlamento autonómico madrileño, sita en Entrevías, fue disuelta a palos por los antidisturbios de la Policía Nacional, dependiente del delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco –a la sazón también secretario general del PSOE en Madrid- y, en última instancia, del ministro del Interior, el socialista Fernando Grande-Marlaska. 


    “Nos dejan morir sin tomar medidas, nos encierran y, cuando protestamos, nos apalean y nos detienen”. Ese era el sentir de los vecinos de Vallecas esa noche de un Bloody Thursday, un Jueves Sangriento que sin tener la gravedad de aquel Bloody Sunday de Derry, afortunadamente para los manifestantes, sí se asemejaba a aquel en lo que tenía de punto de inflexión. Fue un día de toma de conciencia para muchos de que la salud y la justicia, digan lo que digan los que mandan, sí van por barrios; de hartazgo ante unas instituciones públicas que han ignorado olímpicamente los sufrimientos de los barrios del Sur de Madrid, los sociales y los económicos y ahora también los sanitarios; de desilusión máxima al comprobar que la policía pega igual con el PP que con los “socialcomunistas” en el Gobierno. 

 
    Las dos primeras quejas, la deficiente respuesta sanitaria y el confinamiento perimetral, iban contra la Comunidad de Madrid, en manos del PP. Pero los palos eran negociado del Gobierno de coalición PSOE-Podemos, el “más progresista de la historia” según sus integrantes. Abandonados y maltratados por sus tradicionales enemigos de clase, algo esperable al fin y al cabo, los vecinos del Sur eran para colmo aporreados por policías mandados por los que, supuestamente, son los suyos. ¿Cuál fue la respuesta de los partidos que conforman el Gobierno de coalición? En el caso del PSOE, silbar mirando para otro lado. En el de Podemos, criticar las cargas sin señalar a los responsables o, en los casos más lamentables, culpar a Díaz Ayuso, que no posee competencia alguna sobre la Policía Nacional, tomando por imbéciles a aquellos a los que supuestamente habían venido a defender en el Parlamento.


    Un mes después, y con un confinamiento ampliado y un estado de alarma mediante, la situación no ha cambiado para los barrios y pueblos más pobres de Madrid. Escasez de recursos sanitarios, mala atención, un transporte público peligrosamente saturado y un imaginario alimentado por la derecha madrileña y sus medios afines que señala con el dedo a los vecinos como culpables de su situación. Era difícil de creer que el PP, Ciudadanos y Vox fueran a tomar medidas para proteger a aquellos a los que desprecian, cuando no odian, profundamente: a los trabajadores, a los inmigrantes, a los pobres, a los que viven al Sur y al Este de la M-30. Pero, ¿y la izquierda? 


    Más allá de discursos vacíos y tuits redundantes, ni PSOE ni Podemos han movido un dedo para pararle los pies al demencial tándem Ayuso-Aguado. La oposición de Ángel Gabilondo e Isabel Serra en Madrid sería de chiste si no estuviera en juego algo tan serio como la salud y la vida de sus habitantes. Únicamente Más Madrid, con la médico Mónica García al frente, ha batallado contra las políticas sanitarias de la CAM, con más pasión que éxito, todo hay que decirlo. 


    Cuestión no muy distinta es la del Gobierno central. Salvo la aplicación del estado de alarma y el cierre de municipios en Madrid a mediados de octubre, una medida más efectista que efectiva, la reacción del Gabinete Sánchez-Iglesias ante los desmanes de Ayuso ha sido nula. Ni presión, ni intervención, ni investigación, sólo laissez faire, laissez passer, al más puro estilo de ese liberalismo al que tanto dicen denostar. Permitir  a Ayuso un cierre a la carta es la (pen)última decisión en esta línea de abandonar Madrid a su suerte, consintiendo a la presidenta llevar a cabo sus desquiciadas políticas sanitarias aunque se lleven a 70.000 personas por delante.


    Se diría que la estrategia de Sánchez e Iglesias es convertir a Ayuso en una nueva Puigdemont, siguiendo la estrategia del PP en 2017: renunciar a Cataluña para ganar votos en el resto de España alimentando la catalanofobia. La jugada les salió bien a medias, ya que parte de las nueces las ha recogido Vox. Pero PSOE y Podemos parecen dispuestos a permitir a Ayuso que haga lo que le dé la gana, hinchando el globo para presentarla ante el resto de España como ejemplo de lo mal que nos iría si el PP estuviera en la Moncloa, alimentando de paso la madrileñofobia y el miedo a los populares para ganar o mantener votos en Andalucía o Valencia. Eso explicaría también por qué Más País, un partido centrado en Madrid y con presencia casi nula en el resto del Estado, sí está dando la batalla en la comunidad. 


    ¿Qué quieren que hagan entonces los vecinos de Vallecas, de Villaverde, de Alcorcón o de Parla? Que sigan votándoles porque se supone que ellos son “los suyos”, aunque uno sólo pise el Sur en campaña y el otro saliera pitando a la sierra noble en cuanto ganó algo de pasta. Que les aplaudan porque ellos son el escudo que defiende a los pobres contra la amenaza de la ultraderecha, aunque en realidad mandan a su policía a escoltar a los ultraderechistas en Núñez de Balboa y a sacudir a los pobres cuando protestan. Que pongan la cara contra Ayuso, mientras ellos permiten y protegen todas sus tropelías. 


    De lo último, que no tengan duda. Los barrios y pueblos obreros de Madrid seguirán peleando contra sus enemigos de clase. Dudo mucho de que la gente que se manifiesta pidiendo unos servicios públicos decentes vote algún día a Vox. Pero no sé si les quedarán ganas de votar a PSOE o Podemos otra vez después de esta ignominiosa inacción ante la política criminal de la derecha. Ambos están cavando su propia fosa en Madrid. Maltratar a los tuyos para proteger a los otros implica perder a los primeros sin ganar nunca a los segundos.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Madrid, la derecha y la profecía autocumplida

"Madrid no es la tumba del fascismo. Es el paraíso de los pijos subnormales y los policías fachas”. Así rezaba un meme, impreso sobre la icónica foto del cartel “No pasarán” en la calle Toledo durante la Guerra Civil, que circulaba en mitad de la revuelta de los Cayetanos de mayo, difundido por integrantes de Podemos Comunidad Valenciana. En términos similares se expresaban militantes de otros partidos de izquierdas y de otras regiones: “Que se jodan”, “que cierren Madrid y se confinen con Díaz Ayuso”, “que disfruten lo votado”. Más allá del tradicional pique Madrid-periferia, de la habitual madrileñofobia o de unas relaciones entre pueblos marcadas por el desconocimiento y el topicazo en todas direcciones –el “disfruten lo votado” también se lo rebozan con frecuencia a gallegos, andaluces o castellanos-, el meme y las frases denotan dos fenómenos bastante graves.

El primero, una absoluta falta de respeto a los y las antifascistas de Alcorcón, Vallecas, Usera o Moratalaz que salieron a la calle a enfrentarse a los de las cacerolas. El segundo, la implantación en el imaginario colectivo al sur de los Pirineos de la idea de que Madrid es un feudo de la derecha, de que los reaccionarios son la mayoría social por aquí y de que el PP gobernará hasta el fin de los siglos.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Es Madrid de derechas, estamos predestinados a sufrir las privatizaciones y el saqueo de las Aguirre, Ayuso y compañía per secula seculorum, tenemos realmente lo que nos merecemos? ¿O se trata más bien de lo que los científicos sociales llaman una profecía que se cumple a sí misma? Y lo más importante: ¿estamos condenados o es que lo hemos hecho fatal hasta ahora y simplemente sufrimos las consecuencias?

Para empezar, viene bien dejar los memes por un momento y fijarse en los datos. Las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid en mayo de 2019 registraron una victoria del PSOE de Ángel Gabilondo con 880.000 votos, 165.000 más que el PP y un 27,3% del total. Más Madrid y Podemos, por su parte, alcanzaron 470.000 y 180.000 votos, respectivamente. Fue la suma de diputados de las tres derechas la que le dio mayoría sobre la izquierda: 68 frente a 64. Cuatro escaños de diferencia en la Asamblea de Madrid. No parece un balance muy hegemónico para la derecha. 

 

Foto: Wikipedia

 

Pero, aunque por escasa diferencia, lo cierto es que ganó la derecha, no la izquierda. ¿Por qué? Bien es sabido que a la gente de derechas le gusta votar. Quizás en los grupos de WhatsApp de la familia digan que todos los políticos son iguales y que la democracia es una basura, pero votan. Si se presenta Ayuso, la votan. Si se presenta David Pérez, le votan. Si se presenta un palillo con un moco pinchado en la punta, le votan. Por lo general –hay excepciones en todas partes, naturalmente-, el votante de izquierdas es más crítico. Si una candidatura le resulta interesante y le ilusiona, la votará. Si no, se quedará en casa decepcionado, o, en el mejor de los casos, circunscribirá su acción política al activismo en el trabajo, en el barrio o en la calle.

La siguiente pregunta está clara: ¿presentan los partidos de izquierdas candidaturas interesantes e ilusionantes en Madrid? El PSOE lleva años, desde la retirada de Juan Barranco de la política madrileña, poniendo aspirantes mediocres a más no poder. Ministros y secretarios de Estado quemados, el alcalde del tranvía de Parla y un entrenador de baloncesto, por ejemplo. Ángel Gabilondo rompió esa tónica, pero ha demostrado carecer de garra para liderar la oposición. En Podemos, tres cuartos de lo mismo. Ni el primer candidato, José Manuel López; ni la última, Isa Serra, ni el futurible, Jesús Santos, poseen el carisma ni la talla política de las primeras figuras estatales, ni siquiera los de alguna autonómica como Pablo Fernández o la antaño podemista Teresa Rodríguez. Otro gallo podría haber cantado en Más Madrid, pero la huida hacia arriba de Íñigo Errejón y la división interna entre errejonistas y carmenistas tampoco auguran un ticket potente para 2023, salvo que estrellas emergentes como Mónica García reviertan la situación.

Da la sensación de que los partidos de izquierda han comprado esa identificación de Madrid con derecha y han derivado en un pasotismo que les lleva a no molestarse en dar la batalla por la región. Las figuras políticas que salen de Madrid, que las hay, dan el salto al nivel estatal en cuanto pueden, como si una conciencia invisible les susurrara lo mismo que le decía el viejo proyeccionista al chaval de Cinema Paradiso: “Márchate, esta tierra esta maldita”. Y así, al sentirse despreciados por los partidos de izquierda, se crea en los madrileños poco politizados una conciencia del PP como “partido nacional madrileño”, como lo fue el PSOE en Andalucía, CiU en Cataluña, y lo siguen siendo el PNV en Euskadi y el propio PP en Galicia, disparándolo a la condición de partido hegemónico. El daño que Aguirre, Ayuso y compañía han hecho y hacen a Madrid queda en segundo plano frente a esta imagen falaz.

Llegamos así a una profecía autocumplida. Madrid no es de derechas. En las autonómicas ganó el PSOE, como hemos visto. En el ayuntamiento de la capital, Martínez-Almeida quedó segundo en las elecciones y es alcalde por los pelos. Los distritos de Salamanca y Chamartín suman menos habitantes que Vallecas, donde nunca ha ganado la derecha. Madrid también es la periferia rojimorada del Sur, es Distrito 14 dando la cara en la calle y la AV de Aluche repartiendo comida entre sus vecinos. Pero muchos, dentro y fuera de la comunidad, no lo ven así, consideran hecha la derechización de manera acrítica y dan Madrid por perdida.

Es esta una situación terriblemente peligrosa. Huérfanos de una izquierda que les ignora y les insulta, que sólo ve en Madrid un campo de batalla entre facciones o un trampolín hacia puestos estatales, muchos cometerán el error de creer que el partido de los Cayetanos es el de todos los madrileños, y picarán. O, lo más probable, pasarán de votar porque para qué. Y así, aunque Madrid siga sin ser pija ni de derechas, corremos el riesgo de que sus instituciones lo sean para siempre. A no ser que esos colectivos que dan la cara en la calle, esas asociaciones que cuidan de sus vecinos y esa gente organizada lo remedien. A no ser que vuelvan las AUPA, los Ganemos y los Madrid en Pie, con más alcance y con el conocimiento que dan los errores pasados. Pero si ello es o no posible, y cómo abordarlo, ya es tema para otro artículo.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Ni moderados ni minoritarios: Muse nos muestra el camino

Como buena expresión artística, la música siempre ha sido vista por muchas personas como una metáfora de otros aspectos de la vida, o de la vida en general. Sentimientos, fútbol, política… todo puede compararse con una canción, un artista o un estilo.


No me extrañó, por tanto, que en la pasada pugna entre pablistas y errejonistas, entre ritas y ramones, que libraron los miembros de Podemos en la Comunidad de Madrid, se planteara una metáfora musical para ilustrar las posiciones de cada sector. Así, los errejonistas de Rita Maestre y compañía serían más moderados, más asequibles al oído del común de los mortales, como el pop de los británicos Coldplay. Mientras, los pablistas capitaneados por Ramón Espinar serían unos tipos duros, contundentes, como el Jefe del rock, Bruce Springsteen. Una dicotomía que ha contaminado también el más reciente Vistalegre 2.

Una metáfora curiosa pero limitada, como suelen ser todos los planteamientos maniqueos. A veces, leyendo a algunos de los que la usaban, uno tenía la sensación de que en su vida habían escuchado a unos y al otro. Coldplay tiene canciones suaves, pero también intensas, y casi todas capaces de emocionar. Springsteen es rockero, pero para nada un heavy, y llena estadios con la misma facilidad que Coldplay. A mí, al menos, ni los ingleses me parecían tan ñoños ni el Boss tan minoritario como unos  y otros me daban a entender.

Pero como parecía que se trataba de una pugna por ver quién era más auténtico o más mainstream, lo apropiado de la metáfora era lo de menos. Al fin y al cabo, cosas más absurdas se dijeron en la breve campaña de las primarias en Madrid. Empezando por la disyuntiva radicales vs. moderados y mayoritarios vs. minoritarios (de los calificativos tipo “comunistas”, “sociatas”, “marginales”, “vendidos” mejor ni hablo por aquello de la vergüenza ajena). 

Y es que se diría que la única forma de alcanzar un éxito masivo es ofrecer un discurso –o una canción- edulcorado, soso, plano, vacío, sin fuerza ni alma. O que sólo se puede ser auténtico si te escuchan –o te votan- cuatro gatos, que todo el que arrastre a una marabunta de seguidores lo ha conseguido vendiéndose. Una colección de absurdos de la que nadie podía o quería darse cuenta.

Como enumerar partidos y líderes políticos que han ganado elecciones y han convencido a su pueblo con un discurso claro y honesto sería largo y probablemente aburra al personal, mejor sigo con la metáfora musical y hablo de la banda de rock actual más seguida del planeta –con permiso de los clásicos y veteranísimos Rolling Stones-: Muse



Los británicos Muse empezaron como un grupo de rock alternativo –sí, alternativo- y pronto descollaron gracias al virtuosismo de sus músicos, a la particular y emotiva voz del cantante y a una diversidad de facetas que hace que en un mismo disco –o en una misma canción- te encuentres momentos que suenan a metal, a punk, a hard rock y otros que son pura melodía.

Poco a poco, Muse pasaron de ser una banda de culto a una banda que llena estadios. Han coqueteado con el pop, con la electrónica, han prestado temas a la banda sonora de películas para adolescentes y aun así han mantenido a sus fans de siempre y ganado a otros nuevos en cada nuevo disco, en cada nueva gira. A día de hoy son, como ya he dicho, la banda de rock más seguida del planeta. Hace tiempo que superaron a U2, antaño reyes del stadium rock, y ya se les compara con Queen. 

Y todo sin renunciar a su estilo, evolucionado pero sin dar bandazos al ritmo de los estilos de moda. Algo que debería tener en cuenta Podemos: no renunciar a los valores con los que nació, los que le convirtieron en la esperanza de los que no creían ya en la política. Defender a los de abajo, sin miedo a no gustar a los de arriba.

Pero, y no menos importante, sin renunciar tampoco a ser grandes. No se es más alternativo ni más fiel a uno mismo por gustar a un número reducido de personas. Y eso vale tanto para la música como para la política. Podemos debería alejarse tanto de la tentación de convertirse en un partido sin alma para gustar a los que nunca van a dejar de odiarles, como de la mística de la derrota que impregna a buena parte de la izquierda –se autodefina así o no- española.

Volviendo a Muse, lo mejor de todo es que nunca ha dejado de sonar a Muse. Tienen temas más contundentes y otros más suaves, que gustan a públicos distintos o incluso al mismo, pero nunca han renunciado a seguir su estilo, ni a adaptarse a propuestas nuevas, pero tampoco a ir ganando fans. Cambien “Muse” por “Podemos”, “estilo” por ideas, y “fans” por “votos”. ¿Qué tal suena?

viernes, 29 de abril de 2016

Fin de la clase obrera y lenguaje de catedráticos

Se quejaba hace no mucho Juan Carlos Monedero de que Podemos es “un partido de hipsters”, compuesto fundamentalmente de intelectuales, profesores y profesionales urbanos –algunos claramente proletarizados, aunque eso Monedero se lo ahorra-. Y clama porque haya más trabajadores y parados. ¿Dónde están esos trabajadores y parados que, según Monedero, no acuden a los círculos de Podemos? Pues mira, campeón, están votando al PSOE, a Ciudadanos e incluso al PP, o en su casa viendo El Chiringuito y Sálvame.

Como cualquier alumno de Bachillerato medianamente aplicado sabe, el marxismo es un sistema de pensamiento científico. Curiosamente, los más leales al marxismo son los que más a menudo olvidan ese carácter científico del pensamiento de Marx y más tienden a considerarlo un conjunto de dogmas de fe, inamovibles, incuestionables e incriticables. Y el de la “clase obrera” es uno de ellos.

Para empezar, el término “obrero” o “trabajador” corresponde a una categoría principalmente económica, que toma un carácter social y político, pero nunca a una categoría ética o moral. Eso se llama argumento ad pauperum y no es marxismo, ni corresponde a ningún análisis socioeconómico razonable. De hecho, el propio Marx, al referirse a los trabajadores, utiliza términos tan dispares como “clase”, “alienación” y “lumpen”, y sólo el primero es positivo. Santificar a un tío sólo por el hecho de que su único activo sea su fuerza de trabajo y no disfruta del total de los beneficios generados por dicho trabajo es cualquier cosa menos sensato, da igual si la perspectiva es marxista o no. 



Desgraciadamente, la izquierda –y basándome en sus tesis, considero a Monedero de izquierdas- no sólo tiene una querencia exagerada por los dogmas, también por los mitos. Y el del obrero revolucionario de la Comuna de París, o del Petrogrado de 1917, o de la Barcelona de los años 20, con un arma en una mano y un libro en la otra, es un mito. Quizá fuera real en 1930, o en 1950, pero hoy el trabajador típico español no lee otra cosa que el Marca y en una mano lleva un smartphone con trap sonando a todo trapo y en la otra las llaves de un Seat León tuneado. Naturalmente, son obreros, pero no son clase obrera, en el sentido de que carecen de conciencia de clase.

¿Qué partido se puede hacer con esa gente? En el mejor de los casos, ninguno, porque el personal pasa de política. Y en el peor, uno que intente resolver los problemas eliminando diputados, quitándole la autonomía a Cataluña y echando a los inmigrantes al mar, que es el discurso que más cala entre los que a día de hoy componen el grueso de los trabajadores; no hay más que ver los últimos resultados electorales.

Claro que, siendo serios, hay que reconocer que la alienación no sale de la nada. Es fruto de una serie de estructuras –superestructuras, las llamaba Marx- que vacían y llenan cerebros a su antojo y convierten a cualquier persona sin una formación sólida en alguien incapaz de ver más allá de sus narices, en alguien que besa la bota que le pisa, en alguien que ama al opresor y odia al oprimido.

Ciertamente, dejarse alienar o no es responsabilidad de cada uno. Pero también es cierto que gente poco formada es presa fácil de unos manipuladores de cerebros mucho más y mejor preparados que ellos. Y contrarrestar esa manipulación, frenar ese proceso masivo de alienación, correspondería a los que sí poseen una cultura política sólida. Ahí es donde cobraría sentido la queja de Monedero. Tenemos un partido compuesto, al menos en sus cuadros superiores, de intelectuales y politólogos, gente con sólida formación política, que a menudo tienden a hablar sólo para gente como ellos, para la gente con la que llevan tratando casi en exclusiva desde hace dos o tres lustros.

Cuando se oyen en sus bocas historias de “significantes flotantes”, “núcleos irradiadores” o “significantes muertos”, me imagino no ya la cara de un cani, sino la de una persona que se puso a trabajar al terminar la secundaria y que no ha tenido la oportunidad –no sé si para bien o para mal- de leer a Laclau. Personas lo suficientemente listas para darse cuenta de que el jefe vive mejor mientras ellas viven peor y de la relación causa-efecto entre ambos fenómenos, pero que difícilmente se sentirán atraídas por unos tíos y tías que abusan del hermetismo en el lenguaje que históricamente ha caracterizado el discurso de las clases dominantes.

Si quiere evitar que le pisoteen, todo obrero debería empezar por tomar conciencia de que lo es y formarse políticamente. Muchos miembros de los círculos de Podemos –más de lo que piensa Monedero- encajan en esa categoría. Pero para los demás, convencer es una obligación de los “líderes”. Sólo cuando desciendan al lenguaje y el argumentario de la gente de la calle podrán quejarse de que las masas pasan y no escuchan. Sólo entonces, cuando hablen como ella, serán verdaderamente, los “políticos de la gente”.

miércoles, 22 de abril de 2015

¿A quién le comerá la tostada Ciudadanos?

Aunque es aconsejable no confiar ciegamente en las encuestas, sí parece cosa hecha el éxito de Ciutadans en su salto a la política estatal, previo rebranding. Sondeo tras sondeo, Cuitadans –ahora Ciudadanos- figura entre los cuatro primeros partidos del país en intención de voto, y a poca distancia de los otros tres. El último, el Índice de Opinión Pública de Simple Lógica, socio de Gallup en España, sitúa al partido naranja en cuarto lugar, con un 18% de intención de voto. Como la política, al igual que la vida, es un juego de suma cero, no hay que ser muy espabilado para darse cuenta de que esos votos vienen de alguna parte. Si Ciudadanos pasa de la nada al 18%, ¿quién sufrirá las consecuencias de este ascenso? ¿Quién, de haberlo, saldrá beneficiado?


Indudablemente, el gran perjudicado de la irrupción de Ciudadanos en el panorama político nacional es UPyD. Los de Rosa Díez comparten audiencia objetivo con los naranjitos: canis, miembros de ForoCoches, todos aquellos que piensan que todos los políticos son iguales, que odian a catalanes e inmigrantes por igual y sostienen que la solución a todos los males es eliminar las autonomías y los coches oficiales. Hasta ahora, el partido magenta se las prometía muy felices en sus planes de capitalizar ese voto que prefiere la demagogia a la ideología. Pero tras su fallida alianza con los de Albert Rivera, han visto cómo estos salían de Cataluña dispuestos a hacerse fuertes en todo el Estado. La importante cobertura mediática –casi siempre positiva- que ha tenido Ciudadanos y el controvertido perfil de Díez han dejado fuera de juego a UPyD en cuestión de semanas. 



Pero, además de UPyD, hay otros dos partidos que pueden sufrir una fuga de votos hacia Ciudadanos. Uno es el PP, otrora único representante del voto útil de la derecha, paladín del neoliberalismo y defensor de la sagrada unidad de España. Pero cuatro años de corrupción, promesas incumplidas y alguna traición que otra a sus votantes más ultras (v.g., el aborto) les han colocado en una posición de cierta debilidad, con el problema de que por primera vez hay una alternativa de voto seria. No estamos hablando de Falange ni de VOX, estamos hablando de una alternativa al bipartidismo, la segunda que sale en menos de un año, dicho sea de paso.  

Es precisamente esa otra alternativa la que tiene motivos para mirar con preocupación este fenómeno: Podemos. Como todo partido con vocación de gobierno que se precie, Podemos ha jugado la baza de la indefinición para atraer a cuantos más votantes mejor. Cualquiera que haya escuchado sus propuestas puede darse cuenta de que se trata de un partido de izquierdas, pero ha preferido aprovechar el discurso un tanto hueco del 15-M para ganarse a los indecisos, a los que pasaban de política hace cinco años y a los que no son “ni de izquierdas ni de derechas”. Así las cosas, Pablo Iglesias y los suyos se dirigen por igual al electorado progresista y comprometido, y al que no va más allá del “políticos ladrones” y el “yo soy español, español, español”.

La clave, a mi juicio, está en saber cuántos de los potenciales votantes de Podemos pertenecen al primer grupo y cuántos al segundo. Si los primeros son clara mayoría, el de la coleta no tiene de qué preocuparse. Pero si la cosa se acerca al fifty-fifty, o incluso se decanta del lado de los segundos, mejor que se vaya olvidando de ser el Tsipras español. Ciudadanos tiene un líder joven, un discurso (muy) moderadamente crítico con el sistema y, lo más importante, un apoyo incondicional en muchos medios. A Rivera y a Villacís nadie les va a investigar sus declaraciones de IVA ni les va a acusar de estar aliados con el maligno; de las cuentas de Nart en Suiza casi ni se habla. Y eso, en un país donde el común de sus súbditos sólo se cree lo que sale en la tele, significa mucho. Hay quien dice, incluso, que un sector de los medios, asustado ante el avance de Podemos, ha alimentado a Ciudadanos como alternativa sistémica al bipartidismo. Quizás sea mucho decir, pero el trato mediático no es ni de lejos equiparable.

En cuanto a Izquierda Unida, a priori no tiene nada que temer (ni que esperar). Por norma general, el electorado de IU es fiel, concienciado y comprometido (quizá por eso mismo son tan pocos). La fuga de votos ya la ha sufrido con Podemos y no es de esperar que un viejo militante que conserva sus ideales marxistas o un intelectual de izquierdas se dejen seducir por las palabras de Luis Garicano.

Queda un último actor: el PSOE. Mi siguiente argumento será, probablemente, el más discutible. Pienso que es el único beneficiado, aunque de soslayo, del auge de Ciudadanos. Naturalmente, estoy hablando de intención de voto, no de pactos poselectorales, y ahí volvemos a lo dicho: aparte de UPyD, los grandes perjudicados por Ciutadans –como les llama Cospedal- son el PP y Podemos; es decir, los principales rivales del PSOE.

¿Tiene importancia esto, más allá del “enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Creo que sí. El sistema electoral español favorece, como sabemos, a los partidos mayoritarios; concretamente, prima al más votado en cada circunscripción. Si PP y Podemos pierden votos con destino a Ciudadanos, el PSOE –que también conservaría el primer puesto en sus provincias- lograría además la mayoría en otras circunscripciones más disputadas, como consecuencia del debilitamiento de sus dos rivales. Esto sería especialmente pernicioso para Podemos, que no cuenta aún con feudos y que, a pesar de concentrar muchos votos en el conjunto del país, vería como ese apoyo no se traduce en un número equivalente de escaños. El primer avance lo hemos visto en las elecciones andaluzas, pero hasta noviembre todavía queda mucho y pueden pasar muchas cosas.

martes, 19 de agosto de 2014

Podemos y el momento del 'bajón'

Qué quieren que les diga, a mí Podemos me recuerda al Atlético de Madrid. Y no sólo porque simpatice con uno y con otro, o porque ambos sean outsiders frente al bipartidismo en el poder, que también. Me viene la comparación a la cabeza tras conocer la última encuesta del CIS que le coloca ya como tercera fuerza política, tras PP y PSOE y a poco más de un año para las generales.

Me viene a la cabeza porque, desde unos años a esta parte, el Atlético empezaba las temporadas imparable, tanto que en la prensa y en la calle se comentaba que podía hacerle sombra al Barça y al madrid. Pero llegaban los agoreros, que, argumentando falta de experiencia competitiva y escasez de recambios en el banquillo, auguraban que el Atleti en cabeza de la Liga sería flor de un par de meses, hasta que le llegara el "bajón".

Y el "bajón" llegaba. Un año en noviembre, el siguiente en enero, cada año más tarde, pero siempre llegaban tres o cuatro petardazos seguidos que dejaban al outsider incapacitado para pelearle el título a los de siempre. Hasta este año de gloria, claro.

Y por eso me acuerdo del Atleti ahora que Podemos apunta a colocarse en posición de llegar algún día al poder. Porque cuando el débil asoma la nariz por los territorios coto de los grandes, uno tiende a pensar que el sueño no puede durar mucho. Tan agorera perspectiva viene motivada por años de sufrimiento rojiblanco, pero también, y sobre todo, por análisis más serios.

En contra de lo que afirman muchos iletrados, el programa de Podemos es serio. El problema es cuántos de sus potenciales votantes se lo han leído y están de acuerdo con él, y cuántos se han apuntado a Podemos como hace tres años se apuntaban al 15-M: con espíritu de pataleta y razonamientos de demagogia, con el "no nos representan" como límite de su pensamiento político.

Porque armar bulla en las plazas y despotricar a diestro y siniestro (nunca mejor dicho) es fácil, y divertido. Pero con eso no se cambia un país, ni se regenera la política, ni se reflota la economía ni se redistribuye la riqueza. Los hipsters de Sol salieron haciendo fú cuando el 15-M se puso a la tarea de plantear propuestas serias. 

A nadie se le escapa que Podemos es visto por muchos españoles como una reedición en partido del movimiento de las manos en alto. Ignoro hasta qué punto sus dirigentes e impulsores son conscientes de ello -pero imagino que bastante-. Ignoro también qué les parece -aunque imagino que mientras les sirva para sumar apoyos en las encuestas les parecerá de pelotas-.

Y ahí veo venir el bajón. En que el 15-M iba a ser la "Spanish Revolution" y se quedó en cuatro gatos en dos plazas. Y que, si llega el momento de gobernar -y con él, el de ponerse serios-, no me cabe duda de que Podemos se pondrá a ello, y lo hará con la mejor de las intenciones posibles. Pero, como dice Antonio Banderas en El Mariachi 2, es más fácil disparar que tocar la guitarra. Y el "no nos representan" no sirve para gobernar, sólo vale para quejarse.

Todos los que votan Podemos como una expresión del derecho al pataleo se enfrentarían a la realidad, y entonces llegaría el bajón, como le llegó al 15-M. La clave está en a cuántos votantes de Podemos les da igual izquierda que derecha, trabajador que empresario, un programa que otro. De la magnitud de ese porcentaje dependerá la magnitud, y el momento, del bajón, y con ello el futuro de Podemos.