domingo, 17 de julio de 2011

Rebelión en la plaza: todo el poder para las comisiones


Soplaron vientos de cambio el 15 de mayo. Y el 16. Y el 17. Y así hasta el 21, víspera de las elecciones municipales, cuando miles de personas nos congregamos en la Puerta del Sol y otras plazas del país para reclamar una democracia de verdad, no de pastel, y una solución justa a la crisis. Pasaron las elecciones, pasó el boom de los indignados, y nos conjuramos para que la Primavera española (en su doble acepción) no quedara en agua de borrajas.
Ya que parecía inevitable levantar la acampada de Sol, se decidió trasladar el movimiento a los barrios, tomar las plazas, debatir en asambleas populares los problemas concretos y cotidianos de cada localidad. ¡Todo el poder para los barrios!, parecíamos decir.
Al principio todo fue bien. Centenares de personas se reunían, plenas de ilusión y de ganas por cambiar las cosas, en la plaza más importante de cada pueblo, de cada barrio. Se empezaron a debatir cuestiones que podían mejorar la gran política del país y la vida cotidiana de la ciudad, se sentaron las bases de una organización mínima para empezar a funcionar y construir, sin prisa, pero sin pausa, una sociedad mejor. Actos como las caceroladas en la toma de posesión del nuevo alcalde o la marcha del 19-J hacían pensar que el movimiento del 15-M era una bola de nieve que nada ni nadie podía parar.
Han pasado dos meses. Hoy es 15 de julio. Puede que 60 días no sean nada, pero dan para cambiar muchas cosas. Y en este caso, a mi juicio, para peor. Al menos en Alcorcón, las asambleas se han convertido en un hecho anecdótico y minoritario. Por afluencia –cada vez somos menos los que asistimos, rozando escasamente el centenar-, por influencia –nuestras propuestas y acciones prácticamente no tienen impacto en el tejido social, al que pertenecemos y al que nos debemos- y por relevancia. Las asambleas han perdido fuerza; han pasado a ser una especie de reunión informativa en la que un representante de cada comisión –información, legal, plenos…- da cuenta de sus actividades a lo largo de la semana y los demás, en lugar de dar palmas, cual congreso cubano, agitamos nuestras manos. Todo asunto relevante que aparece pasa automáticamente a manos de las comisiones, formadas por un número aún más pequeño de asambleístas -horarios de trabajo (en mi caso), responsabilidades familiares o simple pereza disuaden al personal de participar en los grupos que se reúnen entre semana a las 7-8 de la tarde-.
En Atenas, la multitud ocupa las plazas principales para defenderse de la que está cayendo –
pensionazos, despidos, privatizaciones, ahora copagos-; en El Cairo, el pueblo vuelve a Tahrir para impedir que les escamoteen los resultados de la revolución de febrero. Aquí nos reunimos un rato los sábados por la mañana para hablar de lo mal que está todo, y poco más. La revolución está deviniendo en pasatiempo para gente que no tiene otra cosa mejor que hacer, que quiere tranquilizar a una conciencia gruñona que le reprocha que nunca hace nada para cambiar el mundo o que pretende disfrazar ante sus colegas su mediocre condición pequeñoburguesa.
Reconozco que los griegos, con sus huelgas y sus algaradas en la plaza Syntagma, han conseguido lo mismo que nosotros: casi nada. Pero, sinceramente, la respuesta a las agresiones que está sufriendo el pueblo por parte de los poderes político y económico me parece floja. Puede ser que todavía estemos en fase embrionaria, que hoy nuestra fuerza se limite a parar desahucios pero mañana seamos capaces de parar planes de rescate, que esto vaya a más sin prisa, pero sin pausa. Pero mi sensación es la contraria: que el movimiento que parecía imparable el 21 de mayo se está agotando, dirigiéndose cada vez más hacia sí mismo. De trascendente se convierte en inmanente, autorefiriéndose y quedándose en el propio movimiento, sin ir más allá.
Ojalá me equivoque. Ojalá el próximo 23 de julio, cuando las columnas de todo el Estado converjan en Madrid, volvamos a salir miles de personas a la calle. Ojalá el tejido asociativo que ha estado resistiendo en la sombra durante años, los vecinos, los inmigrantes, se sumen a un movimiento que es, o debería ser, de todos. Nada me haría más feliz que escribir un contrapost diciendo que estaba equivocado. Porque nada jodería más a los de arriba que ver que la revolución española, esta vez, no acaba como la Transición o como
Rebelión en la granja.

miércoles, 25 de mayo de 2011

'Spanish Revolution'... ¿seguiremos adelante?


E

Escribo estas líneas con resaca de las elecciones y de la previa concentración en Sol. De las primeras, poco hay que hablar. Se esperaba la debacle del PSOE, y ha sucedido. Se pronosticaba que el PP arrasaría, y ha arrasado. Se vaticinaba un ascenso de los partidos políticos minoritarios, y así ha sido. Hasta aquí, nada nuevo. Pero la política no consiste sólo en unas elecciones cada cuatro años. Veamos.

A primeros de mayo, empezaban a circular por Internet mensajes y e-mails convocando a una concentración por la “democracia real” el 15 de mayo. A pesar de su inicial intención “apolítica”, ampliamente criticada, miles de personas se manifestaron en Madrid con reclamaciones muy políticas: un sistema electoral más participativo, eliminación de los privilegios de los gobernantes, más control popular sobre las cuestiones públicas.

Lo demás es conocido: acampada, desalojo policial y una nueva acampada que fue creciendo y atrayendo a más simpatizantes hasta los 25.000 concentrados del viernes y el sábado pasados. ¿Sirve de algo?, pregunta la gente. De momento, para que no nos tomen por gilipollas, pienso yo. Después de 20 años de precarización progresiva, de inflación encubierta, de recorte de derechos, de falta de participación democrática, el personal estaba más parado que nunca. ¿Cómo no nos las iban a seguir colando? Los derechos no se regalan, se conquistan; y si no los defiendes, te los quitan, visto está.

Las concentraciones y acampadas de la Puerta del Sol y otras plazas del Estado han vuelto a colocar la política en la agenda del común de los ciudadanos. Hacía muchos, muchos años que no oía hablar de política en la calle, en el Metro, en el supermercado. Los privilegios de la clase política, los perjuicios que sufre el pueblo merced a sus dictados y la necesidad de cambios han desbancado a las chorradas de Mourinho y los cotilleos de Salvame en el Top 5 de los temas de conversación. Sólo por eso habría merecido la pena.

En enero, en febrero, tunecinos y egipcios despertaban la admiración y la envidia de los que no nos conformamos con un presente precario y un futuro miserable. Ellos se han atrevido a pelear por sus derechos, pero aquí nadie se mueve, nos lamentábamos. Ahora se ha vuelto la tortilla. Ahora los madrileños y el resto de ciudadanos del Estado volvemos a ser un ejemplo para el mundo. Si en el 36 fuimos la vanguardia de la lucha contra el fascismo, en 2011 nos hemos convertido en la vanguardia de la lucha contra el capitalismo salvaje y la democracia de pastel.

Somos antisistema, sí, como lo fueron los ilustrados y los sans-culottes que acabaron con el Antiguo Régimen; como las sufragistas y como Sacco y Vanzetti, que extendieron los derechos y las libertades al grueso de los habitantes de EE.UU. Si un sistema es injusto, nuestra obligación moral (y lo que nos interesa) es cambiarlo.

Pero esto no acaba aquí. Dar un aldabonazo en Sol y llamar al voto a los partidos minoritarios son acciones importantes, pero simbólicas. Es el momento de extender las movilizaciones y plantear propuestas concretas. Las primeras (eliminación de privilegios de la clase política, lucha contra el empleo precario, derecho a la vivienda, defensa de los servicios públicos, control a los bancos, fiscalidad más justa, democracia participativa, más libertades ciudadanas y reducción del gasto militar) suponen un giro de 180 grados en la tendencia político-económica de las últimas dos décadas. Digan lo que digan los tertulianos-de-bar de RNE, los jóvenes de 2011 vivimos mucho peor que los de hace 20 años. De nosotros depende que nuestros hijos no tengan que decir lo mismo.


Dedicado a tod@s l@s que creyeron en la fuerza de la movilización popular desde el primer día, antes de que se pusiera de moda y todo dios se subiera al carro.

jueves, 24 de febrero de 2011

Túnez, Egipto… ¿Se acabó el fin de la Historia?


Durante 20 años, nos habíamos resignado a lo que Francis Fukuyama definió en 1986 como “el fin de la Historia”. Tras la caída de los regímenes socialistas del Este de Europa, el capitalismo quedaba como vencedor de la partida ideológica que se había venido jugando en el mundo desde principios del siglo XX. Ya no había alternativas, ya no había antítesis, ya no había posibilidad de cambio, ni evolución, ni revolución, ni hostias. Bueno, hostias sí, pero eso eran guerras periféricas: Congo, Chechenia y demás. Sólo había un cómo, el capitalismo en versión acelerada; un dónde, el mundo globalizado; y un cuándo, atemporal y eterno, como indicaba el fin de la Historia.

Han pasado 20 años y, efectivamente, han cambiado pocas cosas. No ha habido alternativas , más allá del surgimiento del movimiento antiglobalizador en la Batalla de Seattle de 1999, y rebeliones esporádicas y muy localizadas como los zapatistas de Chiapas y el Movimiento Sin Tierra brasileño. El único contrapoder al turbocapitalismo globalizado ha sido el fanatismo religioso de Bin Laden y sus congéneres, tan poco liberador o incluso menos que su alternativa ¿laica? occidental.

No ha habido revoluciones, salvo la mal llamada “revolución naranja” de Ucrania, organizada por la CIA para deponer a un mandatario proruso y contrario a la OTAN. Parecía acabado el tiempo de las revoluciones populares, iniciado en París en 1789. Si no había posibilidad de cambio, no quedaba otra salida que resignarse, adaptarse o plantearse una revolución individual y cotidiana que podía cambiar mi vida, pero no el mundo.

En ésas andábamos, con el Departamento de Estado y la Fox dictaminando qué regímenes son democráticos y cuáles no, en qué países el pueblo estaba dignamente representado y en cuáles sufría la tiranía de un Gobierno ilegítimo. Y el pueblo veía, sufría y callaba.

Hasta que llegó Mohamed Buazizi, un joven comerciante tunecino que se quemó a lo bonzo para denunciar los desmanes de la policía. Las llamas prendieron la mecha de la revuelta y un histórico 14 de enero caían el dictador Ben Alí y su régimen, ejemplo de democracia y modernidad para las potencias y los medios europeos durante años. Y esta vez sí, parecía que la revolución no se podía parar. Siguiendo el ejemplo de los tunecinos, un millón de egipcios tomaron la plaza Tahrir para poner fin a la dictadura de Hosni Mubarak, que había regido Egipto bajo un estado de excepción durante 30 años, con el aplauso y el apoyo de Estados Unidos e Israel. Pretendió Mubarak ignorar primero y pasar por encima de los revolucionarios después, pero el poder del pueblo, en esta ocasión, también fue más fuerte que el del tirano, y el hombre que traicionó la herencia de Nasser hubo de huir.

Y Egipto no ha sido la última revolución en el mundo árabe. Yemen, Bahrein, Libia… ¿Marruecos? Una tras otra, las satrapías de Oriente Medio y el Norte de África se tambalean ante el empuje de sus pueblos. Sociedades jóvenes y pobres, pero suficientemente informadas vía Al Yazira e Internet, y ahora concienciadas de que no es inevitable agonizar bajo un régimen despótico. Ellos han tenido la valentía de plantar cara a sus opresores y tomar las riendas de su presente y su futuro. Han demostrado al mundo que las cosas pueden cambiar y que el inamovible fin de la Historia era sólo un paréntesis, un Kit-Kat suministrado por el complejo industrial-mediático.

En Europa, en América, surge la pregunta: ¿y ahora qué? Nos toca a nosotros responder. Decidir si nos quedamos en la mezcla de admiración y envidia hacia tunecinos y egipcios, o si continuamos por la senda abierta por ellos. La Historia no finaliza, empieza ahora. Si los pueblos árabes se enfrentan a los tanques y las balas de regímenes totalitarios, ¿qué no podremos hacer los habitantes del mundo occidental frente a unos Gobiernos sobre los que, en cierta medida, tenemos algún poder? Asumir que el futuro es nuestro, o resignarnos de nuevo.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

PSOE: No logo


Sostiene Naomi Klein (no confundir con Naomi Watts) que las grandes compañías multinacionales han abandonado la venta de productos para dedicarse a comercializar imagen y modos de vida. Propone, frente a este nuevo capitalismo posmaterialista (ahora todo es post, ya sabes), conocer las prácticas productivas de las empresas y actuar en consecuencia.

No obstante, conocer la realidad de la organización que está detrás de una marca es complicado. En realidad, lo único que identifica a esa entidad es ese logo reproducido mil veces en vallas y televisores. Sus fábricas están en tierras lejanas que el común de los mortales no sabe situar en un mapa, sus actividades administrativas y comerciales en Occidente están subcontratadas y nadie sabe muy bien cómo es por dentro la compañía que todos conocemos tan bien por fuera; que para eso está la publicidad, para que nadie ignore qué tenemos que pedir cuando necesitamos un coche, unas zapatillas o una hamburguesa.

Ese mundo irreal de sobregnosis de logos y marcas y absoluto desconocimiento de las empresas que las respaldan funciona muy bien. La manipulación del consumidor, apelando a unos sentimientos y sensaciones identificables con un dibujo sencillo y media docena de letras y negándole la capacidad de análisis racional al escamotearle la información necesaria, crea un mercado cautivo, acrítico y, por lo tanto, dócil.

Tan bien funcionaba el invento de las agencias de publicidad y los departamentos de relaciones públicas, que los partidos políticos decidieron copiar el sistema. Si Adidas vende una imagen diferente a Nike, aunque ambas vendan camisetas similares, ¿por qué nosotros no?, debieron de preguntarse. Al fin y al cabo, un partido político vende valores inmateriales: principios, ideas, ideología. ¿Para qué poner el foco sobre la parte material, sobre las políticas reales? En realidad, las de las grandes formaciones, las que aspiran a gobernar un país, son muy parecidas, hay poco en lo que diferenciarse del rival. Y además, son comprometidas; la realidad no se puede cambiar, la percepción de la realidad sí.

A día de hoy, la diferencia entre los programas y, sobre todo, la actuación real de los principales partidos progresistas y conservadores europeos es escasa. Subordinados a los mercados financieros y diluidos en la anomia política que es marca de la casa posmoderna, unos y otros ejercen de gestores y garantes del statu quo. Si no les diferencia la materia, ¿qué queda? La forma.

En el caso español, el reparto del juego político está claro. Fuerzas minoritarias y nacionalistas al margen, dos grandes formaciones se disputan el poder cada cuatro años. A priori, ambas luchan por seducir a la mayoría del electorado desde posiciones diferentes. El PP hace bandera de los valores conservadores: mercado libre, unidad nacional, defensa de la moral tradicional… El PSOE se erige en quintaesencia del progresismo: defensa de las clases populares, derechos sociales, respeto de la legalidad internacional…

Pero cuando unos y otros llegan al poder, la cosa cambia. Bueno, en el caso del Partido Popular no cambia mucho: privatizaciones, obsesión con el terrorismo, impulso al ladrillo fueron ejes fundamentales de la política de Aznar.

Con el PSOE, la historia ha sido diferente. Llegó al poder en 2004 con un programa que encandiló al ala izquierda del partido, de la que Zapatero se consideraba su máximo exponente, relevando al defenestrado Alfonso Guerra. Su primera legislatura parecía confirmar la imagen de progresismo moderno y vanguardista que desde hacía cuatro años había ido conformando la marca del Partido Socialista, opuesto a los carcas agoreros del PP. Asuntos como los matrimonios gays, la negociación con ETA o la Ley de Dependencia daban sustancia a un discurso progre repetido hasta la saciedad por palmeros artísticos y mediáticos.

Pero llegó la segunda, y con ella la crisis, y ZP tuvo que ponerse a gobernar en serio. Y entonces se acabó la pantomima. Durante cuatro años, el PSOE no había puesto coto a la economía especulativa, pese a las nefastas consecuencias que tenía para el acceso de los jóvenes a una vivienda digna. Cuando la burbuja pinchó, la solución no fue exigir cuentas a los bancos responsables del desastre, sino subvencionar sus pufos con dinero público. Para reflotar la economía, se practicó un neokeynesianismo de pacotilla bajo el pomposo nombre de Plan E, que sólo sirvió para salvar las apariencias de socialismo populista mientras escampaba la crisis. Pasó 2009, vino 2010 y con él la hora de hacer reformas serias.

¿Cuáles fueron esas reformas? Modificar el sistema de contratación y el de protección por desempleo, recortando las prestaciones y abaratando el despido, en contra de los intereses de los obreros, esos que prestan la O al nombre del partido. Había que recortar gastos, claro está, y el Gobierno socialista metió la tijera en las prestaciones sociales, eliminó ayudas y congeló las retribuciones de funcionarios y pensionistas, como había hecho Aznar 14 años atrás en medio de un gran escándalo. Había que aumentar los ingresos públicos, pero no recuperó el Impuesto sobre el Patrimonio ni elevó el de Sociedades, sino que subió dos puntos el IVA, para que todos, aunque los pobres lo notamos más que los ricos, paguemos la factura de la crisis.

Todas estas políticas antisociales, propias de un Ejecutivo de derechas, condujeron a una huelga general, tras muchas vacilaciones de los sindicatos. Aunque el 29 de septiembre el país se paralizó y más de un millón de personas salieron a la calle a exigir a Zapatero que rectificara, las políticas gubernamentales no se movieron un ápice. En 2002, una huelga similar obligó al PP a retirar su reforma laboral, el decretazo, para conservar su popularidad. No es el caso del PSOE, poco preocupado por los efectos de sus políticas en su imagen pública. Al fin y al cabo, su imagen pública no depende de algo concreto como una reforma laboral impopular o una reforma fiscal injusta, sino de algo tan etéreo como un logo, una marca, un espacio privilegiado en el imaginario colectivo.

Después nos hemos enterado (por medio de los famosos cables de Wikileaks, publicados aquí por un periódico de línea socialista, que no progubernamental) de que el Ministerio de Justicia cedió a las presiones estadounidenses para dejar en el limbo el asesinato del cámara José Couso y los vuelos de la CIA en territorio español, en un acto de servilismo tan vergonzoso como el que abandonó a los saharauis a su suerte y remachó la política de apaciguamiento hacia Marruecos. Y hubo una huelga de controladores aéreos que se resolvió manu militari, decretando el estado de alarma por primera vez desde la muerte de Franco. Todo por la patria, incluso el esquirolismo por obediencia debida.

Ahora Miguel Sebastián, el que parecía el más progresista de los ministros, ha decidido subir a la luz un 10%, para que los ciudadanos mantengamos el tren de beneficios de las grandes empresas eléctricas. Y parece que al final habrá que jubilarse a los 67 años, mientras la tasa de paro juvenil sigue creciendo, con oposición social o sin ella. Y el PSOE se seguirá considerando progresista. No importa la realidad. Importa la imagen, el logo. Está la izquierda y está la derecha. El PSOE es la izquierda. No importa que su actuación sea de derechas. Y no hay más que hablar.

domingo, 17 de octubre de 2010

La pastilla roja



Dicen que la verdad nos hace libres, aunque al buscarla seamos sus esclavos, y no es una frase exenta de razón. La verdad duele, nos hace daño, nos hace desear no haberla conocido nunca cuando es triste o agresiva y nos aleja de la felicidad. Pero también nos libera, nos da la ansiada independencia respecto a nuestros compromisos, a nuestras relaciones, a esas personas, esos grupos y esas instituciones a los que tantas veces guardamos fidelidad absoluta y obediencia ciega sin pararnos a pensar por qué nos piden esa obediencia y esa fidelidad y qué nos dan a cambio.

Es duro darse cuenta del engaño de los que creemos nuestros defensores, de la traición de los que consideramos nuestros amigos; es jodido descubrir que, pese a tanta milonga como le cuentan a uno todos los días, uno está solo, siempre lo ha estado, y siempre lo va a estar.

Pero ese descubrimiento traumático también es liberador. La vida es dura, y no hay otro remedio que enfrentarse a ella con esa dureza, sin filtros que nos la suavicen y nos la dulcifiquen, sin alas que no nos sirven para volar, sino para esconder la cabeza bajo ellas, pensando que si no reparamos en el mundo cruel, el mundo cruel no va a reparar en nosotros y va a pasar de largo sin tocarnos, como un ángel exterminador en día de huelga.

La existencia, entre otras muchas cosas, es un combate. Un combate contra la realidad exterior, claro está: contra jefes, políticos, policías, banqueros, contra todos esos malos de película de Ken Loach. Y también contra los nuestros, contra los que considerábamos los nuestros, al menos: amigos, familiares, pareja, personas que aparentemente están a nuestro lado de forma desinteresada, pero a los que mueven intereses y cálculos, que hacen lo que hacen a cambio de algo y que, como cazadores-recolectores de favores, emigraran hacia otras personas, hacia otros amigos, una vez conseguido de nosotros lo que esperaban, o al comprobar que de nosotros no pueden obtenerlo.

Aunque la vida no sólo es un combate contra los demás, contra cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos. También, y sobre todo, es un combate contra uno mismo. Contra los propios defectos, contra las miserias, contra todo aquello que odiamos en los demás y nos negamos a reconocer como parte de nosotros, contra el miedo… Un miedo que mata la mente y nos paraliza, levanta una barrera invisible entre nosotros y nuestros sueños, o entre nuestros sueños y la materialización de los mismos. En muchas ocasiones conocerse no es amarse. Conocerte a ti mismo, como recomendaba el tito Sócrates, supone cargarse de argumentos para odiarte, pero también encontrar las vías para cambiar, para mejorar, para crecer.

Es imposible combatir a un enemigo si no se le conoce, o si, en una equivocación fatal, lo consideras como tu amigo. La ignorancia nos impide ver la verdad. Y el miedo, que nos susurra directamente al cerebro lo bien que se vive en la inopia, nos mantiene perennemente en la ignorancia. Miedo a conocer, miedo a luchar, miedo a cambiar. Miedo a reconocer que la vida no es como nos la cuentan, que a los que creemos nuestros amigos no les importamos una mierda, que los que dicen que velan por nosotros en realidad velan por ellos, miedo a sentirte utilizado, rechazado, maltratado, excluido, humillado…

Pero la vida, aunque hermosa, es dura, y negarse a verlo no cambia nada. Más bien ayuda a perpetuarlo todo. No nos convertimos en fines porque ignoremos que nos tratan como medios, no nos aman porque creamos que somos amados, los hambrientos no comen porque apartemos la mirada de su miseria, los presos no alcanzan la libertad porque ocultemos los muros de sus prisiones.

Es jodido tomarse la pastilla roja, abandonar el mundo de las sombras y prepararse para la anábasis. Y pudiera ser que no sirviera para nada. Pero la existencia es algo demasiado maravilloso como para pasarla en un universo paralelo de temores y mentiras. El primer paso, el desprendimiento del velo que tapa nuestros ojos, nos acerca a la verdad y nos prepara para la lucha. Y puede que algún día esa lucha dé sus frutos. Puede que del combate contra mí mismo salga una persona mejor, no desprovista pero sí menos dependiente de todas mis miserias. Puede que algún día aprenda a rodearme de otras personas que realmente merezcan la pena y responda al cariño con cariño y a las agresiones con agresiones, y no a la inversa. Puede que, unido a otros, transformemos el mundo injusto y opresivo que nos rodea en un mundo nuevo y dejemos de necesitar la idea de un paraíso fuera de la Tierra.

O puede que no. Pero, al menos, seré más sabio. Y más libre. No quiero más velos delante mis ojos. Por eso elegí la pastilla roja.


Dedicado a l@s que tuvieron la honestidad y la valentía de presentarme la verdad sin velos. Sois mi ejemplo.

viernes, 27 de agosto de 2010

El amanecer de los 'góticos fanegas'

Se las prometían muy felices los seguidores de la onda gótica-siniestra-vampírica hace unos pocos años cuando la moda, ese ciclo que siempre vuelve, volvió a colocar en el imaginario mediático ese submundo de lágrimas, sangre, oscuridad y seres fantásticos que a tantos fascina.

Una vez abierto el camino por Marilyn Manson, bandas menos radicales como Evanescence y Nightwish arrasaron en los festivales, películas hasta entonces de culto salieron de las catacumbas e incluso la literatura fantástica, considerada hasta entonces cosa de frikis (aunque en nuestro país toda la literatura parece cosa de frikis, ya que aquí ni dios lee), asaltó la gloria de los best-sellers.

Los supervivientes de la ola oscura de los 80 y los góticos de gabardina de cuero y botarras en pleno mes de agosto desconfiaban de esta resurrección gótica, achacándola a una moda pasajera y desdeñando a sus seguidores como advenedizos o ‘góticos de palo’, también llamados ‘góticos fanegas’ (los no pertenecientes a la secta Muchachada Nui, absténganse de leer este último chiste).

Para los que somos amantes, pero no practicantes, de la cultura gótica, este boom, en cambio, parecía una oportunidad de contactar con gentes afines, con fans de Clan of Xymox y de Edgar Allan Poe que no renegaran de otras manifestaciones culturales más luminosas. Pero los tiros no iban por ahí.

Deberíamos habernos dado cuenta, con el pelotazo de la saga Crepúsculo, de que este revival no era para tanto. Los punkis ya habíamos vivido algo similar a mediados de los 90, y los raperos a principios de milenio. Aplastada la creatividad por la presión de las cuentas de resultados, editoriales, discográficas y productoras tiran de modas pasadas o de culturas minoritarias para fabricar productos que se vendan como churros durante un par de años antes de caer en el olvido. La calidad, a la altura de la autenticidad. Si alguien duda de esta última afirmación, puede probar a escuchar cualquier tema de My Chemical Romance precedido de uno de Bauhaus, o leer una obra de Anne Rice a continuación de Luna Nueva y hacer la comparación correspondiente.

Así que, como tantas otras cosas, la pretendida nueva ola siniestra ha quedado más en una de tantas modas pasajeras que en otra cosa. Ni siquiera ha servido para atraer a un público más mayoritario al ambiente gótico.

El cierre de la sala Darkhole a finales de agosto parece a priori un contrasentido. ¿Una discoteca dedicada a los sonidos oscuros que cierra en plena fiebre gótica? Todo hacía pensar que los nuevos fans de los vampiros y la ropa negra se acercarían en masa, aunque sólo fuera por curiosidad, a una de las pocas salas siniestras de Madrid, que además no se caracteriza precisamente por su integrismo.

Pero ni aun así. Ni ‘góticos-de-verdad’, ni neogóticos, ni nada. El culto a la oscuridad concluye cuando se pasa la última página de Amanecer o cuando Bullet for my Valentine tocan el último bis. Y a otra cosa. Los amantes de Sisters of Mercy y Joy División nos quedamos un poco huérfanos, los fans de Tristania y Lacrimosa probablemente no derramarán lágrimas de sangre, y en cuanto a los que ahora flipan con las aventuras de Bella Swan con notas de Within Temptation de fondo, más les vale disfrutar de su momento, antes de que la industria cultural dictamine que lo siniestro ya no está de moda y que vuelve la luz, aunque sea en forma de Lady Caca.

jueves, 12 de agosto de 2010

Panem et futbolenses


Supongo que todo el mundo, en algún momento, ha parafraseado a Marx diciendo que el fútbol, y no la religión, es el verdadero opio del pueblo. En esas ocasiones, tiendo a defender este maravilloso deporte argumentando que, como cualquier otro producto cultural (entendiendo cultura en sentido amplio y no limitándola a las nueve bellas artes), el fútbol puede ser utilizado como instrumento de alienación, sí, pero también como medio de expresión colectiva, de liberación o de disfrute corriente y moliente. Sin contar con que jugadores como Forlán, Van Basten o Zidane han hecho felices a muchas personas, mientras que el común de los dirigentes políticos se limita a organizar guerras, recortar derechos y prohibirnos cosas.
Digo todo esto para que ninguno de los lectores de este blog me tache de intelectual progre-guay-antifutbolero. Pero mi pasión por el fútbol no me impide indignarme ante la utilización tan descarada como idiotizadora de los logros de (Reincidentes
dixit) “nuestra jodida Selección”. Asqueado estoy de ver que en pleno torbellino de crisis económica, pérdida de derechos sociales y extensión de injusticias de todo tipo, sólo un gol de un enano paliducho (al que, dicho sea de paso, admiro sobremanera) puede movilizar al grueso de la población española.
En estas circunstancias, no me sorprendió encontrar un artículo del
New York Times previo al Mundial de Sudáfrica en el que ya se advertía de la tendencia del Gobierno de Zapatero a utilizar el 'furbol', concretamente el combinado nacional, como cortina de humo, anestésico y antidepresivo que libre al pueblo de la percepción (que no de las consecuencias) de la crisis y las lesivas medidas gubernamentales que todos conocemos (despido libre, jubilación a los 67 años, planes de privatización de las cajas...).
No es una política nueva, y menos en España. Durante décadas, el régimen del Generalísimo Franco fomentó, para luego utilizarlos, los éxitos deportivos del club de su compinche Santiago Bernabéu. Copa de Europa tras Copa de Europa (en las que el Real Madrid tenía al principio la participación asegurada, ya que las Ligas se ganaban entonces por decreto), las celebraciones
merengues eran motivo de orgullo patrio (el que lo prefiera puede leer 'patriotero') y sedante para las preocupaciones cotidianas y no tan cotidianas de los españoles de los 50 y 60, que no disfrutaban de la holgura económica ni de las libertades que sí poseían los hinchas del Liverpool FC o el Borussia de Moenchengladbach, aunque qué más daba.
Y qué decir del gol de Marcelino a Rusia (entonces se llamaba la URSS, pero aquí nunca se ha entendido mucho de Geografía) en la Eurocopa del 64, primer triunfo de la furia, frente a las hordas bolcheviques, además. En Argentina, Videla y sus
milicos organizaron un Mundial, el del 78, que además ganaron de forma harto sospechosa, para distraer al personal mientras los opositores practicaban otro deporte menos saludable, el salto sin paracaídas sobre las aguas del Atlántico. No hemos cambiado, ni el pueblo ni los gobernantes, en medio siglo. Para probarlo, basta con retroceder un mes en la memoria.