miércoles, 22 de abril de 2015

¿A quién le comerá la tostada Ciudadanos?

Aunque es aconsejable no confiar ciegamente en las encuestas, sí parece cosa hecha el éxito de Ciutadans en su salto a la política estatal, previo rebranding. Sondeo tras sondeo, Cuitadans –ahora Ciudadanos- figura entre los cuatro primeros partidos del país en intención de voto, y a poca distancia de los otros tres. El último, el Índice de Opinión Pública de Simple Lógica, socio de Gallup en España, sitúa al partido naranja en cuarto lugar, con un 18% de intención de voto. Como la política, al igual que la vida, es un juego de suma cero, no hay que ser muy espabilado para darse cuenta de que esos votos vienen de alguna parte. Si Ciudadanos pasa de la nada al 18%, ¿quién sufrirá las consecuencias de este ascenso? ¿Quién, de haberlo, saldrá beneficiado?


Indudablemente, el gran perjudicado de la irrupción de Ciudadanos en el panorama político nacional es UPyD. Los de Rosa Díez comparten audiencia objetivo con los naranjitos: canis, miembros de ForoCoches, todos aquellos que piensan que todos los políticos son iguales, que odian a catalanes e inmigrantes por igual y sostienen que la solución a todos los males es eliminar las autonomías y los coches oficiales. Hasta ahora, el partido magenta se las prometía muy felices en sus planes de capitalizar ese voto que prefiere la demagogia a la ideología. Pero tras su fallida alianza con los de Albert Rivera, han visto cómo estos salían de Cataluña dispuestos a hacerse fuertes en todo el Estado. La importante cobertura mediática –casi siempre positiva- que ha tenido Ciudadanos y el controvertido perfil de Díez han dejado fuera de juego a UPyD en cuestión de semanas. 



Pero, además de UPyD, hay otros dos partidos que pueden sufrir una fuga de votos hacia Ciudadanos. Uno es el PP, otrora único representante del voto útil de la derecha, paladín del neoliberalismo y defensor de la sagrada unidad de España. Pero cuatro años de corrupción, promesas incumplidas y alguna traición que otra a sus votantes más ultras (v.g., el aborto) les han colocado en una posición de cierta debilidad, con el problema de que por primera vez hay una alternativa de voto seria. No estamos hablando de Falange ni de VOX, estamos hablando de una alternativa al bipartidismo, la segunda que sale en menos de un año, dicho sea de paso.  

Es precisamente esa otra alternativa la que tiene motivos para mirar con preocupación este fenómeno: Podemos. Como todo partido con vocación de gobierno que se precie, Podemos ha jugado la baza de la indefinición para atraer a cuantos más votantes mejor. Cualquiera que haya escuchado sus propuestas puede darse cuenta de que se trata de un partido de izquierdas, pero ha preferido aprovechar el discurso un tanto hueco del 15-M para ganarse a los indecisos, a los que pasaban de política hace cinco años y a los que no son “ni de izquierdas ni de derechas”. Así las cosas, Pablo Iglesias y los suyos se dirigen por igual al electorado progresista y comprometido, y al que no va más allá del “políticos ladrones” y el “yo soy español, español, español”.

La clave, a mi juicio, está en saber cuántos de los potenciales votantes de Podemos pertenecen al primer grupo y cuántos al segundo. Si los primeros son clara mayoría, el de la coleta no tiene de qué preocuparse. Pero si la cosa se acerca al fifty-fifty, o incluso se decanta del lado de los segundos, mejor que se vaya olvidando de ser el Tsipras español. Ciudadanos tiene un líder joven, un discurso (muy) moderadamente crítico con el sistema y, lo más importante, un apoyo incondicional en muchos medios. A Rivera y a Villacís nadie les va a investigar sus declaraciones de IVA ni les va a acusar de estar aliados con el maligno; de las cuentas de Nart en Suiza casi ni se habla. Y eso, en un país donde el común de sus súbditos sólo se cree lo que sale en la tele, significa mucho. Hay quien dice, incluso, que un sector de los medios, asustado ante el avance de Podemos, ha alimentado a Ciudadanos como alternativa sistémica al bipartidismo. Quizás sea mucho decir, pero el trato mediático no es ni de lejos equiparable.

En cuanto a Izquierda Unida, a priori no tiene nada que temer (ni que esperar). Por norma general, el electorado de IU es fiel, concienciado y comprometido (quizá por eso mismo son tan pocos). La fuga de votos ya la ha sufrido con Podemos y no es de esperar que un viejo militante que conserva sus ideales marxistas o un intelectual de izquierdas se dejen seducir por las palabras de Luis Garicano.

Queda un último actor: el PSOE. Mi siguiente argumento será, probablemente, el más discutible. Pienso que es el único beneficiado, aunque de soslayo, del auge de Ciudadanos. Naturalmente, estoy hablando de intención de voto, no de pactos poselectorales, y ahí volvemos a lo dicho: aparte de UPyD, los grandes perjudicados por Ciutadans –como les llama Cospedal- son el PP y Podemos; es decir, los principales rivales del PSOE.

¿Tiene importancia esto, más allá del “enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Creo que sí. El sistema electoral español favorece, como sabemos, a los partidos mayoritarios; concretamente, prima al más votado en cada circunscripción. Si PP y Podemos pierden votos con destino a Ciudadanos, el PSOE –que también conservaría el primer puesto en sus provincias- lograría además la mayoría en otras circunscripciones más disputadas, como consecuencia del debilitamiento de sus dos rivales. Esto sería especialmente pernicioso para Podemos, que no cuenta aún con feudos y que, a pesar de concentrar muchos votos en el conjunto del país, vería como ese apoyo no se traduce en un número equivalente de escaños. El primer avance lo hemos visto en las elecciones andaluzas, pero hasta noviembre todavía queda mucho y pueden pasar muchas cosas.

martes, 24 de marzo de 2015

Andalucía entera... como Mercasevilla

Hay dos Andalucías. Una es la Andalucía de los EREs falsos, del fraude en el PER, de las mordidas en Mercasevilla, del voto cautivo, del Bronx de las 3000 Viviendas, del 37% de paro, el cortijo –nunca mejor dicho- de los Chaves, Griñán y Díaz, de los jornaleros que votan a la –en palabras de Reincidentes- nueva oligarquía de señoritos travestidos de pana.

La otra es la Andalucía de la dignidad, de Sánchez-Gordillo haciendo realidad la utopía en Marinaleda, de los que no quieren limosnas sino pan y tierra, de Diego Cañamero detenido por defender los derechos de los trabajadores, de los astilleros de Cádiz en lucha, de la Casa Invisible.

 Hay también una Andalucía de analfabetos funcionales, de garrulos orgullosos de serlo, de ¡olé mi zeñorito! y de ¡vivan las caenas! La Andalucía de Sergio Ramos, vaya. Pero no nos olvidemos de que también existe la Andalucía de Blas Infante, la de Luis García-Montero, la de Narco y la FRAC.

 Desafortunadamente, la mayoría de andaluces que conozco pertenecen a la primera, salvo honrosas excepciones. No sé por qué, tenía la esperanza de haber tenido mala suerte, de que los hombres y mujeres dignos e inteligentes son mayoría allí abajo. Pero temo que me equivoqué.

El domingo se enfrentaban ambas Andalucías en las décimas elecciones autonómicas de su historia. Lo nuevo frente a lo viejo. Lo racional frente a lo irracional. La dignidad frente a la subvención y el mamoneo. Y ganó lo de siempre. Viejos parches para nuevos, y decisivos, desafíos. Marinaleda es Marinaleda, pero Andalucía vota en masa a los mismos que le han robado durante 35 años en Sevilla y a la versión local de los que la machacan en Madrid.


Para estas cosas siempre hay explicaciones de todo tipo. El pasotismo, el conformismo, la desinformación, el miedo a que gobierne alguien peor. Pero con un panorama político mucho más abierto, la disyuntiva no era ya PSOE o PP. Y sobre la abstención pasiva o el conformarse con lo que hay, prefiero no opinar…

Pienso al final que en un lugar –autonomía, pueblo, ciudad o nación- gobernado por ladrones e incompetentes, los que les siguen votando sólo pueden hacerlo por dos razones. Una, porque ellos también pillan y, por tanto, les conviene que todo siga igual. Defínanlos ustedes como quieran. Otra, porque aunque a ellos también les roban, les parece cojonudo. La ceguera del fanático o, peor, el “mejor que me roben los míos a que me roben los otros”. Dejo también en sus manos el calificativo.

Por uno u otro motivo, la mayoría de andaluces ha votado más de lo mismo. Podría decir para conformarme que a medida que vas bajando hacia el Sur, va descendiendo el grado de civilización. Pero, además de lo injusto que sería con muchos andaluces –minoría, pero muchos aun así-, tiene toda la pinta de que en el centro –Madrid- y en el este –Valencia- pasará lo mismo con el PP dentro de un par de meses, así que mejor me callo.

jueves, 12 de febrero de 2015

Clásicos del punk: Sham 69

Hace tiempo, publicaba una reseña de una de las bandas míticas del punk estadounidense: los californianos Bad Religion. Brett Gurevitz y compañía fueron un referente del renacer del estilo a principios de los 90 y, poor tanto, se han ganado un puesto en la historia del punk. Hoy toca recordar a una banda menos conocida para el gran público, pero que también tuvo su importancia una década antes en Inglaterra, cuando el punk era menos melódico y más político. Hablamos de los Sham 69.


 Sham 69 fue uno de los grupos de punk ingleses más importantes de finales de los 70 y principios de los 80, la era mítica del punk. La historia de los Sham 69 comienza cuando, en 1977, el cantante Jimmy Pursey decide formar un grupo de música que fuera portavoz de los chavales de la working class. La idea de Pursey era, más o menos, que su música uniera a todos ellos en torno a un ideal de justicia y tolerancia. Idea reflejada en su himno If The Kids Are United (they will never be defeated).

Su primer single, I Don´t Wanna, una típica canción punk de menos de dos minutos, pero en la que se aprecia una habilidad en el manejo de la guitarra y ciertos pasajes melódicos de los que -por poner un ejemplo significativo- los Sex Pistols carecían, resulta un éxito. Además, saltan a la fama cuando son detenidos por celebar un concierto en el tejado del Vortex Club de Londres. Gracias a esta popularidad, la multinacional Polydor Records se fija en ellos y les ficha, abandonando así el sello Step Forward.

Después de Borstal Breakout, el primer single que sacan con Polydor, Sham 69 inicia una carrera hacia la cima del punk inglés. Single tras single, Angels with Dirty Faces, If The Kids Are United, Hurry Up Harry, Questions and Answers o Hersham Boys, su estilo de punk futbolero, con letras sencillas y directas, y la carismática e hiperactiva figura de Jimmy Pursey atraen a una legión de fans por todos sus conciertos en el Reino Unido.

Pero la fama y el éxito, como bien saben muchas otras bandas, no son garantía de gloria eterna. Los chavales que asisten a sus conciertos deciden emplear éstos como campo de batalla para resolver sus diferencias... a golpes. Las peleas se transforman en tumultos, los llamamientos de Pursey a olvidar sus diferencias para hacer frente a un enemigo común que les condena a una existencia sin salida degeneran en excusas para exhibiciones de violencia gratuita, y Sham 69 pasa a ser considerado el grupo violento por antonomasia. Desilusionado por el fracaso de su ideal y enfrentado a su discográfica, Jimmy Pursey decide disolver la banda, a finales de 1979.

Después de la separación, intentan formar un supergrupo punk con los ex Sex Pistols Steve Jones y Paul Cook llamado The Sham Pistols. Pero la nostalgia por ambos grupos no da para tanto, y la nueva banda queda en un proyecto con bastante más pena que gloria.

Aunque poco después, a principios de 1980, los Sham 69 se refundan y vuelven a la tralla. Lanzan un recopilatorio de sus temas más famosos, The First, the Best and the Last, y emprenden una gira europea. Pero los tiempos habían cambiado, el punk se había transformado en new wave y la cockney people votaba a Margaret Thatcher. Ya no era el momento para un grupo punk y viendo el escaso impacto sobre el público, Sham 69 decide separarse a finales de 1980.

Aún hay un tercer fin de la historia. En 1987, Pursey retoma la banda con el guitarrista original Dave Parsons y una sección rítmica renovada. Las formas evolucionan un poco y hay más arreglos, aunque el espíritu sigue inalterado. Pero, de manera similar a lo que le sucede a Joe Strummer con Los Mescaleros, la era de Pursey y Sham 69 había pasado y su lugar estaba en la memoria de los antiguos punks y en la influencia que pudieran ejercer sobre los nuevos, no en un escenario. Así, Sham 69 quedará como un ejemplo del punk político de la escuela europea, eclipsado ahora por el rollo cool de The Buzzcocks y las veleidades pijo-poperas de los Hives.

viernes, 30 de enero de 2015

Pagar por trabajar

Antes de nada, quiero dejar claro que me encanta mi profesión. Con todas sus cosas malas, el periodismo es el trabajo de mi vida, lo que más me gusta y lo que mejor sé hacer.

No obstante, no puedo ignorar que es una profesión sobrevalorada. Aún me hace cierta ilusión cuando le digo a alguien a qué me dedico y este me responde: “qué chulo”, “cómo mola”, “es mi vocación frustrada” o cosas por el estilo. Pero a veces veo que la imagen del periodismo está marcada más por el mito que por el conocimiento.

En principio, esto podría darme igual. Pero uno acaba harto de que, sobre todo cuando dices que cubres acontecimientos culturales, recibas respuestas del tipo: “vaya morro, comiendo canapés y tomando gin-tonics en las presentaciones” o “vas a los conciertos por la cara”. Para algunos, parece que el periodismo cultural consiste en estar todo el día de juerga, atiborrándote de pinchos, viendo a las bandas en primera fila y emborrachán dote por la patilla. No negaré que gracias a mi trabajo he visto a bandas de las que de otra forma no habría disfrutado jamás, ni que si en un festival o presentación hay bebida y pinchos los consumo sin problemas, pero al día siguiente, mientras el común de los mortales duerme la resaca, yo me tengo que currar una crónica, a veces de un tema que no me interesa lo más mínimo, pero al público sí. Y lo hago tenga ganas o no, igual que cualquier trabajador; en eso el periodismo es como cualquier otra profesión, no es un hobby.

Supongo que algo similar pasará con el resto de las profesiones creativas, diseñadores, fotógrafos, etcétera. Lo interesante o divertido del trabajo, el glamour o la envidia que lo rodean a veces tapan lo esencial: que somos trabajadores, como un fontanero o un frutero, ni mejores ni peores.

¿A qué viene todo esto? A que, debido a esa imagen de que nuestras profesiones molan o directamente son un chollo, muchos piensan que el placer de trabajar ya es suficiente recompensa. Lo piensa gente ajena al mundillo, que por lo visto no se ha parado nunca a pensar que los periodistas también vivimos en una casa, pagamos la luz y compramos comida y ropa, y que eso no nos lo dan por la cara. Y, lo que es más grave, lo piensa gente que conoce perfectamente la situación.

Lo que piensen los demás, aunque pueda resultar a veces ofensivo, en realidad importa poco. Pero cuando este pensamiento se instala –imagino que interesadamente- entre aquellos que tienen un poder económico sobre los profesionales de la información, se convierte en un problema muy serio. Así –aunque también hay que añadir otros factores como la crisis- se explica que haya no sólo becarios trabajando gratis o por salarios de miseria en medios de comunicación. “Encima de que estás haciendo lo que te gusta no pretenderás que te paguemos una pasta”, parecen decir los empresarios.


Y no sólo los empresarios de la prensa opinan así. El año pasado, al solicitar información sobre las acreditaciones de prensa para cubrir el Primavera Sound, descubrí con alarma que los profesionales no sólo debían acreditar su intención efectiva de informar sobre el festival, sino además soltar 50 euros. Un precio barato si lo comparábamos con los 220 que costaba el abono para el público, decían algunos, obviando lo más importante: al ingresar esos 50 euros en la cuenta del Primavera Sound estabas pagando por trabajar. Indignado, decidí no pedir la acreditación. Muchos otros sí lo hicieron. Comprendo que para un medio grande, esos 50 euros son calderilla y la idea de pagar por trabajar tampoco les debe de sonar tan mal a sus propietarios.

La historia casi se me había olvidado cuando, hace una semana, leía en Diagonal que la organización del Primavera Sound busca estudiantes de máster para trabajar por 2,56 euros a la hora. El puesto es de controlador del sistema de recogida selectiva, pero el principio es el mismo: a cambio de trabajar, aunque sea temporalmente, en un festival, evento o empresa de renombre, el sufrido currito debe aceptar que su sueldo no le llegue ni para un par de minis. Trabajar se convierte en un fin, no un medio de vida, y así se explica que salarios de miseria o directamente pagar por trabajar se vean como algo natural. La industria de los festivales le muestra el camino al nuevo capitalismo.

martes, 30 de diciembre de 2014

¿Por qué Ucrania sí y España no?

Anda el personal emocionado con el primer aniversario de la revolución o golpe de Estado de Ucrania (llámenlo como quieran, aunque yo nunca he visto al ABC celebrar el triunfo de una revolución en portada…). Ejemplo de fuerza, de unidad o de lo que sea, muchos se preguntan por qué los ucranianos consiguieron derribar a un Gobierno por la fuerza y aquí no podemos ni frenar un proyecto de ley.

Existe a mi juicio una diferencia esencial entre las protestas de Ucrania, o las de la Primavera Árabe, y las que acontecen en el mundo occidental, que afecta directamente a sus objetivos y a sus posibilidades de éxito. Una diferencia derivada de la propia estructura política de los países.

Tanto en Túnez como en Egipto, o  incluso en Ucrania, existía una identificación entre los gobernantes y el sistema político del país. El presidente Yanukovich y los dictadores Mubarak y Ben Alí representaban no sólo a un sector del país, sino todo un sistema. Una democracia orientada a Rusia en el primer caso. Dictaduras prooccidentales en el segundo. En los tres casos, la caída del presidente supone la caída del sistema; son dirigentes sistémicos por así decirlo.

En Europa Occidental, y en España en concreto, no sucede así. El partido en el Gobierno y el principal partido de la oposición forman parte del mismo sistema de democracia representativa de libre mercado. Si, por un casual, cae uno como consecuencia de unas protestas especialmente intensas, el otro toma el relevo y continúa con unas políticas muy similares en lo esencial; quizás algo menos dañinas para el pueblo, pero en ningún caso se podría hablar de cambio de régimen.

Digo por un casual porque la población española en general siente una fobia hacia la violencia que no poseen los ucranianos –ni los alemanes, ni los griegos, ni los italianos-, y además los antisistema de aquí carecen de los apoyos mediáticos, económicos y morales que sí disfrutaron los rebeldes de Maidan (recuerden que todo un consejero autonómico madrileño aplaudía en Twitter una foto de una sede incendiada del Partido Comunista ucraniano; ¿se imaginan sus tuits si la sede quemada hubiera estado en Parla, no en Kiev, y perteneciera al PP?).

 Pero aun con un estallido repentino de violencia como el de Gamonal el pasado enero pero a gran escala, o mejor, con una movilización pacífica y sostenida en el tiempo de 15 millones de personas, la dimisión del Gobierno del PP sería improbable. Y de producirse, conduciría a unas elecciones anticipadas, en el que el resultado –victoria por la mínima de Rajoy, victoria por la mínima de Sánchez o empate técnico y Gobierno de coalición entre ambos- no significaría cambios sustanciales, ni en el sistema político, ni en el económico, ni en el día a día de las personas.

Habrá quien, ilusionado desde mayo con Pablo Iglesias y los suyos, me diga: “Pero ahora está Podemos”. No negaré que el planteamiento político y económico de Podemos, como el de sus colegas griegos de Syriza, supone un cambio esencial respecto a los llamados partidos sistémicos. Eso sí, una cosa es lo que se quiere y otra lo que se puede. El mundo será todo lo globalizado que usted quiera, pero el poder político y económico –a la espera de ver el desarrollo de los BRICS- está concentrado en media docena de países occidentales. Un cambio sistémico prooccidental, como el visto en Ucrania, tiene muchas probabilidades de afianzarse. Una revolución de signo contrario lo tiene bastante más complicado; véase el caso de Allende en Chile o el más reciente de Venezuela.

Así las cosas, los que sueñen con una Primavera Española harían bien en irse olvidando de ello. O mejor, en replanteárselo. Cambiar el sistema de un golpe desde abajo en un solo país, pacífica o violentamente, es harto difícil. Mantener esos cambios es prácticamente imposible. No es este un análisis necesariamente progresista: la revolución neoconservadora de Reagan y Thatcher en los 80 no se hizo de un día para otro, fue un cambio gradual, más asumible para los perjudicados, cuya materialización sólo hemos visto de verdad en el último lustro.

¿Qué hacer pues? Si no se puede cambiar de golpe, hagámoslo poco a poco. Frenemos primero el retroceso político y social. Avancemos paso a paso después. Preparemos a la gente mientras tanto. Creemos estructuras paralelas que funcionen como alternativa –económica fundamentalmente-. Y, sobre todo, no nos quedemos solos.

Por mucho que España llegara a estar en el top 10 de las economías mundiales, no es Rusia ni China, no puede mantener un sistema propio por sí misma. Los problemas de descomposición del Estado del Bienestar –que aquí nunca llegó a funcionar del todo, dicho sea de paso- no son exclusivos de España; las soluciones tampoco. Toda alternativa, por tanto, pasa por la alianza con fuerzas similares de Grecia, de Italia, de Portugal; incluso, más a largo plazo, de Latinoamérica y Asia. Sin un proceso de cambio progresivo –valga la redundancia- y paralelo al de otros países estamos condenados a jalear desde la distancia otras revoluciones, incluidas las que sólo han traído misticismo y tiranía.

martes, 19 de agosto de 2014

Podemos y el momento del 'bajón'

Qué quieren que les diga, a mí Podemos me recuerda al Atlético de Madrid. Y no sólo porque simpatice con uno y con otro, o porque ambos sean outsiders frente al bipartidismo en el poder, que también. Me viene la comparación a la cabeza tras conocer la última encuesta del CIS que le coloca ya como tercera fuerza política, tras PP y PSOE y a poco más de un año para las generales.

Me viene a la cabeza porque, desde unos años a esta parte, el Atlético empezaba las temporadas imparable, tanto que en la prensa y en la calle se comentaba que podía hacerle sombra al Barça y al madrid. Pero llegaban los agoreros, que, argumentando falta de experiencia competitiva y escasez de recambios en el banquillo, auguraban que el Atleti en cabeza de la Liga sería flor de un par de meses, hasta que le llegara el "bajón".

Y el "bajón" llegaba. Un año en noviembre, el siguiente en enero, cada año más tarde, pero siempre llegaban tres o cuatro petardazos seguidos que dejaban al outsider incapacitado para pelearle el título a los de siempre. Hasta este año de gloria, claro.

Y por eso me acuerdo del Atleti ahora que Podemos apunta a colocarse en posición de llegar algún día al poder. Porque cuando el débil asoma la nariz por los territorios coto de los grandes, uno tiende a pensar que el sueño no puede durar mucho. Tan agorera perspectiva viene motivada por años de sufrimiento rojiblanco, pero también, y sobre todo, por análisis más serios.

En contra de lo que afirman muchos iletrados, el programa de Podemos es serio. El problema es cuántos de sus potenciales votantes se lo han leído y están de acuerdo con él, y cuántos se han apuntado a Podemos como hace tres años se apuntaban al 15-M: con espíritu de pataleta y razonamientos de demagogia, con el "no nos representan" como límite de su pensamiento político.

Porque armar bulla en las plazas y despotricar a diestro y siniestro (nunca mejor dicho) es fácil, y divertido. Pero con eso no se cambia un país, ni se regenera la política, ni se reflota la economía ni se redistribuye la riqueza. Los hipsters de Sol salieron haciendo fú cuando el 15-M se puso a la tarea de plantear propuestas serias. 

A nadie se le escapa que Podemos es visto por muchos españoles como una reedición en partido del movimiento de las manos en alto. Ignoro hasta qué punto sus dirigentes e impulsores son conscientes de ello -pero imagino que bastante-. Ignoro también qué les parece -aunque imagino que mientras les sirva para sumar apoyos en las encuestas les parecerá de pelotas-.

Y ahí veo venir el bajón. En que el 15-M iba a ser la "Spanish Revolution" y se quedó en cuatro gatos en dos plazas. Y que, si llega el momento de gobernar -y con él, el de ponerse serios-, no me cabe duda de que Podemos se pondrá a ello, y lo hará con la mejor de las intenciones posibles. Pero, como dice Antonio Banderas en El Mariachi 2, es más fácil disparar que tocar la guitarra. Y el "no nos representan" no sirve para gobernar, sólo vale para quejarse.

Todos los que votan Podemos como una expresión del derecho al pataleo se enfrentarían a la realidad, y entonces llegaría el bajón, como le llegó al 15-M. La clave está en a cuántos votantes de Podemos les da igual izquierda que derecha, trabajador que empresario, un programa que otro. De la magnitud de ese porcentaje dependerá la magnitud, y el momento, del bajón, y con ello el futuro de Podemos.

viernes, 20 de junio de 2014

Auge, caída y secuestro de la Roja

Los que sean muy jóvenes no recordarán que, entre las Eurocopas del 84 y del 2008, la selección española de fútbol fracasaba campeonato tras campeonato. Con más brillo en algunos (EEUU ’94 o Inglaterra ’96) o arrastrándose en otros (Holanda ‘2000), la selección pasaba por los campeonatos con más pena que gloria hasta, como mucho, caer en cuartos de final.

   Ya en los 90 las categorías inferiores empezaban a despuntar, como en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 o el Mundial Sub-20 del 99. Pero cuando le llegaba el turno a la absoluta, esta repetía el guión de siempre: fracaso tras fracaso. Algunos periodistas se preguntaban cómo siendo tan buenos en la cantera, nos la pegábamos sistemáticamente con los mayores. Supongo que no reparaban en que las selecciones inferiores las componían los mejores futbolistas de su edad, del Espanyol, del Atleti, del Racing, del Barça, del Madrid, del Valencia, sin importar su equipo o su origen. Iban los mejores y punto. Y ganaban, o hacían un muy buen papel.

   Pero cuando a esos chavales les llegaba la hora de subir a la absoluta, las vacas sagradas (Hierro, Cañizares, Raúl) se encargaban de cerrarles el paso. La Selección, así con mayúsculas, era su cortijo y sólo entraban quienes ellos querían, normalmente para quedarse en el banquillo, no fueran a hacerles sombra, con la aquiescencia de seleccionadores como Camacho y el aplauso de sus palmeros mediáticos.

   Así  hasta que llegó al banquillo de la selección un ganador, un tío al que sólo le importaba “ganar, ganar y volver a ganar”. Y como su amplia experiencia le dictaba, para ganar hay que poner a los mejores. Tras un fallido intento de consenso con la vieja guardia, Luis Aragonés puso a quienes tenía que poner: los centrocampistas del Barça y el delantero centro del Atlético. El resultado ya lo conocemos: palos desde todos los lados, insultos varios (pronunciados por algunos que ahora repiten la palabra “respeto” como un mantra) y una Eurocopa de 2008 en la que España asombró al mundo y se hizo con el título.



   Como agradecimiento a los servicios prestados, Luis recibió el aplauso público de Casillas y una patada en el culo de Villar. Le sustituyó un tipo que también sabía algo de pasar de la gloria al paro, pero que ahora disfrutaba de la situación desde el otro lado de la barrera. Del Bosque –más gestor que entrenador, como ya demostró en el Madrid de los galácticos- se limitó a no menear el invento y a introducir novedades imprescindibles, como Busquets y Pedro, integrantes significativos del Barça de los 6 títulos. Así, con la base de Luis y los descubrimientos de Guardiola, ganó un Mundial y una Eurocopa (una, no dos como dicen ahora sus defensores, quitándole un título a una persona que además ha fallecido y no puede contestarles, en una muestra de ignorancia y de miseria moral).

   Pero el tiempo fue pasando y algunos de los que eran los mejores del mundo empezaron a declinar. Y volvieron los vicios del pasado: jugadores intocables, falta de autocrítica, amiguismo… Un suplente en su equipo tenía la plaza (y la titularidad) garantizada en la selección, un campeón de Copa y Europa League no llevaba ningún jugador a las convocatorias, el cortijo otra vez. 

   Y llegó lo que tenía que llegar. De modo más estrepitoso y antes de lo esperado, pero no por ello menos comprensible. Dos partidos, dos derrotas y a casa. Tras el ridículo, se habla de renovación. Pero no todos entienden renovación de la misma manera. Los que hace no mucho ladraban: “quiero que gane la selección pero me jode que ganen los del Barça” afilan la guadaña que llevaba guardada seis años, envuelta en hojas del Marca.

   Aprovechando la retirada anunciada de la selección de Xavi, se lanzarán a machacar al mejor jugador de la historia de España y, de paso, tomar a Piqué, Busquets, Jordi Alba y, como se descuide, Iniesta como chivos expiatorios. Puede que Cesc –ya ex del Barça- y Torres –ex del Atleti- tampoco se libren. Y así tendrán la excusa para secuestrar la selección otra vez, como en los tiempos de Miera y Camacho, con la mitad más uno –como mínimo- del once titular copada por jugadores del Madrid. Casillas –y sus posturas más propias de Rebeca Linares (salvando muchas distancias) que de un portero internacional-, carvajal,  Ramos y sus cantes, Xabi Alonso con 45 años, Isco, Jesé y Morata, aunque esté cedido en el Conquense. De la Selección de todos al cortijo de los de siempre. Y pasarán otros 25 años cayendo en cuartos y echando la culpa a los del Barça, a los del Atleti y al árbitro. Menos mal que siempre nos quedará Uruguay.