viernes, 30 de octubre de 2020

Vallecas será el ‘Bloody Sunday’ de la izquierda

El domingo 30 de enero de 1972, las tropas británicas masacraban a los participantes en una manifestación pro-derechos civiles en Derry (Irlanda del Norte). Con 14 muertos y 30 heridos, la matanza fue conocida como Bloody Sunday (Domingo Sangriento). A raíz de aquello, muchos vecinos de la ciudad, principalmente jóvenes, abandonaron el movimiento que luchaba pacíficamente contra los abusos cometidos por los británicos en el Ulster y se pasaron directamente al IRA. 


    El jueves 24 de septiembre de 2020, los vecinos de Vallecas, hartos de la nefasta política sanitaria de la Comunidad de Madrid que había dejado el barrio como la zona con mayor incidencia de coronavirus de Europa occidental, se rebelaban contra una nueva medida de la presidenta Isabel Díaz Ayuso, tan ineficaz como injusta: confinar varias zonas de Vallecas, impidiendo la entrada y salida excepto para ir a trabajar y poco más, mientras otros barrios de Madrid continuaban con su vida normal pese a tener también tasas de incidencia preocupantes. 


    Las manifestaciones, exigiendo más personal sanitario en los centros de salud del barrio, más camas en los hospitales, más rastreadores y mayor frecuencia de paso en los convoyes de Metro que acabara con la saturación en andenes y vagones, se habían celebrado de manera pacífica durante cuatro días. Pero ese jueves, la concentración de vecinos de Vallecas a las puertas de la Asamblea, el Parlamento autonómico madrileño, sita en Entrevías, fue disuelta a palos por los antidisturbios de la Policía Nacional, dependiente del delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco –a la sazón también secretario general del PSOE en Madrid- y, en última instancia, del ministro del Interior, el socialista Fernando Grande-Marlaska. 


    “Nos dejan morir sin tomar medidas, nos encierran y, cuando protestamos, nos apalean y nos detienen”. Ese era el sentir de los vecinos de Vallecas esa noche de un Bloody Thursday, un Jueves Sangriento que sin tener la gravedad de aquel Bloody Sunday de Derry, afortunadamente para los manifestantes, sí se asemejaba a aquel en lo que tenía de punto de inflexión. Fue un día de toma de conciencia para muchos de que la salud y la justicia, digan lo que digan los que mandan, sí van por barrios; de hartazgo ante unas instituciones públicas que han ignorado olímpicamente los sufrimientos de los barrios del Sur de Madrid, los sociales y los económicos y ahora también los sanitarios; de desilusión máxima al comprobar que la policía pega igual con el PP que con los “socialcomunistas” en el Gobierno. 

 
    Las dos primeras quejas, la deficiente respuesta sanitaria y el confinamiento perimetral, iban contra la Comunidad de Madrid, en manos del PP. Pero los palos eran negociado del Gobierno de coalición PSOE-Podemos, el “más progresista de la historia” según sus integrantes. Abandonados y maltratados por sus tradicionales enemigos de clase, algo esperable al fin y al cabo, los vecinos del Sur eran para colmo aporreados por policías mandados por los que, supuestamente, son los suyos. ¿Cuál fue la respuesta de los partidos que conforman el Gobierno de coalición? En el caso del PSOE, silbar mirando para otro lado. En el de Podemos, criticar las cargas sin señalar a los responsables o, en los casos más lamentables, culpar a Díaz Ayuso, que no posee competencia alguna sobre la Policía Nacional, tomando por imbéciles a aquellos a los que supuestamente habían venido a defender en el Parlamento.


    Un mes después, y con un confinamiento ampliado y un estado de alarma mediante, la situación no ha cambiado para los barrios y pueblos más pobres de Madrid. Escasez de recursos sanitarios, mala atención, un transporte público peligrosamente saturado y un imaginario alimentado por la derecha madrileña y sus medios afines que señala con el dedo a los vecinos como culpables de su situación. Era difícil de creer que el PP, Ciudadanos y Vox fueran a tomar medidas para proteger a aquellos a los que desprecian, cuando no odian, profundamente: a los trabajadores, a los inmigrantes, a los pobres, a los que viven al Sur y al Este de la M-30. Pero, ¿y la izquierda? 


    Más allá de discursos vacíos y tuits redundantes, ni PSOE ni Podemos han movido un dedo para pararle los pies al demencial tándem Ayuso-Aguado. La oposición de Ángel Gabilondo e Isabel Serra en Madrid sería de chiste si no estuviera en juego algo tan serio como la salud y la vida de sus habitantes. Únicamente Más Madrid, con la médico Mónica García al frente, ha batallado contra las políticas sanitarias de la CAM, con más pasión que éxito, todo hay que decirlo. 


    Cuestión no muy distinta es la del Gobierno central. Salvo la aplicación del estado de alarma y el cierre de municipios en Madrid a mediados de octubre, una medida más efectista que efectiva, la reacción del Gabinete Sánchez-Iglesias ante los desmanes de Ayuso ha sido nula. Ni presión, ni intervención, ni investigación, sólo laissez faire, laissez passer, al más puro estilo de ese liberalismo al que tanto dicen denostar. Permitir  a Ayuso un cierre a la carta es la (pen)última decisión en esta línea de abandonar Madrid a su suerte, consintiendo a la presidenta llevar a cabo sus desquiciadas políticas sanitarias aunque se lleven a 70.000 personas por delante.


    Se diría que la estrategia de Sánchez e Iglesias es convertir a Ayuso en una nueva Puigdemont, siguiendo la estrategia del PP en 2017: renunciar a Cataluña para ganar votos en el resto de España alimentando la catalanofobia. La jugada les salió bien a medias, ya que parte de las nueces las ha recogido Vox. Pero PSOE y Podemos parecen dispuestos a permitir a Ayuso que haga lo que le dé la gana, hinchando el globo para presentarla ante el resto de España como ejemplo de lo mal que nos iría si el PP estuviera en la Moncloa, alimentando de paso la madrileñofobia y el miedo a los populares para ganar o mantener votos en Andalucía o Valencia. Eso explicaría también por qué Más País, un partido centrado en Madrid y con presencia casi nula en el resto del Estado, sí está dando la batalla en la comunidad. 


    ¿Qué quieren que hagan entonces los vecinos de Vallecas, de Villaverde, de Alcorcón o de Parla? Que sigan votándoles porque se supone que ellos son “los suyos”, aunque uno sólo pise el Sur en campaña y el otro saliera pitando a la sierra noble en cuanto ganó algo de pasta. Que les aplaudan porque ellos son el escudo que defiende a los pobres contra la amenaza de la ultraderecha, aunque en realidad mandan a su policía a escoltar a los ultraderechistas en Núñez de Balboa y a sacudir a los pobres cuando protestan. Que pongan la cara contra Ayuso, mientras ellos permiten y protegen todas sus tropelías. 


    De lo último, que no tengan duda. Los barrios y pueblos obreros de Madrid seguirán peleando contra sus enemigos de clase. Dudo mucho de que la gente que se manifiesta pidiendo unos servicios públicos decentes vote algún día a Vox. Pero no sé si les quedarán ganas de votar a PSOE o Podemos otra vez después de esta ignominiosa inacción ante la política criminal de la derecha. Ambos están cavando su propia fosa en Madrid. Maltratar a los tuyos para proteger a los otros implica perder a los primeros sin ganar nunca a los segundos.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Madrid, la derecha y la profecía autocumplida

"Madrid no es la tumba del fascismo. Es el paraíso de los pijos subnormales y los policías fachas”. Así rezaba un meme, impreso sobre la icónica foto del cartel “No pasarán” en la calle Toledo durante la Guerra Civil, que circulaba en mitad de la revuelta de los Cayetanos de mayo, difundido por integrantes de Podemos Comunidad Valenciana. En términos similares se expresaban militantes de otros partidos de izquierdas y de otras regiones: “Que se jodan”, “que cierren Madrid y se confinen con Díaz Ayuso”, “que disfruten lo votado”. Más allá del tradicional pique Madrid-periferia, de la habitual madrileñofobia o de unas relaciones entre pueblos marcadas por el desconocimiento y el topicazo en todas direcciones –el “disfruten lo votado” también se lo rebozan con frecuencia a gallegos, andaluces o castellanos-, el meme y las frases denotan dos fenómenos bastante graves.

El primero, una absoluta falta de respeto a los y las antifascistas de Alcorcón, Vallecas, Usera o Moratalaz que salieron a la calle a enfrentarse a los de las cacerolas. El segundo, la implantación en el imaginario colectivo al sur de los Pirineos de la idea de que Madrid es un feudo de la derecha, de que los reaccionarios son la mayoría social por aquí y de que el PP gobernará hasta el fin de los siglos.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Es Madrid de derechas, estamos predestinados a sufrir las privatizaciones y el saqueo de las Aguirre, Ayuso y compañía per secula seculorum, tenemos realmente lo que nos merecemos? ¿O se trata más bien de lo que los científicos sociales llaman una profecía que se cumple a sí misma? Y lo más importante: ¿estamos condenados o es que lo hemos hecho fatal hasta ahora y simplemente sufrimos las consecuencias?

Para empezar, viene bien dejar los memes por un momento y fijarse en los datos. Las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid en mayo de 2019 registraron una victoria del PSOE de Ángel Gabilondo con 880.000 votos, 165.000 más que el PP y un 27,3% del total. Más Madrid y Podemos, por su parte, alcanzaron 470.000 y 180.000 votos, respectivamente. Fue la suma de diputados de las tres derechas la que le dio mayoría sobre la izquierda: 68 frente a 64. Cuatro escaños de diferencia en la Asamblea de Madrid. No parece un balance muy hegemónico para la derecha. 

 

Foto: Wikipedia

 

Pero, aunque por escasa diferencia, lo cierto es que ganó la derecha, no la izquierda. ¿Por qué? Bien es sabido que a la gente de derechas le gusta votar. Quizás en los grupos de WhatsApp de la familia digan que todos los políticos son iguales y que la democracia es una basura, pero votan. Si se presenta Ayuso, la votan. Si se presenta David Pérez, le votan. Si se presenta un palillo con un moco pinchado en la punta, le votan. Por lo general –hay excepciones en todas partes, naturalmente-, el votante de izquierdas es más crítico. Si una candidatura le resulta interesante y le ilusiona, la votará. Si no, se quedará en casa decepcionado, o, en el mejor de los casos, circunscribirá su acción política al activismo en el trabajo, en el barrio o en la calle.

La siguiente pregunta está clara: ¿presentan los partidos de izquierdas candidaturas interesantes e ilusionantes en Madrid? El PSOE lleva años, desde la retirada de Juan Barranco de la política madrileña, poniendo aspirantes mediocres a más no poder. Ministros y secretarios de Estado quemados, el alcalde del tranvía de Parla y un entrenador de baloncesto, por ejemplo. Ángel Gabilondo rompió esa tónica, pero ha demostrado carecer de garra para liderar la oposición. En Podemos, tres cuartos de lo mismo. Ni el primer candidato, José Manuel López; ni la última, Isa Serra, ni el futurible, Jesús Santos, poseen el carisma ni la talla política de las primeras figuras estatales, ni siquiera los de alguna autonómica como Pablo Fernández o la antaño podemista Teresa Rodríguez. Otro gallo podría haber cantado en Más Madrid, pero la huida hacia arriba de Íñigo Errejón y la división interna entre errejonistas y carmenistas tampoco auguran un ticket potente para 2023, salvo que estrellas emergentes como Mónica García reviertan la situación.

Da la sensación de que los partidos de izquierda han comprado esa identificación de Madrid con derecha y han derivado en un pasotismo que les lleva a no molestarse en dar la batalla por la región. Las figuras políticas que salen de Madrid, que las hay, dan el salto al nivel estatal en cuanto pueden, como si una conciencia invisible les susurrara lo mismo que le decía el viejo proyeccionista al chaval de Cinema Paradiso: “Márchate, esta tierra esta maldita”. Y así, al sentirse despreciados por los partidos de izquierda, se crea en los madrileños poco politizados una conciencia del PP como “partido nacional madrileño”, como lo fue el PSOE en Andalucía, CiU en Cataluña, y lo siguen siendo el PNV en Euskadi y el propio PP en Galicia, disparándolo a la condición de partido hegemónico. El daño que Aguirre, Ayuso y compañía han hecho y hacen a Madrid queda en segundo plano frente a esta imagen falaz.

Llegamos así a una profecía autocumplida. Madrid no es de derechas. En las autonómicas ganó el PSOE, como hemos visto. En el ayuntamiento de la capital, Martínez-Almeida quedó segundo en las elecciones y es alcalde por los pelos. Los distritos de Salamanca y Chamartín suman menos habitantes que Vallecas, donde nunca ha ganado la derecha. Madrid también es la periferia rojimorada del Sur, es Distrito 14 dando la cara en la calle y la AV de Aluche repartiendo comida entre sus vecinos. Pero muchos, dentro y fuera de la comunidad, no lo ven así, consideran hecha la derechización de manera acrítica y dan Madrid por perdida.

Es esta una situación terriblemente peligrosa. Huérfanos de una izquierda que les ignora y les insulta, que sólo ve en Madrid un campo de batalla entre facciones o un trampolín hacia puestos estatales, muchos cometerán el error de creer que el partido de los Cayetanos es el de todos los madrileños, y picarán. O, lo más probable, pasarán de votar porque para qué. Y así, aunque Madrid siga sin ser pija ni de derechas, corremos el riesgo de que sus instituciones lo sean para siempre. A no ser que esos colectivos que dan la cara en la calle, esas asociaciones que cuidan de sus vecinos y esa gente organizada lo remedien. A no ser que vuelvan las AUPA, los Ganemos y los Madrid en Pie, con más alcance y con el conocimiento que dan los errores pasados. Pero si ello es o no posible, y cómo abordarlo, ya es tema para otro artículo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Cena conflictiva: una historia de ideas, familia (política) y dignidad

El fin de semana parecía empezar bien para Javier Gamboa, a pesar de la lluvia de mediados de diciembre. Estaba en casa unas cuantas horas antes de lo previsto y podría aprovechar para prepararle a Miriam una cena por todo lo alto. Su novia recibió alborozada la sorpresa gastronómica cuando llegó a casa, pero durante los entrantes se encargó de chafar la alegría que invadía la cocina con el anuncio de uno de los eventos que más detestaba Javier: cenarían en Nochebuena con los padres de ella. 
   Como dicta el tópico, Javier detestaba a su suegra. Pero su animadversión iba más allá de la clásica fricción entre yerno y madre política. Era la madre de Miriam una mujer prepotente y clasista a más no poder. Cualidades agravadas por un, a juicio de Gamboa, fariseo progresismo. Se creía una egregia representante de la izquierda burguesa, superior al resto de los mortales por poseer las discografías completas de Serrat y Sabina y una suscripción a El País. A su yerno le consideraba un inmaduro y peligroso radical bolchevique y, a pesar de que con el tiempo se había convertido en un ingeniero competente y dotado de una abultada cuenta bancaria, seguía viendo en él al pelagatos que buscaba camelarse a su maravillosa hija para vivir a su costa sin dar un palo al agua. Aunque sus estudios no pasaban del Bachillerato y su nivel cultural no era nada del otro mundo, tendía a tratar como si fuera gilipollas a todo el mundo, empezando por su propio marido.
   Pablo, el padre de Miriam, era todo lo contrario a su mujer. Un tipo sencillo y bonachón que prefería el As a los plúmbeos best sellers que devoraba su esposa y cuya máxima aspiración era regresar a su pueblo de Soria una vez jubilado para trabajar en su huerto y compartir batallitas con sus amigos de la infancia. Gamboa le apreciaba mucho, pues veía reflejados en él la serenidad y el sentido común que siempre había admirado en su novia. Pero Miriam parecía querer a sus padres por igual, y para ella era un placer insustituible celebrar unas siempre tensas comidas familiares navideñas.
   Así que la tarde del 24 de diciembre, con aire de reo conduciéndose a sí mismo al patíbulo, montó en su Chrysler y se encaminó junto a Miriam a un barrio de chalets de reciente construcción donde su suegra jugaba a primera dama de la república independiente de su vivienda-unifamiliar-quiero-y-no-puedo.
   Como de costumbre, Pilar, que así se llamaba su suegra, les recibió con una sonrisa falsa y ostentosa, del tipo “mirad qué buena anfitriona soy, mejor de lo que tú, yerno de pacotilla, te mereces”. Disfrutaron, eso sí, de una de las escasas ventajas que tenían las ínfulas de la señora de la casa: con el fin de demostrar a sus invitados que sus comidas, cenas y saraos varios eran los mejores, siempre compraba vituallas de las buenas. Tartar de salmón y aguacate, merluza en crema de bogavante y unas delicadas tapas de foie y huevos de codorniz. 


   La cena marchó bien hasta el momento de los postres, cuando Pilar se enfrascó en una filípica contra los partidos de la llamada “política alternativa”. Argumentaba y argumentaba a favor de las bondades del sistema y Javier empezó a imaginársela como concursante de una especie de Battle Royale de suegras y cuñados. La idea le hizo sonreír de satisfacción.
-¿Te parece gracioso?
-¿Eh?
-Digo que si te parece gracioso lo que estoy diciendo. Como sonríes…
   Gamboa dudó brevemente entre rebajarse formulando una disculpa de cortesía o lanzarse al ring. Normalmente optaba por lo primero, para no disgustar a Miriam, pero no podía dejar de odiar a los criminales que habían arruinado vidas como la de su padre y estaban arruinando muchas otras en esos momentos, los admirados representantes de ese sistema que había estado a punto de joderle la vida y que aquella bohemia burguesa de tres al cuarto se empeñaba en defender con petulante vehemencia. Y saltó.
-Sonrío por lo ridículo de tu tesis y de tus argumentos, Pilar; no porque lo que dices tenga ni puta gracia. Que no la tiene.
   Se hizo un silencio más que incómodo. La calma que sigue al primer trueno y precede a la tormenta de verdad, pensó Javier. Miriam le miró como pidiéndole “no entres al trapo, no entres”, pero algo debió de ver en la mirada de su novio cuando su expresión pasó a una resignada del tipo “ay, ay, ay, la que se va a liar”. 
-¿Perdona?
-Digo que tu tesis y tus argumentos son ridículos. Aparte de poco democráticos. Si hay un sector social, tanto de izquierdas como de derechas, que reclama la formación de nuevos partidos, están en su derecho de crearlos. Aunque te moleste.
-¿Pero tú quién te has creído que eres, niñato? ¿Te crees que tú y cuatro pelagatos como tú podéis pasaros por el forro las leyes de este país, que nos dimos entre todos y que tanto nos ha costado conservar?
-La formación de nuevos partidos entra dentro de la ley. Está protegida por el artículo 6 de esa Constitución que tanto te gusta, de hecho.
-¿Sí? ¿Y para qué sirven esos partidos y esos “movimientos sociales” como los llamáis? ¿Para llamar a la rebelión, a cuestionar el sistema, a no respetar las leyes; para hacer el país ingobernable?
   Gamboa pensó que, si existiera algún partido que sirviera para todo eso, se afiliaría al día siguiente. Pero no conocía ninguno.
-¿Ahora te callas? Se nota que no tienes nada que decir. Todos vosotros sois iguales, unos niñatos que os creéis que lo sabéis todo y no tenéis ni idea de nada. Más os valdría dejar las cosas de la política en manos de los que saben y limitaros a trabajar, que buena falta os hace –el odio reconcentrado durante años contra su yerno salía ahora a borbotones de la boca de Pilar. Miriam la miró asombrada; no era el primer enfrentamiento entre ambos, pero ese día su madre estaba desquiciada.    
-Te recuerdo que trabajo desde hace dos años, Pilar.
-No sé si trabajarás lo bastante…
   Aquella insinuación fue demasiado para Gamboa. Se puso en pie y descargó un puñetazo sobre la mesa.
-Me importa una mierda lo que sepas, una puta mierda. Trabajo lo necesario para vivir, como hacían mis abuelos, como hacía mi padre hasta que un hijo de puta decidió que su trabajo no valía y lo mandó a la puta calle. Tú no eres nadie, ¿me entiendes?, nadie, para juzgar si trabajo poco o mucho, bien o mal.
-Aprende a comportarte, que estás en mi casa, sentado a mi mesa, comiendo mi comida. Aquí no te aguanto esas formas.
-No tenía ninguna gana de venir aquí. Vengo porque Miriam me lo pide. Pero tranquila, que no volveré. Y sobre la comida –sacó de la cartera un billete de 50 euros y lo arrojó sobre la mesa-, creo que con eso está pagado lo que he consumido. 
   Y se levantó, tomó la cazadora del perchero y se dirigió a la puerta. Miriam y su padre salieron detrás de él. Miriam le pidió un momento para hablar con su madre y le prometió que se irían juntos. Pablo suspiró tristemente.
-Disculpa a mi mujer. Siempre se pone así cuando habla de política.
-Espero por tu bien que tengáis otros temas de conversación.
-No demasiados. Resulta difícil conversar con ella. Es bastante fanática, siempre cree tener razón. Pero hay que asumirlo, ella es así y hay que quererla como es.
-No, Pablo. Yo no tengo que asumir nada, ni mucho menos querer a alguien que me detesta. Es tu mujer, no la mía.
-¿No volverás por aquí, entonces? Es una pena –su suegro sonrió en un torpe intento de camelarle.
-No creo. Volveríamos a tener la misma bronca, o una similar. Pero en mi casa siempre serás bien recibido –en el fondo le dolía el disgusto que se había llevado el pobre hombre. Cuando su novia regresó, se despidió de él con un abrazo.
   Ya en el coche, Javier le tendió las llaves a Miriam.
-Conduce tú, por favor, yo estoy un poco nervioso.
-Comprendo.
-¿De qué habéis hablado tu madre y tú?
-Le he dicho que se ha pasado un montón, que puede odiarte y despreciarte si le viene en gana, pero que tiene que respetarte y que a mi pareja la he elegido yo y estoy satisfecha de mi elección, le guste o no.
   Gamboa sonrió complacido.
-Pero tú también te has pasado un poco.
   La sonrisa de complacencia desapareció.
-¿Debía haberme tragado los beefs en silencio?
-No, tampoco es eso. La verdad es que ha molado cuando la has vacilado con lo de la Constitución. Pero tu explosión de ira final me ha asustado un poco. Estabas muy alterado.
-Miriam, he saltado porque no pienso consentir que pongan en duda mi trabajo, mi valía ni cómo me gano la vida. Tu madre lleva mirándome como a un parásito desde siempre y algún día tenía que pararle los pies. Sabes bien de mi odio hacia un sistema en el que gente con una vida regalada se permite el lujo de machacar y encima despreciar a los que no tienen nada.
-¿Gente como mi madre?
   Javier no contestó. La madre de Miriam era una burócrata, no tenía nada que ver con los psicópatas poderosos que gobernaban en país y el planeta, pero no podía dejar de mirarla con los mismos ojos que a aquellos. 
-Javi, respeto tu forma de ver las cosas, y la admiro. Yo también deseo un mundo más justo. Pero no quiero que te amargue.  
-Siempre he creído en que hay que pelear para mejorar las cosas, para que el miedo cambie de bando. Y eso nunca me ha amargado la vida, al contrario, me da esperanzas.
   Miriam suspiró mientras el Chrysler pasaba bajo la puerta del garaje. Aparcaron, subieron a casa y se acostaron rápido. Mientras apagaba la luz, Gamboa no podía desprenderse de una sensación de game over. 

sábado, 19 de octubre de 2019

Fuego a las banderas… menos a la nuestra

El sábado 12 de octubre por la noche, en el regreso de La Polla Records a Madrid, miles de personas coreaban enfervorecidas: “Odio a los partidos, fuego a las banderas”. Dos días más tarde, muchos de ellos se enzarzaban en el bar, en el trabajo, en Twitter, para defender como fuera su bandera; la rojigualda resignificada unos, la estelada, normal o vermella, otros. Otro tanto con los partidos, llámense PSOE, ERC, CUP, UP o MP. 

Y dos días después, 20.000 pensionistas venidos del norte, del sur y del centro se manifestaban en Madrid para exigir unas pensiones dignas. La masiva marcha obtuvo, como era de esperar, poca atención por parte de los medios de comunicación, naturalmente reticentes a la hora de informar de movimientos contrarios al poder y, en esta ocasión, con el tiempo y el espacio casi monopolizados por las barricadas ardientes de Barcelona. Pero, y esto es más grave, numerosísimos miembros de la “izquierda alternativa”, que llevaban tres días dando la matraca con la sentencia del procés –desproporcionada e inapropiada, según hombres de leyes como Javier Pérez Royo y Baltasar Garzón-, guardaron silencio absoluto ante la lucha, el sacrificio y la dignidad de los jubilados. Gente que cobra 600 euros al mes y se había hecho 700 kilómetros a pie no merecía ni un minuto ni 140 caracteres de atención para muchos de los que tanto hablan de “los que luchan” y “los de abajo”. 

Esa misma noche, un furgón de los Mossos –los Mossos de Torra- atropellaba a dos manifestantes independentistas. Más o menos a la misma hora que la Policía de Pedro Sánchez apaleaba en Madrid a los que intentaban mostrar su solidaridad con los 9 del Procés ante el Congreso. La policía pega, como bien nos recordaban los Lendakaris Muertos hace años. A ambos lados del Ebro. 

Empeñados en defender la idoneidad del palo y la cárcel para acabar con el independentismo, o mitificando la malhadada república catalana, o estupefactos –yo entre ellos- ante los últimos acontecimientos, en la izquierda nadie parece capaz de dar una solución viable al conflicto catalán. No es de extrañar, habida cuenta de que es un problema altamente complejo. Pero me conformaría con que alguien me explicara qué potencial emancipador para la clase trabajadora tiene el proceso independentista. 


Más allá de celebrarlo como un síntoma de “la crisis del régimen del 78” y del “Estado monárquico”, como hacen desde IzCa, no he podido leer ni escuchar ningún argumento válido. No lo critico. Guste o no a muchos de los que están poniendo el cuerpo y la cara para reclamar la libertad de los líderes independentistas, el actual proyecto de república catalana no supone ningún cuestionamiento, ni mucho menos una amenaza, al sistema capitalista occidental vigente en los territorios catalanes.
En los meses previos a la declaración unilateral de independencia de septiembre de 2017, Carles Puigdemont proclamaba en el exterior su intención de incluir desde el principio el futuro Estado en la Unión Europea y la OTAN. Meses después, su sucesor, Quim Torra, abogaba por la “vía eslovena”, esto es, una independencia unilateral avalada por el eje Washington-Berlín. Habría que recordar qué es Eslovenia hoy día: un Estado vasallo de Alemania, integrado en la estructura militar atlantista. Me ilusiona poco, la verdad. 

Eso por el lado derecho del bloque político independentista, el mismo que ejecutó recortes salvajes a principios de década y ordenó las primeras cargas policiales contra los activistas del 15-M, recordemos. Por el izquierdo, ERC, asoma Gabriel Rufián, el mismo que en febrero votó en contra de unos Presupuestos que, sin ser una maravilla, sí mejoraban sustancialmente los de los ocho años del PP y la última legislatura de Zapatero. El mismo que, en julio, exigía a Podemos que diera un cheque en blanco al mismo Pedro Sánchez que hoy coquetea con la derecha y saca el palo en Cataluña. El jefe de los que a principios de verano increpaban con gritos de “puta” y “guarra” a la alcaldesa más progresista que ha tenido Barcelona desde 1939. Quizá los socioliberales catalanes sean un poco más progresistas que los españoles, pero no sé si eso es suficiente para que el ingente esfuerzo de construir un nuevo país merezca la pena. 

No conviene olvidar tampoco procesos similares. En los años 60, cuando rebrota el conflicto del Ulster, Reino Unido era, junto a Escandinavia, la vanguardia de los derechos sociales y laborales del mundo occidental. Irlanda, una semiteocracia conservadora en la que el aborto estaba prohibido. Para la izquierda, los católicos eran los buenos, el IRA parecía guay y los Wolfe Tones sonaban a pura épica. Pero para un obrero, era mejor el sistema de Londres que el de Dublín. Lo mismo con otros países. La formación de una nueva nación fue emancipadora en la URSS, en Ghana y en Argelia. Pero en Lituania, en Ucrania o en Croacia ha generado sociedades y gobiernos profundamente reaccionarios. 

Y al final, entre barricadas y cargas policiales, entre desahucios, precariedad y pensiones de miseria, un Tyler Durden recién adaptado del Club de la Lucha susurra: “Somos una generación criada en el amor a la patria y la obediencia al Estado. Me pregunto si otra patria y otro Estado serán realmente la solución a nuestros problemas”. 

sábado, 13 de abril de 2019

20 cosas que aprendí antes de los 40 (y que me servirán en los próximos)

Ahora que cumplo la cuarentena, y con las décadas de la infancia, la adolescencia, la juventud y la dorada treintena a mis espaldas, uno sabe ciertas cosas que a los 10, a los 20, a los 30 desconocía, otras que en el fondo siempre ha sabido y otras, por último, que nunca pensó que iba a aprender. Es imposible saber qué me depararán los próximos 40 años, ni si mi evolución me llevará a mejor o a peor, hacia delante o hacia atrás, pero me gusta reflexionar sobre las cosas que he aprendido y pensar que me servirán de ahora en adelante. Muy resumidas, son estas 20:

  1. Aprende a distinguir lo accesorio de lo importante, y lo importante de lo esencial
  2. Tú eres imperfecto; los demás, también
  3. La confianza es como la virginidad: una vez perdida, nunca más se recupera
  4. Entre los tuyos hay hermanos pero también hay judas
  5. No se puede contar cualquier cosa a cualquier persona, en cualquier momento y en cualquier lugar 
  6. Cuenta hasta 10 antes de actuar; no hasta 10 segundos, sino hasta 10 horas o, mejor, hasta 10 días
  7. Ante el conflicto, escucha, comprende y respeta. Pero lo último, solo a quien se lo merece
  8. No seas como aquell@s a l@s que desprecias 
  9. Mantente orgulloso de no ser como ellos
  10. La dignidad es cara, pero lo que cuesta vale
  11. Piensa por ti mismo
  12. Conócete a ti mismo, y recuerda que, como decía Esther Arroyo, para conocerse hay que tocarse
  13. Sé el dueño de tu propia mente; de esta forma, serás siempre libre
  14. Lo que sucede conviene
  15. Recuerda que todo es susceptible de empeorar
  16. La vida con prisa no merece la pena
  17. Lleva una vida a tu medida, una que no te venga ancha ni estrecha
  18. Haz lo que quieras, lo que deseas y lo que te haga feliz. Y recuerda que la cuestión clave no es “esto o muerte”, sino “esto Y muerte”. No se elige vivir ni morir, pero sí lo que haces entre medias
  19. No tengas miedo, el miedo mata la mente 
  20. Y ante todo, sueña, y sueña más fuerte, hasta que el sueño, por más hermoso que sea, se convierta en realidad


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Y cerré de un portazo las puertas del cielo...

Hace tres años hubiera dado cualquier cosa por volver a la montaña rusa de las emociones. Y este año, sin poder preverlo, de repente el caos me cercó, me sacudió, me zarandeó, pasó silbando entre mis neuronas como el viento de aquel miércoles pluvioso de marzo cuando empezó todo.

Armado de mi fortaleza mental, lo expulso de mi cerebro, pero se instala en mi estomago, desciende hacia mis piernas y sale para volver a revolotear a mi alrededor. Lo curioso es que, por muchos problemas que me cause, lo prefiero a la rutina y a la anomia, a la falta de ilusión.  Desasosegado pero feliz estaba, en resumen, un miércoles de Champions en que encima ganaba el Barça.

Y en esto que me acordé de estos versos que escribí siete años antes, y que estaban de nuevo de plena actualidad:
“No tengo miedo a sentir
No tengo miedo a creer
ni a soñar
No tengo a miedo a volver a llamar a la puerta
sin saber si da al cielo o al infierno
No tengo miedo a la montaña rusa
ni a las sombras de lo desconocido
ni a la luz de la anábasis
ni a las hostias del futuro
No tengo miedo
porque el miedo mata la mente
y el alma
y son lo único que tengo”

... Y, una semana después, me limité a sonreírla mientras sus ojos chispeaban, porque no me atrevía a decirle que me subía a la cabeza una euforia loca cada vez que la veía, encantado de estar en presencia de una de las mujeres mas alucinantes que había conocido.

Y me decidí a soñar mas fuerte, hasta que el sueño, por mas hermoso que sea, se convierta en realidad. 

Pero, cuando las puertas del cielo estaban abiertas delante de mí, y en su interior adivinaba campos eternos de fresas y colinas mandarinas, las cerré de un portazo. No fuera a ser que, por una vez en la vida, la felicidad me fuera definitivamente concedida.

Y clamé que hay muchas emociones positivas en la vida, pero ninguna es comparable a la de ser el dueño de ti mismo.

Y me encontré en una de esas veces en que no sabes si decir “de buena me he librado” o “acabo de cometer uno de los errores mas graves de mi vida”. 

Y de pronto, en pleno conflicto, ella se avergonzó. Cuando de repente tomó conciencia de su debilidad. Pero le salió la mala leche, esa mala leche destructora que siempre la acompaña y siempre la acompañará. Una mala leche que solo la perjudica a ella, por la que siempre sale perdiendo…

Y por la que perdí yo también, porque para entonces me había dado cuenta de que, pese a todo y con todo, todavía la amaba.

Y llega el momento en que la última llamada perdida de la persona amada desaparece de la pantalla de últimos mensajes, y el chat que mantenías con ella en Whatsapp queda sepultado por una veintena de conversaciones mas recientes. Es entonces cuando nada, absolutamente nada, más se puede hacer que abandonar toda esperanza y proceder a borrarla de tu memoria, quemando sus recuerdos con adrenalina y vodka.

Y, ahora que lo miro con más perspectiva, me doy cuenta de que, cada vez que estaba con ella, sentía como si una mezcla de anfetamina y dinamita circulara por mis venas. Una sensación maravillosa y muy intensa, pero que, me temo, imposibilitaba establecer una relacion a largo, o ni siquiera a medio, plazo.

Y la echo de menos. Y tengo la sensación de que la echaré de menos hasta el fin de mis días. De que cada amanecer de martes, cada tarde de domingo, cada sábado de resaca la sentiré muy, muy cerca… Pero no estará allí. No me despertaré en sus brazos, nunca dormiré junto a ella, no recuperaré la felicidad y la calma y el sueño, no compartiré con ella una y mil palabras, una y mil inquietudes, uno y mil planes, una y mil vivencias. No habrá más tardes de risas y cervezas. No habrá más ilusiones, desde el momento en que cerré de un portazo las puertas del cielo. 


 

martes, 20 de noviembre de 2018

Plata y ‘fariña’, drogas y política

Desde las confesiones de Thomas de Quincey a los panegíricos de Baudelaire, la droga siempre ha dado mucho de sí en la creación artística. Estaba –y está presente- en la literatura, en la música, en el cine y,  como no podía ser menos, tiene un peso importante en las series, el décimo o undécimo arte, la expresión audiovisual (junto a los vídeos de YouTube) por excelencia de la posmodernidad. 

Pero al contrario de lo que es habitual en las otras expresiones artísticas,  la relación entre droga y política aparece con mucha frecuencia en las series. Estaba en la ya clásica The Wire (la mejor serie que el autor de estas líneas ha visto), se toca de pasada en Breaking Bad y entra de lleno en la historia de Narcos y en la de la española Fariña

Es uno de los valores de ambas series, el de mostrar una dimensión sociopolítica de la merca que muchos espectadores desconocían hasta el momento. Con errores y limitaciones, pero menos es nada. 

Se ve en Fariña, donde nos plantean a las claras cómo alcaldes, jueces y hasta presidentes autonómicos hacen la vista gorda o colaboran de lleno en el tráfico de hachís y cocaína que convirtió Galicia en el puerto franco de la droga en la Europa de los 80. Hay incorrecciones, eso sí, como cuando se asocia la fariña a los miles de jóvenes destruidos por la toxicomanía. Sin pretender menospreciar los efectos negativos de la cocaína, lo cierto es que la droga que machacó a los yonkis de los 80 fue la heroína, y esa no entraba fundamentalmente por Galicia, sino por el País Vasco. 

 Tiene además la heroína una dimensión sociopolítica más profunda, puesto que proliferó principalmente en los barrios obreros en una época de efervescencia política y reconversiones industriales. No faltan quienes establecen una relación causa-efecto entre una situación prerrevolucionaria, el boom de la heroína y la posterior desmovilización política de las capas bajas de la sociedad. Sucedió en Estados Unidos a principios de los años 70, cuando el activismo de los Panteras Negras en los barrios negros dejó paso a los trapicheos de los Crips y la aparición de centenas de yonkis desesperados por una dosis. El boom de la heroína en EEUU le vino de miedo al establishment: los potenciales jóvenes revolucionarios ya sólo se interesaban por su próxima dosis y la creciente inseguridad ciudadana arrojó a las personas de bien en manos de los neoconservadores de Reagan. 

 Algo parecido pasó en la España de los 80: a UCD primero y al PSOE después les resultaba bastante más sencillo lidiar con yonkis y camellos que con subversivos y terroristas. Los miles de zombis que deambulaban por los cascos viejos degradados de las ciudades y los guetos chabolistas de las periferias eran un daño colateral bastante asumible. Todo esto no se ve en Fariña, pero la soledad del guardia civil enfrentado casi en solitario a unos capos de la droga demasiado poderosos para él sí representa bastante bien lo que se vivía en muchas comisarías y unidades antidroga reales de la época. 

  La dimensión geopolítica del tráfico internacional de drogas se ve mucho mejor en Narcos. La serie sobre las andanzas de Pablo Escobar y su famoso “plata o plomo”, el cártel de Cali y los traficantes mexicanos revela el papel de las agencias estadounidenses en el narcotráfico. Aunque la serie dirigida por el ultraderechista José Padilha barre para la DEA y los militares colombianos, sí permite entrever el trasfondo de intereses estratégicos en los años del polvo blanco de los 80. El carácter izquierdista de Escobar, sus malhadadas ambiciones políticas, sus vínculos con los guerrilleros –a los que utiliza malamente-, el papel de países amigos y enemigos de los EEUU en la entrada de coca a territorio estadounidense… son pinceladas que permiten al espectador avezado entrever hasta qué punto la droga era un recurso más en el tablero mundial de la Guerra Fría. 

 Narcos menciona al coronel Noriega, un anticomunista salido de la Escuela de las Américas para gobernar Panamá con mano férrea y que acabó cayendo en desgracia cuando Reagan empezó a considerar el tráfico de cocaína, del que Noriega era un activo protector, un problema más acuciante que el control del Canal. Se trata también, aunque de pasada, la cuestión nicaragüense, y cómo ese mismo narcotráfico que tanto preocupaba al Tío Sam era también una importante forma de financiación de los contrarrevolucionarios de la Contra, mano ejecutora de EEUU en la guerra contra los sandinistas de Daniel Ortega. 

Del papel que tuvo la heroína en la financiación de otros aliados de Reagan en su cruzada global contra el peligro rojo, los muyaidines afganos, no se habla en Narcos, aunque el patrón es el mismo: la droga como jugoso negocio en manos de aliados un tanto oscuros de EEUU en el Tercer Mundo y, al mismo tiempo, como problema número uno en las calles de Occidente. Habrá que esperar a la cuarta temporada, ambientada en los ultraviolentos cárteles mexicanos, para ver hasta qué punto se tocan los orígenes de algunos de esos cárteles, como los famosos Zetas, en la Escuela de las Américas. Los Zetas nacieron de un grupo de militares del Ejército mexicano destinados a combatir a los insurgentes zapatistas del EZLN a mediados de los 90. Droga, contrainsurgencia y tiros al sur del Río Grande una vez más. 

La contribución del negocio de la droga a la multiplicación exponencial de la corrupción y la violencia en México, hasta el punto de convertirlo prácticamente en un Estado fallido, también es algo a analizar. Así como el papel que juegan los cárteles en la sustitución del orden omnímodo del PRI, que convirtió México en una gigantesca red clientelar durante 70 años y que, como la naturaleza aborrece el vacío, al desaparecer ha sido sustituido por un pandemonium de capos de la droga, que como señores de la guerra o aristócratas feudales, se reparten el país a tiros. Pobreza, represión, geoestrategia… uno de los vicios más arraigados en el ser humano también es, uno más, un elemento que tiene mucho que ver con la política.