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lunes, 21 de diciembre de 2020

Biden, la decadencia de un imperio y su impacto en el resto del mundo

Polémica, remontada, suspense, amenazas… y al final ganó Biden. Las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos han sido fieles a esa regla tan yanki de que el espectáculo es lo que importa, dando más espectáculo que nunca, pero el resultado ha sido el mismo que apuntaban las encuestas desde hacía meses: victoria del demócrata Joe Biden y su segunda de a bordo Kamala Harris. A ello se suma la mayoría demócrata en el Congreso y la probable republicana en el Senado, lo que augura, como es habitual en los USA, dicho sea de paso, un equilibrio de poder bastante delicado y poco favorable a decisiones revolucionarias, que por otra parte no abundan en la política de Washington.  

Como es norma desde que Estados Unidos es una superpotencia, tras cada elección presidencial los demás países nos preguntamos cómo nos va a afectar la presencia del nuevo inquilino de Pennsylvania Avenue al resto del planeta. Y con mayor motivo en un contexto en el que, por primera vez desde hace tres décadas, el nuevo presidente de los EEUU no asume el mando de una potencia hegemónica a nivel mundial.

De hecho, el proceso de decadencia de la hegemonía estadounidense viene de más atrás. La propia  victoria de Trump en 2016 es consecuencia, entre otros factores, de la crisis económica de EEUU, provocada por el avance progresivo de la economía financiera en detrimento de la productiva, deslocalizada esta en el sureste asiático. Trump propone un repliegue proteccionista y una relocalización (en esto hay que reconocerle que ha sido un pionero), y eso le valió el voto de mucha clase obrera blanca afectada por la desindustrialización.

Pero, aunque a la interna la economía yanki no ha ido mal hasta principios de este año, Trump no ha logrado reducir las tasas de pobreza (creo que tampoco lo pretendía, este tipo de gente odia a los pobres como ya sabemos). Y a la externa, la perdida progresiva de poderío del dólar se ha acentuado en estos cuatro años en beneficio del yuan, y el ascenso de China al estatus de primera potencia económica es inevitable.

EEUU se encuentra inmerso en una Trampa de Tucídides con China: una potencia hegemónica en declive frente a otra en ascenso. ¿Como puede resolverse esta trampa? Normalmente a través de una guerra (que no tiene por qué ser militar). Y de esa guerra pueden salir tres escenarios. Uno, victoria de la potencia declinante y reafianzamiento de su hegemonía. Dos, victoria de la potencia ascendente y el consiguiente reemplazo como nueva potencia hegemónica. Tres, coexistencia más o menos forzada.

Personalmente, creo que el escenario uno es ya imposible. China será la nueva potencia mundial mas pronto que tarde, y ante eso EEUU puede optar por tres vías. La primera, admitir su declive y adaptarse a la nueva situación, conservando parte de su poderío (que no es poco) y manteniendo una actitud colaborativa con los nuevos amos del cotarro, los chinos. Es lo que hizo Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial. La segunda, hundirse y pasar de superpotencia a país de segunda división. Es lo que hizo España en el Siglo XVII. La tercera, hundirse y llevarse al mundo occidental por delante con ellos.


Qasioun News Agency
https://www.youtube.com/watch?v=5GomGZViTrU

 

Parecía, a la luz de sus actos, que Trump prefería la tercera. De ahí que haya estado alimentando- con dinero y con asesores, al estilo americano- una suerte de Interterror Ultraderechista que auna a las milicias supremacistas blancas de Michigan, a los Gobiernos de Polonia y Hungría, a partidos como Vox en Europa occidental, a caudillos filofascistas como Bolsonaro y a los paramilitares ucranianos. En este sentido, la derrota de Trump más que la victoria de Biden puede suponer un alivio para las democracias occidentales. Pero no convendría alegrarse demasiado ni demasiado pronto: recordemos que fueron Obama y el propio Biden, con la activa colaboración de Hillary Clinton y John Kerry, quienes patrocinaron y armaron a esos mismos paramilitares ucranianos en 2014 y, anteriormente, a los fundamentalistas islámicos en Siria y Libia en 2011. Con demócratas o con republicanos, el dólar prevalece sobre la democracia.

Es por ello que Europa haría muy mal en seguir dependiendo de Estados Unidos, que no solo es el caballo perdedor, sino que además es un enemigo tradicional de Europa, aunque los dirigentes europeos lo nieguen. Valga el acto de presionar a Hungría para que no adopte la vacuna rusa como ejemplo criminal de rusofobia.

Lo mejor para EEUU (y para el resto del mundo) es que asumieran que el tiempo de las talasocracias atlánticas ya ha pasado y que adoptaran un nuevo papel, cediendo parte de su hegemonía cultural y, desde luego, militar y económica. China está conquistando África, pero ofreciendo infraestructuras y ayuda al desarrollo a cambio de los recursos naturales. En la pandemia se está viendo cómo en China han reaccionado poniendo el bien común por delante de los intereses individuales. Y no tienen el orgullo absurdo de pensar que lo suyo es lo mejor y no necesitan aprender de nadie. Aun siendo culturas muy diferentes, no nos vendría mal aprender de ellos.

Con todo, Europa todavía tiene cosas (inmateriales) que ofrecer al mundo. Somos un ejemplo en historia, en cultura, en Derechos Humanos, en Estado del Bienestar, en coexistencia democrática de ideas, fruto estas tres ultimas del periodo 1950-1990. Podemos aún jugar esa baza para pintar algo en el nuevo orden y tener un futuro decente. Pero esa baza no va a durar siempre. Y el seguidismo absurdo de los dictados de los USA, sean presididos estos por Biden o por Trump, que practican los dirigentes europeos desde hace décadas nos coloca en una pésima situación para aprovecharla.

sábado, 22 de octubre de 2011

Gadafi ya no es nuestro hijo de puta

Corría el año 1969 cuando un grupo de jóvenes oficiales deponía al rey Idris y establecía una república socialista y panarabista en Libia. El nuevo régimen, liderado por el coronel Muammar al-Gadafi, pretendía luchar contra el subdesarrollo y los restos del colonialismo y el racismo en África y el mundo árabe.

Tales intenciones, claro está, nunca fueron del agrado de las potencias occidentales. Mientras Gadafi limitó su discurso a Libia, todo se mantuvo dentro de los límites de lo aceptable. Pero cuando intentó extender este planteamiento, apoyando a grupos terroristas de Palestina, Irán y Líbano, las cosas se pusieron feas. Tras el atentado contra la discoteca La Belle de Berlín –en el que murió un soldado estadounidense-, aviones de la OTAN, enviados por el presidente de los EE UU, Ronald Reagan, bombardearon Libia en 1986, matando a decenas de personas, entre ellas una hija de Gadafi. En respuesta, terroristas libios hicieron estallar en pleno vuelo un avión de la Pan Am en Lockerbie dos años después. Murieron 270 pasajeros. La llamada “comunidad internacional” reaccionó con sanciones y embargos, y el conflicto se fue enquistando.

Así estaban las cosas cuando, al cabo de 10 años, Gadafi, harto de figurar en las listas de enemigos públicos del mundo libre, decidió cambiar de bando. No tenía más que mirar a sátrapas del mundo árabe como Mohamed VI, el rey Fahd o Hosni Mubarak, que tiranizaban tan panchos a sus pueblos, sumiéndolos en la miseria a la par que se enriquecían, mientras las potencias occidentales, sus aliadas, miraban para otro lado. Si ellos hacen eso, ¿por qué me persiguen a mí?, debió de preguntarse Gadafi.

La clave estaba en situarse en el bando correcto, y eso hizo. Reconoció su responsabilidad en el atentado de Lockerbie. Subcontrató sus cárceles con la CIA para que enviara allí (en vuelos secretos vía España) a los detenidos de la guerra contra el terror, los encerrara y los torturara a gusto, sin que los defensores de los derechos humanos metieran la nariz como en Guantánamo. Firmó contratos millonarios con las petroleras Total y Eni. Contribuyó generosamente a las campañas de Sarkozy y Berlusconi. Plantó su jaima en El Pardo y se hizo fotos amistosas con Aznar, el rey de España y Zapatero. En 2008 acudió a una cumbre del G-8, invitado por Barack Obama. Incluso su hijo futbolista Saadi llegó a jugar en la Sampdoria. De apestado a colega en una década. No había cambiado nada en Libia, pero de repente Gadafi ya no era tan malo; al fin y al cabo, se había juntado con los buenos. Seguiría siendo un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta, pensó Occidente. Los discursos en pos de la liberación del mundo árabe se habían quedado en palabrería sin sustancia, pero el Coronel dormía más tranquilo (y más rico).

El mundo se fue olvidando de Gadafi, salvo cuando aparecía con su exótica troupe y la correspondiente puesta en escena en alguna capital europea. De vez en cuando se le tachaba de dictador, aunque nunca se recordaba que Libia es el país de África con el mayor índice de desarrollo humano (0,755, frente al 0,261 de Níger), que su renta per cápita supera los 10.000 dólares (no muy mal distribuidos, a juzgar por el citado IDH) y que la esperanza de vida de un libio está en 77 años, inimaginables para un ruandés o un congoleño, a no ser que se trate de un señor de la guerra y del coltán.

Y en esas estábamos cuando, a principios de año, estalló la Primavera Árabe. Los súbditos de los sátrapas anteriormente mencionados se hartaron de sufrir miseria y se alzaron contra sus regímenes http://kolowa.blogspot.com/2011/02/tunez-egipto-se-acabo-el-fin-de-la.html. Las revueltas prendieron en Túnez y Egipto, fracasaron en Bahrein y Yemen y tuvieron escaso impacto en Marruecos o Jordania. Y estallaron en Libia, pero con una particularidad: los que se alzaron contra Gadafi no eran jóvenes urbanos hartos de no tener futuro, sino milicias tribales del Este del país. No usaban sus voces y sus cuerpos para derrocar al Gobierno, sino lanzamisiles y armas automáticas. En los medios europeos se le llamaba revuelta, al olor de las de Túnez, pero tenía más pinta de guerra civil entre facciones armadas, con el objetivo de lograr el poder en un país con ingentes reservas de gas natural y petróleo.

Y hete aquí que la OTAN intervino. Contra Gadafi, como 25 años antes. Con el argumento de defender a un pueblo indefenso del tirano que lo estaba masacrando por defender sus derechos y libertades, la Alianza, capitaneada esta vez por Francia e Italia, los hasta ayer socios del Coronel, envió barcos, aviones y tropas para ayudar a “los rebeldes”. Sin contar con las armas de todo tipo y el dinero que suministró a las milicias de Bengasi, erigidas en Consejo Nacional de Transición. Curiosamente, los pueblos que se rebelaban contra sus Gobiernos en otros países del mundo –la mayoría de ellos, con bastantes motivos y mucho menos que perder- no merecían la misma consideración.

En la operación se cepillaron a unos cuantos civiles, de esos a los que pretendían salvar, pero ya saben: eso son daños colaterales. Tiro a tiro, y bombardeo a bombardeo, los gadafistas fueron perdiendo terreno hasta la huida final, y a Gadafi le liquidaron en un túnel de Sirte, ante el alborozo de la comunidad internacional, esa que suelta lágrimas de cocodrilo por el encarcelamiento de un corrupto escultor chino, sin ir más lejos.

Ahora los libios se preparan para una nueva era, bajo una bandera que ya no es verde. Y bajo un nuevo régimen que ya no será islámico, sino islamista. El anuncio de la Constitución que está preparando el CNT habla de la sharia como fuente de derecho y su presidente, Mustafa Abdulyalli, ya se ha encargado de advertir de que “cualquier ley que contradiga los principios del islam es nula a todos los efectos”. Si el pueblo libio se había hecho a la idea de vivir en un país como Francia o Italia (bunga-bunga incluido), quizás hagan mejor en fijarse en Pakistán o Arabia Saudí. Y nosotros también. La idea de armar y financiar a unos grupos tribales que abrazan el fundamentalismo islámico en cuanto alcanzan el poder ya la tuvo EE UU en los 80 en Afganistán, con los resultados conocidos. Y ahora parece que se repite la historia.