martes, 20 de noviembre de 2018

Plata y ‘fariña’, drogas y política

Desde las confesiones de Thomas de Quincey a los panegíricos de Baudelaire, la droga siempre ha dado mucho de sí en la creación artística. Estaba –y está presente- en la literatura, en la música, en el cine y,  como no podía ser menos, tiene un peso importante en las series, el décimo o undécimo arte, la expresión audiovisual (junto a los vídeos de YouTube) por excelencia de la posmodernidad. 

Pero al contrario de lo que es habitual en las otras expresiones artísticas,  la relación entre droga y política aparece con mucha frecuencia en las series. Estaba en la ya clásica The Wire (la mejor serie que el autor de estas líneas ha visto), se toca de pasada en Breaking Bad y entra de lleno en la historia de Narcos y en la de la española Fariña

Es uno de los valores de ambas series, el de mostrar una dimensión sociopolítica de la merca que muchos espectadores desconocían hasta el momento. Con errores y limitaciones, pero menos es nada. 

Se ve en Fariña, donde nos plantean a las claras cómo alcaldes, jueces y hasta presidentes autonómicos hacen la vista gorda o colaboran de lleno en el tráfico de hachís y cocaína que convirtió Galicia en el puerto franco de la droga en la Europa de los 80. Hay incorrecciones, eso sí, como cuando se asocia la fariña a los miles de jóvenes destruidos por la toxicomanía. Sin pretender menospreciar los efectos negativos de la cocaína, lo cierto es que la droga que machacó a los yonkis de los 80 fue la heroína, y esa no entraba fundamentalmente por Galicia, sino por el País Vasco. 

 Tiene además la heroína una dimensión sociopolítica más profunda, puesto que proliferó principalmente en los barrios obreros en una época de efervescencia política y reconversiones industriales. No faltan quienes establecen una relación causa-efecto entre una situación prerrevolucionaria, el boom de la heroína y la posterior desmovilización política de las capas bajas de la sociedad. Sucedió en Estados Unidos a principios de los años 70, cuando el activismo de los Panteras Negras en los barrios negros dejó paso a los trapicheos de los Crips y la aparición de centenas de yonkis desesperados por una dosis. El boom de la heroína en EEUU le vino de miedo al establishment: los potenciales jóvenes revolucionarios ya sólo se interesaban por su próxima dosis y la creciente inseguridad ciudadana arrojó a las personas de bien en manos de los neoconservadores de Reagan. 

 Algo parecido pasó en la España de los 80: a UCD primero y al PSOE después les resultaba bastante más sencillo lidiar con yonkis y camellos que con subversivos y terroristas. Los miles de zombis que deambulaban por los cascos viejos degradados de las ciudades y los guetos chabolistas de las periferias eran un daño colateral bastante asumible. Todo esto no se ve en Fariña, pero la soledad del guardia civil enfrentado casi en solitario a unos capos de la droga demasiado poderosos para él sí representa bastante bien lo que se vivía en muchas comisarías y unidades antidroga reales de la época. 

  La dimensión geopolítica del tráfico internacional de drogas se ve mucho mejor en Narcos. La serie sobre las andanzas de Pablo Escobar y su famoso “plata o plomo”, el cártel de Cali y los traficantes mexicanos revela el papel de las agencias estadounidenses en el narcotráfico. Aunque la serie dirigida por el ultraderechista José Padilha barre para la DEA y los militares colombianos, sí permite entrever el trasfondo de intereses estratégicos en los años del polvo blanco de los 80. El carácter izquierdista de Escobar, sus malhadadas ambiciones políticas, sus vínculos con los guerrilleros –a los que utiliza malamente-, el papel de países amigos y enemigos de los EEUU en la entrada de coca a territorio estadounidense… son pinceladas que permiten al espectador avezado entrever hasta qué punto la droga era un recurso más en el tablero mundial de la Guerra Fría. 

 Narcos menciona al coronel Noriega, un anticomunista salido de la Escuela de las Américas para gobernar Panamá con mano férrea y que acabó cayendo en desgracia cuando Reagan empezó a considerar el tráfico de cocaína, del que Noriega era un activo protector, un problema más acuciante que el control del Canal. Se trata también, aunque de pasada, la cuestión nicaragüense, y cómo ese mismo narcotráfico que tanto preocupaba al Tío Sam era también una importante forma de financiación de los contrarrevolucionarios de la Contra, mano ejecutora de EEUU en la guerra contra los sandinistas de Daniel Ortega. 

Del papel que tuvo la heroína en la financiación de otros aliados de Reagan en su cruzada global contra el peligro rojo, los muyaidines afganos, no se habla en Narcos, aunque el patrón es el mismo: la droga como jugoso negocio en manos de aliados un tanto oscuros de EEUU en el Tercer Mundo y, al mismo tiempo, como problema número uno en las calles de Occidente. Habrá que esperar a la cuarta temporada, ambientada en los ultraviolentos cárteles mexicanos, para ver hasta qué punto se tocan los orígenes de algunos de esos cárteles, como los famosos Zetas, en la Escuela de las Américas. Los Zetas nacieron de un grupo de militares del Ejército mexicano destinados a combatir a los insurgentes zapatistas del EZLN a mediados de los 90. Droga, contrainsurgencia y tiros al sur del Río Grande una vez más. 

La contribución del negocio de la droga a la multiplicación exponencial de la corrupción y la violencia en México, hasta el punto de convertirlo prácticamente en un Estado fallido, también es algo a analizar. Así como el papel que juegan los cárteles en la sustitución del orden omnímodo del PRI, que convirtió México en una gigantesca red clientelar durante 70 años y que, como la naturaleza aborrece el vacío, al desaparecer ha sido sustituido por un pandemonium de capos de la droga, que como señores de la guerra o aristócratas feudales, se reparten el país a tiros. Pobreza, represión, geoestrategia… uno de los vicios más arraigados en el ser humano también es, uno más, un elemento que tiene mucho que ver con la política.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Estoy en esto por la ilusión, no estoy en la ilusión por esto


Uno siempre tiene sueños, prácticamente desde que nace. Sueñas con que mamá te dé un beso, con que papá te dé la merienda, con andar como mamá y papá, con comer lo que comen los mayores, con ir a la guardería para jugar con tus amigos, con que llegue el viernes, con que lleguen las vacaciones, con que te compren una bici, con aprobar, con ver a la chica que te gusta en clase, con gustarle, con perder la virginidad, con beber como los mayores, con que llegue el finde, con ir a la universidad, con que se acabe la universidad, con encontrar un curro, con que te toque la lotería y dejar el curro... Son sueños individuales, algunos pequeños, otros directamente cutres, pero que cimentan la felicidad porque son los que alimentan la ilusión del día a día. 

Luego están los sueños sociales, más complejos, porque ni su materialización ni su propia naturaleza dependen sólo de ti. Ser aceptado, ser respetado, ser valorado, ser querido, ser amado... por tu propia familia, por tus compañeros de clase, por los colegas de curro, por tus amigos, por aquella con quien quieres formar tu familia un día y dar continuidad a la rueda... 

Y, cuando el alma de uno mira un poco más arriba, hacia las estrellas que nombraba Oscar Wilde, los sueños se elevan. Y aparecen los grandes sueños, la paz mundial, ningún ser humano con hambre, ningún ser humano sin casa, bosques limpios, animales a salvo, un mundo mejor... 

Y te das cuenta de que no eres el único, de que hay otros seres a tu alrededor que también quieren un mundo mejor. Y te sientes menos solo, menos raro, y la ilusión crece: ya no sólo se nutre de tus sueños, también recibe parte de la energía de los demás. Y los sueños se transforman en proyectos, y te lanzas a intentar hacerlos realidad, pleno de ilusión, convencido de que juntos todo es posible. 



Y dedicas tu tiempo, tu esfuerzo y tu energía a trabajar en un sueño. No recibes nada a cambio, te alimentas sólo de ilusión, y con eso te basta. Sabes que estás haciendo lo que debes hacer, lo que quieres hacer, que una legión -pequeña o grande, casi siempre pequeña pero eso no te importa- te acompaña, de que no eres imprescindible pero sí importante como todos los demás, de que no caminas solo, de que los tuyos están a tu lado, de que te empujarán cuando flaquees, de que te levantarán cuando caigas, de que siempre habrá alguien para recitarte el poema de Benedetti -“no te rindas, por favor, no cedas”- cuando vengan mal dadas, algo que más pronto que tarde siempre llega. 

Y la ilusión te mantiene día a día. Tus grandes sueños colectivos ocupan una parte importante de tu vida. Hasta que empiezas a darte cuenta de que algunos de ellos a casi nadie importan, ni siquiera a sus principales beneficiarios; de que otros son directamente irrealizables; de que la barrera que separa al resto de su materialización es alta y difícil de traspasar, cual muro de Adriano. Pero piensas que al menos estás haciendo lo correcto, y -de nuevo- que no estás solo. 

Y un día descubres con pánico que sí lo estás, que los que te acompañan no creen que estés haciendo lo correcto; que de hecho piensan que lo que haces, desde tus opiniones hasta tu trabajo, son una mierda pinchada en un palo. Y por si el desprecio no fuera suficientemente doloroso, descubres otro día que ni siquiera confían en ti, que dicen que te mueven intereses que poco tienen que ver con los grandes sueños, que el beneficio personal y el ego son lo único que te importa. No te discuten, te difaman. Como dice don Daniel Bernabé, entre los tuyos hay hermanos pero también hay judas. 

Y es ese día cuando la ilusión, lo más importante, lo que cimentaba tu trabajo, se rompe. Y avanzas unos cuantos metros más, unas cuantas semanas más, movido por la inercia, soñando -en vano esta vez, y lo sabes- con estar equivocado, con que la situación se pueda reconducir, con que todo haya sido una serie de malentendidos... Pero ya no hay solución. Perdida la ilusión, ya nada tiene sentido. 

Y llega el momento de abandonar; de no dedicar más tiempo, más trabajo ni más energías a un proyecto en el que ya no crees y que ya no cree en ti; de dejar que aquellas personas que veían en tu inocente “todos somos iguales, todos pintamos lo mismo” una amenaza para su autoridad y para sus planes se queden como amos del chiringuito; de que cada cual se salve a sí mismo... 

Al fin y al cabo, la ilusión mantiene la vida y no al revés. Roto el sueño, sólo queda abandonarlo como una parte dolorosa del pasado, y buscar otro nuevo... si lo hay.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Fake news, neutralidad de la Red y puertas al campo

Prácticamente desde sus orígenes, Internet ha sido refugio de informaciones, opiniones y teorías al margen del discurso oficial de los mass media. Desde medios locales a blogueros de izquierdas, pasando por amantes del hentai y conspiranoicos. La Red se convirtió en el lugar donde encontrar todos aquellos hechos y datos que no aparecían en la televisión, la radio y la Prensa escrita, bien porque no interesaban a un público masivo, bien porque comprometían los intereses de gobiernos, anunciantes y propietarios de los medios.


Se diría que Internet era un paraíso donde por fin el ser humano podía informarse libremente y, como consecuencia, tomar decisiones más responsables y ser más libre, en definitiva. Siempre y cuando ese ser humano fuera capaz de separar el grano de la paja, la información alternativa de las meras chaladuras, claro. Cualquiera podía abrirse un blog en Blogger y contar sus ideas al mundo, y eso, para qué lo vamos a negar, tenía cierta magia: era igual de fácil teclear en la barra del navegador la dirección del New York Times que la de Indymedia o la página de Noam Chomsky.

Algunos, muy optimistas, llevan desde entonces diciendo que Internet supone la democratización definitiva de la información y el fin del monopolio de los grandes medios, controlados por corporaciones y estrechamente relacionados con gobiernos y entidades transnacionales. Y por ende, una amenaza seria al orden mundial capitalista surgido tras la caída del bloque socialista.

Otros, en cambio, veían todo ello demasiado bonito para ser verdad y se preguntaban cuánto podía durar esta dulce anarquía digital. Para mí, tal arcadia cibernética no era tal, puesto que la proporción entre información basura y datos reales en la Red no era mucho mejor que la de los medios tradicionales. Pero siempre existía para el internauta avezado la posibilidad de acceder a hechos silenciados y puntos de vista alternativos contados con seriedad y veracidad. Y de comunicarlos.

Parecía además que era imposible -dejando a un lado la censura y los bloqueos en países como Arabia Saudí y China- ponerle puertas al campo de Internet. La propia estructura descentralizada de la World Wide Web y la multiplicación exponencial de las páginas y contenidos -aumentada ad infinitum por las redes sociales- impedía teóricamente evitar o siquiera limitar la proliferación de contenidos incómodos para los poderosos. Pero, como bien decían los agoreros antes citados, la alegría no podía durar mucho. 

El boom de las fake news a finales de 2016 marcó el inicio de la justificación a gran escala de la censura en Internet. Las noticias falsas habían existido desde siempre, pero se multiplicaron con Internet y las redes sociales de la misma forma que se habían multiplicado con la transmisión por ondas o con la imprenta. Y con la campaña electoral estadounidense y la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, la paranoia de las fake news alcanzó su paroxismo.

De repente las noticias falsas se convirtieron en una amenaza para el orden social, tan potente que incluso podía marcar la elección del hombre más poderoso del planeta. Periodistas, intelectuales y políticos clamaron contra la proliferación de estos contenidos en Internet e incluso dieron un nombre al fenómeno por el cual la gente sólo se fiaba de lo que quería leer u oír en lugar de contrastar informaciones: la famosa posverdad.

Lo que no decían periodistas, intelectuales y políticos es que las fake news habían existido desde siempre y nunca les habían supuesto un problema. De hecho, unos y otros se han servido de ellas a menudo -¿recuerdan aquello de que el 11-M fue cosa de ETA?-. La clave está en que con Internet perdieron el monopolio de la información y, con ello, el de la difusión de falacias útiles a sus intereses. No es un problema de verdad, sino de competencia.

El siguiente paso estaba claro: si las noticias falsas eran tan malas, había que hacer algo para eliminarlas. Las redes sociales como Facebook y Twitter –las grandes beneficiadas de la nueva forma de consumir noticias, incluyendo las falsas- han sido colocadas en la picota. Y, presionadas por gobiernos, medios tradicionales y accionistas, han accedido a filtrar y restringir la difusión de contenidos. Ahora Facebook nos avisará si leemos o compartimos muchas noticias procedentes de supuestos agentes rusos e incluirá un detector de fake news.

Pero teniendo en cuenta la falta de criterio de las redes sociales para filtrar mensajes de odio, nada hace pensar que todas las noticias falsas vayan a ser eliminadas y, aun peor, que todas las noticias eliminadas sean realmente fraudulentas. Con la excusa de defender un fin noble, tenemos la vía abierta a una censura a escala masiva de la información inconveniente publicada en línea. 



No es esta la única puerta al campo de Internet que se está construyendo. Aunque no sea tan fea como la censura, hay otra forma quizá más eficaz de controlar la aparentemente incontrolable información en la Red. Decíamos antes que era igual de fácil acceder a la web del New York Times que a la de Noam Chomsky; al fin y al cabo ambas son una dirección URL en el navegador. Una anomalía en un mundo tan desigual, en el que al menos la Red es neutral ante los contenidos que alberga. Algo que no gusta mucho ni a las grandes corporaciones ni a las operadoras de telecomunicaciones, que hace un par de semanas han logrado su objetivo de acabar con la neutralidad de la Red en Estados Unidos.

Bajo este pomposo titular del “Fin de la neutralidad de la Red” se esconde algo realmente alarmante, sobre todo si cunde el ejemplo fuera de EEUU: el Internet de dos velocidades. A partir de ahora habrá en Internet contenidos de primera, de segunda y de tercera categoría. Si quieres acceder al sitio de una gran marca, con potencial económico suficiente para garantizarse un trato de primera de las telecos, la conexión se efectuará a toda velocidad. Si por el contrario, deseas visitar el blog de tu activista favorito, ármate de paciencia.

Es decir, se acabó la igualdad. Nominalmente, seguirá siendo igual de fácil conectarse a cualquier web, pero acostumbrados como estamos a la inmediatez y a páginas que cargan en menos de 5 segundos, un tiempo extra de espera puede suponer la fuga masiva de visitantes de los sitios de medios alternativos, blogueros, organizaciones minoritarias e incluso pequeñas empresas. Algunos, dependientes de la publicidad, probablemente acaben cerrando y, en general, la audiencia de los medios alternativos se reducirá. Y a menos público, menos influencia. ¿Para qué cerrar páginas si podemos condenarlas a la irrelevancia?

Súmenle a esto las amenazas a la seguridad y privacidad de los internautas, las hordas de trolls –humanos o robóticos-, los acosadores en línea… y tenemos ante nosotros el posible fin de la historia de una Red accesible para todo el mundo que contribuyera a expandir el conocimiento. Demasiado estaba durando, me temo…

miércoles, 22 de febrero de 2017

Ni moderados ni minoritarios: Muse nos muestra el camino

Como buena expresión artística, la música siempre ha sido vista por muchas personas como una metáfora de otros aspectos de la vida, o de la vida en general. Sentimientos, fútbol, política… todo puede compararse con una canción, un artista o un estilo.


No me extrañó, por tanto, que en la pasada pugna entre pablistas y errejonistas, entre ritas y ramones, que libraron los miembros de Podemos en la Comunidad de Madrid, se planteara una metáfora musical para ilustrar las posiciones de cada sector. Así, los errejonistas de Rita Maestre y compañía serían más moderados, más asequibles al oído del común de los mortales, como el pop de los británicos Coldplay. Mientras, los pablistas capitaneados por Ramón Espinar serían unos tipos duros, contundentes, como el Jefe del rock, Bruce Springsteen. Una dicotomía que ha contaminado también el más reciente Vistalegre 2.

Una metáfora curiosa pero limitada, como suelen ser todos los planteamientos maniqueos. A veces, leyendo a algunos de los que la usaban, uno tenía la sensación de que en su vida habían escuchado a unos y al otro. Coldplay tiene canciones suaves, pero también intensas, y casi todas capaces de emocionar. Springsteen es rockero, pero para nada un heavy, y llena estadios con la misma facilidad que Coldplay. A mí, al menos, ni los ingleses me parecían tan ñoños ni el Boss tan minoritario como unos  y otros me daban a entender.

Pero como parecía que se trataba de una pugna por ver quién era más auténtico o más mainstream, lo apropiado de la metáfora era lo de menos. Al fin y al cabo, cosas más absurdas se dijeron en la breve campaña de las primarias en Madrid. Empezando por la disyuntiva radicales vs. moderados y mayoritarios vs. minoritarios (de los calificativos tipo “comunistas”, “sociatas”, “marginales”, “vendidos” mejor ni hablo por aquello de la vergüenza ajena). 

Y es que se diría que la única forma de alcanzar un éxito masivo es ofrecer un discurso –o una canción- edulcorado, soso, plano, vacío, sin fuerza ni alma. O que sólo se puede ser auténtico si te escuchan –o te votan- cuatro gatos, que todo el que arrastre a una marabunta de seguidores lo ha conseguido vendiéndose. Una colección de absurdos de la que nadie podía o quería darse cuenta.

Como enumerar partidos y líderes políticos que han ganado elecciones y han convencido a su pueblo con un discurso claro y honesto sería largo y probablemente aburra al personal, mejor sigo con la metáfora musical y hablo de la banda de rock actual más seguida del planeta –con permiso de los clásicos y veteranísimos Rolling Stones-: Muse



Los británicos Muse empezaron como un grupo de rock alternativo –sí, alternativo- y pronto descollaron gracias al virtuosismo de sus músicos, a la particular y emotiva voz del cantante y a una diversidad de facetas que hace que en un mismo disco –o en una misma canción- te encuentres momentos que suenan a metal, a punk, a hard rock y otros que son pura melodía.

Poco a poco, Muse pasaron de ser una banda de culto a una banda que llena estadios. Han coqueteado con el pop, con la electrónica, han prestado temas a la banda sonora de películas para adolescentes y aun así han mantenido a sus fans de siempre y ganado a otros nuevos en cada nuevo disco, en cada nueva gira. A día de hoy son, como ya he dicho, la banda de rock más seguida del planeta. Hace tiempo que superaron a U2, antaño reyes del stadium rock, y ya se les compara con Queen. 

Y todo sin renunciar a su estilo, evolucionado pero sin dar bandazos al ritmo de los estilos de moda. Algo que debería tener en cuenta Podemos: no renunciar a los valores con los que nació, los que le convirtieron en la esperanza de los que no creían ya en la política. Defender a los de abajo, sin miedo a no gustar a los de arriba.

Pero, y no menos importante, sin renunciar tampoco a ser grandes. No se es más alternativo ni más fiel a uno mismo por gustar a un número reducido de personas. Y eso vale tanto para la música como para la política. Podemos debería alejarse tanto de la tentación de convertirse en un partido sin alma para gustar a los que nunca van a dejar de odiarles, como de la mística de la derrota que impregna a buena parte de la izquierda –se autodefina así o no- española.

Volviendo a Muse, lo mejor de todo es que nunca ha dejado de sonar a Muse. Tienen temas más contundentes y otros más suaves, que gustan a públicos distintos o incluso al mismo, pero nunca han renunciado a seguir su estilo, ni a adaptarse a propuestas nuevas, pero tampoco a ir ganando fans. Cambien “Muse” por “Podemos”, “estilo” por ideas, y “fans” por “votos”. ¿Qué tal suena?

martes, 29 de noviembre de 2016

La cruel muerte del mito del consenso

Existe una corriente de opinión tendente a considerar el consenso como el estado natural del ser humano. No negaré la existencia del consenso; existe, se ha dado y se da, la historia y la vida cotidiana están llenas de ejemplos de consenso, pero como modo de solucionar el conflicto, no como el modo de relación que tenemos por defecto las personas.


Las relaciones humanas –interpersonales, sociales, políticas, internacionales- están marcadas por el conflicto. Desde los choques entre las tribus de Anatolia y el Imperio Hitita hasta la guerra de civilizaciones que vivimos hoy en día, desde el empresario que obliga a trabajar horas extra gratis a sus trabajadores al macho ibérico (y no sólo ibérico) que le dice a su novia cómo tiene que vestir y a qué amigos puede ver y a cuáles no. El conflicto, el choque de intereses, el intento de imponer la voluntad de unos a los otros, marca la existencia de todo animal, incluido el más evolucionado de los primates superiores.

Claro que el consenso ha servido muchas veces para resolver conflictos, aunque eso no indica que sea ni mucho menos el único modo de hacerlo. En ocasiones, ni siquiera es el mejor. Es difícil plantear una solución de consenso entre los deseos de un tipo armado con una navaja y los de su víctima conminada a entregarle el reloj, la cartera y el móvil. O se los entrega, o no se los entrega y recibe un navajazo en la barriga, o –si la víctima sabe jiu-jitsu- le aplica una llave y pisotea el cráneo de su atracador cuando este está en el suelo. Ninguna de las tres soluciones podría considerarse consensuada, todas suponen la resolución del conflicto –el atraco- de forma que uno gana y otro pierde, en las tres existe la imposición de los intereses de una de las partes implicadas sobre la otra. 



Podría argüirse que las relaciones socioeconómicas no son un atraco. Podría argumentarse que hubo una época dorada de las sociedades occidentales, no tan lejana, fundada en el consenso, en la que una parte de la población trabajaba duro y, a cambio, recibía una compensación justa por su contribución a la creación de riqueza para el país, que le permitía vivir de manera digna. El consenso socialdemócrata, lo llaman.

Olvidan los defensores de este modelo –aparte de la existencia de capas más o menos amplias de población marginada que nunca disfrutaron de sus virtudes- que ese consenso no es ni mucho menos la condición natural de la sociedad europea. Antes bien, se llegó a él como una manera de impedir que volvieran a repetirse la destrucción y las atrocidades que los numerosos conflictos –entre países, entre religiones, entre clases y entre razas- de siglos anteriores habían acarreado a Europa. Y olvidan también que, en parte, ese consenso estaba basado en el miedo, más que en el resultado de un proceso racional o emocional que concluyera que era mejor vivir en armonía respetando los intereses y derechos de todo el mundo.

Miedo de las élites económicas y políticas a que la creciente beligerancia y organización de los trabajadores, unida a la consolidación del socialismo en un bloque transnacional, acabara por arrojarlas al fango. Miedo de los trabajadores, después, a perder los derechos y beneficios conquistados durante años (la actitud del PCF, reacia a sumarse a la revolución de mayo de 1968, es muy reveladora). Y miedo en general a sufrir más guerras devastadoras. El resultado lo conocemos: alianza europea, Estado del bienestar, democracia parlamentaria, economía de mercado…

Pues bien. Con sus defectos y sus virtudes, ese consenso se rompió hace tiempo. Empezó a romperse con la crisis del petróleo del 73, cuando los que más tenían se dieron cuenta de que la riqueza que puede generar el planeta es limitada y que tarde o temprano para ellos repartir la riqueza implicaría empobrecerse. Siguió rompiéndose cuando Margaret Thatcher alcanzó el poder en Reino Unido en 1979 y en una década liquidó al movimiento obrero. La caída del contrapoder soviético y el boom del neoliberalismo globalizador –aplaudido por los partidos socialdemócratas- terminaron de ahondar en esa ruptura. Hasta que en 2008 el consenso hizo crack.

Lo sabemos quienes sufrimos las consecuencias de la llamada crisis. Ya nadie garantiza unas condiciones dignas de vida. Si tienes pasta, puedes vivir como un pachá; si no la tienes, reventarás como un perro trabajando por un sueldo de miseria, o en la puerta de un hospital donde no atienden sin tarjeta sanitaria, o asfixiado en un incendio doméstico. Sólo los losers no pueden pagar la luz, dicen los adalides de la paz social.

Y en este contexto que Warren Buffett, el tercer hombre más rico del mundo, define como un conflicto de clases en el que los ricos, con la ventaja que les da haberlo iniciado, van ganando, muchos intelectuales y políticos se hacen los sorprendidos porque el común de los habitantes de Occidente ya no compra el mito del consenso. Los británicos reventaron el sueño europeo en junio, los yanquis optaron por el discurso del conflicto de Trump en noviembre y está por ver lo que pasará en las elecciones presidenciales francesas.

En Oriente Próximo, el islam abierto y progresista popularizado por Nasser ha dejado su sitio a un fanatismo religioso propio del siglo XI. Su contraparte cristiana llama a expulsar a los musulmanes de Europa y EEUU –en el mejor de los casos-. Y en Rusia y China, las potencias geopolíticas emergentes de hoy en día, gobiernan Putin y Xi Jinping, dos líderes que nunca han perdido el tiempo con mandangas consensuadas y que cosechan admiración –sobre todo el primero- entre gentes de diversas ideologías o de ninguna.

Les guste o no a los que siempre han vivido en una burbuja plácida donde el más mínimo conflicto era convenientemente filtrado y anulado, el consenso agoniza. Puede que la victoria de Trump sea la escenificación de su muerte. Una muerte causada por los mismos que lo convirtieron en mito, que engañaron al personal diciéndole que era la condición humana natural aunque la realidad diaria de ese personal mostrara lo contrario, los que nunca creyeron en serio que fuera una forma –a veces la mejor- de resolver los conflictos, sino que lo manejaban como una representación que mantuviera engañados a los mismos a los que expoliaban, machacaban y despreciaban. Ahora el conflicto vuelve con fuerza. El mito del consenso no parece capaz de frenarlo. Y ante la disyuntiva de convertir ese mito en algo real y beneficioso o canalizar el conflicto hacia un objetivo que no sean ellos, parece que están apostando por lo segundo.

viernes, 29 de abril de 2016

Fin de la clase obrera y lenguaje de catedráticos

Se quejaba hace no mucho Juan Carlos Monedero de que Podemos es “un partido de hipsters”, compuesto fundamentalmente de intelectuales, profesores y profesionales urbanos –algunos claramente proletarizados, aunque eso Monedero se lo ahorra-. Y clama porque haya más trabajadores y parados. ¿Dónde están esos trabajadores y parados que, según Monedero, no acuden a los círculos de Podemos? Pues mira, campeón, están votando al PSOE, a Ciudadanos e incluso al PP, o en su casa viendo El Chiringuito y Sálvame.

Como cualquier alumno de Bachillerato medianamente aplicado sabe, el marxismo es un sistema de pensamiento científico. Curiosamente, los más leales al marxismo son los que más a menudo olvidan ese carácter científico del pensamiento de Marx y más tienden a considerarlo un conjunto de dogmas de fe, inamovibles, incuestionables e incriticables. Y el de la “clase obrera” es uno de ellos.

Para empezar, el término “obrero” o “trabajador” corresponde a una categoría principalmente económica, que toma un carácter social y político, pero nunca a una categoría ética o moral. Eso se llama argumento ad pauperum y no es marxismo, ni corresponde a ningún análisis socioeconómico razonable. De hecho, el propio Marx, al referirse a los trabajadores, utiliza términos tan dispares como “clase”, “alienación” y “lumpen”, y sólo el primero es positivo. Santificar a un tío sólo por el hecho de que su único activo sea su fuerza de trabajo y no disfruta del total de los beneficios generados por dicho trabajo es cualquier cosa menos sensato, da igual si la perspectiva es marxista o no. 



Desgraciadamente, la izquierda –y basándome en sus tesis, considero a Monedero de izquierdas- no sólo tiene una querencia exagerada por los dogmas, también por los mitos. Y el del obrero revolucionario de la Comuna de París, o del Petrogrado de 1917, o de la Barcelona de los años 20, con un arma en una mano y un libro en la otra, es un mito. Quizá fuera real en 1930, o en 1950, pero hoy el trabajador típico español no lee otra cosa que el Marca y en una mano lleva un smartphone con trap sonando a todo trapo y en la otra las llaves de un Seat León tuneado. Naturalmente, son obreros, pero no son clase obrera, en el sentido de que carecen de conciencia de clase.

¿Qué partido se puede hacer con esa gente? En el mejor de los casos, ninguno, porque el personal pasa de política. Y en el peor, uno que intente resolver los problemas eliminando diputados, quitándole la autonomía a Cataluña y echando a los inmigrantes al mar, que es el discurso que más cala entre los que a día de hoy componen el grueso de los trabajadores; no hay más que ver los últimos resultados electorales.

Claro que, siendo serios, hay que reconocer que la alienación no sale de la nada. Es fruto de una serie de estructuras –superestructuras, las llamaba Marx- que vacían y llenan cerebros a su antojo y convierten a cualquier persona sin una formación sólida en alguien incapaz de ver más allá de sus narices, en alguien que besa la bota que le pisa, en alguien que ama al opresor y odia al oprimido.

Ciertamente, dejarse alienar o no es responsabilidad de cada uno. Pero también es cierto que gente poco formada es presa fácil de unos manipuladores de cerebros mucho más y mejor preparados que ellos. Y contrarrestar esa manipulación, frenar ese proceso masivo de alienación, correspondería a los que sí poseen una cultura política sólida. Ahí es donde cobraría sentido la queja de Monedero. Tenemos un partido compuesto, al menos en sus cuadros superiores, de intelectuales y politólogos, gente con sólida formación política, que a menudo tienden a hablar sólo para gente como ellos, para la gente con la que llevan tratando casi en exclusiva desde hace dos o tres lustros.

Cuando se oyen en sus bocas historias de “significantes flotantes”, “núcleos irradiadores” o “significantes muertos”, me imagino no ya la cara de un cani, sino la de una persona que se puso a trabajar al terminar la secundaria y que no ha tenido la oportunidad –no sé si para bien o para mal- de leer a Laclau. Personas lo suficientemente listas para darse cuenta de que el jefe vive mejor mientras ellas viven peor y de la relación causa-efecto entre ambos fenómenos, pero que difícilmente se sentirán atraídas por unos tíos y tías que abusan del hermetismo en el lenguaje que históricamente ha caracterizado el discurso de las clases dominantes.

Si quiere evitar que le pisoteen, todo obrero debería empezar por tomar conciencia de que lo es y formarse políticamente. Muchos miembros de los círculos de Podemos –más de lo que piensa Monedero- encajan en esa categoría. Pero para los demás, convencer es una obligación de los “líderes”. Sólo cuando desciendan al lenguaje y el argumentario de la gente de la calle podrán quejarse de que las masas pasan y no escuchan. Sólo entonces, cuando hablen como ella, serán verdaderamente, los “políticos de la gente”.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mujeres de ensueño: II) Bo Derek

Si la cultura es reflejo de la sociedad de cada época, lo mismo podría decirse de los mitos eróticos. Mujeres voluptuosas o andróginas, frágiles o fatales, rubias o morenas, pueblan los sueños de los varones de cada generación, al tiempo que construyen su modelo ideal de mujer. 

            En los 80, la era del triunfo definitivo del imperio yanqui a escala global, el modelo erótico occidental era la rubia californiana: pelo liso, ojos claros, cintura estrecha, pechos generosos. Y dentro de ese prototipo femenino, el primer sex symbol de la década fue Bo Derek

            Más allá de modelos y prototipos, o de su calidad como actriz, Bo Derek fue una de las protagonistas de las primeras fantasías eróticas de aquellos que despertaban a la sexualidad a lo largo de esa década. Todavía era una desconocida cuando en 1980, 10, la mujer perfecta –un título de lo más adecuado- la catapultó a la fama. Melena rubia interminable, belleza impresionante, formas perfectas, un aire entre provocativo e inocente eran sus armas, expuestas también pocodespués en la revista Playboy.



            La carrera de Bo Derek como mito erótico continuó a lo largo de los años 80, con películas de calidad descendente y de leitmotiv recurrente: su anatomía desnuda o vestida. Bolero y Tarzán la hicieron un referente sexual como anteriormente lo habían sido Marilyn Monroe, Brigitte Bardot o Farrah Fawcett. 

            Pero sus virtudes fueron también su condena. Su marido y agente, John Derek, director también de sus primeras películas y experto en ligarse a rubias despampanantes, explotó los atributos de Bo una y otra vez. Nunca sabremos si tenía facultades para ser una buena actriz. El público acudía a las salas de cine para verle las tetas, y punto. Hasta que Kim Basinger y Sharon Stone, encumbradas con Nueve semanas y media e Instinto básico, la sustituyeron en el trono de la rubia sex symbol por excelencia y tuvo que exiliarse en el universo cutre de los telefilmes.  

            Ahora Bo Derek ya no hace cine. Se dedica a la cría de caballos y a apoyar al Partido Republicano –¿quién dijo que el bien y la belleza van indisolublemente unidos?-. Queda de ella el recuerdo, los miles de suspiros derramados contemplando sus fotos y visionando sus películas, los sueños de preadolescentes deseosos de encontrar algún día una rubia como ella, tan bella que pareciera perfecta, las fantasías alimentadas por el exotismo de sus escenas, y su imagen corriendo por la playa o galopando desnuda a lomos de un caballo. Bien mirado, no hay tantas actrices de las que se pueda decir lo mismo. Gracias, Bo.