jueves, 4 de julio de 2013
Primavera Turca: postales gasificadas desde Taksim
El ambiente en Taksim, de estructura parecida a la madrileña plaza de España, pero tres veces mayor, es similar al que veo entre los chavales que juegan al fútbol. Gente cantando, otros bailando una danza turca que parece una sardana, un memorial de velas alrededor de las fotos de los caídos en las revueltas –seis cuando yo lo vi, ahora me temo que más-, hasta un tipo tocando el piano junto al monumento a la República. Todo muy pacífico, incluso festivo. Pero una mirada al lado oeste de la plaza me descubre una barricada. Coches quemados, tablones, hasta un autobús calcinado recuerdan que aquí la gente no huye ante la policía. Tras atravesarla esquivando a los curiosos que se hacen fotos como si fueran los restos del Muro de Berlín, me adentro en la parte seria de Taksim. Tenderetes, tiendas de campaña, grupos de personas debatiendo, otros repartiendo panfletos. Lástima de no saber más de una docena de palabras en turco. El panorama recuerda a Sol tras el 15-M de hace dos años: mucha gente haciendo cosas y todo bastante bien organizado.
Esa es la impresión que me llevo de Taksim, y por ende de la Primavera Turca, tras mi primer contacto: un movimiento pacífico pero resuelto. Resuelto a exigir la caída del Gobierno y a frenar el liberalismo en lo económico y el conservadurismo en lo social de su política. Les suena, ¿no?
Pero esa actitud pacífica no es menos amenazante para el primer ministro. Tayyip, como lo llaman aquí, decide desalojar la plaza al día siguiente. Me dirijo a Gálata –dos kilómetros al sur- al caer la noche, y el ambiente ya es de resistencia. Doscientas personas equipadas con cascos, mascarillas y camisetas del Fenerbahçe, del Besiktas, del Galatasaray, bajan del ferry que viene de la parte asiática de Estambul y se dirigen hacia Taksim. Ya en la calle Istiklal, una especie de Preciados aunque bastante más larga, veo las barricadas ardiendo y la marabunta que ruge: “Tayyip, istifa, Tayyip istifa” (“Tayyip, dimisión”). La secuencia se repite: los manifestantes avanzan, se escuchan disparos y la gente retrocede corriendo para escapar de los gases lacrimógenos. De repente, alguien se para, grita a los que corren y todos vuelven adelante al grito de “Iler, iler”. Arrecian los aplausos cuando los sindicalistas del TMB surgen con sus banderas por una calle lateral.
Es esto lo que me produce una mezcla de admiración y envidia. Aquí todos los manifestantes están unidos. Ves a personas con banderas turcas, con camisetas de fútbol, con enseñas de sindicatos, todos peleando contra un enemigo común y defendiendo lo que les une. En España es al revés: cualquier bandera –republicana, anarquista o comunista- es recibida con pitos en una mani del 15-M y a los militantes de CCOO se les considera poco menos que representantes de la banca. El espíritu de todos son malos menos nosotros, tan típico de la izquierda española, no ha calado por aquí.
Al día siguiente, después del desalojo de Taksim y la amenaza de Tayyip de tratar como “terroristas” a todos los que se acerquen a la plaza, parecía que la cosa se iba a tranquilizar. Pero no. Todo lo contrario. A pesar de las escuadras de policías que vigilan las estaciones de ferry de Besiktas, a pesar de los autobuses llenos de los maderos de aquí apostados en la avenida que sube a Taksim, a pesar de las tanquetas y los cañones de agua, a partir de las 5 de la tarde el barrio de Besiktas hierve de manifestantes que agitan cascos y banderas. Y no sólo Besiktas, vayas a donde vayas te cruzas con grupos de personas coreando consignas. “Her yer Taksim, her yer direnis!” (“En todas partes Taksim, en todas partes resistencia”) es el que más se escucha. Lo que en Madrid sería un grupo de colegas de camino a una mani, aquí es una marcha de 1.000 personas.
En Gálata se respira la tensión previa a la batalla. Por todas partes hay chicos y chicas sentados con su casco, su mascarilla y su botella de agua o de leche para aliviar los efectos del gas pimienta. La gente empieza a subir hacia Istiklal, pero un cuarto de hora después bajan en masa mientras se escuchan disparos al fondo. Junto al Cuerno de Oro los manifestantes han cortado la calle y las vías del tranvía. Y en Kemeralti, la avenida que bordea el Bósforo, también hay botes de humo y cargas. La sensación de que la revuelta se extiende por toda la ciudad y que acabará siendo incontrolable no se puede evitar.
Es otra de las cosas de las que me doy cuenta con sorpresa. En Turquía, o al menos en Estambul, los manifestantes sí son el 99%. No sólo porque integran a personas de sensibilidades e ideologías diferentes. También lo ves al pasar en manifestación junto a una estación y escuchar a los viajeros que esperan cómo aplauden y corean consignas. Y al ver a una banda de rock en un bar intercalar eslóganes antigubernamentales en medio del concierto, jaleados por el público.
Aunque lo del 99% quizá sea exagerado. Al menos habría que excluir a los simpatizantes del AKP, el partido en el poder, que se agolpan esperando el ferry tras acabar un mitin. Los chapulus (saqueadores o alborotadores), que es como llama Tayyip a los manifestantes, que regresan tras haber sido perseguidos, golpeados y gaseados por la policía, se los encuentran de frente, con sus banderas naranjas y su actitud provocativa. Y la chispa no tarda en saltar. “Tayyip, istifa, Tayyip istifa”, les grita una mujer, secundada por algunos compañeros con tono y gestos más agresivos. Los del AKP se ponen chulos, aunque están en una desventaja de cinco a uno, sabedores de que las fuerzas del régimen les protegen. Vuelan palos y se encienden bengalas, pero al final el ferry llega, los militantes de Tayyip, incluida una señora con burka, suben al barco y se marchan increpados por los chapulus. La última lección: en España los que votan a los partidos que están arruinando a los trabajadores y nos están amargando la vida se pasean tranquilamente, ufanándose incluso de ello… Turquía es parecida, pero diferente.
sábado, 11 de mayo de 2013
12-M, 15-M, año II (y bajando)
En los primeros días, la acampada creció como los hongos: 25.000 personas en Sol la víspera de las elecciones del 22-M, tiendas y más tiendas de campaña, puestos de información, comisiones de todo tipo… Recuerdo estar en Sol y sentirme unido por un nexo invisible a mis admirados egipcios de la Plaza Tahrir, luchadores como nosotros, en Twitter y en la calle, contra un sistema esencialmente injusto.
Pasaron los días y a alguien/algunas se les ocurrió trasladar la asamblea de Sol a los pueblos y los barrios. La idea sonaba bien: multiplicar los focos de la revuelta y acercarla a la vida y al espacio cotidiano de los ciudadanos. Se apostó por un modelo horizontal, sin líderes ni representantes, como mucho moderadores y portavoces. Si nuestro deber era combatir al poder, también bien: al menos parecía coherente renunciar a la estructura de organización política que denunciábamos. Y, además, se decidió que las decisiones de las asambleas se tomarían por consenso: ya que la voluntad del luego llamado Movimiento 15-M era representar a la ciudadanía en su conjunto, había que integrar el máximo de opiniones y sensibilidades posible. Los cojones.
Han transcurrido casi dos años. España no es Egipto (aunque la revolución egipcia tampoco ha salido del todo bien), ni Sol ha sido Tahrir. Donde había 25.000 personas hoy no dejan ni poner un puesto de información. Las famosas asambleas de barrios, con 500 personas en las primeras semanas, hoy reúnen, con suerte, a medio centenar. Muchas han desaparecido y otras son prácticamente un club de amiguetes que se reúnen para charlar de lo mal que va todo y lo guays que son ellos, con una mínima repercusión en el barrio o el pueblo que les rodea (Alcorcón, for example). Las pocas que funcionan (en Madrid, Tetuán, Lavapiés, Usera o Arganzuela) pelean contra la fuga de simpatizantes y las disputas internas. El “No les votes” y el “No nos representan” vinieron seguidos del triunfo arrollador del PP en las elecciones municipales, autonómicas y generales, y el ascenso de partidos ultrapopulistas como UPyD.
El 15-M, reducido a un movimiento casi anecdótico (ni siquiera fue capaz de convocar sus propias manifestaciones el 1º de Mayo), prepara su segundo aniversario como un medio de recuperar el impacto y la capacidad de convocatoria perdidas. Tarea, a mi juicio, muy difícil.
Es difícil movilizar al personal cuando las reivindicaciones son inconcretas y etéreas, cuando no directamente desconectadas de los problemas de la gente. Una Comisión de Amor no puede resolver ningún problema social; como mucho resolvería problemas individuales y para eso se basta cada individuo.
La obsesión por alcanzar el consenso a toda costa, por promover propuestas que puedan ser aceptadas por todo el mundo, es esencialmente imposible. Cada persona tiene sus propios intereses y puntos de vista. Algunos podemos renunciar a una parte de los mismos en beneficio de un proyecto común, pero ¿qué algunos? Aunque parezca mentira, hay a quien le va muy bien con el sistema actual, incluso con la crisis. ¿Qué banquero, especulador, político o millonario querría consensuar nada con los que quieren desmontar el sistema que los ha hecho ricos y poderosos? Idealistas e imbéciles aparte, ninguno. Y no sólo los poderosos. Basta con mirar cualquier foro de medios de comunicación como El Mundo para observar el cariño que se profesa a los miembros del 15-M. “Perroflautas”, “vagos”, “malolientes”, “rojos”, “sociatas” son los calificativos que nos dedican, entre petición y petición a Cristina Cifuentes para que saque a sus txakurras a la calle y nos den de hostias. ¿Qué consenso vamos a alcanzar con esa gente? Yo, desde luego, no pienso llegar a ninguno.
Perdido en la confusión sobre el fondo -¿reiniciar el sistema o instalar uno nuevo?, ¿defender lo público o lo colectivo?-, el 15-M se hace intransigente en las formas. No se puede insultar a los que nos machacan, no se puede aplaudir, no se puede llevar banderas, no se puede beber cervezas en las manis… Si, como decía Raoul Vaneigem, el aburrimiento es contrarrevolucionario, entonces el 15-M nunca hará la revolución porque, batucadas aparte, es un muermo total. Da igual lo buenas que sean tus propuestas porque te encontrarás con manos cruzadas si te olvidas de hablar en femenino. La vía del conflicto está completamente descartada. Ni hablar de violencia, aunque sea en defensa propia, confundiendo así la legitimidad de los medios con la de los fines. Con una obsesión por el qué dirán propia de viejas de pueblo y pequeños burgueses, los gurús de las asambleas nos impiden ser nosotr@s mism@s para que las mentes bienpensantes no se molesten. Como si el discurso de la caverna no estuviera ya prefigurado.
Visto lo visto, no me sorprende que el movimiento que hace dos años presagiaba una primavera española haya quedado en unos centenares de hippies entregados al onanismo pseudorrevolucionario y unas decenas de resistentes dignos de toda mi admiración. Las manos agitadas al aire no han detenido los recortes, las páginas de Facebook y los hashtags no asustan a los bancos y la troika se mofa de las pancartas floreadas y los repeniques. No sirve para nada y encima ya no nos divertimos.
Menos es nada, sin embargo, y al menos el 15-M ha servido de paraguas, enganche e hilo conductor a otros movimientos más concretos –y por qué no decirlo, más combativos-: mareas, afectados por la hipoteca, Detengamos Eurovegas… Aun así, me sigue asombrando el pavor que despierta entre las filas del PPSOE. Cristina Cifuentes sigue obsesionada con los infiltrados de la “izquierda radical” y Beatriz Talegón, entre la hoz y el Martini, proclama paranoicamente que detrás del movimiento se encuentra la derecha. Quizás el 15-M no esté tan mal, después de todo, y por lo menos sirva para meter miedo a los de arriba, poco fundado eso sí. A lo mejor el 12-M me acerco a la mani, aunque sólo sea para gritar unas consignas ocurrentes antes de plantearme que si queremos seguir recibiendo atención sanitaria, un sueldo digno por trabajar y una pensión dentro de 30 años, deberíamos pensar en tomar otro camino.
sábado, 25 de febrero de 2012
Izquierda, sindicatos y 15-M: divide y vencerás

Se hablaba en la manifestación del 19 de febrero contra la reforma laboral del PP de la conveniencia de que el Movimiento 15-M hubiera acudido en un “bloque crítico”. Una especie de manifestación aparte, con el mismo recorrido y objetivo que la principal, pero con pancartas y eslóganes diferentes, además de una separación física entre una marcha y otra que dejara bien a las claras la diferencia entre el movimiento y los sindicatos mayoritarios.
Defendían los impulsores del “bloque crítico” que, ante el desprestigio de CC OO y UGT, ir de la mano con ellos supondría dar munición a los que esperan con la escopeta cargada cada paso en falso del 15-M, que ir juntos pero no revueltos se vería como un signo de que hay una alternativa en la lucha por los derechos de los trabajadores y tal.
Pues bien, esos que no desde mayo del año pasado, sino desde siempre, han azuzado la desconfianza o el odio a todo movimiento subversivo en general, lo vieron de otro modo. La Gaceta titulaba el lunes “Enfrentamiento entre 15-M y sindicatos”. Los abucheos en Sol a los discursos de los dirigentes de Comisiones Obreras y UGT y el huevo que un perroflauta arrojó a Cándido Méndez eran motivo suficiente para escribir “los indignados, como todos, también creen que los sindicatos no representan a nadie”. Incluso los ya clásicos “no nos representan” y “toma la calle” fueron utilizados en una contramanifestación contra CC OO y UGT en Twitter. Los trabajadores contra los sindicatos. El sueño húmedo de todo empresario.
Cierto es que en los años 90, después de tres huelgas generales contra el Gobierno del PSOE, Felipe González tuvo la astuta idea de poner en manos de los sindicatos de clase los ingentes fondos que llegaban de la UE para “promover las políticas de formación en el empleo” (esos cursos del INEM que hacemos cuando estamos en el paro y que no sirven para nada más que para hacer colegas y pasar el rato fuera de casa, dicho en buen romance). Tanta generosidad, es cierto, tenía su efecto perverso: si CC OO y UGT se ponían demasiado revoltosos, el Estado podía dejar de soltar la gallina. Cierto es también que las dos centrales mayoritarias pactaron la reforma del PP de 1997, que avanzaba –como todas- en el desmontaje del sistema de derechos de los trabajadores. Cierto es, por tanto, que se han ganado a pulso la pérdida de confianza de la clase obrera de este Estado, pero…
Pero CC OO y UGT suman dos millones y medio de afiliados, poseen una capacidad de convocatoria y de organización que para sí quisieran IU o el propio 15-M, tienen una experiencia de lucha de 120 años una y 55 la otra y, sobre todo, les guste o no, los empresarios y el Gobierno tienen que vérselas con ellos a la hora de remodelar el mapa social español.
Sobre lo primero, dudo mucho que los 2.500.000 sindicalistas estén untados o sean por esencia traidores a la causa obrera (Esperanza Aguirre dice lo contrario, pero yo no me lo creo). Igual que el pueblo no coincide exactamente con la política de sus dirigentes, en el caso de los sindicatos sucede algo parecido. Cierto es que puedes darte de baja, abandonar la vía sindical e ir por libre; así, tú solo, podrás enfrentarte en mejores condiciones al empresario (modo Ironía: activado). En cuanto a lo segundo, la experiencia es un grado, otra cosa es que la dilapiden. Y respecto a lo tercero, dos huelgas generales convocadas por los sindicatos y miles de personas en la calle pararon las reformas laborales de 1988 y 2002, mientras que de IU se ríe todo el mundo en el Congreso y a los indignados no nos hicieron ni puto caso cuando éramos 25.000 en Sol, mucho menos ahora, con 30 personas en una asambleílla de barrio.
Podemos ir de guays, decir que los indignados somos los únicos puros, los únicos que defendemos a los ciudadanos y a los trabajadores. Pero no es así. También hay sindicalistas que lo hacen, dándose de hostias en los comités y currándoselo en encierros y manifestaciones que no salen en la prensa. Ellos no son el enemigo y, mientras nuestros intereses y caminos sean convergentes deberíamos ir junto a ellos. Sin dejarnos embaucar por Méndez y Toxo, sí; promoviendo la crítica dentro de los propios sindicatos, también; sin renunciar a nuestra identidad y a nuestro modo de organización, naturalmente; conservando un discurso propio (vb. huelga general), por supuesto. Pero confundirnos de enemigo es un error. Pedir que los representantes sindicales abandonen el consejo de administración de Bankia es dejarlo en manos de los profesionales de la rapiña y los políticos corruptos. Decir que no nos representan es ceder esa parte de representación a los empresarios que nos explotan. Y, sobre todo, dirigir nuestra ira contra otros sectores de la izquierda es precisamente lo que el Gobierno, el PP, los empresarios, la banca y sus sicarios mediáticos esperan. Divide y vencerás.
viernes, 30 de diciembre de 2011
Enpatiaren jukutri handia (El gran timo de la empatía)

Desde pequeños, a los habitantes del mundo occidental, influido en mayor o menor medida por la religión judeo cristiana, nos inculcan una serie de valores que se pretenden universales: el respeto a la vida, el amor al prójimo, la fuerza de la verdad… A medida que las sociedades, y sus individuos, van evolucionando, suelen perder parte o todo de ese sentido religioso de la existencia, pero ese corpus doctrinario deja su poso, y rara vez permite el cambio a nuevos valores. Los conceptos del bien y del mal aprendidos durante nuestra infancia quedan para siempre, y como mucho cambian de nombre, aunque el sustrato permanezca.
Uno de esos valores es el cacareado amor al prójimo. “Amaos los unos a los otros”, dijo Jesucristo, y nosotros nos lo creímos. Los que abandonaron el cristianismo le dieron otros nombres, pero la idea sigue siendo la misma. Fraternidad universal, solidaridad y uno que está muy de moda: empatía. Según el diccionario, la empatía es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro. De entrada, la cosa suena muy bien. Comprender cómo se siente una persona, cómo piensa y cómo reacciona, tener en cuenta sus sentimientos a la hora de actuar porque su sufrimiento también será el nuestro (aunque en menor medida) y su felicidad también redundará en la nuestra (indirectamente). Tan bien suena que, como digo, se ha puesto de moda. La lengua popular, la música, el cine y la literatura están plagados de referencias al concepto: ponte en mi lugar, caminar con los zapatos de otro, etcétera.
Como tantas otras cosas, todo esto sería maravilloso si fuera verdad. Pero no lo es. La tan cacareada empatía es más bien un timo. Por dos motivos.
El primero es la ley del embudo. Consistente en distribuir asimétricamente los beneficios y los inconvenientes de una idea o de una acción, a favor de los intereses de uno mismo, claro está. La mayoría de los que se llenan la boca hablando de empatía pretenden que los demás tengan en cuenta sus sentimientos cuando interactúan con ellos, que no les ofendan, que no les hagan daño. Hasta ahí, genial; todos queremos eso. El problema llega cuando los paladines de la dama empatía tienen que elegir su comportamiento para con los que le rodean. En ese momento, la empatía regresa al mundo de las ideas y deja el campo libre a la grosería, a la falta de respeto, a la agresión, a las puñaladas traperas. La empatía mola cuando sirve para exigir consideración para uno, pero resulta un estorbo a la hora de actuar, pues supone un límite a los arrebatos, los caprichos y los intereses de cada cual; así que nada más fácil que practicar la empatía asimétrica: la exijo para mí y me la paso por el forro cuando ofendo y maltrato a los demás.
El segundo problema es el abuso. A pesar de lo anterior, algunos seres humanos creen verdaderamente en el valor de la empatía, en tener en cuenta el estado anímico de los demás aparte del propio. Intentan comportarse de manera que los que le rodean se sientan un poco mejor, o simplemente no hacer su vida más difícil de lo que ya es. En principio, esto debería redundar en el agradecimiento y el cariño de sus congéneres y, ya más utópicamente, en una extensión del pensamiento empático que nos haría la vida un poco más agradable a todos. Pero como decía el tío Nietzsche, no hay ninguna acción buena que quede sin castigo. Parece que la reacción natural ante una persona empática es tomarla por gilipollas, interpretar su fraternidad como estupidez, su comprensión y respeto por los sentimientos ajenos como minusvalía de los propios. Las personas empáticas son consideradas personas débiles, y los que basan su poder en el daño que causan a los demás encuentran presa fácil en estas personas. Es muy fácil, demasiado fácil, maltratar a alguien sin importar cómo se sentirá después, sabiendo que ese alguien no hará lo mismo, pues su sensibilidad ante el dolor ajeno le limita para dañar a otro ser humano. Y si en un arranque de dignidad o simple instinto de supervivencia respondiera a la agresión, ya se le acusará de falta de empatía.
Así se perpetúan la injusticia y el sufrimiento, con unos fuertes que machacan a los débiles, empleando un concepto esencialmente maravilloso como instrumento de dominación. No debería ser así, sería genial que todos valoráramos el alma ajena, aunque no fuera tanto como la propia. Pero el mundo real no funciona así, la empatía omnidireccional es rara, como la bidireccional, y tenemos en su lugar una lucha constante a navajazos en el que pensar en el otro es un suicidio, pues a ese otro le importará bien poco nuestro interior cuando de imponer su interés o su mero capricho se trate. La empatía no evita el sufrimiento ajeno, simplemente lo concentra en unos cuantos pringados, entre los que me incluyo (o incluía). Lo dicho, un timo.sábado, 19 de noviembre de 2011
Macumba o muerte

Un explorador va por la selva y de repente se encuentra a un negro con una lanza. El negro le apunta amenazador y le pregunta: “¿Macumba o muerte?”. El tío no sabe qué es la macumba, pero supone que será mejor que la muerte, así que responde: “Macumba”. El negro le baja los pantalones, le da la vuelta y le sodomiza a gusto. El explorador reemprende su camino, un poco escocido y al loro de no encontrarse con más negros, pero detrás de un árbol le salen al paso diez negros. El jefe le apunta con la lanza y le pregunta: “¿Macumba o muerte?”. El tío se acuerda de su anterior experiencia sexual y dice: “¡Muerte!”. El negro se le queda mirando y le responde: “Bueno, pero antes un poquito de macumba, ¿eh?”.
Esto es un chiste, aunque en blog pierde mucho. En cambio, lo de mañana, aunque se parece bastante al dilema del explorador, no tiene ninguna gracia. Según la mayoría de los medios, y de la gente de la calle, tenemos que elegir impepinablemente entre dos únicas opciones, a cual peor. La una, Rubalcaba, consiste en que nos den por el culo como ya nos han dado en los tres últimos años con el Gobierno del PSOE del que Rubalcaba –no lo olvidemos- era vicepresidente. La otra, Rajoy, consiste en que liquiden definitivamente los derechos sociales que tanto les costó a nuestros padres y abuelos conseguir. ¿Rubalcaba o Rajoy? ¿Macumba o muerte?
Habrá quien diga que, ante esta disyuntiva, se quedará en casa y no irá a votar. Lo que haría el explorador si se negara a contestar, vamos. Pero, ¿alguien cree que, ante su silencio, los negros le dejarían ir alegremente? ¿Alguien cree que dedicar el día de mañana a rascarnos alegremente la parte de nuestra anatomía que prefiramos servirá de algo? ¿El vencedor de los comicios cambiará sus políticas o los diputados renunciarán a sus actas por ilegítimas si mañana hubiera un 60% de abstención? Todas estas son preguntas retóricas, naturalmente; yo al menos estoy convencido de que la respuesta es no.
¿Qué hacer, entonces? Cada uno, lo que le dé la gana, claro está. El que quiera, que vote en blanco. Así subirá el listón mínimo para que los partidos minoritarios puedan entrar en el reparto de escaños, haciendo aún más injusta la Ley D’Hont. El que considere más conveniente votar nulo puede meter fotos de Merkel, participaciones de Standard & Poor’s o un papel manchado de chorizo; al fin y al cabo, su valor es anecdótico.
También se puede votar a un partido de los llamados pequeños, en función del más afín a las ideas de cada uno (IU, Amaiur, FAC, Equo…). Si la idea cunde, habría más partidos diferentes con pocos escaños en el Congreso, que defenderían posturas distintas a las de los componentes del bipartidismo. No habría mayorías absolutas (que todos sabemos que se convierten en cheques en blanco vía rodillo parlamentario) y la vida parlamentaria se volvería más inestable, lo que dejaría más puertas abiertas a la participación del pueblo en la política. Los regímenes más estables son las dictaduras, pero también en los que hay menos libertad.
No obstante, siempre he defendido que la política es, o debería ser, mucho más que elegir a nuestros amos cada cuatro años. Las elecciones de mañana son un acto político, sí, pero también lo son una manifestación, una huelga, una asamblea o un referéndum. Si no nos volvemos a ocupar de la política y de los políticos durante los siguientes 48 meses, ellos se ocuparán de nosotros, y no para defender nuestros intereses, sino los suyos y los de los mercados. La participación política es mucho más que las migajas que nos dejan periódicamente. Nos corresponde a nosotros reclamar y defender nuestros derechos todos los días, independientemente de lo que digan los 350 prebostes del Congreso. Yo no quiero muerte, pero tampoco quiero macumba.miércoles, 16 de noviembre de 2011
¡Vivan las mujeres de verdad (para siempre)!

Llega noviembre, mes de nostalgia, cuando no de pena. Pero como este octubre no ha acontecido nada que me hiciera llorar, parece que este año tocan recuerdos de tiempos mejores.
De entre todos los noviembres de mi vida, el más bello (y a la vez, el más doloroso) es el de 2003, cuando compartí una parte infinitesimal pero importantísima de mi vida con la persona más maravillosa que he conocido jamás. Han pasado ocho años de aquello; que siga recordándolo y que este recuerdo me siga pinchando en el alma dice mucho de lo que sentí y de por quién lo sentí.
Podría haber escrito este post el año pasado, o el anterior, pero hoy esa persona cumple 30 años; abandona la gloriosa veintena, cuyos comienzos tuve el placer de conocer, y se adentra en el inquietante mundo de los treintañeros, en el que la vida ya es de verdad, en el que las decisiones que tomábamos más o menos inconscientemente, más o menos forzados por las circunstancias, 10 años antes ya tienen consecuencias y, a veces, carecen de marcha atrás.
El tiempo y las circunstancias (y mis errores) se encargaron de separarnos quizás para siempre. Pero mis sentimientos permanecen en parte, una parte que dudo que llegue a desaparecer nunca. El agradecimiento por todo lo que me aportó, por todas las sonrisas que me regaló, por lo feliz que me hizo no se desvanece en el torbellino posmoderno en el que todo se pudre tan deprisa.
Puede que nunca leas estas líneas, mi amor –de hecho, me faltará valor para enviarte ni siquiera un link a esta absurda declaración de pasión pública-, pero pese a todo, pese al paso del tiempo, pese a las diferencias, pese a que no he vuelto a escuchar a HIM, pese a que cada cual siguió su camino, caminos que nunca se volvieron a cruzar, te sigo queriendo; quizás porque seas la única persona digna de amor que he conocido, la única mujer de verdad; quizás porque sólo tú pudiste hacerme sentir como si, por fin y después de tanto llamar, las puertas del cielo se hubieran abierto. Ojalá la vida te conceda toda la felicidad que te mereces, que es mucha.
sábado, 22 de octubre de 2011
Gadafi ya no es nuestro hijo de puta
Corría el año 1969 cuando un grupo de jóvenes oficiales deponía al rey Idris y establecía una república socialista y panarabista en Libia. El nuevo régimen, liderado por el coronel Muammar al-Gadafi, pretendía luchar contra el subdesarrollo y los restos del colonialismo y el racismo en África y el mundo árabe.
Tales intenciones, claro está, nunca fueron del agrado de las potencias occidentales. Mientras Gadafi limitó su discurso a Libia, todo se mantuvo dentro de los límites de lo aceptable. Pero cuando intentó extender este planteamiento, apoyando a grupos terroristas de Palestina, Irán y Líbano, las cosas se pusieron feas. Tras el atentado contra la discoteca La Belle de Berlín –en el que murió un soldado estadounidense-, aviones de la OTAN, enviados por el presidente de los EE UU, Ronald Reagan, bombardearon Libia en 1986, matando a decenas de personas, entre ellas una hija de Gadafi. En respuesta, terroristas libios hicieron estallar en pleno vuelo un avión de la Pan Am en Lockerbie dos años después. Murieron 270 pasajeros. La llamada “comunidad internacional” reaccionó con sanciones y embargos, y el conflicto se fue enquistando.
Así estaban las cosas cuando, al cabo de 10 años, Gadafi, harto de figurar en las listas de enemigos públicos del mundo libre, decidió cambiar de bando. No tenía más que mirar a sátrapas del mundo árabe como Mohamed VI, el rey Fahd o Hosni Mubarak, que tiranizaban tan panchos a sus pueblos, sumiéndolos en la miseria a la par que se enriquecían, mientras las potencias occidentales, sus aliadas, miraban para otro lado. Si ellos hacen eso, ¿por qué me persiguen a mí?, debió de preguntarse Gadafi.
La clave estaba en situarse en el bando correcto, y eso hizo. Reconoció su responsabilidad en el atentado de Lockerbie. Subcontrató sus cárceles con la CIA para que enviara allí (en vuelos secretos vía España) a los detenidos de la guerra contra el terror, los encerrara y los torturara a gusto, sin que los defensores de los derechos humanos metieran la nariz como en Guantánamo. Firmó contratos millonarios con las petroleras Total y Eni. Contribuyó generosamente a las campañas de Sarkozy y Berlusconi. Plantó su jaima en El Pardo y se hizo fotos amistosas con Aznar, el rey de España y Zapatero. En 2008 acudió a una cumbre del G-8, invitado por Barack Obama. Incluso su hijo futbolista Saadi llegó a jugar en la Sampdoria. De apestado a colega en una década. No había cambiado nada en Libia, pero de repente Gadafi ya no era tan malo; al fin y al cabo, se había juntado con los buenos. Seguiría siendo un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta, pensó Occidente. Los discursos en pos de la liberación del mundo árabe se habían quedado en palabrería sin sustancia, pero el Coronel dormía más tranquilo (y más rico).
El mundo se fue olvidando de Gadafi, salvo cuando aparecía con su exótica troupe y la correspondiente puesta en escena en alguna capital europea. De vez en cuando se le tachaba de dictador, aunque nunca se recordaba que Libia es el país de África con el mayor índice de desarrollo humano (0,755, frente al 0,261 de Níger), que su renta per cápita supera los 10.000 dólares (no muy mal distribuidos, a juzgar por el citado IDH) y que la esperanza de vida de un libio está en 77 años, inimaginables para un ruandés o un congoleño, a no ser que se trate de un señor de la guerra y del coltán.
Y en esas estábamos cuando, a principios de año, estalló la Primavera Árabe. Los súbditos de los sátrapas anteriormente mencionados se hartaron de sufrir miseria y se alzaron contra sus regímenes http://kolowa.blogspot.com/2011/02/tunez-egipto-se-acabo-el-fin-de-la.html. Las revueltas prendieron en Túnez y Egipto, fracasaron en Bahrein y Yemen y tuvieron escaso impacto en Marruecos o Jordania. Y estallaron en Libia, pero con una particularidad: los que se alzaron contra Gadafi no eran jóvenes urbanos hartos de no tener futuro, sino milicias tribales del Este del país. No usaban sus voces y sus cuerpos para derrocar al Gobierno, sino lanzamisiles y armas automáticas. En los medios europeos se le llamaba revuelta, al olor de las de Túnez, pero tenía más pinta de guerra civil entre facciones armadas, con el objetivo de lograr el poder en un país con ingentes reservas de gas natural y petróleo.
Y hete aquí que la OTAN intervino. Contra Gadafi, como 25 años antes. Con el argumento de defender a un pueblo indefenso del tirano que lo estaba masacrando por defender sus derechos y libertades, la Alianza, capitaneada esta vez por Francia e Italia, los hasta ayer socios del Coronel, envió barcos, aviones y tropas para ayudar a “los rebeldes”. Sin contar con las armas de todo tipo y el dinero que suministró a las milicias de Bengasi, erigidas en Consejo Nacional de Transición. Curiosamente, los pueblos que se rebelaban contra sus Gobiernos en otros países del mundo –la mayoría de ellos, con bastantes motivos y mucho menos que perder- no merecían la misma consideración.
En la operación se cepillaron a unos cuantos civiles, de esos a los que pretendían salvar, pero ya saben: eso son daños colaterales. Tiro a tiro, y bombardeo a bombardeo, los gadafistas fueron perdiendo terreno hasta la huida final, y a Gadafi le liquidaron en un túnel de Sirte, ante el alborozo de la comunidad internacional, esa que suelta lágrimas de cocodrilo por el encarcelamiento de un corrupto escultor chino, sin ir más lejos.
Ahora los libios se preparan para una nueva era, bajo una bandera que ya no es verde. Y bajo un nuevo régimen que ya no será islámico, sino islamista. El anuncio de la Constitución que está preparando el CNT habla de la sharia como fuente de derecho y su presidente, Mustafa Abdulyalli, ya se ha encargado de advertir de que “cualquier ley que contradiga los principios del islam es nula a todos los efectos”. Si el pueblo libio se había hecho a la idea de vivir en un país como Francia o Italia (bunga-bunga incluido), quizás hagan mejor en fijarse en Pakistán o Arabia Saudí. Y nosotros también. La idea de armar y financiar a unos grupos tribales que abrazan el fundamentalismo islámico en cuanto alcanzan el poder ya la tuvo EE UU en los 80 en Afganistán, con los resultados conocidos. Y ahora parece que se repite la historia.
