- Aprende a distinguir lo accesorio de lo importante, y lo importante de lo esencial
- Tú eres imperfecto; los demás, también
- La confianza es como la virginidad: una vez perdida, nunca más se recupera
- Entre los tuyos hay hermanos pero también hay judas
- No se puede contar cualquier cosa a cualquier persona, en cualquier momento y en cualquier lugar
- Cuenta hasta 10 antes de actuar; no hasta 10 segundos, sino hasta 10 horas o, mejor, hasta 10 días
- Ante el conflicto, escucha, comprende y respeta. Pero lo último, solo a quien se lo merece
- No seas como aquell@s a l@s que desprecias
- Mantente orgulloso de no ser como ellos
- La dignidad es cara, pero lo que cuesta vale
- Piensa por ti mismo
- Conócete a ti mismo, y recuerda que, como decía Esther Arroyo, para conocerse hay que tocarse
- Sé el dueño de tu propia mente; de esta forma, serás siempre libre
- Lo que sucede conviene
- Recuerda que todo es susceptible de empeorar
- La vida con prisa no merece la pena
- Lleva una vida a tu medida, una que no te venga ancha ni estrecha
- Haz lo que quieras, lo que deseas y lo que te haga feliz. Y recuerda que la cuestión clave no es “esto o muerte”, sino “esto Y muerte”. No se elige vivir ni morir, pero sí lo que haces entre medias
- No tengas miedo, el miedo mata la mente
- Y ante todo, sueña, y sueña más fuerte, hasta que el sueño, por más hermoso que sea, se convierta en realidad
sábado, 13 de abril de 2019
20 cosas que aprendí antes de los 40 (y que me servirán en los próximos)
Ahora que cumplo la cuarentena, y con las décadas de la infancia, la adolescencia, la juventud y la dorada treintena a mis espaldas, uno sabe ciertas cosas que a los 10, a los 20, a los 30 desconocía, otras que en el fondo siempre ha sabido y otras, por último, que nunca pensó que iba a aprender. Es imposible saber qué me depararán los próximos 40 años, ni si mi evolución me llevará a mejor o a peor, hacia delante o hacia atrás, pero me gusta reflexionar sobre las cosas que he aprendido y pensar que me servirán de ahora en adelante. Muy resumidas, son estas 20:
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miércoles, 26 de diciembre de 2018
Y cerré de un portazo las puertas del cielo...
Hace tres años hubiera dado cualquier cosa por volver a la montaña rusa de las emociones. Y este año, sin poder preverlo, de repente el caos me cercó, me sacudió, me zarandeó, pasó silbando entre mis neuronas como el viento de aquel miércoles pluvioso de marzo cuando empezó todo.
Armado de mi fortaleza mental, lo expulso de mi cerebro, pero se instala en mi estomago, desciende hacia mis piernas y sale para volver a revolotear a mi alrededor. Lo curioso es que, por muchos problemas que me cause, lo prefiero a la rutina y a la anomia, a la falta de ilusión. Desasosegado pero feliz estaba, en resumen, un miércoles de Champions en que encima ganaba el Barça.
Y en esto que me acordé de estos versos que escribí siete años antes, y que estaban de nuevo de plena actualidad:
“No tengo miedo a sentir
No tengo miedo a creer
ni a soñar
No tengo a miedo a volver a llamar a la puerta
sin saber si da al cielo o al infierno
No tengo miedo a la montaña rusa
ni a las sombras de lo desconocido
ni a la luz de la anábasis
ni a las hostias del futuro
No tengo miedo
porque el miedo mata la mente
y el alma
y son lo único que tengo”
... Y, una semana después, me limité a sonreírla mientras sus ojos chispeaban, porque no me atrevía a decirle que me subía a la cabeza una euforia loca cada vez que la veía, encantado de estar en presencia de una de las mujeres mas alucinantes que había conocido.
Y me decidí a soñar mas fuerte, hasta que el sueño, por mas hermoso que sea, se convierta en realidad.
Pero, cuando las puertas del cielo estaban abiertas delante de mí, y en su interior adivinaba campos eternos de fresas y colinas mandarinas, las cerré de un portazo. No fuera a ser que, por una vez en la vida, la felicidad me fuera definitivamente concedida.
Y clamé que hay muchas emociones positivas en la vida, pero ninguna es comparable a la de ser el dueño de ti mismo.
Y me encontré en una de esas veces en que no sabes si decir “de buena me he librado” o “acabo de cometer uno de los errores mas graves de mi vida”.
Y de pronto, en pleno conflicto, ella se avergonzó. Cuando de repente tomó conciencia de su debilidad. Pero le salió la mala leche, esa mala leche destructora que siempre la acompaña y siempre la acompañará. Una mala leche que solo la perjudica a ella, por la que siempre sale perdiendo…
Y por la que perdí yo también, porque para entonces me había dado cuenta de que, pese a todo y con todo, todavía la amaba.
Y llega el momento en que la última llamada perdida de la persona amada desaparece de la pantalla de últimos mensajes, y el chat que mantenías con ella en Whatsapp queda sepultado por una veintena de conversaciones mas recientes. Es entonces cuando nada, absolutamente nada, más se puede hacer que abandonar toda esperanza y proceder a borrarla de tu memoria, quemando sus recuerdos con adrenalina y vodka.
Y, ahora que lo miro con más perspectiva, me doy cuenta de que, cada vez que estaba con ella, sentía como si una mezcla de anfetamina y dinamita circulara por mis venas. Una sensación maravillosa y muy intensa, pero que, me temo, imposibilitaba establecer una relacion a largo, o ni siquiera a medio, plazo.
Y la echo de menos. Y tengo la sensación de que la echaré de menos hasta el fin de mis días. De que cada amanecer de martes, cada tarde de domingo, cada sábado de resaca la sentiré muy, muy cerca… Pero no estará allí. No me despertaré en sus brazos, nunca dormiré junto a ella, no recuperaré la felicidad y la calma y el sueño, no compartiré con ella una y mil palabras, una y mil inquietudes, uno y mil planes, una y mil vivencias. No habrá más tardes de risas y cervezas. No habrá más ilusiones, desde el momento en que cerré de un portazo las puertas del cielo.
Armado de mi fortaleza mental, lo expulso de mi cerebro, pero se instala en mi estomago, desciende hacia mis piernas y sale para volver a revolotear a mi alrededor. Lo curioso es que, por muchos problemas que me cause, lo prefiero a la rutina y a la anomia, a la falta de ilusión. Desasosegado pero feliz estaba, en resumen, un miércoles de Champions en que encima ganaba el Barça.
Y en esto que me acordé de estos versos que escribí siete años antes, y que estaban de nuevo de plena actualidad:
“No tengo miedo a sentir
No tengo miedo a creer
ni a soñar
No tengo a miedo a volver a llamar a la puerta
sin saber si da al cielo o al infierno
No tengo miedo a la montaña rusa
ni a las sombras de lo desconocido
ni a la luz de la anábasis
ni a las hostias del futuro
No tengo miedo
porque el miedo mata la mente
y el alma
y son lo único que tengo”
... Y, una semana después, me limité a sonreírla mientras sus ojos chispeaban, porque no me atrevía a decirle que me subía a la cabeza una euforia loca cada vez que la veía, encantado de estar en presencia de una de las mujeres mas alucinantes que había conocido.
Y me decidí a soñar mas fuerte, hasta que el sueño, por mas hermoso que sea, se convierta en realidad.
Pero, cuando las puertas del cielo estaban abiertas delante de mí, y en su interior adivinaba campos eternos de fresas y colinas mandarinas, las cerré de un portazo. No fuera a ser que, por una vez en la vida, la felicidad me fuera definitivamente concedida.
Y clamé que hay muchas emociones positivas en la vida, pero ninguna es comparable a la de ser el dueño de ti mismo.
Y me encontré en una de esas veces en que no sabes si decir “de buena me he librado” o “acabo de cometer uno de los errores mas graves de mi vida”.
Y de pronto, en pleno conflicto, ella se avergonzó. Cuando de repente tomó conciencia de su debilidad. Pero le salió la mala leche, esa mala leche destructora que siempre la acompaña y siempre la acompañará. Una mala leche que solo la perjudica a ella, por la que siempre sale perdiendo…
Y por la que perdí yo también, porque para entonces me había dado cuenta de que, pese a todo y con todo, todavía la amaba.
Y llega el momento en que la última llamada perdida de la persona amada desaparece de la pantalla de últimos mensajes, y el chat que mantenías con ella en Whatsapp queda sepultado por una veintena de conversaciones mas recientes. Es entonces cuando nada, absolutamente nada, más se puede hacer que abandonar toda esperanza y proceder a borrarla de tu memoria, quemando sus recuerdos con adrenalina y vodka.
Y, ahora que lo miro con más perspectiva, me doy cuenta de que, cada vez que estaba con ella, sentía como si una mezcla de anfetamina y dinamita circulara por mis venas. Una sensación maravillosa y muy intensa, pero que, me temo, imposibilitaba establecer una relacion a largo, o ni siquiera a medio, plazo.
Y la echo de menos. Y tengo la sensación de que la echaré de menos hasta el fin de mis días. De que cada amanecer de martes, cada tarde de domingo, cada sábado de resaca la sentiré muy, muy cerca… Pero no estará allí. No me despertaré en sus brazos, nunca dormiré junto a ella, no recuperaré la felicidad y la calma y el sueño, no compartiré con ella una y mil palabras, una y mil inquietudes, uno y mil planes, una y mil vivencias. No habrá más tardes de risas y cervezas. No habrá más ilusiones, desde el momento en que cerré de un portazo las puertas del cielo.
martes, 20 de noviembre de 2018
Plata y ‘fariña’, drogas y política
Desde las
confesiones de Thomas de Quincey a los panegíricos de Baudelaire, la droga
siempre ha dado mucho de sí en la creación artística. Estaba –y está presente-
en la literatura, en la música, en el cine y,
como no podía ser menos, tiene un peso importante en las series, el
décimo o undécimo arte, la expresión audiovisual (junto a los vídeos de
YouTube) por excelencia de la posmodernidad.
Se ve en Fariña, donde nos plantean a las claras cómo alcaldes, jueces y hasta presidentes autonómicos hacen la vista gorda o colaboran de lleno en el tráfico de hachís y cocaína que convirtió Galicia en el puerto franco de la droga en la Europa de los 80. Hay incorrecciones, eso sí, como cuando se asocia la fariña a los miles de jóvenes destruidos por la toxicomanía. Sin pretender menospreciar los efectos negativos de la cocaína, lo cierto es que la droga que machacó a los yonkis de los 80 fue la heroína, y esa no entraba fundamentalmente por Galicia, sino por el País Vasco.
Tiene además la heroína una dimensión sociopolítica más profunda, puesto que proliferó principalmente en los barrios obreros en una época de efervescencia política y reconversiones industriales. No faltan quienes establecen una relación causa-efecto entre una situación prerrevolucionaria, el boom de la heroína y la posterior desmovilización política de las capas bajas de la sociedad. Sucedió en Estados Unidos a principios de los años 70, cuando el activismo de los Panteras Negras en los barrios negros dejó paso a los trapicheos de los Crips y la aparición de centenas de yonkis desesperados por una dosis. El boom de la heroína en EEUU le vino de miedo al establishment: los potenciales jóvenes revolucionarios ya sólo se interesaban por su próxima dosis y la creciente inseguridad ciudadana arrojó a las personas de bien en manos de los neoconservadores de Reagan.
Algo parecido pasó en la España de los 80: a UCD primero y al PSOE después les resultaba bastante más sencillo lidiar con yonkis y camellos que con subversivos y terroristas. Los miles de zombis que deambulaban por los cascos viejos degradados de las ciudades y los guetos chabolistas de las periferias eran un daño colateral bastante asumible. Todo esto no se ve en Fariña, pero la soledad del guardia civil enfrentado casi en solitario a unos capos de la droga demasiado poderosos para él sí representa bastante bien lo que se vivía en muchas comisarías y unidades antidroga reales de la época.
La dimensión geopolítica del tráfico
internacional de drogas se ve mucho mejor en Narcos. La serie sobre las andanzas de Pablo Escobar y su famoso
“plata o plomo”, el cártel de Cali y los traficantes mexicanos revela el papel
de las agencias estadounidenses en el narcotráfico. Aunque la serie dirigida
por el ultraderechista José Padilha barre para la DEA y los militares
colombianos, sí permite entrever el trasfondo de intereses estratégicos en los
años del polvo blanco de los 80. El carácter izquierdista de Escobar, sus
malhadadas ambiciones políticas, sus vínculos con los guerrilleros –a los que
utiliza malamente-, el papel de países amigos y enemigos de los EEUU en la
entrada de coca a territorio estadounidense… son pinceladas que permiten al
espectador avezado entrever hasta qué punto la droga era un recurso más en el
tablero mundial de la Guerra Fría.
Narcos
menciona al coronel Noriega, un anticomunista salido de la Escuela de las
Américas para gobernar Panamá con mano férrea y que acabó cayendo en desgracia
cuando Reagan empezó a considerar el tráfico de cocaína, del que Noriega era un
activo protector, un problema más acuciante que el control del Canal. Se trata
también, aunque de pasada, la cuestión nicaragüense, y cómo ese mismo
narcotráfico que tanto preocupaba al Tío Sam era también una importante forma
de financiación de los contrarrevolucionarios de la Contra, mano ejecutora de
EEUU en la guerra contra los sandinistas de Daniel Ortega.
Del papel que tuvo la heroína en la
financiación de otros aliados de Reagan en su cruzada global contra el peligro rojo, los muyaidines afganos, no
se habla en Narcos, aunque el patrón
es el mismo: la droga como jugoso negocio en manos de aliados un tanto oscuros
de EEUU en el Tercer Mundo y, al mismo tiempo, como problema número uno en las
calles de Occidente. Habrá que esperar a la cuarta temporada, ambientada en los
ultraviolentos cárteles mexicanos, para ver hasta qué punto se tocan los
orígenes de algunos de esos cárteles, como los famosos Zetas, en la Escuela de
las Américas. Los Zetas nacieron de un grupo de militares del Ejército mexicano
destinados a combatir a los insurgentes zapatistas del EZLN a mediados de los
90. Droga, contrainsurgencia y tiros al sur del Río Grande una vez más.
miércoles, 23 de mayo de 2018
Estoy en esto por la ilusión, no estoy en la ilusión por esto
Uno siempre tiene sueños,
prácticamente desde que nace. Sueñas con que mamá te dé un beso, con
que papá te dé la merienda, con andar como mamá y papá, con comer lo
que comen los mayores, con ir a la guardería para jugar con tus
amigos, con que llegue el viernes, con que lleguen las vacaciones,
con que te compren una bici, con aprobar, con ver a la chica que te
gusta en clase, con gustarle, con perder la virginidad, con beber
como los mayores, con que llegue el finde, con ir a la universidad,
con que se acabe la universidad, con encontrar un curro, con que te
toque la lotería y dejar el curro... Son sueños individuales,
algunos pequeños, otros directamente cutres, pero que cimentan la
felicidad porque son los que alimentan la ilusión del día a día.
Luego están los sueños sociales, más
complejos, porque ni su materialización ni su propia naturaleza
dependen sólo de ti. Ser aceptado, ser respetado, ser valorado, ser
querido, ser amado... por tu propia familia, por tus compañeros de
clase, por los colegas de curro, por tus amigos, por aquella con
quien quieres formar tu familia un día y dar continuidad a la
rueda...
Y, cuando el alma de uno mira un poco
más arriba, hacia las estrellas que nombraba Oscar Wilde, los sueños
se elevan. Y aparecen los grandes sueños, la paz mundial, ningún
ser humano con hambre, ningún ser humano sin casa, bosques limpios,
animales a salvo, un mundo mejor...
Y te das cuenta de que no eres el
único, de que hay otros seres a tu alrededor que también quieren un
mundo mejor. Y te sientes menos solo, menos raro, y la ilusión
crece: ya no sólo se nutre de tus sueños, también recibe parte de
la energía de los demás. Y los sueños se transforman en proyectos,
y te lanzas a intentar hacerlos realidad, pleno de ilusión,
convencido de que juntos todo es posible.
Y dedicas tu tiempo, tu esfuerzo y tu
energía a trabajar en un sueño. No recibes nada a cambio, te
alimentas sólo de ilusión, y con eso te basta. Sabes que estás
haciendo lo que debes hacer, lo que quieres hacer, que una legión
-pequeña o grande, casi siempre pequeña pero eso no te importa- te
acompaña, de que no eres imprescindible pero sí importante como
todos los demás, de que no caminas solo, de que los tuyos están a
tu lado, de que te empujarán cuando flaquees, de que te levantarán
cuando caigas, de que siempre habrá alguien para recitarte el poema
de Benedetti -“no te rindas, por favor, no cedas”- cuando vengan
mal dadas, algo que más pronto que tarde siempre llega.
Y la ilusión te mantiene día a día.
Tus grandes sueños colectivos ocupan una parte importante de tu
vida. Hasta que empiezas a darte cuenta de que algunos de ellos a
casi nadie importan, ni siquiera a sus principales beneficiarios; de
que otros son directamente irrealizables; de que la barrera que
separa al resto de su materialización es alta y difícil de
traspasar, cual muro de Adriano. Pero piensas que al menos estás
haciendo lo correcto, y -de nuevo- que no estás solo.
Y un día descubres con
pánico que sí lo estás, que los que te acompañan no creen que
estés haciendo lo correcto; que de hecho piensan que lo que haces,
desde tus opiniones hasta tu trabajo, son una mierda pinchada en un
palo. Y por si el desprecio no fuera suficientemente doloroso,
descubres otro día que ni siquiera confían en ti, que dicen que te
mueven intereses que poco tienen que ver con los grandes sueños, que
el beneficio personal y el ego son lo único que te importa. No te
discuten, te difaman. Como dice don Daniel Bernabé, entre los tuyos
hay hermanos pero también hay judas.
Y es ese día cuando la ilusión, lo
más importante, lo que cimentaba tu trabajo, se rompe. Y avanzas
unos cuantos metros más, unas cuantas semanas más, movido por la
inercia, soñando -en vano esta vez, y lo sabes- con estar
equivocado, con que la situación se pueda reconducir, con que todo
haya sido una serie de malentendidos... Pero ya no hay solución.
Perdida la ilusión, ya nada tiene sentido.
Y llega el momento de abandonar; de no
dedicar más tiempo, más trabajo ni más energías a un proyecto en
el que ya no crees y que ya no cree en ti; de dejar que aquellas
personas que veían en tu inocente “todos somos iguales, todos
pintamos lo mismo” una amenaza para su autoridad y para sus planes
se queden como amos del chiringuito; de que cada cual se salve a sí
mismo...
Al fin y al cabo, la ilusión mantiene
la vida y no al revés. Roto el sueño, sólo queda abandonarlo como
una parte dolorosa del pasado, y buscar otro nuevo... si lo hay.
jueves, 28 de diciembre de 2017
Fake news, neutralidad de la Red y puertas al campo
Prácticamente desde sus orígenes, Internet ha sido refugio
de informaciones, opiniones y teorías al margen del discurso oficial de los mass
media. Desde medios locales a blogueros de izquierdas, pasando por amantes
del hentai y conspiranoicos. La Red se convirtió en el lugar donde
encontrar todos aquellos hechos y datos que no aparecían en la televisión, la
radio y la Prensa escrita, bien porque no interesaban a un público masivo, bien
porque comprometían los intereses de gobiernos, anunciantes y propietarios de
los medios.
Se diría que Internet era un paraíso donde por fin el ser
humano podía informarse libremente y, como consecuencia, tomar decisiones más
responsables y ser más libre, en definitiva. Siempre y cuando ese ser humano
fuera capaz de separar el grano de la paja, la información alternativa de las
meras chaladuras, claro. Cualquiera podía abrirse un blog en Blogger y contar
sus ideas al mundo, y eso, para qué lo vamos a negar, tenía cierta magia: era
igual de fácil teclear en la barra del navegador la dirección del New York
Times que la de Indymedia o la página de Noam Chomsky.
Algunos, muy optimistas, llevan desde entonces diciendo que
Internet supone la democratización definitiva de la información y el fin del
monopolio de los grandes medios, controlados por corporaciones y estrechamente
relacionados con gobiernos y entidades transnacionales. Y por ende, una amenaza
seria al orden mundial capitalista surgido tras la caída del bloque socialista.
Otros, en cambio, veían todo ello demasiado bonito para ser
verdad y se preguntaban cuánto podía durar esta dulce anarquía digital. Para
mí, tal arcadia cibernética no era tal, puesto que la proporción entre
información basura y datos reales en la Red no era mucho mejor que la de los
medios tradicionales. Pero siempre existía para el internauta avezado la
posibilidad de acceder a hechos silenciados y puntos de vista alternativos
contados con seriedad y veracidad. Y de comunicarlos.
Parecía además que era imposible -dejando a un lado la
censura y los bloqueos en países como Arabia Saudí y China- ponerle puertas al
campo de Internet. La propia estructura descentralizada de la World Wide Web y
la multiplicación exponencial de las páginas y contenidos -aumentada ad
infinitum por las redes sociales- impedía teóricamente evitar o siquiera
limitar la proliferación de contenidos incómodos para los poderosos. Pero, como
bien decían los agoreros antes citados, la alegría no podía durar mucho.
El boom de las fake news a finales de 2016 marcó el inicio
de la justificación a gran escala de la censura en Internet. Las noticias
falsas habían existido desde siempre, pero se multiplicaron con Internet y las
redes sociales de la misma forma que se habían multiplicado con la transmisión
por ondas o con la imprenta. Y con la campaña electoral estadounidense y la
elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, la paranoia de
las fake news alcanzó su paroxismo.
De repente las noticias falsas se convirtieron en una
amenaza para el orden social, tan potente que incluso podía marcar la elección
del hombre más poderoso del planeta. Periodistas, intelectuales y políticos
clamaron contra la proliferación de estos contenidos en Internet e incluso
dieron un nombre al fenómeno por el cual la gente sólo se fiaba de lo que
quería leer u oír en lugar de contrastar informaciones: la famosa posverdad.
Lo que no decían periodistas, intelectuales y políticos es
que las fake news habían existido desde siempre y nunca les habían supuesto un
problema. De hecho, unos y otros se han servido de ellas a menudo -¿recuerdan
aquello de que el 11-M fue cosa de ETA?-. La clave está en que con Internet
perdieron el monopolio de la información y, con ello, el de la difusión de falacias
útiles a sus intereses. No es un problema de verdad, sino de competencia.
El siguiente paso estaba claro: si las noticias falsas eran
tan malas, había que hacer algo para eliminarlas. Las redes sociales como
Facebook y Twitter –las grandes beneficiadas de la nueva forma de consumir
noticias, incluyendo las falsas- han sido colocadas en la picota. Y,
presionadas por gobiernos, medios tradicionales y accionistas, han accedido a
filtrar y restringir la difusión de contenidos. Ahora Facebook nos avisará si
leemos o compartimos muchas noticias procedentes de supuestos agentes rusos e
incluirá un detector de fake news.
Pero teniendo en cuenta la falta de criterio de las redes
sociales para filtrar mensajes de odio, nada hace pensar que todas las noticias
falsas vayan a ser eliminadas y, aun peor, que todas las noticias eliminadas
sean realmente fraudulentas. Con la excusa de defender un fin noble, tenemos la
vía abierta a una censura a escala masiva de la información inconveniente publicada en línea.
No es esta la única puerta al campo de Internet que se está
construyendo. Aunque no sea tan fea como la censura, hay otra forma quizá más
eficaz de controlar la aparentemente incontrolable información en la Red.
Decíamos antes que era igual de fácil acceder a la web del New York Times que
a la de Noam Chomsky; al fin y al cabo ambas son una dirección URL en el
navegador. Una anomalía en un mundo tan desigual, en el que al menos la Red es neutral
ante los contenidos que alberga. Algo que no gusta mucho ni a las grandes
corporaciones ni a las operadoras de telecomunicaciones, que hace un par de
semanas han logrado su objetivo de acabar con la neutralidad de la Red en
Estados Unidos.
Bajo este pomposo titular del “Fin de la neutralidad de la
Red” se esconde algo realmente alarmante, sobre todo si cunde el ejemplo fuera
de EEUU: el Internet de dos velocidades. A partir de ahora habrá en Internet
contenidos de primera, de segunda y de tercera categoría. Si quieres acceder al
sitio de una gran marca, con potencial económico suficiente para garantizarse
un trato de primera de las telecos,
la conexión se efectuará a toda velocidad. Si por el contrario, deseas visitar
el blog de tu activista favorito, ármate de paciencia.
Es decir, se acabó la igualdad. Nominalmente, seguirá siendo
igual de fácil conectarse a cualquier web, pero acostumbrados como estamos a la
inmediatez y a páginas que cargan en menos de 5 segundos, un tiempo extra de
espera puede suponer la fuga masiva de visitantes de los sitios de medios
alternativos, blogueros, organizaciones minoritarias e incluso pequeñas
empresas. Algunos, dependientes de la publicidad, probablemente acaben cerrando
y, en general, la audiencia de los medios alternativos se reducirá. Y a menos
público, menos influencia. ¿Para qué cerrar páginas si podemos condenarlas a la
irrelevancia?
Súmenle a esto las amenazas a la seguridad y privacidad de
los internautas, las hordas de trolls –humanos o robóticos-, los acosadores en
línea… y tenemos ante nosotros el posible fin de la historia de una Red
accesible para todo el mundo que contribuyera a expandir el conocimiento.
Demasiado estaba durando, me temo…
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miércoles, 22 de febrero de 2017
Ni moderados ni minoritarios: Muse nos muestra el camino
Como buena expresión artística, la música siempre
ha sido vista por muchas personas como una metáfora de otros aspectos de la
vida, o de la vida en general. Sentimientos, fútbol, política… todo puede
compararse con una canción, un artista o un estilo.
No me extrañó, por tanto, que en la pasada
pugna entre pablistas y errejonistas, entre ritas y ramones, que
libraron los miembros de Podemos en la Comunidad de Madrid, se planteara una metáfora
musical para ilustrar las posiciones de cada sector. Así, los errejonistas de Rita Maestre y compañía
serían más moderados, más asequibles al oído del común de los mortales, como el
pop de los británicos Coldplay. Mientras, los pablistas capitaneados por Ramón Espinar serían unos tipos duros,
contundentes, como el Jefe del rock, Bruce Springsteen. Una dicotomía que ha
contaminado también el más reciente Vistalegre 2.
Una metáfora curiosa pero limitada, como
suelen ser todos los planteamientos maniqueos. A veces, leyendo a algunos de
los que la usaban, uno tenía la sensación de que en su vida habían escuchado a
unos y al otro. Coldplay tiene canciones suaves, pero también intensas, y casi
todas capaces de emocionar. Springsteen es rockero, pero para nada un heavy, y
llena estadios con la misma facilidad que Coldplay. A mí, al menos, ni los
ingleses me parecían tan ñoños ni el Boss tan minoritario como unos y otros me daban a entender.
Pero como parecía que se trataba de una
pugna por ver quién era más auténtico o más mainstream,
lo apropiado de la metáfora era lo de menos. Al fin y al cabo, cosas más
absurdas se dijeron en la breve campaña de las primarias en Madrid. Empezando
por la disyuntiva radicales vs. moderados y mayoritarios vs. minoritarios (de
los calificativos tipo “comunistas”, “sociatas”, “marginales”, “vendidos” mejor
ni hablo por aquello de la vergüenza ajena).
Y es que se diría que la única forma de
alcanzar un éxito masivo es ofrecer un discurso –o una canción- edulcorado,
soso, plano, vacío, sin fuerza ni alma. O que sólo se puede ser auténtico si te
escuchan –o te votan- cuatro gatos, que todo el que arrastre a una marabunta de
seguidores lo ha conseguido vendiéndose. Una colección de absurdos de la que
nadie podía o quería darse cuenta.
Como enumerar partidos y líderes
políticos que han ganado elecciones y han convencido a su pueblo con un
discurso claro y honesto sería largo y probablemente aburra al personal, mejor
sigo con la metáfora musical y hablo de la banda de rock actual más seguida del
planeta –con permiso de los clásicos y veteranísimos Rolling Stones-: Muse.
Los británicos Muse empezaron como un
grupo de rock alternativo –sí, alternativo- y pronto descollaron gracias al
virtuosismo de sus músicos, a la particular y emotiva voz del cantante y a una
diversidad de facetas que hace que en un mismo disco –o en una misma canción-
te encuentres momentos que suenan a metal, a punk, a hard rock y otros que son
pura melodía.
Poco a poco, Muse pasaron de ser una
banda de culto a una banda que llena estadios. Han coqueteado con el pop, con
la electrónica, han prestado temas a la banda sonora de películas para
adolescentes y aun así han mantenido a sus fans de siempre y ganado a otros
nuevos en cada nuevo disco, en cada nueva gira. A día de hoy son, como ya he
dicho, la banda de rock más seguida del planeta. Hace tiempo que superaron a
U2, antaño reyes del stadium rock, y
ya se les compara con Queen.
Y todo sin renunciar a su estilo,
evolucionado pero sin dar bandazos al ritmo de los estilos de moda. Algo que
debería tener en cuenta Podemos: no renunciar a los valores con los que nació,
los que le convirtieron en la esperanza de los que no creían ya en la política.
Defender a los de abajo, sin miedo a no gustar a los de arriba.
Pero, y no menos importante, sin
renunciar tampoco a ser grandes. No se es más alternativo ni más fiel a uno
mismo por gustar a un número reducido de personas. Y eso vale tanto para la música como para la
política. Podemos debería alejarse tanto de la tentación de convertirse en un
partido sin alma para gustar a los que nunca van a dejar de odiarles, como de
la mística de la derrota que impregna a buena parte de la izquierda –se
autodefina así o no- española.
Volviendo a Muse, lo mejor de todo es que
nunca ha dejado de sonar a Muse. Tienen temas más contundentes y otros más
suaves, que gustan a públicos distintos o incluso al mismo, pero nunca han
renunciado a seguir su estilo, ni a adaptarse a propuestas nuevas, pero tampoco
a ir ganando fans. Cambien “Muse” por “Podemos”, “estilo” por ideas, y “fans”
por “votos”. ¿Qué tal suena?
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martes, 29 de noviembre de 2016
La cruel muerte del mito del consenso
Existe una corriente de opinión tendente
a considerar el consenso como el estado natural del ser humano. No negaré la
existencia del consenso; existe, se ha dado y se da, la historia y la vida
cotidiana están llenas de ejemplos de consenso, pero como modo de solucionar el
conflicto, no como el modo de relación que tenemos por defecto las personas.
Las relaciones humanas –interpersonales,
sociales, políticas, internacionales- están marcadas por el conflicto. Desde los
choques entre las tribus de Anatolia y el Imperio Hitita hasta la guerra de
civilizaciones que vivimos hoy en día, desde el empresario que obliga a
trabajar horas extra gratis a sus trabajadores al macho ibérico (y no sólo
ibérico) que le dice a su novia cómo tiene que vestir y a qué amigos puede ver
y a cuáles no. El conflicto, el choque de intereses, el intento de imponer la
voluntad de unos a los otros, marca la existencia de todo animal, incluido el
más evolucionado de los primates superiores.
Claro que el consenso ha servido muchas
veces para resolver conflictos, aunque eso no indica que sea ni mucho menos el
único modo de hacerlo. En ocasiones, ni siquiera es el mejor. Es difícil
plantear una solución de consenso entre los deseos de un tipo armado con una
navaja y los de su víctima conminada a entregarle el reloj, la cartera y el
móvil. O se los entrega, o no se los entrega y recibe un navajazo en la
barriga, o –si la víctima sabe jiu-jitsu- le aplica una llave y pisotea el
cráneo de su atracador cuando este está en el suelo. Ninguna de las tres
soluciones podría considerarse consensuada, todas suponen la resolución del
conflicto –el atraco- de forma que uno gana y otro pierde, en las tres existe
la imposición de los intereses de una de las partes implicadas sobre la otra.
Podría argüirse que las relaciones
socioeconómicas no son un atraco. Podría argumentarse que hubo una época dorada
de las sociedades occidentales, no tan lejana, fundada en el consenso, en la
que una parte de la población trabajaba duro y, a cambio, recibía una
compensación justa por su contribución a la creación de riqueza para el país,
que le permitía vivir de manera digna. El consenso socialdemócrata, lo llaman.
Olvidan los defensores de este modelo
–aparte de la existencia de capas más o menos amplias de población marginada
que nunca disfrutaron de sus virtudes- que ese consenso no es ni mucho menos la
condición natural de la sociedad europea. Antes bien, se llegó a él como una
manera de impedir que volvieran a repetirse la destrucción y las atrocidades
que los numerosos conflictos –entre países, entre religiones, entre clases y
entre razas- de siglos anteriores habían acarreado a Europa. Y olvidan también
que, en parte, ese consenso estaba basado en el miedo, más que en el resultado
de un proceso racional o emocional que concluyera que era mejor vivir en
armonía respetando los intereses y derechos de todo el mundo.
Miedo de las élites económicas y
políticas a que la creciente beligerancia y organización de los trabajadores, unida
a la consolidación del socialismo en un bloque transnacional, acabara por
arrojarlas al fango. Miedo de los trabajadores, después, a perder los derechos
y beneficios conquistados durante años (la actitud del PCF, reacia a sumarse a
la revolución de mayo de 1968, es muy reveladora). Y miedo en general a sufrir
más guerras devastadoras. El resultado lo conocemos: alianza europea, Estado
del bienestar, democracia parlamentaria, economía de mercado…
Pues bien. Con sus defectos y sus
virtudes, ese consenso se rompió hace tiempo. Empezó a romperse con la crisis
del petróleo del 73, cuando los que más tenían se dieron cuenta de que la
riqueza que puede generar el planeta es limitada y que tarde o temprano para
ellos repartir la riqueza implicaría empobrecerse. Siguió rompiéndose cuando
Margaret Thatcher alcanzó el poder en Reino Unido en 1979 y en una década
liquidó al movimiento obrero. La caída del contrapoder soviético y el boom del
neoliberalismo globalizador –aplaudido por los partidos socialdemócratas- terminaron
de ahondar en esa ruptura. Hasta que en 2008 el consenso hizo crack.
Lo sabemos quienes sufrimos las
consecuencias de la llamada crisis. Ya nadie garantiza unas condiciones dignas
de vida. Si tienes pasta, puedes vivir como un pachá; si no la tienes,
reventarás como un perro trabajando por un sueldo de miseria, o en la puerta de
un hospital donde no atienden sin tarjeta sanitaria, o asfixiado en un incendio
doméstico. Sólo los losers no pueden
pagar la luz, dicen los adalides de la paz social.
Y en este contexto que Warren Buffett, el
tercer hombre más rico del mundo, define como un conflicto de clases en el que
los ricos, con la ventaja que les da haberlo iniciado, van ganando, muchos
intelectuales y políticos se hacen los sorprendidos porque el común de los
habitantes de Occidente ya no compra el mito del consenso. Los británicos
reventaron el sueño europeo en junio, los yanquis optaron por el discurso del
conflicto de Trump en noviembre y está por ver lo que pasará en las elecciones
presidenciales francesas.
En Oriente Próximo, el islam abierto y
progresista popularizado por Nasser ha dejado su sitio a un fanatismo religioso
propio del siglo XI. Su contraparte cristiana llama a expulsar a los musulmanes
de Europa y EEUU –en el mejor de los casos-. Y en Rusia y China, las potencias
geopolíticas emergentes de hoy en día, gobiernan Putin y Xi Jinping, dos
líderes que nunca han perdido el tiempo con mandangas consensuadas y que
cosechan admiración –sobre todo el primero- entre gentes de diversas ideologías
o de ninguna.
Les guste o no a los que siempre han
vivido en una burbuja plácida donde el más mínimo conflicto era
convenientemente filtrado y anulado, el consenso agoniza. Puede que la victoria
de Trump sea la escenificación de su muerte. Una muerte causada por los mismos
que lo convirtieron en mito, que engañaron al personal diciéndole que era la
condición humana natural aunque la realidad diaria de ese personal mostrara lo
contrario, los que nunca creyeron en serio que fuera una forma –a veces la
mejor- de resolver los conflictos, sino que lo manejaban como una
representación que mantuviera engañados a los mismos a los que expoliaban,
machacaban y despreciaban. Ahora el conflicto vuelve con fuerza. El mito del
consenso no parece capaz de frenarlo. Y ante la disyuntiva de convertir ese
mito en algo real y beneficioso o canalizar el conflicto hacia un objetivo que
no sean ellos, parece que están apostando por lo segundo.
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