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lunes, 30 de noviembre de 2020

Maradona, 'uno di noi', uno como nosotros

Dicen que los dioses son eternos. Pero a D10S, entendido como Maradona, le llegó su hora esta semana. Su persona, su parte física, su cuerpo, no serán eternos, obviamente, pero basta con ver las reacciones a su muerte en todo el mundo, especialmente en Argentina y en Nápoles, para darse cuenta de que el Pelusa ha alcanzado la eternidad que por principio le es negada a las personas humanas, reservada únicamente para las divinas y para unos pocos que dejan su huella en la historia. 

Aquellos que no gustan del fútbol se lamentan de que un futbolista haya logrado una gloria eterna que, según ellos, debería estar reservada para los grandes dirigentes, para escritores y pintores y, como mucho, para algún cineasta. La respuesta es clara: Maradona será eterno porque cambió la vida de mucha gente, mucho más –o mucho mejor- de lo que lo hayan podido hacer Aznar o Gordon Brown, Coixet o Vargas Llosa. Para comprender la trascendencia del 10 argentino por antonomasia habría que conocer historias como la de la noche del 3 de julio de 1990 en el estadio de San Paolo (Nápoles), hoy renombrado como Diego Armando Maradona. 

Esa noche, Argentina e Italia se jugaban el pase a la final del Mundial de Italia’90. Nápoles era la casa de Maradona, la estrella de Argentina, que había llevado al Napoli a ganarle una UEFA a los alemanes del Stuttgart y una Liga a los poderosos clubes del Norte, AC Milan y Juventus. Por primera vez, los del Mezzogiorno habían hecho morder el polvo, aunque fuera en un campo de fútbol, a aquellos que se habían mofado de ellos durante años. Así que era normal que los napolitanos tuvieran el corazón dividido esa noche.

Dividido hasta que los aficionados de otras partes de Italia que habían bajado a Nápoles a ver el partido empezaron a insultar a Maradona, el mayor peligro de Argentina. El talento provoca miedo y odio, ya lo sabemos. Los napolitanos que estaban en el campo, en SU campo, reaccionaron ante esa afrenta a uno de los suyos tirando las banderas de Italia y poniéndose a animar a Argentina. Al final el gol no lo marcó Maradona, sino Caniggia, y Argentina pasó por penaltis. 

Pero la lección de dignidad que dieron los napolitanos ese día es lo que cuenta: tu gente, aquello en lo que crees, vale mucho mas que un país, más que la bandera de un territorio en el que no has elegido nacer y sobre cuyas leyes poco o nada puedes decidir. Luego Maradona cayó al infierno y emergió mirando la vida mas allá del fútbol. Quizá esa noche tuviera algo que ver. Sea como fuere, para los que amamos el fútbol por encima de la patria y el negocio, Maradona será siempre uno di noi

Pero, se preguntan algunes estos días, ¿puede ser uno de los nuestros un cocainómano, un tipo que se iba de putas, que maltrataba a sus parejas? Sobre eso, el propio Maradona lo expresó mejor que nadie en el documental de Kusturica: “Me arrepiento del 99% de las cosas que he hecho en la vida. Lo único que hice bien lo hice con la pelota”. Parece claro que la coca, las prostitutas, los malos tratos y todo lo demás formarían parte de ese 99%.

Por otra parte, un cocainómano, un tipo que se va de putas, sí puede ser uno de los nuestros. De hecho, todos tenemos amigos, conocidos, personas cercanas, que lo hacen. Desgraciadamente, algunas personas incluso conocen a gente que ejerce malos tratos o, aun peor, los sufren directamente. Y ese “todos” incluye a figuras mediáticas y a dirigentes de los dos partidos políticos que, en España, aglutinan a los detractores de Maradona. Pero esos periodistas, artistas y políticos subidos al púlpito de la moral intachable eluden la crítica, e incluso veneran, a violadores, defraudadores de impuestos, proxenetas y hasta fascistas. ¿Por qué a Maradona, en cambio, lo atacan con saña?

Puede que la respuesta tenga que ver con esa historia del San Paolo. Maradona era un ídolo para los de abajo. Un chaval que creció en un barrio marginal y acabó derrotando a la selección de un imperio una tarde de 1986 en el Estadio Azteca; primero siendo más ladrón que los ingleses, luego jugando mejor que ellos. En Argentina y en Nápoles le adoraban, pero también en África y en Palestina; era un ídolo porque había llegado a ser el mejor del mundo en lo suyo, pero también porque no se había olvidado de dónde venía. Era uno de los nuestros, pero también era uno como nosotros. No tenía la conciencia de clase de Socrates o Lucarelli, pero supo mirar más allá del fútbol, y decía que cualquier chaval que jugara en un equipo alevín de barrio valía más que todos los directivos juntos.

Y de eso se trata. Los de abajo no tienen derecho a salir del barro, ya lo sabemos, pero para algunes ni siquiera tienen derecho a mirar a las estrellas. No basta con obligarles a vivir una vida de mierda, con tratarles como una mierda, también hay que recordárselo, que no se les olvide que son unos mierdas y, por supuesto, que sus ídolos también lo son.

Pero da igual. Maradona hizo feliz a mucha gente, les hizo soñar con que un día podían convertir sus vidas en algo tan mágico como un slalom entre jugadores rivales o un tiro de falta alojado en un rincón imposible de la portería. Por eso se encienden bengalas y se pintan murales en su honor. Por eso es eterno.

No obstante, es innegable que su vida no fue ejemplar. Aunque en cierta medida, yo creo que su vida sí fue un ejemplo; un ejemplo de que, por mucha pasta que te llegue de golpe, sin educación no vas a ninguna parte. Si en el ranchito donde creció Maradona hubiera tenido posibilidades de ir a una buena escuela, con unos buenos maestros, habría sabido pensar por sí mismo y asimilar mejor el dinero y la fama. Creo que, entre otras cosas, por eso alucinó tanto con Cuba: aunque estuvieran en serios apuros económicos, cualquier cubano recibía una educación para poder mirar cara a cara a cualquiera, y no ser presas fáciles de vendehumos. Deberían aplicarse el cuento el Yung Beef y unos cuantos traperos más y, sobre todo, tomar nota todos esos chavales que piensan que estudiar no vale para nada y que lo que cuenta es ganar pasta. Ni siquiera el mejor del mundo puede manejar su vida sin el conocimiento suficiente… aunque Maradona sí supo alegrársela a los demás.


viernes, 16 de octubre de 2015

Atleti 2015, el año del retroceso

Volvió el fútbol, volvió la Liga y volvió el Atleti, este año sin un título que echarnos a la boca como en los tres anteriores. Vuelven también las conversaciones de todos los años por estas fechas, que si este año ganaremos algo, que si somos aspirantes al título, que si podemos repetir la final de la Champions de 2014.

Y vuelven, desgraciadamente, los lamentos por los que se fueron en verano. A Mandzukic, pese a su indudable compromiso con el equipo y al gol que nos dio nuestro último título –la Supercopa de España 2014-, no son muchos los que le echarán de menos. Otra historia es Arda Turan. Uno de los jugadores con más talento de la historia del Atlético de Madrid se fue a un club donde la clase se valora más (y con más pasta, dicho sea de paso) y dejó un déficit suplementario de calidad en un centro del campo que no brilla precisamente por el talento.

Curiosamente, después de una temporada 2014-2015 en la que el Atleti cumplió pero no estuvo a la altura, en títulos ni en juego, de lo esperado, el Cholo prometió una revolución en el equipo, dándole a Koke el manejo del centro del campo. La promesa nos ilusionó a muchos, los que recordamos que jugar rápido, intenso y bien no son cosas incompatibles. Con Koke de medio centro, todo apuntaba que el Atleti sería más creativo, tendría más recursos y aunaría velocidad y buen juego, como el mítico Atleti de los 70. 

Pero la pretemporada fue transcurriendo y Koke regresó, tras un par de pruebas como 5, a la banda izquierda de siempre. El esperado recambio de Arda no fue tal, sino un par de extremos –Vietto y Carrasco- prometedores pero más dotados para la carrera que para el toque. Afortunadamente, volvió Oliver, al que algunos ya nos temíamos vendido al Oporto. Y la renovación quedó ahí.

El primer partido de la Liga, una victoria 1-0 en casa ante la UD Las Palmas, dejó algo de brillo en la primera parte y mucho sopor en la segunda. El Atleti ganó gracias al portero y al delantero más en forma del equipo, pero no convenció a casi nadie. Los siguientes partidos ante Sevilla y Galatasaray dejaron mejor imagen, pero contra el Getafe se volvió al brillo escaso y el tostón durante la mayor parte del partido, algo que se repitió en el derby contra el Real Madrid.  

Preocupa que al inicio de la quinta temporada de Simeone, el Atleti juega peor que al inicio de la segunda (recordemos el Atleti-Chelsea de septiembre de 2012). No entraré en el tema de que los nuevos fichajes –sobre todo Vietto- no son titulares. Al fin y al cabo, el Atleti es un equipo grande (algo que algunos parecen olvidar) y ningún equipo que aspire a títulos tiene solamente 11 jugadores de primer nivel en la plantilla.

La defensa es la de siempre, con la vuelta de Filipe Luis añadida. Aunque menos férreo  que de costumbre, el Atleti sigue encajando pocos goles. Arriba tenemos más dinamita que nunca, con cuatro delanteros de primer nivel, suponiendo que Jackson Martínez se parezca más a Falcao que al Tren Valencia, claro. Pero… el centro del campo, siempre el centro del campo.

Tras unos años de sobredosis de centrocampistas, este año hemos perdido a Mario Suárez y Raúl García. El medio centro, que parecía destinado por fin a Koke, con lo que de creatividad y nuevos recursos supone, ha acabado en manos de Tiago y Gabi como en las últimas temporadas. Jugadores de valor indiscutible, pero con menos juego y con un físico ya mermado por la edad. Tampoco ha habido un recambio claro para la magia de Arda y, con su perseverancia en un estilo basado en intensidad, presión y balones aéreos, que nos ha dado muchos triunfos pero que los rivales ya se conocen de memoria, parece que Simeone ha renunciado a la sorpresa.

Quizá se podrían aprovechar las múltiples opciones arriba para cambiar el estilo. El 4-3-3 que algunos aficionados proponen es, sin duda, la mejor estructura para el Barça, un equipo con tradición y jugadores de toque, pero no encaja muy bien con el contragolpe, marca de la casa del Calderón. El 4-5-1, además de un tanto rancio, tampoco funcionó contra el Benfica, ni en juego ni en resultado. Y de hecho, el Atleti puede jugar bien y ganar con un 4-4-2, como ya se ha demostrado.

Pero si los jugadores de creación, Koke y Oliver, quedan arrinconados en una banda, si los volantes carecen de velocidad y, no uno, sino los dos medios centros son de corte defensivo, parece que esta temporada nos vamos a aburrir soberanamente. Y ni siquiera por una buena causa, ganar campeonatos, habida cuenta de que todo equipo que no varía –conservando lo esencial- su estilo de juego acaba resultando previsible y por tanto desactivable. O mucho cambian las cosas o volveremos a los tiempos oscuros de hace 10 años. Al fin y al cabo, el aficionado atlético puede vivir sin títulos, pero no sin emoción.

viernes, 20 de junio de 2014

Auge, caída y secuestro de la Roja

Los que sean muy jóvenes no recordarán que, entre las Eurocopas del 84 y del 2008, la selección española de fútbol fracasaba campeonato tras campeonato. Con más brillo en algunos (EEUU ’94 o Inglaterra ’96) o arrastrándose en otros (Holanda ‘2000), la selección pasaba por los campeonatos con más pena que gloria hasta, como mucho, caer en cuartos de final.

   Ya en los 90 las categorías inferiores empezaban a despuntar, como en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 o el Mundial Sub-20 del 99. Pero cuando le llegaba el turno a la absoluta, esta repetía el guión de siempre: fracaso tras fracaso. Algunos periodistas se preguntaban cómo siendo tan buenos en la cantera, nos la pegábamos sistemáticamente con los mayores. Supongo que no reparaban en que las selecciones inferiores las componían los mejores futbolistas de su edad, del Espanyol, del Atleti, del Racing, del Barça, del Madrid, del Valencia, sin importar su equipo o su origen. Iban los mejores y punto. Y ganaban, o hacían un muy buen papel.

   Pero cuando a esos chavales les llegaba la hora de subir a la absoluta, las vacas sagradas (Hierro, Cañizares, Raúl) se encargaban de cerrarles el paso. La Selección, así con mayúsculas, era su cortijo y sólo entraban quienes ellos querían, normalmente para quedarse en el banquillo, no fueran a hacerles sombra, con la aquiescencia de seleccionadores como Camacho y el aplauso de sus palmeros mediáticos.

   Así  hasta que llegó al banquillo de la selección un ganador, un tío al que sólo le importaba “ganar, ganar y volver a ganar”. Y como su amplia experiencia le dictaba, para ganar hay que poner a los mejores. Tras un fallido intento de consenso con la vieja guardia, Luis Aragonés puso a quienes tenía que poner: los centrocampistas del Barça y el delantero centro del Atlético. El resultado ya lo conocemos: palos desde todos los lados, insultos varios (pronunciados por algunos que ahora repiten la palabra “respeto” como un mantra) y una Eurocopa de 2008 en la que España asombró al mundo y se hizo con el título.



   Como agradecimiento a los servicios prestados, Luis recibió el aplauso público de Casillas y una patada en el culo de Villar. Le sustituyó un tipo que también sabía algo de pasar de la gloria al paro, pero que ahora disfrutaba de la situación desde el otro lado de la barrera. Del Bosque –más gestor que entrenador, como ya demostró en el Madrid de los galácticos- se limitó a no menear el invento y a introducir novedades imprescindibles, como Busquets y Pedro, integrantes significativos del Barça de los 6 títulos. Así, con la base de Luis y los descubrimientos de Guardiola, ganó un Mundial y una Eurocopa (una, no dos como dicen ahora sus defensores, quitándole un título a una persona que además ha fallecido y no puede contestarles, en una muestra de ignorancia y de miseria moral).

   Pero el tiempo fue pasando y algunos de los que eran los mejores del mundo empezaron a declinar. Y volvieron los vicios del pasado: jugadores intocables, falta de autocrítica, amiguismo… Un suplente en su equipo tenía la plaza (y la titularidad) garantizada en la selección, un campeón de Copa y Europa League no llevaba ningún jugador a las convocatorias, el cortijo otra vez. 

   Y llegó lo que tenía que llegar. De modo más estrepitoso y antes de lo esperado, pero no por ello menos comprensible. Dos partidos, dos derrotas y a casa. Tras el ridículo, se habla de renovación. Pero no todos entienden renovación de la misma manera. Los que hace no mucho ladraban: “quiero que gane la selección pero me jode que ganen los del Barça” afilan la guadaña que llevaba guardada seis años, envuelta en hojas del Marca.

   Aprovechando la retirada anunciada de la selección de Xavi, se lanzarán a machacar al mejor jugador de la historia de España y, de paso, tomar a Piqué, Busquets, Jordi Alba y, como se descuide, Iniesta como chivos expiatorios. Puede que Cesc –ya ex del Barça- y Torres –ex del Atleti- tampoco se libren. Y así tendrán la excusa para secuestrar la selección otra vez, como en los tiempos de Miera y Camacho, con la mitad más uno –como mínimo- del once titular copada por jugadores del Madrid. Casillas –y sus posturas más propias de Rebeca Linares (salvando muchas distancias) que de un portero internacional-, carvajal,  Ramos y sus cantes, Xabi Alonso con 45 años, Isco, Jesé y Morata, aunque esté cedido en el Conquense. De la Selección de todos al cortijo de los de siempre. Y pasarán otros 25 años cayendo en cuartos y echando la culpa a los del Barça, a los del Atleti y al árbitro. Menos mal que siempre nos quedará Uruguay.

lunes, 3 de febrero de 2014

El Lou Reed del fútbol: ‘Zapatones’ de Hortaleza

Decimos adiós a la personificación del espíritu del Atleti, a un tipo que jugó, entrenó y vivió como le dio la gana, aunque eso le supusiera transitar por el lado más salvaje de la existencia. Valga como mi homenaje a Luis Aragonés el perfil que escribí sobre él hace unos años, poco después de que lograra por fin ser campeón de Europa.


Resulta difícil en el fútbol posmoderno de principios de siglo, en el que la imagen y la fachada prevalecen sobre la esencia, lograr la adhesión, o al menos el respeto, sólo a base de trabajo y talento. Y menos cuando se tiene un carácter mitad agrio, mitad chabacano, a años luz de la metrosexualidad y el milonguerismo que triunfan hoy en día. Pero la gloria se da a aquellos que la han soñado siempre, y a Luis Aragonés le ha sido concedida unas cuantas veces, la mayor, el 29 de junio de 2008.

    Luis Aragonés (Madrid, 1938), futbolista desde 1956 y entrenador desde 1975, pasó por todos los equipos importantes del balompié español, aunque el Atlético de Madrid fue el club en el que cosechó sus mayores éxitos, como jugador –tres Ligas, dos Copas y un Pichichi- y como técnico –una Copa Intercontinental, una Liga, tres Copas y una Supercopa-. Entrenando al FC Barcelona logró una Copa del Rey.

    Con este bagaje, y la experiencia que da el ser el entrenador con más partidos en Primera División (757), se puso al frente de la selección española de fútbol en 2004, con el objetivo, siempre exigido y nunca logrado desde 1964, de dar a España un título internacional en su deporte rey.

    Las formas poco diplomáticas y a menudo polémicas del Zapatones, también conocido como el Sabio de Hortaleza, no se suavizaron con el cargo de seleccionador. En su primer año en el cargo, una conversación con el delantero José Antonio Reyes en la que se refería al jugador del Arsenal Thierry Henry como “el negro de mierda” estuvo a punto de acarrearle una sanción por racismo. Luego vendrían otras declaraciones famosas como “no me cabe por el culo ni el pelo de una gamba” y su bronca con el periodista Alfonso Azuaga, al que llamó cobarde y mentiroso. Su desaliñada vestimenta (casi siempre con chándal) y su tendencia a rascarse en las ruedas de prensa tampoco ayudaron a mejorar su imagen. 

    Su primer asalto, en el Mundial de Alemania 2006, dejó un sabor agridulce: España jugó un fútbol excelente en la primera fase, con jugadores nuevos como David Villa y Fernando Torres, y una apuesta decidida por los centrocampistas, que Aragonés, con muy buen ojo, había identificado con la esencia positiva del fútbol español. Pero la vieja guardia (Raúl, Michel Salgado y Cañizares) no se lo perdonó, exigió estar en el once titular y, al final, España cayó en cuartos ante Francia por un contundente 3-1. Fue entonces cuando se atrevió, dispuesto a todo con tal de ganar un título con España, a excluir a Raúl de la selección. El madridismo, que ya le detestaba por su pasado atlético, se lanzó en masa a pedir su cabeza, secundado por algunos medios de comunicación que ya veían a Vicente del Bosque en el banquillo español. Peor Luis, aun sin el apoyo de la Federación y sabedor de que Austria sería su última cita con la Roja, como él la llamaba, se mantuvo firme en su apuesta por la técnica y el toque, con el balón como referencia.

    Con ese equipo serio a la par que vistoso, rápido a la vez que talentoso, reflejo de su experiencia acumulada, logró el mayor éxito de la selección desde 1964. Aragonés, que no pudo ser campeón de Europa de clubes como jugador, lo era ahora de selecciones como entrenador. El manteo en el césped de Viena y las celebraciones de Madrid, en las que recibió el cariño de sus jugadores, fueron la despedida al seleccionador que más victorias ha logrado al frente de la Roja: 38 en 54 partidos. En enero de 2009 fue elegido mejor seleccionador nacional de 2008.


Hasta siempre, Zapatones.

jueves, 12 de agosto de 2010

Panem et futbolenses


Supongo que todo el mundo, en algún momento, ha parafraseado a Marx diciendo que el fútbol, y no la religión, es el verdadero opio del pueblo. En esas ocasiones, tiendo a defender este maravilloso deporte argumentando que, como cualquier otro producto cultural (entendiendo cultura en sentido amplio y no limitándola a las nueve bellas artes), el fútbol puede ser utilizado como instrumento de alienación, sí, pero también como medio de expresión colectiva, de liberación o de disfrute corriente y moliente. Sin contar con que jugadores como Forlán, Van Basten o Zidane han hecho felices a muchas personas, mientras que el común de los dirigentes políticos se limita a organizar guerras, recortar derechos y prohibirnos cosas.
Digo todo esto para que ninguno de los lectores de este blog me tache de intelectual progre-guay-antifutbolero. Pero mi pasión por el fútbol no me impide indignarme ante la utilización tan descarada como idiotizadora de los logros de (Reincidentes
dixit) “nuestra jodida Selección”. Asqueado estoy de ver que en pleno torbellino de crisis económica, pérdida de derechos sociales y extensión de injusticias de todo tipo, sólo un gol de un enano paliducho (al que, dicho sea de paso, admiro sobremanera) puede movilizar al grueso de la población española.
En estas circunstancias, no me sorprendió encontrar un artículo del
New York Times previo al Mundial de Sudáfrica en el que ya se advertía de la tendencia del Gobierno de Zapatero a utilizar el 'furbol', concretamente el combinado nacional, como cortina de humo, anestésico y antidepresivo que libre al pueblo de la percepción (que no de las consecuencias) de la crisis y las lesivas medidas gubernamentales que todos conocemos (despido libre, jubilación a los 67 años, planes de privatización de las cajas...).
No es una política nueva, y menos en España. Durante décadas, el régimen del Generalísimo Franco fomentó, para luego utilizarlos, los éxitos deportivos del club de su compinche Santiago Bernabéu. Copa de Europa tras Copa de Europa (en las que el Real Madrid tenía al principio la participación asegurada, ya que las Ligas se ganaban entonces por decreto), las celebraciones
merengues eran motivo de orgullo patrio (el que lo prefiera puede leer 'patriotero') y sedante para las preocupaciones cotidianas y no tan cotidianas de los españoles de los 50 y 60, que no disfrutaban de la holgura económica ni de las libertades que sí poseían los hinchas del Liverpool FC o el Borussia de Moenchengladbach, aunque qué más daba.
Y qué decir del gol de Marcelino a Rusia (entonces se llamaba la URSS, pero aquí nunca se ha entendido mucho de Geografía) en la Eurocopa del 64, primer triunfo de la furia, frente a las hordas bolcheviques, además. En Argentina, Videla y sus
milicos organizaron un Mundial, el del 78, que además ganaron de forma harto sospechosa, para distraer al personal mientras los opositores practicaban otro deporte menos saludable, el salto sin paracaídas sobre las aguas del Atlántico. No hemos cambiado, ni el pueblo ni los gobernantes, en medio siglo. Para probarlo, basta con retroceder un mes en la memoria.

lunes, 31 de mayo de 2010

Dos goles de Forlán, dos tetas de Inma Cuesta, dos días de gloria


Comenzaba el 14 de enero de 2010. Ese jueves, el Atlético de Madrid jugaba la eliminatoria de vuelta de los octavos de final de la Copa del Rey. Con el resultado de la ida, perdió 3-0 contra el Recreativo de Huelva, la cosa pintaba chunga. Todo apuntaba a un nuevo ridículo en una temporada hasta entonces desastrosa y a un nuevo año en blanco, y ya iban 13.
A lo largo del día, los acontecimientos me fueron convenciendo de que, aunque parezca lo contrario, los imposibles no existen. Además, 90 minutos daban para meterle muchos goles a un equipo mediocre que ni siquiera estaba en los puestos de cabeza de la 2ª división.
Llegaron las 10 de la noche y arrancó el partido en el Calderón. Con la tele sintonizada en La Sexta, me disponía a vivir una noche de emoción con epílogo triunfal. Pero los primeros 20 minutos de partido enfriaron mis expectativas. Un fútbol plano por parte del Atleti, ni una ocasión de gol… Decidí cambiar a La Primera y poner Águila Roja. Por lo menos vería los pechos de Inma Cuesta ceñidos por un corpiño blanco y me alegraría la noche.
Al cabo de otros 20 minutos de aventuras de capa y espada, anacronismos flagrantes y escotes en abundancia, no pude resistir más mi curiosidad y cambié al partido del Atleti. 2-0. Si lo llego a saber, me ahorro el primer cuarto de hora de partido. Volví al Águila Roja y a Inma Cuesta. Quedaba la segunda parte y dos goles por marcar para remontar la eliminatoria. Al final, ganamos 5-1, con diez minutos finales de tensión y angustia. Decididamente, nada era imposible. Me fui a la cama con una sensación postorgásmica y me prometí no perderme ninguna eliminatoria más hasta el final de la temporada.
Durante los jueves siguientes, el plan fue similar: a las 22 horas ponía el partido, 15 minutos después me desesperaba con el juego del Atleti y lo cambiaba por la belleza morena y rotunda de la señorita Cuesta. Cuando la inquietud podía conmigo volvía al fútbol y me encontraba con un resultado esperanzador o desesperanzador, pero que al final resultaba positivo para los intereses rojiblancos.
Llegó el debut en la Europa League contra el Galatasaray. El partido de vuelta fue a las siete de la tarde y no lo retransmitieron por televisión. Tuve que conformarme con escucharlo por la radio, y así viví el gol de Forlán en el minuto 93 que dejaba el resultado en 1-2 y daba al Atleti el pase a octavos de final. Desde que tenía memoria, el Atleti nunca había marcado un gol cuando lo necesitaba para resolver la eliminatoria; más bien lo había recibido cuando precisaba de conservar su portería imbatida. En esta ocasión había sido al revés. Y en una competición europea. Si había un año destinado para volver a la gloria, era éste.
Tras superar al Sporting de Lisboa, y al Valencia en el Vicente Calderón, en un partido que presencié en directo, quedaba la semifinal. Con el Liverpool. Los ingleses empataron la eliminatoria en Anfield Road y, al principio de la prórroga, metieron un segundo gol. El Atleti tenía que marcar sí o sí para meterse en la final y la historia se repitió. Pase de Jurado, gol de Forlán y a sufrir el último cuarto de hora, antes del pitido final y los abrazos con los otros fans del Atleti que estaban viendo el partido en un bar de mi barrio.
Lo demás ya es conocido. Primera Europa League de la historia. Final en Hamburgo el 12 de mayo contra el Fulham inglés. Un gol de Forlán para abrir el marcador, empate de los ingleses merced a un garrafal fallo defensivo y otro gol del Uruguayo en los últimos minutos de la prórroga. Dos goles que valían un título europeo.

No es necesario explicar cómo fue la fiesta esa noche en Neptuno. Y la noche siguiente en el mismo sitio. Por primera vez estuve en la plaza celebrando un título de verdad, en dos noches consecutivas en que las camisetas rojiblancas se adueñaron de Madrid. Me acordé entonces de la eliminatoria contra el Recreativo, de las tetas de Inma Cuesta y de los goles de Estambul y Liverpool, rodeado de miles de personas celebrando que nuestros sueños por una vez se habían hecho realidad. Sólo que no va a ser por una sola vez.