miércoles, 30 de diciembre de 2015
Mujeres de ensueño: II) Bo Derek
lunes, 31 de mayo de 2010
Dos goles de Forlán, dos tetas de Inma Cuesta, dos días de gloria

A lo largo del día, los acontecimientos me fueron convenciendo de que, aunque parezca lo contrario, los imposibles no existen. Además, 90 minutos daban para meterle muchos goles a un equipo mediocre que ni siquiera estaba en los puestos de cabeza de la 2ª división.
Llegaron las 10 de la noche y arrancó el partido en el Calderón. Con la tele sintonizada en La Sexta, me disponía a vivir una noche de emoción con epílogo triunfal. Pero los primeros 20 minutos de partido enfriaron mis expectativas. Un fútbol plano por parte del Atleti, ni una ocasión de gol… Decidí cambiar a La Primera y poner Águila Roja. Por lo menos vería los pechos de Inma Cuesta ceñidos por un corpiño blanco y me alegraría la noche.
Al cabo de otros 20 minutos de aventuras de capa y espada, anacronismos flagrantes y escotes en abundancia, no pude resistir más mi curiosidad y cambié al partido del Atleti. 2-0. Si lo llego a saber, me ahorro el primer cuarto de hora de partido. Volví al Águila Roja y a Inma Cuesta. Quedaba la segunda parte y dos goles por marcar para remontar la eliminatoria. Al final, ganamos 5-1, con diez minutos finales de tensión y angustia. Decididamente, nada era imposible. Me fui a la cama con una sensación postorgásmica y me prometí no perderme ninguna eliminatoria más hasta el final de la temporada.
Durante los jueves siguientes, el plan fue similar: a las 22 horas ponía el partido, 15 minutos después me desesperaba con el juego del Atleti y lo cambiaba por la belleza morena y rotunda de la señorita Cuesta. Cuando la inquietud podía conmigo volvía al fútbol y me encontraba con un resultado esperanzador o desesperanzador, pero que al final resultaba positivo para los intereses rojiblancos.
Llegó el debut en la Europa League contra el Galatasaray. El partido de vuelta fue a las siete de la tarde y no lo retransmitieron por televisión. Tuve que conformarme con escucharlo por la radio, y así viví el gol de Forlán en el minuto 93 que dejaba el resultado en 1-2 y daba al Atleti el pase a octavos de final. Desde que tenía memoria, el Atleti nunca había marcado un gol cuando lo necesitaba para resolver la eliminatoria; más bien lo había recibido cuando precisaba de conservar su portería imbatida. En esta ocasión había sido al revés. Y en una competición europea. Si había un año destinado para volver a la gloria, era éste.
Tras superar al Sporting de Lisboa, y al Valencia en el Vicente Calderón, en un partido que presencié en directo, quedaba la semifinal. Con el Liverpool. Los ingleses empataron la eliminatoria en Anfield Road y, al principio de la prórroga, metieron un segundo gol. El Atleti tenía que marcar sí o sí para meterse en la final y la historia se repitió. Pase de Jurado, gol de Forlán y a sufrir el último cuarto de hora, antes del pitido final y los abrazos con los otros fans del Atleti que estaban viendo el partido en un bar de mi barrio.
Lo demás ya es conocido. Primera Europa League de la historia. Final en Hamburgo el 12 de mayo contra el Fulham inglés. Un gol de Forlán para abrir el marcador, empate de los ingleses merced a un garrafal fallo defensivo y otro gol del Uruguayo en los últimos minutos de la prórroga. Dos goles que valían un título europeo.
domingo, 24 de enero de 2010
Sylvia Kristel

Para la generación liberada de los años 70, la irrupción de un nuevo género cinematográfico denominado erótico o soft-porn fue una bendición del infierno. Chicas guapas, escenarios exóticos y una fotografía pastelosa/sugerente que reflejaba el gusto de la pequeña burguesía intelectual , que por aquel entonces era la clase social emergente (qué tiempos).
De entre todas las actrices, starlettes y similares que poblaron el cine erótico europeo (el norteamericano era otra historia) de aquellos años, la primera en destacar, y la que caló más hondo en la memoria colectiva del porno blando, fue la holandesa Sylvia Kristel. Nacida en Utrecht en 1956, esta mujer de belleza mitad lánguida, mitad pícara debutó a lo grande en el cine con Emmanuelle, una cinta de 1974 que reunía todas las virtudes y tópicos del género: fotografía vaporosa (introducida por su director, Just Jaeckin, y David Hamilton), veleidades artísticas, ambientes exóticos y escenas sexuales por aquel entonces transgresoras, que incluían varios momentos en los que la Kristel se lo montaba con mujeres de edad superior o inferior a la suya. Verdaderamente, la chica contaba con virtudes más que sobradas para convertirse en icono de este erotismo hiperestético: guapa, pero sin estridencias; atractiva, pero sin demasiadas curvas; de aspecto dulce a veces y salvaje otras. Una mujer a la que admirar, desear o compadecer según la ocasión; la fémina total, vamos, por utilizar un concepto que ese año su paisano Johan Cruyff había puesto de moda en un terreno muy diferente.
Lanzada al estrellato de ese cine en el que el guión exigía mostrar los encantos de la protagonista, Sylvia Kristel protagonizó una segunda parte, Emmanuelle 2, la antivirgen, y una tercera y una cuarta. Se mudó a Estados Unidos, donde hizo de cortesana francesa, de profesora particular, de Mata-Hari concupiscente y un sinfín de personajes más, siempre enseñando las tetas y siempre mostrando esa sonrisa entre ingenua e insinuante que se fue apagando, cercada por la cocaína y los traumas sexuales de su adolescencia.
Cuando mi generación, entrando en la adolescencia a principios de los 90, la descubrió, ella casi ya no hacía cine. Pero nosotros no lo sabíamos. Antes de Ginger Lynn y Sarah Young, Sylvia Kristel (a pachas con Kim Basinger) fue nuestra primera maestra de curvas femeninas y gemidos preorgásmicos. La realidad nos enseñaría en los años siguientes que la vida no es una peli de Emmanuelle, que ir a Tailandia no garantiza cepillarse a ardientes esposas de diplomáticos frustrados y que la gente no se enrolla en los aviones como si tal cosa, pero la bella holandesa nos proporcionó ilusión para unos cuantos sueños, más o menos húmedos, más o menos románticos, según la tendencia de cada uno. Por eso la quisimos. Aunque no sirviera de nada.
