Hace tiempo, publicaba una reseña de una de las bandas míticas del punk estadounidense: los californianos Bad Religion. Brett Gurevitz y compañía fueron un referente del renacer del estilo a principios de los 90 y, poor tanto, se han ganado un puesto en la historia del punk. Hoy toca recordar a una banda menos conocida para el gran público, pero que también tuvo su importancia una década antes en Inglaterra, cuando el punk era menos melódico y más político. Hablamos de los Sham 69.
Sham 69 fue uno de los grupos de punk ingleses más importantes de finales de los 70 y principios de los 80, la era mítica del punk. La historia de los Sham 69 comienza cuando, en 1977, el cantante Jimmy Pursey decide formar un grupo de música que fuera portavoz de los chavales de la working class. La idea de Pursey era, más o menos, que su música uniera a todos ellos en torno a un ideal de justicia y tolerancia. Idea reflejada en su himno If The Kids Are United (they will never be defeated).
Su primer single, I Don´t Wanna, una típica canción punk de menos de dos minutos, pero en la que se aprecia una habilidad en el manejo de la guitarra y ciertos pasajes melódicos de los que -por poner un ejemplo significativo- los Sex Pistols carecían, resulta un éxito. Además, saltan a la fama cuando son detenidos por celebar un concierto en el tejado del Vortex Club de Londres. Gracias a esta popularidad, la multinacional Polydor Records se fija en ellos y les ficha, abandonando así el sello Step Forward.
Después de Borstal Breakout, el primer single que sacan con Polydor, Sham 69 inicia una carrera hacia la cima del punk inglés. Single tras single, Angels with Dirty Faces, If The Kids Are United, Hurry Up Harry, Questions and Answers o Hersham Boys, su estilo de punk futbolero, con letras sencillas y directas, y la carismática e hiperactiva figura de Jimmy Pursey atraen a una legión de fans por todos sus conciertos en el Reino Unido.
Pero la fama y el éxito, como bien saben muchas otras bandas, no son garantía de gloria eterna. Los chavales que asisten a sus conciertos deciden emplear éstos como campo de batalla para resolver sus diferencias... a golpes. Las peleas se transforman en tumultos, los llamamientos de Pursey a olvidar sus diferencias para hacer frente a un enemigo común que les condena a una existencia sin salida degeneran en excusas para exhibiciones de violencia gratuita, y Sham 69 pasa a ser considerado el grupo violento por antonomasia. Desilusionado por el fracaso de su ideal y enfrentado a su discográfica, Jimmy Pursey decide disolver la banda, a finales de 1979.
Después de la separación, intentan formar un supergrupo punk con los ex Sex Pistols Steve Jones y Paul Cook llamado The Sham Pistols. Pero la nostalgia por ambos grupos no da para tanto, y la nueva banda queda en un proyecto con bastante más pena que gloria.
Aunque poco después, a principios de 1980, los Sham 69 se refundan y vuelven a la tralla. Lanzan un recopilatorio de sus temas más famosos, The First, the Best and the Last, y emprenden una gira europea. Pero los tiempos habían cambiado, el punk se había transformado en new wave y la cockney people votaba a Margaret Thatcher. Ya no era el momento para un grupo punk y viendo el escaso impacto sobre el público, Sham 69 decide separarse a finales de 1980.
Aún hay un tercer fin de la historia. En 1987, Pursey retoma la banda con el guitarrista original Dave Parsons y una sección rítmica renovada. Las formas evolucionan un poco y hay más arreglos, aunque el espíritu sigue inalterado. Pero, de manera similar a lo que le sucede a Joe Strummer con Los Mescaleros, la era de Pursey y Sham 69 había pasado y su lugar estaba en la memoria de los antiguos punks y en la influencia que pudieran ejercer sobre los nuevos, no en un escenario. Así, Sham 69 quedará como un ejemplo del punk político de la escuela europea, eclipsado ahora por el rollo cool de The Buzzcocks y las veleidades pijo-poperas de los Hives.
jueves, 12 de febrero de 2015
viernes, 30 de enero de 2015
Pagar por trabajar
Antes de nada, quiero dejar claro que me encanta mi profesión. Con todas sus cosas malas, el periodismo es el trabajo de mi vida, lo que más me gusta y lo que mejor sé hacer.
No obstante, no puedo ignorar que es una profesión sobrevalorada. Aún me hace cierta ilusión cuando le digo a alguien a qué me dedico y este me responde: “qué chulo”, “cómo mola”, “es mi vocación frustrada” o cosas por el estilo. Pero a veces veo que la imagen del periodismo está marcada más por el mito que por el conocimiento.
En principio, esto podría darme igual. Pero uno acaba harto de que, sobre todo cuando dices que cubres acontecimientos culturales, recibas respuestas del tipo: “vaya morro, comiendo canapés y tomando gin-tonics en las presentaciones” o “vas a los conciertos por la cara”. Para algunos, parece que el periodismo cultural consiste en estar todo el día de juerga, atiborrándote de pinchos, viendo a las bandas en primera fila y emborrachán dote por la patilla. No negaré que gracias a mi trabajo he visto a bandas de las que de otra forma no habría disfrutado jamás, ni que si en un festival o presentación hay bebida y pinchos los consumo sin problemas, pero al día siguiente, mientras el común de los mortales duerme la resaca, yo me tengo que currar una crónica, a veces de un tema que no me interesa lo más mínimo, pero al público sí. Y lo hago tenga ganas o no, igual que cualquier trabajador; en eso el periodismo es como cualquier otra profesión, no es un hobby.
Supongo que algo similar pasará con el resto de las profesiones creativas, diseñadores, fotógrafos, etcétera. Lo interesante o divertido del trabajo, el glamour o la envidia que lo rodean a veces tapan lo esencial: que somos trabajadores, como un fontanero o un frutero, ni mejores ni peores.
¿A qué viene todo esto? A que, debido a esa imagen de que nuestras profesiones molan o directamente son un chollo, muchos piensan que el placer de trabajar ya es suficiente recompensa. Lo piensa gente ajena al mundillo, que por lo visto no se ha parado nunca a pensar que los periodistas también vivimos en una casa, pagamos la luz y compramos comida y ropa, y que eso no nos lo dan por la cara. Y, lo que es más grave, lo piensa gente que conoce perfectamente la situación.
Lo que piensen los demás, aunque pueda resultar a veces ofensivo, en realidad importa poco. Pero cuando este pensamiento se instala –imagino que interesadamente- entre aquellos que tienen un poder económico sobre los profesionales de la información, se convierte en un problema muy serio. Así –aunque también hay que añadir otros factores como la crisis- se explica que haya no sólo becarios trabajando gratis o por salarios de miseria en medios de comunicación. “Encima de que estás haciendo lo que te gusta no pretenderás que te paguemos una pasta”, parecen decir los empresarios.
Y no sólo los empresarios de la prensa opinan así. El año pasado, al solicitar información sobre las acreditaciones de prensa para cubrir el Primavera Sound, descubrí con alarma que los profesionales no sólo debían acreditar su intención efectiva de informar sobre el festival, sino además soltar 50 euros. Un precio barato si lo comparábamos con los 220 que costaba el abono para el público, decían algunos, obviando lo más importante: al ingresar esos 50 euros en la cuenta del Primavera Sound estabas pagando por trabajar. Indignado, decidí no pedir la acreditación. Muchos otros sí lo hicieron. Comprendo que para un medio grande, esos 50 euros son calderilla y la idea de pagar por trabajar tampoco les debe de sonar tan mal a sus propietarios.
La historia casi se me había olvidado cuando, hace una semana, leía en Diagonal que la organización del Primavera Sound busca estudiantes de máster para trabajar por 2,56 euros a la hora. El puesto es de controlador del sistema de recogida selectiva, pero el principio es el mismo: a cambio de trabajar, aunque sea temporalmente, en un festival, evento o empresa de renombre, el sufrido currito debe aceptar que su sueldo no le llegue ni para un par de minis. Trabajar se convierte en un fin, no un medio de vida, y así se explica que salarios de miseria o directamente pagar por trabajar se vean como algo natural. La industria de los festivales le muestra el camino al nuevo capitalismo.
No obstante, no puedo ignorar que es una profesión sobrevalorada. Aún me hace cierta ilusión cuando le digo a alguien a qué me dedico y este me responde: “qué chulo”, “cómo mola”, “es mi vocación frustrada” o cosas por el estilo. Pero a veces veo que la imagen del periodismo está marcada más por el mito que por el conocimiento.
En principio, esto podría darme igual. Pero uno acaba harto de que, sobre todo cuando dices que cubres acontecimientos culturales, recibas respuestas del tipo: “vaya morro, comiendo canapés y tomando gin-tonics en las presentaciones” o “vas a los conciertos por la cara”. Para algunos, parece que el periodismo cultural consiste en estar todo el día de juerga, atiborrándote de pinchos, viendo a las bandas en primera fila y emborrachán dote por la patilla. No negaré que gracias a mi trabajo he visto a bandas de las que de otra forma no habría disfrutado jamás, ni que si en un festival o presentación hay bebida y pinchos los consumo sin problemas, pero al día siguiente, mientras el común de los mortales duerme la resaca, yo me tengo que currar una crónica, a veces de un tema que no me interesa lo más mínimo, pero al público sí. Y lo hago tenga ganas o no, igual que cualquier trabajador; en eso el periodismo es como cualquier otra profesión, no es un hobby.
Supongo que algo similar pasará con el resto de las profesiones creativas, diseñadores, fotógrafos, etcétera. Lo interesante o divertido del trabajo, el glamour o la envidia que lo rodean a veces tapan lo esencial: que somos trabajadores, como un fontanero o un frutero, ni mejores ni peores.
¿A qué viene todo esto? A que, debido a esa imagen de que nuestras profesiones molan o directamente son un chollo, muchos piensan que el placer de trabajar ya es suficiente recompensa. Lo piensa gente ajena al mundillo, que por lo visto no se ha parado nunca a pensar que los periodistas también vivimos en una casa, pagamos la luz y compramos comida y ropa, y que eso no nos lo dan por la cara. Y, lo que es más grave, lo piensa gente que conoce perfectamente la situación.
Lo que piensen los demás, aunque pueda resultar a veces ofensivo, en realidad importa poco. Pero cuando este pensamiento se instala –imagino que interesadamente- entre aquellos que tienen un poder económico sobre los profesionales de la información, se convierte en un problema muy serio. Así –aunque también hay que añadir otros factores como la crisis- se explica que haya no sólo becarios trabajando gratis o por salarios de miseria en medios de comunicación. “Encima de que estás haciendo lo que te gusta no pretenderás que te paguemos una pasta”, parecen decir los empresarios.
Y no sólo los empresarios de la prensa opinan así. El año pasado, al solicitar información sobre las acreditaciones de prensa para cubrir el Primavera Sound, descubrí con alarma que los profesionales no sólo debían acreditar su intención efectiva de informar sobre el festival, sino además soltar 50 euros. Un precio barato si lo comparábamos con los 220 que costaba el abono para el público, decían algunos, obviando lo más importante: al ingresar esos 50 euros en la cuenta del Primavera Sound estabas pagando por trabajar. Indignado, decidí no pedir la acreditación. Muchos otros sí lo hicieron. Comprendo que para un medio grande, esos 50 euros son calderilla y la idea de pagar por trabajar tampoco les debe de sonar tan mal a sus propietarios.
La historia casi se me había olvidado cuando, hace una semana, leía en Diagonal que la organización del Primavera Sound busca estudiantes de máster para trabajar por 2,56 euros a la hora. El puesto es de controlador del sistema de recogida selectiva, pero el principio es el mismo: a cambio de trabajar, aunque sea temporalmente, en un festival, evento o empresa de renombre, el sufrido currito debe aceptar que su sueldo no le llegue ni para un par de minis. Trabajar se convierte en un fin, no un medio de vida, y así se explica que salarios de miseria o directamente pagar por trabajar se vean como algo natural. La industria de los festivales le muestra el camino al nuevo capitalismo.
martes, 30 de diciembre de 2014
¿Por qué Ucrania sí y España no?
Anda el personal emocionado con el primer aniversario de la
revolución o golpe de Estado de Ucrania (llámenlo como quieran, aunque yo nunca
he visto al ABC celebrar el triunfo de
una revolución en portada…). Ejemplo de fuerza, de unidad o de lo que sea,
muchos se preguntan por qué los ucranianos consiguieron derribar a un Gobierno
por la fuerza y aquí no podemos ni frenar un proyecto de ley.
Existe a mi juicio una diferencia esencial entre las
protestas de Ucrania, o las de la Primavera Árabe, y las que acontecen en el
mundo occidental, que afecta directamente a sus objetivos y a sus posibilidades
de éxito. Una diferencia derivada de la propia estructura política de los
países.
Tanto en Túnez como en Egipto, o incluso en Ucrania, existía una identificación entre los
gobernantes y el sistema político del país. El presidente Yanukovich y los
dictadores Mubarak y Ben Alí representaban no sólo a un sector del país, sino
todo un sistema. Una democracia orientada a Rusia en el primer caso. Dictaduras
prooccidentales en el segundo. En los tres casos, la caída del presidente
supone la caída del sistema; son dirigentes sistémicos por así decirlo.
En Europa Occidental, y en España en concreto, no sucede
así. El partido en el Gobierno y el principal partido de la oposición forman
parte del mismo sistema de democracia representativa de libre mercado. Si, por
un casual, cae uno como consecuencia de unas protestas especialmente intensas,
el otro toma el relevo y continúa con unas políticas muy similares en lo
esencial; quizás algo menos dañinas para el pueblo, pero en ningún caso se
podría hablar de cambio de régimen.
Digo por un casual porque la población española en general
siente una fobia hacia la violencia que no poseen los ucranianos –ni los
alemanes, ni los griegos, ni los italianos-, y además los antisistema de aquí carecen de los apoyos mediáticos, económicos
y morales que sí disfrutaron los rebeldes de Maidan (recuerden que todo un consejero autonómico madrileño
aplaudía en Twitter una foto de una sede incendiada del Partido Comunista
ucraniano; ¿se imaginan sus tuits si la sede quemada hubiera estado en Parla,
no en Kiev, y perteneciera al PP?).
Pero aun con un estallido repentino de violencia como el de
Gamonal el pasado enero pero a gran escala, o mejor, con una movilización
pacífica y sostenida en el tiempo de 15 millones de personas, la dimisión del
Gobierno del PP sería improbable. Y de producirse, conduciría a unas elecciones
anticipadas, en el que el resultado –victoria por la mínima de Rajoy, victoria
por la mínima de Sánchez o empate técnico y Gobierno de coalición entre ambos-
no significaría cambios sustanciales, ni en el sistema político, ni en el
económico, ni en el día a día de las personas.
Habrá quien, ilusionado desde mayo con Pablo Iglesias y los
suyos, me diga: “Pero ahora está Podemos”. No negaré que el planteamiento
político y económico de Podemos, como el de sus colegas griegos de Syriza,
supone un cambio esencial respecto a los llamados partidos sistémicos. Eso sí,
una cosa es lo que se quiere y otra lo que se puede. El mundo será todo lo
globalizado que usted quiera, pero el poder político y económico –a la espera
de ver el desarrollo de los BRICS- está concentrado en media docena de países
occidentales. Un cambio sistémico prooccidental, como el visto en Ucrania,
tiene muchas probabilidades de afianzarse. Una revolución de signo contrario lo
tiene bastante más complicado; véase el caso de Allende en Chile o el más
reciente de Venezuela.
Así las cosas, los que sueñen con una Primavera Española harían bien en irse olvidando de ello. O mejor, en
replanteárselo. Cambiar el sistema de un golpe desde abajo en un solo país,
pacífica o violentamente, es harto difícil. Mantener esos cambios es
prácticamente imposible. No es este un análisis necesariamente progresista: la revolución
neoconservadora de Reagan y Thatcher en los
80 no se hizo de un día para otro, fue un cambio gradual, más asumible para los
perjudicados, cuya materialización sólo hemos visto de verdad en el último
lustro.
¿Qué hacer pues? Si no se puede cambiar de golpe, hagámoslo
poco a poco. Frenemos primero el retroceso político y social. Avancemos paso a
paso después. Preparemos a la gente mientras tanto. Creemos estructuras
paralelas que funcionen como alternativa –económica fundamentalmente-. Y, sobre
todo, no nos quedemos solos.
Por mucho que España llegara a estar en el top 10 de las economías
mundiales, no es Rusia ni China, no puede mantener un sistema propio por sí
misma. Los problemas de descomposición del Estado del Bienestar –que aquí nunca
llegó a funcionar del todo, dicho sea de paso- no son exclusivos de España; las
soluciones tampoco. Toda alternativa, por tanto, pasa por la alianza con
fuerzas similares de Grecia, de Italia, de Portugal; incluso, más a largo
plazo, de Latinoamérica y Asia. Sin un proceso de cambio progresivo –valga la
redundancia- y paralelo al de otros países estamos condenados a jalear desde la
distancia otras revoluciones, incluidas las que sólo han traído misticismo y
tiranía.
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martes, 19 de agosto de 2014
Podemos y el momento del 'bajón'
Qué quieren que les diga, a mí Podemos me recuerda al Atlético de Madrid. Y no sólo porque simpatice con uno y con otro, o porque ambos sean outsiders frente al bipartidismo en el poder, que también. Me viene la comparación a la cabeza tras conocer la última encuesta del CIS que le coloca ya como tercera fuerza política, tras PP y PSOE y a poco más de un año para las generales.
Me viene a la cabeza porque, desde unos años a esta parte, el Atlético empezaba las temporadas imparable, tanto que en la prensa y en la calle se comentaba que podía hacerle sombra al Barça y al madrid. Pero llegaban los agoreros, que, argumentando falta de experiencia competitiva y escasez de recambios en el banquillo, auguraban que el Atleti en cabeza de la Liga sería flor de un par de meses, hasta que le llegara el "bajón".
Y el "bajón" llegaba. Un año en noviembre, el siguiente en enero, cada año más tarde, pero siempre llegaban tres o cuatro petardazos seguidos que dejaban al outsider incapacitado para pelearle el título a los de siempre. Hasta este año de gloria, claro.
Y por eso me acuerdo del Atleti ahora que Podemos apunta a colocarse en posición de llegar algún día al poder. Porque cuando el débil asoma la nariz por los territorios coto de los grandes, uno tiende a pensar que el sueño no puede durar mucho. Tan agorera perspectiva viene motivada por años de sufrimiento rojiblanco, pero también, y sobre todo, por análisis más serios.
En contra de lo que afirman muchos iletrados, el programa de Podemos es serio. El problema es cuántos de sus potenciales votantes se lo han leído y están de acuerdo con él, y cuántos se han apuntado a Podemos como hace tres años se apuntaban al 15-M: con espíritu de pataleta y razonamientos de demagogia, con el "no nos representan" como límite de su pensamiento político.
Porque armar bulla en las plazas y despotricar a diestro y siniestro (nunca mejor dicho) es fácil, y divertido. Pero con eso no se cambia un país, ni se regenera la política, ni se reflota la economía ni se redistribuye la riqueza. Los hipsters de Sol salieron haciendo fú cuando el 15-M se puso a la tarea de plantear propuestas serias.
A nadie se le escapa que Podemos es visto por muchos españoles como una reedición en partido del movimiento de las manos en alto. Ignoro hasta qué punto sus dirigentes e impulsores son conscientes de ello -pero imagino que bastante-. Ignoro también qué les parece -aunque imagino que mientras les sirva para sumar apoyos en las encuestas les parecerá de pelotas-.
Y ahí veo venir el bajón. En que el 15-M iba a ser la "Spanish Revolution" y se quedó en cuatro gatos en dos plazas. Y que, si llega el momento de gobernar -y con él, el de ponerse serios-, no me cabe duda de que Podemos se pondrá a ello, y lo hará con la mejor de las intenciones posibles. Pero, como dice Antonio Banderas en El Mariachi 2, es más fácil disparar que tocar la guitarra. Y el "no nos representan" no sirve para gobernar, sólo vale para quejarse.
Todos los que votan Podemos como una expresión del derecho al pataleo se enfrentarían a la realidad, y entonces llegaría el bajón, como le llegó al 15-M. La clave está en a cuántos votantes de Podemos les da igual izquierda que derecha, trabajador que empresario, un programa que otro. De la magnitud de ese porcentaje dependerá la magnitud, y el momento, del bajón, y con ello el futuro de Podemos.
Me viene a la cabeza porque, desde unos años a esta parte, el Atlético empezaba las temporadas imparable, tanto que en la prensa y en la calle se comentaba que podía hacerle sombra al Barça y al madrid. Pero llegaban los agoreros, que, argumentando falta de experiencia competitiva y escasez de recambios en el banquillo, auguraban que el Atleti en cabeza de la Liga sería flor de un par de meses, hasta que le llegara el "bajón".
Y el "bajón" llegaba. Un año en noviembre, el siguiente en enero, cada año más tarde, pero siempre llegaban tres o cuatro petardazos seguidos que dejaban al outsider incapacitado para pelearle el título a los de siempre. Hasta este año de gloria, claro.
Y por eso me acuerdo del Atleti ahora que Podemos apunta a colocarse en posición de llegar algún día al poder. Porque cuando el débil asoma la nariz por los territorios coto de los grandes, uno tiende a pensar que el sueño no puede durar mucho. Tan agorera perspectiva viene motivada por años de sufrimiento rojiblanco, pero también, y sobre todo, por análisis más serios. En contra de lo que afirman muchos iletrados, el programa de Podemos es serio. El problema es cuántos de sus potenciales votantes se lo han leído y están de acuerdo con él, y cuántos se han apuntado a Podemos como hace tres años se apuntaban al 15-M: con espíritu de pataleta y razonamientos de demagogia, con el "no nos representan" como límite de su pensamiento político.
Porque armar bulla en las plazas y despotricar a diestro y siniestro (nunca mejor dicho) es fácil, y divertido. Pero con eso no se cambia un país, ni se regenera la política, ni se reflota la economía ni se redistribuye la riqueza. Los hipsters de Sol salieron haciendo fú cuando el 15-M se puso a la tarea de plantear propuestas serias.
A nadie se le escapa que Podemos es visto por muchos españoles como una reedición en partido del movimiento de las manos en alto. Ignoro hasta qué punto sus dirigentes e impulsores son conscientes de ello -pero imagino que bastante-. Ignoro también qué les parece -aunque imagino que mientras les sirva para sumar apoyos en las encuestas les parecerá de pelotas-.
Y ahí veo venir el bajón. En que el 15-M iba a ser la "Spanish Revolution" y se quedó en cuatro gatos en dos plazas. Y que, si llega el momento de gobernar -y con él, el de ponerse serios-, no me cabe duda de que Podemos se pondrá a ello, y lo hará con la mejor de las intenciones posibles. Pero, como dice Antonio Banderas en El Mariachi 2, es más fácil disparar que tocar la guitarra. Y el "no nos representan" no sirve para gobernar, sólo vale para quejarse.
Todos los que votan Podemos como una expresión del derecho al pataleo se enfrentarían a la realidad, y entonces llegaría el bajón, como le llegó al 15-M. La clave está en a cuántos votantes de Podemos les da igual izquierda que derecha, trabajador que empresario, un programa que otro. De la magnitud de ese porcentaje dependerá la magnitud, y el momento, del bajón, y con ello el futuro de Podemos.
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viernes, 20 de junio de 2014
Auge, caída y secuestro de la Roja
Los que sean muy jóvenes no recordarán que, entre las Eurocopas del 84 y del 2008, la selección española de fútbol fracasaba campeonato tras campeonato. Con más brillo en algunos (EEUU ’94 o Inglaterra ’96) o arrastrándose en otros (Holanda ‘2000), la selección pasaba por los campeonatos con más pena que gloria hasta, como mucho, caer en cuartos de final.
Ya en los 90 las categorías inferiores empezaban a despuntar, como en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 o el Mundial Sub-20 del 99. Pero cuando le llegaba el turno a la absoluta, esta repetía el guión de siempre: fracaso tras fracaso. Algunos periodistas se preguntaban cómo siendo tan buenos en la cantera, nos la pegábamos sistemáticamente con los mayores. Supongo que no reparaban en que las selecciones inferiores las componían los mejores futbolistas de su edad, del Espanyol, del Atleti, del Racing, del Barça, del Madrid, del Valencia, sin importar su equipo o su origen. Iban los mejores y punto. Y ganaban, o hacían un muy buen papel.
Pero cuando a esos chavales les llegaba la hora de subir a la absoluta, las vacas sagradas (Hierro, Cañizares, Raúl) se encargaban de cerrarles el paso. La Selección, así con mayúsculas, era su cortijo y sólo entraban quienes ellos querían, normalmente para quedarse en el banquillo, no fueran a hacerles sombra, con la aquiescencia de seleccionadores como Camacho y el aplauso de sus palmeros mediáticos.
Así hasta que llegó al banquillo de la selección un ganador, un tío al que sólo le importaba “ganar, ganar y volver a ganar”. Y como su amplia experiencia le dictaba, para ganar hay que poner a los mejores. Tras un fallido intento de consenso con la vieja guardia, Luis Aragonés puso a quienes tenía que poner: los centrocampistas del Barça y el delantero centro del Atlético. El resultado ya lo conocemos: palos desde todos los lados, insultos varios (pronunciados por algunos que ahora repiten la palabra “respeto” como un mantra) y una Eurocopa de 2008 en la que España asombró al mundo y se hizo con el título.
Como agradecimiento a los servicios prestados, Luis recibió el aplauso público de Casillas y una patada en el culo de Villar. Le sustituyó un tipo que también sabía algo de pasar de la gloria al paro, pero que ahora disfrutaba de la situación desde el otro lado de la barrera. Del Bosque –más gestor que entrenador, como ya demostró en el Madrid de los galácticos- se limitó a no menear el invento y a introducir novedades imprescindibles, como Busquets y Pedro, integrantes significativos del Barça de los 6 títulos. Así, con la base de Luis y los descubrimientos de Guardiola, ganó un Mundial y una Eurocopa (una, no dos como dicen ahora sus defensores, quitándole un título a una persona que además ha fallecido y no puede contestarles, en una muestra de ignorancia y de miseria moral).
Pero el tiempo fue pasando y algunos de los que eran los mejores del mundo empezaron a declinar. Y volvieron los vicios del pasado: jugadores intocables, falta de autocrítica, amiguismo… Un suplente en su equipo tenía la plaza (y la titularidad) garantizada en la selección, un campeón de Copa y Europa League no llevaba ningún jugador a las convocatorias, el cortijo otra vez.
Y llegó lo que tenía que llegar. De modo más estrepitoso y antes de lo esperado, pero no por ello menos comprensible. Dos partidos, dos derrotas y a casa. Tras el ridículo, se habla de renovación. Pero no todos entienden renovación de la misma manera. Los que hace no mucho ladraban: “quiero que gane la selección pero me jode que ganen los del Barça” afilan la guadaña que llevaba guardada seis años, envuelta en hojas del Marca.
Aprovechando la retirada anunciada de la selección de Xavi, se lanzarán a machacar al mejor jugador de la historia de España y, de paso, tomar a Piqué, Busquets, Jordi Alba y, como se descuide, Iniesta como chivos expiatorios. Puede que Cesc –ya ex del Barça- y Torres –ex del Atleti- tampoco se libren. Y así tendrán la excusa para secuestrar la selección otra vez, como en los tiempos de Miera y Camacho, con la mitad más uno –como mínimo- del once titular copada por jugadores del Madrid. Casillas –y sus posturas más propias de Rebeca Linares (salvando muchas distancias) que de un portero internacional-, carvajal, Ramos y sus cantes, Xabi Alonso con 45 años, Isco, Jesé y Morata, aunque esté cedido en el Conquense. De la Selección de todos al cortijo de los de siempre. Y pasarán otros 25 años cayendo en cuartos y echando la culpa a los del Barça, a los del Atleti y al árbitro. Menos mal que siempre nos quedará Uruguay.
Ya en los 90 las categorías inferiores empezaban a despuntar, como en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 o el Mundial Sub-20 del 99. Pero cuando le llegaba el turno a la absoluta, esta repetía el guión de siempre: fracaso tras fracaso. Algunos periodistas se preguntaban cómo siendo tan buenos en la cantera, nos la pegábamos sistemáticamente con los mayores. Supongo que no reparaban en que las selecciones inferiores las componían los mejores futbolistas de su edad, del Espanyol, del Atleti, del Racing, del Barça, del Madrid, del Valencia, sin importar su equipo o su origen. Iban los mejores y punto. Y ganaban, o hacían un muy buen papel.
Pero cuando a esos chavales les llegaba la hora de subir a la absoluta, las vacas sagradas (Hierro, Cañizares, Raúl) se encargaban de cerrarles el paso. La Selección, así con mayúsculas, era su cortijo y sólo entraban quienes ellos querían, normalmente para quedarse en el banquillo, no fueran a hacerles sombra, con la aquiescencia de seleccionadores como Camacho y el aplauso de sus palmeros mediáticos.
Así hasta que llegó al banquillo de la selección un ganador, un tío al que sólo le importaba “ganar, ganar y volver a ganar”. Y como su amplia experiencia le dictaba, para ganar hay que poner a los mejores. Tras un fallido intento de consenso con la vieja guardia, Luis Aragonés puso a quienes tenía que poner: los centrocampistas del Barça y el delantero centro del Atlético. El resultado ya lo conocemos: palos desde todos los lados, insultos varios (pronunciados por algunos que ahora repiten la palabra “respeto” como un mantra) y una Eurocopa de 2008 en la que España asombró al mundo y se hizo con el título.
Como agradecimiento a los servicios prestados, Luis recibió el aplauso público de Casillas y una patada en el culo de Villar. Le sustituyó un tipo que también sabía algo de pasar de la gloria al paro, pero que ahora disfrutaba de la situación desde el otro lado de la barrera. Del Bosque –más gestor que entrenador, como ya demostró en el Madrid de los galácticos- se limitó a no menear el invento y a introducir novedades imprescindibles, como Busquets y Pedro, integrantes significativos del Barça de los 6 títulos. Así, con la base de Luis y los descubrimientos de Guardiola, ganó un Mundial y una Eurocopa (una, no dos como dicen ahora sus defensores, quitándole un título a una persona que además ha fallecido y no puede contestarles, en una muestra de ignorancia y de miseria moral).
Pero el tiempo fue pasando y algunos de los que eran los mejores del mundo empezaron a declinar. Y volvieron los vicios del pasado: jugadores intocables, falta de autocrítica, amiguismo… Un suplente en su equipo tenía la plaza (y la titularidad) garantizada en la selección, un campeón de Copa y Europa League no llevaba ningún jugador a las convocatorias, el cortijo otra vez.
Y llegó lo que tenía que llegar. De modo más estrepitoso y antes de lo esperado, pero no por ello menos comprensible. Dos partidos, dos derrotas y a casa. Tras el ridículo, se habla de renovación. Pero no todos entienden renovación de la misma manera. Los que hace no mucho ladraban: “quiero que gane la selección pero me jode que ganen los del Barça” afilan la guadaña que llevaba guardada seis años, envuelta en hojas del Marca.
Aprovechando la retirada anunciada de la selección de Xavi, se lanzarán a machacar al mejor jugador de la historia de España y, de paso, tomar a Piqué, Busquets, Jordi Alba y, como se descuide, Iniesta como chivos expiatorios. Puede que Cesc –ya ex del Barça- y Torres –ex del Atleti- tampoco se libren. Y así tendrán la excusa para secuestrar la selección otra vez, como en los tiempos de Miera y Camacho, con la mitad más uno –como mínimo- del once titular copada por jugadores del Madrid. Casillas –y sus posturas más propias de Rebeca Linares (salvando muchas distancias) que de un portero internacional-, carvajal, Ramos y sus cantes, Xabi Alonso con 45 años, Isco, Jesé y Morata, aunque esté cedido en el Conquense. De la Selección de todos al cortijo de los de siempre. Y pasarán otros 25 años cayendo en cuartos y echando la culpa a los del Barça, a los del Atleti y al árbitro. Menos mal que siempre nos quedará Uruguay.
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lunes, 3 de febrero de 2014
El Lou Reed del fútbol: ‘Zapatones’ de Hortaleza
Decimos adiós a la personificación del espíritu del Atleti, a un tipo que jugó, entrenó y vivió como le dio la gana, aunque eso le supusiera transitar por el lado más salvaje de la existencia. Valga como mi homenaje a Luis Aragonés el perfil que escribí sobre él hace unos años, poco después de que lograra por fin ser campeón de Europa.
Resulta difícil en el fútbol posmoderno de principios de siglo, en el que la imagen y la fachada prevalecen sobre la esencia, lograr la adhesión, o al menos el respeto, sólo a base de trabajo y talento. Y menos cuando se tiene un carácter mitad agrio, mitad chabacano, a años luz de la metrosexualidad y el milonguerismo que triunfan hoy en día. Pero la gloria se da a aquellos que la han soñado siempre, y a Luis Aragonés le ha sido concedida unas cuantas veces, la mayor, el 29 de junio de 2008.
Luis Aragonés (Madrid, 1938), futbolista desde 1956 y entrenador desde 1975, pasó por todos los equipos importantes del balompié español, aunque el Atlético de Madrid fue el club en el que cosechó sus mayores éxitos, como jugador –tres Ligas, dos Copas y un Pichichi- y como técnico –una Copa Intercontinental, una Liga, tres Copas y una Supercopa-. Entrenando al FC Barcelona logró una Copa del Rey.
Con este bagaje, y la experiencia que da el ser el entrenador con más partidos en Primera División (757), se puso al frente de la selección española de fútbol en 2004, con el objetivo, siempre exigido y nunca logrado desde 1964, de dar a España un título internacional en su deporte rey.
Las formas poco diplomáticas y a menudo polémicas del Zapatones, también conocido como el Sabio de Hortaleza, no se suavizaron con el cargo de seleccionador. En su primer año en el cargo, una conversación con el delantero José Antonio Reyes en la que se refería al jugador del Arsenal Thierry Henry como “el negro de mierda” estuvo a punto de acarrearle una sanción por racismo. Luego vendrían otras declaraciones famosas como “no me cabe por el culo ni el pelo de una gamba” y su bronca con el periodista Alfonso Azuaga, al que llamó cobarde y mentiroso. Su desaliñada vestimenta (casi siempre con chándal) y su tendencia a rascarse en las ruedas de prensa tampoco ayudaron a mejorar su imagen.
Su primer asalto, en el Mundial de Alemania 2006, dejó un sabor agridulce: España jugó un fútbol excelente en la primera fase, con jugadores nuevos como David Villa y Fernando Torres, y una apuesta decidida por los centrocampistas, que Aragonés, con muy buen ojo, había identificado con la esencia positiva del fútbol español. Pero la vieja guardia (Raúl, Michel Salgado y Cañizares) no se lo perdonó, exigió estar en el once titular y, al final, España cayó en cuartos ante Francia por un contundente 3-1. Fue entonces cuando se atrevió, dispuesto a todo con tal de ganar un título con España, a excluir a Raúl de la selección. El madridismo, que ya le detestaba por su pasado atlético, se lanzó en masa a pedir su cabeza, secundado por algunos medios de comunicación que ya veían a Vicente del Bosque en el banquillo español. Peor Luis, aun sin el apoyo de la Federación y sabedor de que Austria sería su última cita con la Roja, como él la llamaba, se mantuvo firme en su apuesta por la técnica y el toque, con el balón como referencia.
Con ese equipo serio a la par que vistoso, rápido a la vez que talentoso, reflejo de su experiencia acumulada, logró el mayor éxito de la selección desde 1964. Aragonés, que no pudo ser campeón de Europa de clubes como jugador, lo era ahora de selecciones como entrenador. El manteo en el césped de Viena y las celebraciones de Madrid, en las que recibió el cariño de sus jugadores, fueron la despedida al seleccionador que más victorias ha logrado al frente de la Roja: 38 en 54 partidos. En enero de 2009 fue elegido mejor seleccionador nacional de 2008.
Hasta siempre, Zapatones.
Resulta difícil en el fútbol posmoderno de principios de siglo, en el que la imagen y la fachada prevalecen sobre la esencia, lograr la adhesión, o al menos el respeto, sólo a base de trabajo y talento. Y menos cuando se tiene un carácter mitad agrio, mitad chabacano, a años luz de la metrosexualidad y el milonguerismo que triunfan hoy en día. Pero la gloria se da a aquellos que la han soñado siempre, y a Luis Aragonés le ha sido concedida unas cuantas veces, la mayor, el 29 de junio de 2008.
Luis Aragonés (Madrid, 1938), futbolista desde 1956 y entrenador desde 1975, pasó por todos los equipos importantes del balompié español, aunque el Atlético de Madrid fue el club en el que cosechó sus mayores éxitos, como jugador –tres Ligas, dos Copas y un Pichichi- y como técnico –una Copa Intercontinental, una Liga, tres Copas y una Supercopa-. Entrenando al FC Barcelona logró una Copa del Rey.
Con este bagaje, y la experiencia que da el ser el entrenador con más partidos en Primera División (757), se puso al frente de la selección española de fútbol en 2004, con el objetivo, siempre exigido y nunca logrado desde 1964, de dar a España un título internacional en su deporte rey.
Las formas poco diplomáticas y a menudo polémicas del Zapatones, también conocido como el Sabio de Hortaleza, no se suavizaron con el cargo de seleccionador. En su primer año en el cargo, una conversación con el delantero José Antonio Reyes en la que se refería al jugador del Arsenal Thierry Henry como “el negro de mierda” estuvo a punto de acarrearle una sanción por racismo. Luego vendrían otras declaraciones famosas como “no me cabe por el culo ni el pelo de una gamba” y su bronca con el periodista Alfonso Azuaga, al que llamó cobarde y mentiroso. Su desaliñada vestimenta (casi siempre con chándal) y su tendencia a rascarse en las ruedas de prensa tampoco ayudaron a mejorar su imagen.
Su primer asalto, en el Mundial de Alemania 2006, dejó un sabor agridulce: España jugó un fútbol excelente en la primera fase, con jugadores nuevos como David Villa y Fernando Torres, y una apuesta decidida por los centrocampistas, que Aragonés, con muy buen ojo, había identificado con la esencia positiva del fútbol español. Pero la vieja guardia (Raúl, Michel Salgado y Cañizares) no se lo perdonó, exigió estar en el once titular y, al final, España cayó en cuartos ante Francia por un contundente 3-1. Fue entonces cuando se atrevió, dispuesto a todo con tal de ganar un título con España, a excluir a Raúl de la selección. El madridismo, que ya le detestaba por su pasado atlético, se lanzó en masa a pedir su cabeza, secundado por algunos medios de comunicación que ya veían a Vicente del Bosque en el banquillo español. Peor Luis, aun sin el apoyo de la Federación y sabedor de que Austria sería su última cita con la Roja, como él la llamaba, se mantuvo firme en su apuesta por la técnica y el toque, con el balón como referencia.
Con ese equipo serio a la par que vistoso, rápido a la vez que talentoso, reflejo de su experiencia acumulada, logró el mayor éxito de la selección desde 1964. Aragonés, que no pudo ser campeón de Europa de clubes como jugador, lo era ahora de selecciones como entrenador. El manteo en el césped de Viena y las celebraciones de Madrid, en las que recibió el cariño de sus jugadores, fueron la despedida al seleccionador que más victorias ha logrado al frente de la Roja: 38 en 54 partidos. En enero de 2009 fue elegido mejor seleccionador nacional de 2008.
Hasta siempre, Zapatones.
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jueves, 4 de julio de 2013
Primavera Turca: postales gasificadas desde Taksim
Viernes por la noche en Estambul. Subo a Taksim desde el Bósforo, rodeando camiones de Bomberos y autobuses con policías armados con metralletas. Al desembocar en la plaza, oigo gritos y veo un balón que sube hacia el cielo. Cae y un chaval vestido con la camiseta del Galatasaray lo para con el pecho. La Primavera Turca tiene buenos mediapuntas.
El ambiente en Taksim, de estructura parecida a la madrileña plaza de España, pero tres veces mayor, es similar al que veo entre los chavales que juegan al fútbol. Gente cantando, otros bailando una danza turca que parece una sardana, un memorial de velas alrededor de las fotos de los caídos en las revueltas –seis cuando yo lo vi, ahora me temo que más-, hasta un tipo tocando el piano junto al monumento a la República. Todo muy pacífico, incluso festivo. Pero una mirada al lado oeste de la plaza me descubre una barricada. Coches quemados, tablones, hasta un autobús calcinado recuerdan que aquí la gente no huye ante la policía. Tras atravesarla esquivando a los curiosos que se hacen fotos como si fueran los restos del Muro de Berlín, me adentro en la parte seria de Taksim. Tenderetes, tiendas de campaña, grupos de personas debatiendo, otros repartiendo panfletos. Lástima de no saber más de una docena de palabras en turco. El panorama recuerda a Sol tras el 15-M de hace dos años: mucha gente haciendo cosas y todo bastante bien organizado.
Esa es la impresión que me llevo de Taksim, y por ende de la Primavera Turca, tras mi primer contacto: un movimiento pacífico pero resuelto. Resuelto a exigir la caída del Gobierno y a frenar el liberalismo en lo económico y el conservadurismo en lo social de su política. Les suena, ¿no?
Pero esa actitud pacífica no es menos amenazante para el primer ministro. Tayyip, como lo llaman aquí, decide desalojar la plaza al día siguiente. Me dirijo a Gálata –dos kilómetros al sur- al caer la noche, y el ambiente ya es de resistencia. Doscientas personas equipadas con cascos, mascarillas y camisetas del Fenerbahçe, del Besiktas, del Galatasaray, bajan del ferry que viene de la parte asiática de Estambul y se dirigen hacia Taksim. Ya en la calle Istiklal, una especie de Preciados aunque bastante más larga, veo las barricadas ardiendo y la marabunta que ruge: “Tayyip, istifa, Tayyip istifa” (“Tayyip, dimisión”). La secuencia se repite: los manifestantes avanzan, se escuchan disparos y la gente retrocede corriendo para escapar de los gases lacrimógenos. De repente, alguien se para, grita a los que corren y todos vuelven adelante al grito de “Iler, iler”. Arrecian los aplausos cuando los sindicalistas del TMB surgen con sus banderas por una calle lateral.
Es esto lo que me produce una mezcla de admiración y envidia. Aquí todos los manifestantes están unidos. Ves a personas con banderas turcas, con camisetas de fútbol, con enseñas de sindicatos, todos peleando contra un enemigo común y defendiendo lo que les une. En España es al revés: cualquier bandera –republicana, anarquista o comunista- es recibida con pitos en una mani del 15-M y a los militantes de CCOO se les considera poco menos que representantes de la banca. El espíritu de todos son malos menos nosotros, tan típico de la izquierda española, no ha calado por aquí.
Al día siguiente, después del desalojo de Taksim y la amenaza de Tayyip de tratar como “terroristas” a todos los que se acerquen a la plaza, parecía que la cosa se iba a tranquilizar. Pero no. Todo lo contrario. A pesar de las escuadras de policías que vigilan las estaciones de ferry de Besiktas, a pesar de los autobuses llenos de los maderos de aquí apostados en la avenida que sube a Taksim, a pesar de las tanquetas y los cañones de agua, a partir de las 5 de la tarde el barrio de Besiktas hierve de manifestantes que agitan cascos y banderas. Y no sólo Besiktas, vayas a donde vayas te cruzas con grupos de personas coreando consignas. “Her yer Taksim, her yer direnis!” (“En todas partes Taksim, en todas partes resistencia”) es el que más se escucha. Lo que en Madrid sería un grupo de colegas de camino a una mani, aquí es una marcha de 1.000 personas.
En Gálata se respira la tensión previa a la batalla. Por todas partes hay chicos y chicas sentados con su casco, su mascarilla y su botella de agua o de leche para aliviar los efectos del gas pimienta. La gente empieza a subir hacia Istiklal, pero un cuarto de hora después bajan en masa mientras se escuchan disparos al fondo. Junto al Cuerno de Oro los manifestantes han cortado la calle y las vías del tranvía. Y en Kemeralti, la avenida que bordea el Bósforo, también hay botes de humo y cargas. La sensación de que la revuelta se extiende por toda la ciudad y que acabará siendo incontrolable no se puede evitar.
Es otra de las cosas de las que me doy cuenta con sorpresa. En Turquía, o al menos en Estambul, los manifestantes sí son el 99%. No sólo porque integran a personas de sensibilidades e ideologías diferentes. También lo ves al pasar en manifestación junto a una estación y escuchar a los viajeros que esperan cómo aplauden y corean consignas. Y al ver a una banda de rock en un bar intercalar eslóganes antigubernamentales en medio del concierto, jaleados por el público.
Aunque lo del 99% quizá sea exagerado. Al menos habría que excluir a los simpatizantes del AKP, el partido en el poder, que se agolpan esperando el ferry tras acabar un mitin. Los chapulus (saqueadores o alborotadores), que es como llama Tayyip a los manifestantes, que regresan tras haber sido perseguidos, golpeados y gaseados por la policía, se los encuentran de frente, con sus banderas naranjas y su actitud provocativa. Y la chispa no tarda en saltar. “Tayyip, istifa, Tayyip istifa”, les grita una mujer, secundada por algunos compañeros con tono y gestos más agresivos. Los del AKP se ponen chulos, aunque están en una desventaja de cinco a uno, sabedores de que las fuerzas del régimen les protegen. Vuelan palos y se encienden bengalas, pero al final el ferry llega, los militantes de Tayyip, incluida una señora con burka, suben al barco y se marchan increpados por los chapulus. La última lección: en España los que votan a los partidos que están arruinando a los trabajadores y nos están amargando la vida se pasean tranquilamente, ufanándose incluso de ello… Turquía es parecida, pero diferente.
El ambiente en Taksim, de estructura parecida a la madrileña plaza de España, pero tres veces mayor, es similar al que veo entre los chavales que juegan al fútbol. Gente cantando, otros bailando una danza turca que parece una sardana, un memorial de velas alrededor de las fotos de los caídos en las revueltas –seis cuando yo lo vi, ahora me temo que más-, hasta un tipo tocando el piano junto al monumento a la República. Todo muy pacífico, incluso festivo. Pero una mirada al lado oeste de la plaza me descubre una barricada. Coches quemados, tablones, hasta un autobús calcinado recuerdan que aquí la gente no huye ante la policía. Tras atravesarla esquivando a los curiosos que se hacen fotos como si fueran los restos del Muro de Berlín, me adentro en la parte seria de Taksim. Tenderetes, tiendas de campaña, grupos de personas debatiendo, otros repartiendo panfletos. Lástima de no saber más de una docena de palabras en turco. El panorama recuerda a Sol tras el 15-M de hace dos años: mucha gente haciendo cosas y todo bastante bien organizado.
Esa es la impresión que me llevo de Taksim, y por ende de la Primavera Turca, tras mi primer contacto: un movimiento pacífico pero resuelto. Resuelto a exigir la caída del Gobierno y a frenar el liberalismo en lo económico y el conservadurismo en lo social de su política. Les suena, ¿no?
Pero esa actitud pacífica no es menos amenazante para el primer ministro. Tayyip, como lo llaman aquí, decide desalojar la plaza al día siguiente. Me dirijo a Gálata –dos kilómetros al sur- al caer la noche, y el ambiente ya es de resistencia. Doscientas personas equipadas con cascos, mascarillas y camisetas del Fenerbahçe, del Besiktas, del Galatasaray, bajan del ferry que viene de la parte asiática de Estambul y se dirigen hacia Taksim. Ya en la calle Istiklal, una especie de Preciados aunque bastante más larga, veo las barricadas ardiendo y la marabunta que ruge: “Tayyip, istifa, Tayyip istifa” (“Tayyip, dimisión”). La secuencia se repite: los manifestantes avanzan, se escuchan disparos y la gente retrocede corriendo para escapar de los gases lacrimógenos. De repente, alguien se para, grita a los que corren y todos vuelven adelante al grito de “Iler, iler”. Arrecian los aplausos cuando los sindicalistas del TMB surgen con sus banderas por una calle lateral.
Es esto lo que me produce una mezcla de admiración y envidia. Aquí todos los manifestantes están unidos. Ves a personas con banderas turcas, con camisetas de fútbol, con enseñas de sindicatos, todos peleando contra un enemigo común y defendiendo lo que les une. En España es al revés: cualquier bandera –republicana, anarquista o comunista- es recibida con pitos en una mani del 15-M y a los militantes de CCOO se les considera poco menos que representantes de la banca. El espíritu de todos son malos menos nosotros, tan típico de la izquierda española, no ha calado por aquí.
Al día siguiente, después del desalojo de Taksim y la amenaza de Tayyip de tratar como “terroristas” a todos los que se acerquen a la plaza, parecía que la cosa se iba a tranquilizar. Pero no. Todo lo contrario. A pesar de las escuadras de policías que vigilan las estaciones de ferry de Besiktas, a pesar de los autobuses llenos de los maderos de aquí apostados en la avenida que sube a Taksim, a pesar de las tanquetas y los cañones de agua, a partir de las 5 de la tarde el barrio de Besiktas hierve de manifestantes que agitan cascos y banderas. Y no sólo Besiktas, vayas a donde vayas te cruzas con grupos de personas coreando consignas. “Her yer Taksim, her yer direnis!” (“En todas partes Taksim, en todas partes resistencia”) es el que más se escucha. Lo que en Madrid sería un grupo de colegas de camino a una mani, aquí es una marcha de 1.000 personas.
En Gálata se respira la tensión previa a la batalla. Por todas partes hay chicos y chicas sentados con su casco, su mascarilla y su botella de agua o de leche para aliviar los efectos del gas pimienta. La gente empieza a subir hacia Istiklal, pero un cuarto de hora después bajan en masa mientras se escuchan disparos al fondo. Junto al Cuerno de Oro los manifestantes han cortado la calle y las vías del tranvía. Y en Kemeralti, la avenida que bordea el Bósforo, también hay botes de humo y cargas. La sensación de que la revuelta se extiende por toda la ciudad y que acabará siendo incontrolable no se puede evitar.
Es otra de las cosas de las que me doy cuenta con sorpresa. En Turquía, o al menos en Estambul, los manifestantes sí son el 99%. No sólo porque integran a personas de sensibilidades e ideologías diferentes. También lo ves al pasar en manifestación junto a una estación y escuchar a los viajeros que esperan cómo aplauden y corean consignas. Y al ver a una banda de rock en un bar intercalar eslóganes antigubernamentales en medio del concierto, jaleados por el público.
Aunque lo del 99% quizá sea exagerado. Al menos habría que excluir a los simpatizantes del AKP, el partido en el poder, que se agolpan esperando el ferry tras acabar un mitin. Los chapulus (saqueadores o alborotadores), que es como llama Tayyip a los manifestantes, que regresan tras haber sido perseguidos, golpeados y gaseados por la policía, se los encuentran de frente, con sus banderas naranjas y su actitud provocativa. Y la chispa no tarda en saltar. “Tayyip, istifa, Tayyip istifa”, les grita una mujer, secundada por algunos compañeros con tono y gestos más agresivos. Los del AKP se ponen chulos, aunque están en una desventaja de cinco a uno, sabedores de que las fuerzas del régimen les protegen. Vuelan palos y se encienden bengalas, pero al final el ferry llega, los militantes de Tayyip, incluida una señora con burka, suben al barco y se marchan increpados por los chapulus. La última lección: en España los que votan a los partidos que están arruinando a los trabajadores y nos están amargando la vida se pasean tranquilamente, ufanándose incluso de ello… Turquía es parecida, pero diferente.
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