martes, 29 de noviembre de 2016

La cruel muerte del mito del consenso

Existe una corriente de opinión tendente a considerar el consenso como el estado natural del ser humano. No negaré la existencia del consenso; existe, se ha dado y se da, la historia y la vida cotidiana están llenas de ejemplos de consenso, pero como modo de solucionar el conflicto, no como el modo de relación que tenemos por defecto las personas.


Las relaciones humanas –interpersonales, sociales, políticas, internacionales- están marcadas por el conflicto. Desde los choques entre las tribus de Anatolia y el Imperio Hitita hasta la guerra de civilizaciones que vivimos hoy en día, desde el empresario que obliga a trabajar horas extra gratis a sus trabajadores al macho ibérico (y no sólo ibérico) que le dice a su novia cómo tiene que vestir y a qué amigos puede ver y a cuáles no. El conflicto, el choque de intereses, el intento de imponer la voluntad de unos a los otros, marca la existencia de todo animal, incluido el más evolucionado de los primates superiores.

Claro que el consenso ha servido muchas veces para resolver conflictos, aunque eso no indica que sea ni mucho menos el único modo de hacerlo. En ocasiones, ni siquiera es el mejor. Es difícil plantear una solución de consenso entre los deseos de un tipo armado con una navaja y los de su víctima conminada a entregarle el reloj, la cartera y el móvil. O se los entrega, o no se los entrega y recibe un navajazo en la barriga, o –si la víctima sabe jiu-jitsu- le aplica una llave y pisotea el cráneo de su atracador cuando este está en el suelo. Ninguna de las tres soluciones podría considerarse consensuada, todas suponen la resolución del conflicto –el atraco- de forma que uno gana y otro pierde, en las tres existe la imposición de los intereses de una de las partes implicadas sobre la otra. 



Podría argüirse que las relaciones socioeconómicas no son un atraco. Podría argumentarse que hubo una época dorada de las sociedades occidentales, no tan lejana, fundada en el consenso, en la que una parte de la población trabajaba duro y, a cambio, recibía una compensación justa por su contribución a la creación de riqueza para el país, que le permitía vivir de manera digna. El consenso socialdemócrata, lo llaman.

Olvidan los defensores de este modelo –aparte de la existencia de capas más o menos amplias de población marginada que nunca disfrutaron de sus virtudes- que ese consenso no es ni mucho menos la condición natural de la sociedad europea. Antes bien, se llegó a él como una manera de impedir que volvieran a repetirse la destrucción y las atrocidades que los numerosos conflictos –entre países, entre religiones, entre clases y entre razas- de siglos anteriores habían acarreado a Europa. Y olvidan también que, en parte, ese consenso estaba basado en el miedo, más que en el resultado de un proceso racional o emocional que concluyera que era mejor vivir en armonía respetando los intereses y derechos de todo el mundo.

Miedo de las élites económicas y políticas a que la creciente beligerancia y organización de los trabajadores, unida a la consolidación del socialismo en un bloque transnacional, acabara por arrojarlas al fango. Miedo de los trabajadores, después, a perder los derechos y beneficios conquistados durante años (la actitud del PCF, reacia a sumarse a la revolución de mayo de 1968, es muy reveladora). Y miedo en general a sufrir más guerras devastadoras. El resultado lo conocemos: alianza europea, Estado del bienestar, democracia parlamentaria, economía de mercado…

Pues bien. Con sus defectos y sus virtudes, ese consenso se rompió hace tiempo. Empezó a romperse con la crisis del petróleo del 73, cuando los que más tenían se dieron cuenta de que la riqueza que puede generar el planeta es limitada y que tarde o temprano para ellos repartir la riqueza implicaría empobrecerse. Siguió rompiéndose cuando Margaret Thatcher alcanzó el poder en Reino Unido en 1979 y en una década liquidó al movimiento obrero. La caída del contrapoder soviético y el boom del neoliberalismo globalizador –aplaudido por los partidos socialdemócratas- terminaron de ahondar en esa ruptura. Hasta que en 2008 el consenso hizo crack.

Lo sabemos quienes sufrimos las consecuencias de la llamada crisis. Ya nadie garantiza unas condiciones dignas de vida. Si tienes pasta, puedes vivir como un pachá; si no la tienes, reventarás como un perro trabajando por un sueldo de miseria, o en la puerta de un hospital donde no atienden sin tarjeta sanitaria, o asfixiado en un incendio doméstico. Sólo los losers no pueden pagar la luz, dicen los adalides de la paz social.

Y en este contexto que Warren Buffett, el tercer hombre más rico del mundo, define como un conflicto de clases en el que los ricos, con la ventaja que les da haberlo iniciado, van ganando, muchos intelectuales y políticos se hacen los sorprendidos porque el común de los habitantes de Occidente ya no compra el mito del consenso. Los británicos reventaron el sueño europeo en junio, los yanquis optaron por el discurso del conflicto de Trump en noviembre y está por ver lo que pasará en las elecciones presidenciales francesas.

En Oriente Próximo, el islam abierto y progresista popularizado por Nasser ha dejado su sitio a un fanatismo religioso propio del siglo XI. Su contraparte cristiana llama a expulsar a los musulmanes de Europa y EEUU –en el mejor de los casos-. Y en Rusia y China, las potencias geopolíticas emergentes de hoy en día, gobiernan Putin y Xi Jinping, dos líderes que nunca han perdido el tiempo con mandangas consensuadas y que cosechan admiración –sobre todo el primero- entre gentes de diversas ideologías o de ninguna.

Les guste o no a los que siempre han vivido en una burbuja plácida donde el más mínimo conflicto era convenientemente filtrado y anulado, el consenso agoniza. Puede que la victoria de Trump sea la escenificación de su muerte. Una muerte causada por los mismos que lo convirtieron en mito, que engañaron al personal diciéndole que era la condición humana natural aunque la realidad diaria de ese personal mostrara lo contrario, los que nunca creyeron en serio que fuera una forma –a veces la mejor- de resolver los conflictos, sino que lo manejaban como una representación que mantuviera engañados a los mismos a los que expoliaban, machacaban y despreciaban. Ahora el conflicto vuelve con fuerza. El mito del consenso no parece capaz de frenarlo. Y ante la disyuntiva de convertir ese mito en algo real y beneficioso o canalizar el conflicto hacia un objetivo que no sean ellos, parece que están apostando por lo segundo.

viernes, 29 de abril de 2016

Fin de la clase obrera y lenguaje de catedráticos

Se quejaba hace no mucho Juan Carlos Monedero de que Podemos es “un partido de hipsters”, compuesto fundamentalmente de intelectuales, profesores y profesionales urbanos –algunos claramente proletarizados, aunque eso Monedero se lo ahorra-. Y clama porque haya más trabajadores y parados. ¿Dónde están esos trabajadores y parados que, según Monedero, no acuden a los círculos de Podemos? Pues mira, campeón, están votando al PSOE, a Ciudadanos e incluso al PP, o en su casa viendo El Chiringuito y Sálvame.

Como cualquier alumno de Bachillerato medianamente aplicado sabe, el marxismo es un sistema de pensamiento científico. Curiosamente, los más leales al marxismo son los que más a menudo olvidan ese carácter científico del pensamiento de Marx y más tienden a considerarlo un conjunto de dogmas de fe, inamovibles, incuestionables e incriticables. Y el de la “clase obrera” es uno de ellos.

Para empezar, el término “obrero” o “trabajador” corresponde a una categoría principalmente económica, que toma un carácter social y político, pero nunca a una categoría ética o moral. Eso se llama argumento ad pauperum y no es marxismo, ni corresponde a ningún análisis socioeconómico razonable. De hecho, el propio Marx, al referirse a los trabajadores, utiliza términos tan dispares como “clase”, “alienación” y “lumpen”, y sólo el primero es positivo. Santificar a un tío sólo por el hecho de que su único activo sea su fuerza de trabajo y no disfruta del total de los beneficios generados por dicho trabajo es cualquier cosa menos sensato, da igual si la perspectiva es marxista o no. 



Desgraciadamente, la izquierda –y basándome en sus tesis, considero a Monedero de izquierdas- no sólo tiene una querencia exagerada por los dogmas, también por los mitos. Y el del obrero revolucionario de la Comuna de París, o del Petrogrado de 1917, o de la Barcelona de los años 20, con un arma en una mano y un libro en la otra, es un mito. Quizá fuera real en 1930, o en 1950, pero hoy el trabajador típico español no lee otra cosa que el Marca y en una mano lleva un smartphone con trap sonando a todo trapo y en la otra las llaves de un Seat León tuneado. Naturalmente, son obreros, pero no son clase obrera, en el sentido de que carecen de conciencia de clase.

¿Qué partido se puede hacer con esa gente? En el mejor de los casos, ninguno, porque el personal pasa de política. Y en el peor, uno que intente resolver los problemas eliminando diputados, quitándole la autonomía a Cataluña y echando a los inmigrantes al mar, que es el discurso que más cala entre los que a día de hoy componen el grueso de los trabajadores; no hay más que ver los últimos resultados electorales.

Claro que, siendo serios, hay que reconocer que la alienación no sale de la nada. Es fruto de una serie de estructuras –superestructuras, las llamaba Marx- que vacían y llenan cerebros a su antojo y convierten a cualquier persona sin una formación sólida en alguien incapaz de ver más allá de sus narices, en alguien que besa la bota que le pisa, en alguien que ama al opresor y odia al oprimido.

Ciertamente, dejarse alienar o no es responsabilidad de cada uno. Pero también es cierto que gente poco formada es presa fácil de unos manipuladores de cerebros mucho más y mejor preparados que ellos. Y contrarrestar esa manipulación, frenar ese proceso masivo de alienación, correspondería a los que sí poseen una cultura política sólida. Ahí es donde cobraría sentido la queja de Monedero. Tenemos un partido compuesto, al menos en sus cuadros superiores, de intelectuales y politólogos, gente con sólida formación política, que a menudo tienden a hablar sólo para gente como ellos, para la gente con la que llevan tratando casi en exclusiva desde hace dos o tres lustros.

Cuando se oyen en sus bocas historias de “significantes flotantes”, “núcleos irradiadores” o “significantes muertos”, me imagino no ya la cara de un cani, sino la de una persona que se puso a trabajar al terminar la secundaria y que no ha tenido la oportunidad –no sé si para bien o para mal- de leer a Laclau. Personas lo suficientemente listas para darse cuenta de que el jefe vive mejor mientras ellas viven peor y de la relación causa-efecto entre ambos fenómenos, pero que difícilmente se sentirán atraídas por unos tíos y tías que abusan del hermetismo en el lenguaje que históricamente ha caracterizado el discurso de las clases dominantes.

Si quiere evitar que le pisoteen, todo obrero debería empezar por tomar conciencia de que lo es y formarse políticamente. Muchos miembros de los círculos de Podemos –más de lo que piensa Monedero- encajan en esa categoría. Pero para los demás, convencer es una obligación de los “líderes”. Sólo cuando desciendan al lenguaje y el argumentario de la gente de la calle podrán quejarse de que las masas pasan y no escuchan. Sólo entonces, cuando hablen como ella, serán verdaderamente, los “políticos de la gente”.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mujeres de ensueño: II) Bo Derek

Si la cultura es reflejo de la sociedad de cada época, lo mismo podría decirse de los mitos eróticos. Mujeres voluptuosas o andróginas, frágiles o fatales, rubias o morenas, pueblan los sueños de los varones de cada generación, al tiempo que construyen su modelo ideal de mujer. 

            En los 80, la era del triunfo definitivo del imperio yanqui a escala global, el modelo erótico occidental era la rubia californiana: pelo liso, ojos claros, cintura estrecha, pechos generosos. Y dentro de ese prototipo femenino, el primer sex symbol de la década fue Bo Derek

            Más allá de modelos y prototipos, o de su calidad como actriz, Bo Derek fue una de las protagonistas de las primeras fantasías eróticas de aquellos que despertaban a la sexualidad a lo largo de esa década. Todavía era una desconocida cuando en 1980, 10, la mujer perfecta –un título de lo más adecuado- la catapultó a la fama. Melena rubia interminable, belleza impresionante, formas perfectas, un aire entre provocativo e inocente eran sus armas, expuestas también pocodespués en la revista Playboy.



            La carrera de Bo Derek como mito erótico continuó a lo largo de los años 80, con películas de calidad descendente y de leitmotiv recurrente: su anatomía desnuda o vestida. Bolero y Tarzán la hicieron un referente sexual como anteriormente lo habían sido Marilyn Monroe, Brigitte Bardot o Farrah Fawcett. 

            Pero sus virtudes fueron también su condena. Su marido y agente, John Derek, director también de sus primeras películas y experto en ligarse a rubias despampanantes, explotó los atributos de Bo una y otra vez. Nunca sabremos si tenía facultades para ser una buena actriz. El público acudía a las salas de cine para verle las tetas, y punto. Hasta que Kim Basinger y Sharon Stone, encumbradas con Nueve semanas y media e Instinto básico, la sustituyeron en el trono de la rubia sex symbol por excelencia y tuvo que exiliarse en el universo cutre de los telefilmes.  

            Ahora Bo Derek ya no hace cine. Se dedica a la cría de caballos y a apoyar al Partido Republicano –¿quién dijo que el bien y la belleza van indisolublemente unidos?-. Queda de ella el recuerdo, los miles de suspiros derramados contemplando sus fotos y visionando sus películas, los sueños de preadolescentes deseosos de encontrar algún día una rubia como ella, tan bella que pareciera perfecta, las fantasías alimentadas por el exotismo de sus escenas, y su imagen corriendo por la playa o galopando desnuda a lomos de un caballo. Bien mirado, no hay tantas actrices de las que se pueda decir lo mismo. Gracias, Bo.

viernes, 16 de octubre de 2015

Atleti 2015, el año del retroceso

Volvió el fútbol, volvió la Liga y volvió el Atleti, este año sin un título que echarnos a la boca como en los tres anteriores. Vuelven también las conversaciones de todos los años por estas fechas, que si este año ganaremos algo, que si somos aspirantes al título, que si podemos repetir la final de la Champions de 2014.

Y vuelven, desgraciadamente, los lamentos por los que se fueron en verano. A Mandzukic, pese a su indudable compromiso con el equipo y al gol que nos dio nuestro último título –la Supercopa de España 2014-, no son muchos los que le echarán de menos. Otra historia es Arda Turan. Uno de los jugadores con más talento de la historia del Atlético de Madrid se fue a un club donde la clase se valora más (y con más pasta, dicho sea de paso) y dejó un déficit suplementario de calidad en un centro del campo que no brilla precisamente por el talento.

Curiosamente, después de una temporada 2014-2015 en la que el Atleti cumplió pero no estuvo a la altura, en títulos ni en juego, de lo esperado, el Cholo prometió una revolución en el equipo, dándole a Koke el manejo del centro del campo. La promesa nos ilusionó a muchos, los que recordamos que jugar rápido, intenso y bien no son cosas incompatibles. Con Koke de medio centro, todo apuntaba que el Atleti sería más creativo, tendría más recursos y aunaría velocidad y buen juego, como el mítico Atleti de los 70. 

Pero la pretemporada fue transcurriendo y Koke regresó, tras un par de pruebas como 5, a la banda izquierda de siempre. El esperado recambio de Arda no fue tal, sino un par de extremos –Vietto y Carrasco- prometedores pero más dotados para la carrera que para el toque. Afortunadamente, volvió Oliver, al que algunos ya nos temíamos vendido al Oporto. Y la renovación quedó ahí.

El primer partido de la Liga, una victoria 1-0 en casa ante la UD Las Palmas, dejó algo de brillo en la primera parte y mucho sopor en la segunda. El Atleti ganó gracias al portero y al delantero más en forma del equipo, pero no convenció a casi nadie. Los siguientes partidos ante Sevilla y Galatasaray dejaron mejor imagen, pero contra el Getafe se volvió al brillo escaso y el tostón durante la mayor parte del partido, algo que se repitió en el derby contra el Real Madrid.  

Preocupa que al inicio de la quinta temporada de Simeone, el Atleti juega peor que al inicio de la segunda (recordemos el Atleti-Chelsea de septiembre de 2012). No entraré en el tema de que los nuevos fichajes –sobre todo Vietto- no son titulares. Al fin y al cabo, el Atleti es un equipo grande (algo que algunos parecen olvidar) y ningún equipo que aspire a títulos tiene solamente 11 jugadores de primer nivel en la plantilla.

La defensa es la de siempre, con la vuelta de Filipe Luis añadida. Aunque menos férreo  que de costumbre, el Atleti sigue encajando pocos goles. Arriba tenemos más dinamita que nunca, con cuatro delanteros de primer nivel, suponiendo que Jackson Martínez se parezca más a Falcao que al Tren Valencia, claro. Pero… el centro del campo, siempre el centro del campo.

Tras unos años de sobredosis de centrocampistas, este año hemos perdido a Mario Suárez y Raúl García. El medio centro, que parecía destinado por fin a Koke, con lo que de creatividad y nuevos recursos supone, ha acabado en manos de Tiago y Gabi como en las últimas temporadas. Jugadores de valor indiscutible, pero con menos juego y con un físico ya mermado por la edad. Tampoco ha habido un recambio claro para la magia de Arda y, con su perseverancia en un estilo basado en intensidad, presión y balones aéreos, que nos ha dado muchos triunfos pero que los rivales ya se conocen de memoria, parece que Simeone ha renunciado a la sorpresa.

Quizá se podrían aprovechar las múltiples opciones arriba para cambiar el estilo. El 4-3-3 que algunos aficionados proponen es, sin duda, la mejor estructura para el Barça, un equipo con tradición y jugadores de toque, pero no encaja muy bien con el contragolpe, marca de la casa del Calderón. El 4-5-1, además de un tanto rancio, tampoco funcionó contra el Benfica, ni en juego ni en resultado. Y de hecho, el Atleti puede jugar bien y ganar con un 4-4-2, como ya se ha demostrado.

Pero si los jugadores de creación, Koke y Oliver, quedan arrinconados en una banda, si los volantes carecen de velocidad y, no uno, sino los dos medios centros son de corte defensivo, parece que esta temporada nos vamos a aburrir soberanamente. Y ni siquiera por una buena causa, ganar campeonatos, habida cuenta de que todo equipo que no varía –conservando lo esencial- su estilo de juego acaba resultando previsible y por tanto desactivable. O mucho cambian las cosas o volveremos a los tiempos oscuros de hace 10 años. Al fin y al cabo, el aficionado atlético puede vivir sin títulos, pero no sin emoción.

miércoles, 22 de abril de 2015

¿A quién le comerá la tostada Ciudadanos?

Aunque es aconsejable no confiar ciegamente en las encuestas, sí parece cosa hecha el éxito de Ciutadans en su salto a la política estatal, previo rebranding. Sondeo tras sondeo, Cuitadans –ahora Ciudadanos- figura entre los cuatro primeros partidos del país en intención de voto, y a poca distancia de los otros tres. El último, el Índice de Opinión Pública de Simple Lógica, socio de Gallup en España, sitúa al partido naranja en cuarto lugar, con un 18% de intención de voto. Como la política, al igual que la vida, es un juego de suma cero, no hay que ser muy espabilado para darse cuenta de que esos votos vienen de alguna parte. Si Ciudadanos pasa de la nada al 18%, ¿quién sufrirá las consecuencias de este ascenso? ¿Quién, de haberlo, saldrá beneficiado?


Indudablemente, el gran perjudicado de la irrupción de Ciudadanos en el panorama político nacional es UPyD. Los de Rosa Díez comparten audiencia objetivo con los naranjitos: canis, miembros de ForoCoches, todos aquellos que piensan que todos los políticos son iguales, que odian a catalanes e inmigrantes por igual y sostienen que la solución a todos los males es eliminar las autonomías y los coches oficiales. Hasta ahora, el partido magenta se las prometía muy felices en sus planes de capitalizar ese voto que prefiere la demagogia a la ideología. Pero tras su fallida alianza con los de Albert Rivera, han visto cómo estos salían de Cataluña dispuestos a hacerse fuertes en todo el Estado. La importante cobertura mediática –casi siempre positiva- que ha tenido Ciudadanos y el controvertido perfil de Díez han dejado fuera de juego a UPyD en cuestión de semanas. 



Pero, además de UPyD, hay otros dos partidos que pueden sufrir una fuga de votos hacia Ciudadanos. Uno es el PP, otrora único representante del voto útil de la derecha, paladín del neoliberalismo y defensor de la sagrada unidad de España. Pero cuatro años de corrupción, promesas incumplidas y alguna traición que otra a sus votantes más ultras (v.g., el aborto) les han colocado en una posición de cierta debilidad, con el problema de que por primera vez hay una alternativa de voto seria. No estamos hablando de Falange ni de VOX, estamos hablando de una alternativa al bipartidismo, la segunda que sale en menos de un año, dicho sea de paso.  

Es precisamente esa otra alternativa la que tiene motivos para mirar con preocupación este fenómeno: Podemos. Como todo partido con vocación de gobierno que se precie, Podemos ha jugado la baza de la indefinición para atraer a cuantos más votantes mejor. Cualquiera que haya escuchado sus propuestas puede darse cuenta de que se trata de un partido de izquierdas, pero ha preferido aprovechar el discurso un tanto hueco del 15-M para ganarse a los indecisos, a los que pasaban de política hace cinco años y a los que no son “ni de izquierdas ni de derechas”. Así las cosas, Pablo Iglesias y los suyos se dirigen por igual al electorado progresista y comprometido, y al que no va más allá del “políticos ladrones” y el “yo soy español, español, español”.

La clave, a mi juicio, está en saber cuántos de los potenciales votantes de Podemos pertenecen al primer grupo y cuántos al segundo. Si los primeros son clara mayoría, el de la coleta no tiene de qué preocuparse. Pero si la cosa se acerca al fifty-fifty, o incluso se decanta del lado de los segundos, mejor que se vaya olvidando de ser el Tsipras español. Ciudadanos tiene un líder joven, un discurso (muy) moderadamente crítico con el sistema y, lo más importante, un apoyo incondicional en muchos medios. A Rivera y a Villacís nadie les va a investigar sus declaraciones de IVA ni les va a acusar de estar aliados con el maligno; de las cuentas de Nart en Suiza casi ni se habla. Y eso, en un país donde el común de sus súbditos sólo se cree lo que sale en la tele, significa mucho. Hay quien dice, incluso, que un sector de los medios, asustado ante el avance de Podemos, ha alimentado a Ciudadanos como alternativa sistémica al bipartidismo. Quizás sea mucho decir, pero el trato mediático no es ni de lejos equiparable.

En cuanto a Izquierda Unida, a priori no tiene nada que temer (ni que esperar). Por norma general, el electorado de IU es fiel, concienciado y comprometido (quizá por eso mismo son tan pocos). La fuga de votos ya la ha sufrido con Podemos y no es de esperar que un viejo militante que conserva sus ideales marxistas o un intelectual de izquierdas se dejen seducir por las palabras de Luis Garicano.

Queda un último actor: el PSOE. Mi siguiente argumento será, probablemente, el más discutible. Pienso que es el único beneficiado, aunque de soslayo, del auge de Ciudadanos. Naturalmente, estoy hablando de intención de voto, no de pactos poselectorales, y ahí volvemos a lo dicho: aparte de UPyD, los grandes perjudicados por Ciutadans –como les llama Cospedal- son el PP y Podemos; es decir, los principales rivales del PSOE.

¿Tiene importancia esto, más allá del “enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Creo que sí. El sistema electoral español favorece, como sabemos, a los partidos mayoritarios; concretamente, prima al más votado en cada circunscripción. Si PP y Podemos pierden votos con destino a Ciudadanos, el PSOE –que también conservaría el primer puesto en sus provincias- lograría además la mayoría en otras circunscripciones más disputadas, como consecuencia del debilitamiento de sus dos rivales. Esto sería especialmente pernicioso para Podemos, que no cuenta aún con feudos y que, a pesar de concentrar muchos votos en el conjunto del país, vería como ese apoyo no se traduce en un número equivalente de escaños. El primer avance lo hemos visto en las elecciones andaluzas, pero hasta noviembre todavía queda mucho y pueden pasar muchas cosas.

martes, 24 de marzo de 2015

Andalucía entera... como Mercasevilla

Hay dos Andalucías. Una es la Andalucía de los EREs falsos, del fraude en el PER, de las mordidas en Mercasevilla, del voto cautivo, del Bronx de las 3000 Viviendas, del 37% de paro, el cortijo –nunca mejor dicho- de los Chaves, Griñán y Díaz, de los jornaleros que votan a la –en palabras de Reincidentes- nueva oligarquía de señoritos travestidos de pana.

La otra es la Andalucía de la dignidad, de Sánchez-Gordillo haciendo realidad la utopía en Marinaleda, de los que no quieren limosnas sino pan y tierra, de Diego Cañamero detenido por defender los derechos de los trabajadores, de los astilleros de Cádiz en lucha, de la Casa Invisible.

 Hay también una Andalucía de analfabetos funcionales, de garrulos orgullosos de serlo, de ¡olé mi zeñorito! y de ¡vivan las caenas! La Andalucía de Sergio Ramos, vaya. Pero no nos olvidemos de que también existe la Andalucía de Blas Infante, la de Luis García-Montero, la de Narco y la FRAC.

 Desafortunadamente, la mayoría de andaluces que conozco pertenecen a la primera, salvo honrosas excepciones. No sé por qué, tenía la esperanza de haber tenido mala suerte, de que los hombres y mujeres dignos e inteligentes son mayoría allí abajo. Pero temo que me equivoqué.

El domingo se enfrentaban ambas Andalucías en las décimas elecciones autonómicas de su historia. Lo nuevo frente a lo viejo. Lo racional frente a lo irracional. La dignidad frente a la subvención y el mamoneo. Y ganó lo de siempre. Viejos parches para nuevos, y decisivos, desafíos. Marinaleda es Marinaleda, pero Andalucía vota en masa a los mismos que le han robado durante 35 años en Sevilla y a la versión local de los que la machacan en Madrid.


Para estas cosas siempre hay explicaciones de todo tipo. El pasotismo, el conformismo, la desinformación, el miedo a que gobierne alguien peor. Pero con un panorama político mucho más abierto, la disyuntiva no era ya PSOE o PP. Y sobre la abstención pasiva o el conformarse con lo que hay, prefiero no opinar…

Pienso al final que en un lugar –autonomía, pueblo, ciudad o nación- gobernado por ladrones e incompetentes, los que les siguen votando sólo pueden hacerlo por dos razones. Una, porque ellos también pillan y, por tanto, les conviene que todo siga igual. Defínanlos ustedes como quieran. Otra, porque aunque a ellos también les roban, les parece cojonudo. La ceguera del fanático o, peor, el “mejor que me roben los míos a que me roben los otros”. Dejo también en sus manos el calificativo.

Por uno u otro motivo, la mayoría de andaluces ha votado más de lo mismo. Podría decir para conformarme que a medida que vas bajando hacia el Sur, va descendiendo el grado de civilización. Pero, además de lo injusto que sería con muchos andaluces –minoría, pero muchos aun así-, tiene toda la pinta de que en el centro –Madrid- y en el este –Valencia- pasará lo mismo con el PP dentro de un par de meses, así que mejor me callo.

jueves, 12 de febrero de 2015

Clásicos del punk: Sham 69

Hace tiempo, publicaba una reseña de una de las bandas míticas del punk estadounidense: los californianos Bad Religion. Brett Gurevitz y compañía fueron un referente del renacer del estilo a principios de los 90 y, poor tanto, se han ganado un puesto en la historia del punk. Hoy toca recordar a una banda menos conocida para el gran público, pero que también tuvo su importancia una década antes en Inglaterra, cuando el punk era menos melódico y más político. Hablamos de los Sham 69.


 Sham 69 fue uno de los grupos de punk ingleses más importantes de finales de los 70 y principios de los 80, la era mítica del punk. La historia de los Sham 69 comienza cuando, en 1977, el cantante Jimmy Pursey decide formar un grupo de música que fuera portavoz de los chavales de la working class. La idea de Pursey era, más o menos, que su música uniera a todos ellos en torno a un ideal de justicia y tolerancia. Idea reflejada en su himno If The Kids Are United (they will never be defeated).

Su primer single, I Don´t Wanna, una típica canción punk de menos de dos minutos, pero en la que se aprecia una habilidad en el manejo de la guitarra y ciertos pasajes melódicos de los que -por poner un ejemplo significativo- los Sex Pistols carecían, resulta un éxito. Además, saltan a la fama cuando son detenidos por celebar un concierto en el tejado del Vortex Club de Londres. Gracias a esta popularidad, la multinacional Polydor Records se fija en ellos y les ficha, abandonando así el sello Step Forward.

Después de Borstal Breakout, el primer single que sacan con Polydor, Sham 69 inicia una carrera hacia la cima del punk inglés. Single tras single, Angels with Dirty Faces, If The Kids Are United, Hurry Up Harry, Questions and Answers o Hersham Boys, su estilo de punk futbolero, con letras sencillas y directas, y la carismática e hiperactiva figura de Jimmy Pursey atraen a una legión de fans por todos sus conciertos en el Reino Unido.

Pero la fama y el éxito, como bien saben muchas otras bandas, no son garantía de gloria eterna. Los chavales que asisten a sus conciertos deciden emplear éstos como campo de batalla para resolver sus diferencias... a golpes. Las peleas se transforman en tumultos, los llamamientos de Pursey a olvidar sus diferencias para hacer frente a un enemigo común que les condena a una existencia sin salida degeneran en excusas para exhibiciones de violencia gratuita, y Sham 69 pasa a ser considerado el grupo violento por antonomasia. Desilusionado por el fracaso de su ideal y enfrentado a su discográfica, Jimmy Pursey decide disolver la banda, a finales de 1979.

Después de la separación, intentan formar un supergrupo punk con los ex Sex Pistols Steve Jones y Paul Cook llamado The Sham Pistols. Pero la nostalgia por ambos grupos no da para tanto, y la nueva banda queda en un proyecto con bastante más pena que gloria.

Aunque poco después, a principios de 1980, los Sham 69 se refundan y vuelven a la tralla. Lanzan un recopilatorio de sus temas más famosos, The First, the Best and the Last, y emprenden una gira europea. Pero los tiempos habían cambiado, el punk se había transformado en new wave y la cockney people votaba a Margaret Thatcher. Ya no era el momento para un grupo punk y viendo el escaso impacto sobre el público, Sham 69 decide separarse a finales de 1980.

Aún hay un tercer fin de la historia. En 1987, Pursey retoma la banda con el guitarrista original Dave Parsons y una sección rítmica renovada. Las formas evolucionan un poco y hay más arreglos, aunque el espíritu sigue inalterado. Pero, de manera similar a lo que le sucede a Joe Strummer con Los Mescaleros, la era de Pursey y Sham 69 había pasado y su lugar estaba en la memoria de los antiguos punks y en la influencia que pudieran ejercer sobre los nuevos, no en un escenario. Así, Sham 69 quedará como un ejemplo del punk político de la escuela europea, eclipsado ahora por el rollo cool de The Buzzcocks y las veleidades pijo-poperas de los Hives.