viernes, 20 de junio de 2014

Auge, caída y secuestro de la Roja

Los que sean muy jóvenes no recordarán que, entre las Eurocopas del 84 y del 2008, la selección española de fútbol fracasaba campeonato tras campeonato. Con más brillo en algunos (EEUU ’94 o Inglaterra ’96) o arrastrándose en otros (Holanda ‘2000), la selección pasaba por los campeonatos con más pena que gloria hasta, como mucho, caer en cuartos de final.

   Ya en los 90 las categorías inferiores empezaban a despuntar, como en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 o el Mundial Sub-20 del 99. Pero cuando le llegaba el turno a la absoluta, esta repetía el guión de siempre: fracaso tras fracaso. Algunos periodistas se preguntaban cómo siendo tan buenos en la cantera, nos la pegábamos sistemáticamente con los mayores. Supongo que no reparaban en que las selecciones inferiores las componían los mejores futbolistas de su edad, del Espanyol, del Atleti, del Racing, del Barça, del Madrid, del Valencia, sin importar su equipo o su origen. Iban los mejores y punto. Y ganaban, o hacían un muy buen papel.

   Pero cuando a esos chavales les llegaba la hora de subir a la absoluta, las vacas sagradas (Hierro, Cañizares, Raúl) se encargaban de cerrarles el paso. La Selección, así con mayúsculas, era su cortijo y sólo entraban quienes ellos querían, normalmente para quedarse en el banquillo, no fueran a hacerles sombra, con la aquiescencia de seleccionadores como Camacho y el aplauso de sus palmeros mediáticos.

   Así  hasta que llegó al banquillo de la selección un ganador, un tío al que sólo le importaba “ganar, ganar y volver a ganar”. Y como su amplia experiencia le dictaba, para ganar hay que poner a los mejores. Tras un fallido intento de consenso con la vieja guardia, Luis Aragonés puso a quienes tenía que poner: los centrocampistas del Barça y el delantero centro del Atlético. El resultado ya lo conocemos: palos desde todos los lados, insultos varios (pronunciados por algunos que ahora repiten la palabra “respeto” como un mantra) y una Eurocopa de 2008 en la que España asombró al mundo y se hizo con el título.



   Como agradecimiento a los servicios prestados, Luis recibió el aplauso público de Casillas y una patada en el culo de Villar. Le sustituyó un tipo que también sabía algo de pasar de la gloria al paro, pero que ahora disfrutaba de la situación desde el otro lado de la barrera. Del Bosque –más gestor que entrenador, como ya demostró en el Madrid de los galácticos- se limitó a no menear el invento y a introducir novedades imprescindibles, como Busquets y Pedro, integrantes significativos del Barça de los 6 títulos. Así, con la base de Luis y los descubrimientos de Guardiola, ganó un Mundial y una Eurocopa (una, no dos como dicen ahora sus defensores, quitándole un título a una persona que además ha fallecido y no puede contestarles, en una muestra de ignorancia y de miseria moral).

   Pero el tiempo fue pasando y algunos de los que eran los mejores del mundo empezaron a declinar. Y volvieron los vicios del pasado: jugadores intocables, falta de autocrítica, amiguismo… Un suplente en su equipo tenía la plaza (y la titularidad) garantizada en la selección, un campeón de Copa y Europa League no llevaba ningún jugador a las convocatorias, el cortijo otra vez. 

   Y llegó lo que tenía que llegar. De modo más estrepitoso y antes de lo esperado, pero no por ello menos comprensible. Dos partidos, dos derrotas y a casa. Tras el ridículo, se habla de renovación. Pero no todos entienden renovación de la misma manera. Los que hace no mucho ladraban: “quiero que gane la selección pero me jode que ganen los del Barça” afilan la guadaña que llevaba guardada seis años, envuelta en hojas del Marca.

   Aprovechando la retirada anunciada de la selección de Xavi, se lanzarán a machacar al mejor jugador de la historia de España y, de paso, tomar a Piqué, Busquets, Jordi Alba y, como se descuide, Iniesta como chivos expiatorios. Puede que Cesc –ya ex del Barça- y Torres –ex del Atleti- tampoco se libren. Y así tendrán la excusa para secuestrar la selección otra vez, como en los tiempos de Miera y Camacho, con la mitad más uno –como mínimo- del once titular copada por jugadores del Madrid. Casillas –y sus posturas más propias de Rebeca Linares (salvando muchas distancias) que de un portero internacional-, carvajal,  Ramos y sus cantes, Xabi Alonso con 45 años, Isco, Jesé y Morata, aunque esté cedido en el Conquense. De la Selección de todos al cortijo de los de siempre. Y pasarán otros 25 años cayendo en cuartos y echando la culpa a los del Barça, a los del Atleti y al árbitro. Menos mal que siempre nos quedará Uruguay.

lunes, 3 de febrero de 2014

El Lou Reed del fútbol: ‘Zapatones’ de Hortaleza

Decimos adiós a la personificación del espíritu del Atleti, a un tipo que jugó, entrenó y vivió como le dio la gana, aunque eso le supusiera transitar por el lado más salvaje de la existencia. Valga como mi homenaje a Luis Aragonés el perfil que escribí sobre él hace unos años, poco después de que lograra por fin ser campeón de Europa.


Resulta difícil en el fútbol posmoderno de principios de siglo, en el que la imagen y la fachada prevalecen sobre la esencia, lograr la adhesión, o al menos el respeto, sólo a base de trabajo y talento. Y menos cuando se tiene un carácter mitad agrio, mitad chabacano, a años luz de la metrosexualidad y el milonguerismo que triunfan hoy en día. Pero la gloria se da a aquellos que la han soñado siempre, y a Luis Aragonés le ha sido concedida unas cuantas veces, la mayor, el 29 de junio de 2008.

    Luis Aragonés (Madrid, 1938), futbolista desde 1956 y entrenador desde 1975, pasó por todos los equipos importantes del balompié español, aunque el Atlético de Madrid fue el club en el que cosechó sus mayores éxitos, como jugador –tres Ligas, dos Copas y un Pichichi- y como técnico –una Copa Intercontinental, una Liga, tres Copas y una Supercopa-. Entrenando al FC Barcelona logró una Copa del Rey.

    Con este bagaje, y la experiencia que da el ser el entrenador con más partidos en Primera División (757), se puso al frente de la selección española de fútbol en 2004, con el objetivo, siempre exigido y nunca logrado desde 1964, de dar a España un título internacional en su deporte rey.

    Las formas poco diplomáticas y a menudo polémicas del Zapatones, también conocido como el Sabio de Hortaleza, no se suavizaron con el cargo de seleccionador. En su primer año en el cargo, una conversación con el delantero José Antonio Reyes en la que se refería al jugador del Arsenal Thierry Henry como “el negro de mierda” estuvo a punto de acarrearle una sanción por racismo. Luego vendrían otras declaraciones famosas como “no me cabe por el culo ni el pelo de una gamba” y su bronca con el periodista Alfonso Azuaga, al que llamó cobarde y mentiroso. Su desaliñada vestimenta (casi siempre con chándal) y su tendencia a rascarse en las ruedas de prensa tampoco ayudaron a mejorar su imagen. 

    Su primer asalto, en el Mundial de Alemania 2006, dejó un sabor agridulce: España jugó un fútbol excelente en la primera fase, con jugadores nuevos como David Villa y Fernando Torres, y una apuesta decidida por los centrocampistas, que Aragonés, con muy buen ojo, había identificado con la esencia positiva del fútbol español. Pero la vieja guardia (Raúl, Michel Salgado y Cañizares) no se lo perdonó, exigió estar en el once titular y, al final, España cayó en cuartos ante Francia por un contundente 3-1. Fue entonces cuando se atrevió, dispuesto a todo con tal de ganar un título con España, a excluir a Raúl de la selección. El madridismo, que ya le detestaba por su pasado atlético, se lanzó en masa a pedir su cabeza, secundado por algunos medios de comunicación que ya veían a Vicente del Bosque en el banquillo español. Peor Luis, aun sin el apoyo de la Federación y sabedor de que Austria sería su última cita con la Roja, como él la llamaba, se mantuvo firme en su apuesta por la técnica y el toque, con el balón como referencia.

    Con ese equipo serio a la par que vistoso, rápido a la vez que talentoso, reflejo de su experiencia acumulada, logró el mayor éxito de la selección desde 1964. Aragonés, que no pudo ser campeón de Europa de clubes como jugador, lo era ahora de selecciones como entrenador. El manteo en el césped de Viena y las celebraciones de Madrid, en las que recibió el cariño de sus jugadores, fueron la despedida al seleccionador que más victorias ha logrado al frente de la Roja: 38 en 54 partidos. En enero de 2009 fue elegido mejor seleccionador nacional de 2008.


Hasta siempre, Zapatones.

jueves, 4 de julio de 2013

Primavera Turca: postales gasificadas desde Taksim

Viernes por la noche en Estambul. Subo a Taksim desde el Bósforo, rodeando camiones de Bomberos y autobuses con policías armados con metralletas. Al desembocar en la plaza, oigo gritos y veo un balón que sube hacia el cielo. Cae y un chaval vestido con la camiseta del Galatasaray lo para con el pecho. La Primavera Turca tiene buenos mediapuntas.

    El ambiente en Taksim, de estructura parecida a la madrileña plaza de España, pero tres veces mayor, es similar al que veo entre los chavales que juegan al fútbol. Gente cantando, otros bailando una danza turca que parece una sardana, un memorial de velas alrededor de las fotos de los caídos en las revueltas –seis cuando yo lo vi, ahora me temo que más-, hasta un tipo tocando el piano junto al monumento a la República. Todo muy pacífico, incluso festivo. Pero una mirada al lado oeste de la plaza me descubre una barricada. Coches quemados, tablones, hasta un autobús calcinado recuerdan que aquí la gente no huye ante la policía. Tras atravesarla esquivando a los curiosos que se hacen fotos como si fueran los restos del Muro de Berlín, me adentro en la parte seria de Taksim. Tenderetes, tiendas de campaña, grupos de personas debatiendo, otros repartiendo panfletos. Lástima de no saber más de una docena de palabras en turco. El panorama recuerda a Sol tras el 15-M de hace dos años: mucha gente haciendo cosas y todo bastante bien organizado.


    Esa es la impresión que me llevo de Taksim, y por ende de la Primavera Turca, tras mi primer contacto: un movimiento pacífico pero resuelto. Resuelto a exigir la caída del Gobierno y a frenar el liberalismo en lo económico y el conservadurismo en lo social de su política. Les suena, ¿no?

    Pero esa actitud pacífica no es menos amenazante para el primer ministro. Tayyip, como lo llaman aquí, decide desalojar la plaza al día siguiente. Me dirijo a Gálata –dos kilómetros al sur- al caer la noche, y el ambiente ya es de resistencia. Doscientas personas equipadas con cascos, mascarillas y camisetas del Fenerbahçe, del Besiktas, del Galatasaray, bajan del ferry que viene de la parte asiática de Estambul y se dirigen hacia Taksim. Ya en la calle Istiklal, una especie de Preciados aunque bastante más larga, veo las barricadas ardiendo y la marabunta que ruge: “Tayyip, istifa, Tayyip istifa” (“Tayyip, dimisión”). La secuencia se repite: los manifestantes avanzan, se escuchan disparos y la gente retrocede corriendo para escapar de los gases lacrimógenos. De repente, alguien se para, grita a los que corren y todos vuelven adelante al grito de “Iler, iler”. Arrecian los aplausos cuando los sindicalistas del TMB surgen con sus banderas por una calle lateral.

    Es esto lo que me produce una mezcla de admiración y envidia. Aquí todos los manifestantes están unidos. Ves a personas con banderas turcas, con camisetas de fútbol, con enseñas de sindicatos, todos peleando contra un enemigo común y defendiendo lo que les une. En España es al revés: cualquier bandera –republicana, anarquista o comunista- es recibida con pitos en una mani del 15-M y a los militantes de CCOO se les considera poco menos que representantes de la banca. El espíritu de todos son malos menos nosotros, tan típico de la izquierda española, no ha calado por aquí.

    Al día siguiente, después del desalojo de Taksim y la amenaza de Tayyip de tratar como “terroristas” a todos los que se acerquen a la plaza, parecía que la cosa se iba a tranquilizar. Pero no. Todo lo contrario. A pesar de las escuadras de policías que vigilan las estaciones de ferry de Besiktas, a pesar de los autobuses llenos de los maderos de aquí apostados en la avenida que sube a Taksim, a pesar de las tanquetas y los cañones de agua, a partir de las 5 de la tarde el barrio de Besiktas hierve de manifestantes que agitan cascos y banderas. Y no sólo Besiktas, vayas a donde vayas te cruzas con grupos de personas coreando consignas. “Her yer Taksim, her yer direnis!” (“En todas partes Taksim, en todas partes resistencia”) es el que más se escucha. Lo que en Madrid sería un grupo de colegas de camino a una mani, aquí es una marcha de 1.000 personas.

    En Gálata se respira la tensión previa a la batalla. Por todas partes hay chicos y chicas sentados con su casco, su mascarilla y su botella de agua o de leche para aliviar los efectos del gas pimienta. La gente empieza a subir hacia Istiklal, pero un cuarto de hora después bajan en masa mientras se escuchan disparos al fondo. Junto al Cuerno de Oro los manifestantes han cortado la calle y las vías del tranvía. Y en Kemeralti, la avenida que bordea el Bósforo, también hay botes de humo y cargas. La sensación de que la revuelta se extiende por toda la ciudad y que acabará siendo incontrolable no se puede evitar.

    Es otra de las cosas de las que me doy cuenta con sorpresa. En Turquía, o al menos en Estambul, los manifestantes sí son el 99%. No sólo porque integran a personas de sensibilidades e ideologías diferentes. También lo ves al pasar en manifestación junto a una estación y escuchar a los viajeros que esperan cómo aplauden y corean consignas. Y al ver a una banda de rock en un bar intercalar eslóganes antigubernamentales en medio del concierto, jaleados por el público.

    Aunque lo del 99% quizá sea exagerado. Al menos habría que excluir a los simpatizantes del AKP, el partido en el poder, que se agolpan esperando el ferry tras acabar un mitin. Los chapulus (saqueadores o alborotadores), que es como llama Tayyip a los manifestantes, que regresan tras haber sido perseguidos, golpeados y gaseados por la policía, se los encuentran de frente, con sus banderas naranjas y su actitud provocativa. Y la chispa no tarda en saltar. “Tayyip, istifa, Tayyip istifa”, les grita una mujer, secundada por algunos compañeros con tono y gestos más agresivos. Los del AKP se ponen chulos, aunque están en una desventaja de cinco a uno, sabedores de que las fuerzas del régimen les protegen. Vuelan palos y se encienden bengalas, pero al final el ferry llega, los militantes de Tayyip, incluida una señora con burka, suben al barco y se marchan increpados por los chapulus. La última lección: en España los que votan a los partidos que están arruinando a los trabajadores y nos están amargando la vida se pasean tranquilamente, ufanándose incluso de ello… Turquía es parecida, pero diferente. 

sábado, 11 de mayo de 2013

12-M, 15-M, año II (y bajando)

El reloj gira, el calendario da la vuelta y ya estamos en mayo otra vez. Hace ahora dos años empezaban a circular los primeros e-mails convocando a una manifestación pidiendo “democracia real ya”. Parecía a priori una manifa más para protestar por lo mismo que otras tantas veces: crisis económica, desigualdades sociales, precariedad laboral, falta de acceso a una vivienda digna, corrupción política, plutocracia… Pero algunos de los 3.000 que se manifestaron en Madrid el 15 de mayo de 2011 decidieron acampar en la Puerta del Sol y comenzó lo que se dio en llamar #Spanish Revolution. 
En los primeros días, la acampada creció como los hongos: 25.000 personas en Sol la víspera de las elecciones del 22-M, tiendas y más tiendas de campaña, puestos de información, comisiones de todo tipo… Recuerdo estar en Sol y sentirme unido por un nexo invisible a mis admirados egipcios de la Plaza Tahrir, luchadores como nosotros, en Twitter y en la calle, contra un sistema esencialmente injusto. 
Pasaron los días y a alguien/algunas se les ocurrió trasladar la asamblea de Sol a los pueblos y los barrios. La idea sonaba bien: multiplicar los focos de la revuelta y acercarla a la vida y al espacio cotidiano de los ciudadanos. Se apostó por un modelo horizontal, sin líderes ni representantes, como mucho moderadores y portavoces. Si nuestro deber era combatir al poder, también bien: al menos parecía coherente renunciar a la estructura de organización política que denunciábamos. Y, además, se decidió que las decisiones de las asambleas se tomarían por consenso: ya que la voluntad del luego llamado Movimiento 15-M era representar a la ciudadanía en su conjunto, había que integrar el máximo de opiniones y sensibilidades posible. Los cojones. 
Han transcurrido casi dos años. España no es Egipto (aunque la revolución egipcia tampoco ha salido del todo bien), ni Sol ha sido Tahrir. Donde había 25.000 personas hoy no dejan ni poner un puesto de información. Las famosas asambleas de barrios, con 500 personas en las primeras semanas, hoy reúnen, con suerte, a medio centenar. Muchas han desaparecido y otras son prácticamente un club de amiguetes que se reúnen para charlar de lo mal que va todo y lo guays que son ellos, con una mínima  repercusión en el barrio o el pueblo que les rodea (Alcorcón, for example). Las pocas que funcionan (en Madrid, Tetuán, Lavapiés, Usera o Arganzuela) pelean contra la fuga de simpatizantes y las disputas internas. El “No les votes” y el “No nos representan” vinieron seguidos del triunfo arrollador del PP en las elecciones municipales, autonómicas y generales, y el ascenso de partidos ultrapopulistas como UPyD.  
El 15-M, reducido a un movimiento casi anecdótico (ni siquiera fue capaz de convocar sus propias manifestaciones el 1º de Mayo), prepara su segundo aniversario como un medio de recuperar el impacto y la capacidad de convocatoria perdidas. Tarea, a mi juicio, muy difícil. 
Es difícil movilizar al personal cuando las reivindicaciones son inconcretas y etéreas, cuando no directamente desconectadas de los problemas de la gente. Una Comisión de Amor no puede resolver ningún problema social; como mucho resolvería problemas individuales y para eso se basta cada individuo. 
La obsesión por alcanzar el consenso a toda costa, por promover propuestas que puedan ser aceptadas por todo el mundo, es esencialmente imposible. Cada persona tiene sus propios intereses y puntos de vista. Algunos podemos renunciar a una parte de los mismos en beneficio de un proyecto común, pero ¿qué algunos? Aunque parezca mentira, hay a quien le va muy bien con el sistema actual, incluso con la crisis. ¿Qué banquero, especulador, político o millonario querría consensuar nada con los que quieren desmontar el sistema que los ha hecho ricos y poderosos? Idealistas e imbéciles aparte, ninguno. Y no sólo los poderosos. Basta con mirar cualquier foro de medios de comunicación como El Mundo para observar el cariño que se profesa a los miembros del 15-M. “Perroflautas”, “vagos”, “malolientes”, “rojos”, “sociatas” son los calificativos que nos dedican, entre petición y petición a Cristina Cifuentes para que saque a sus txakurras a la calle y nos den de hostias. ¿Qué consenso vamos a alcanzar con esa gente? Yo, desde luego, no pienso llegar a ninguno. 
Perdido en la confusión sobre el fondo -¿reiniciar el sistema o instalar uno nuevo?, ¿defender lo público o lo colectivo?-, el 15-M se hace intransigente en las formas. No se puede insultar a los que nos machacan, no se puede aplaudir, no se puede llevar banderas, no se puede beber cervezas en las manis… Si, como decía Raoul Vaneigem, el aburrimiento es contrarrevolucionario, entonces el 15-M nunca hará la revolución porque, batucadas aparte, es un muermo total. Da igual lo buenas que sean tus propuestas porque te encontrarás con manos cruzadas si te olvidas de hablar en femenino. La vía del conflicto está completamente descartada. Ni hablar de violencia, aunque sea en defensa propia, confundiendo así la legitimidad de los medios con la de los fines. Con una obsesión por el qué dirán propia de viejas de pueblo y pequeños burgueses, los gurús de las asambleas nos impiden ser nosotr@s mism@s para que las mentes bienpensantes no se molesten. Como si el discurso de la caverna no estuviera ya prefigurado.
Visto lo visto, no me sorprende que el movimiento que hace dos años presagiaba una primavera española haya quedado en unos centenares de hippies entregados al onanismo pseudorrevolucionario y unas decenas de resistentes dignos de toda mi admiración. Las manos agitadas al aire no han detenido los recortes, las páginas de Facebook y los hashtags no asustan a los bancos y la troika se mofa de las pancartas floreadas y los repeniques. No sirve para nada y encima ya no nos divertimos. 
Menos es nada, sin embargo, y al menos el 15-M ha servido de paraguas, enganche e hilo conductor a otros movimientos más concretos –y por qué no decirlo, más combativos-: mareas, afectados por la hipoteca, Detengamos Eurovegas… Aun así, me sigue asombrando el pavor que despierta entre las filas del PPSOE. Cristina Cifuentes sigue obsesionada con los infiltrados de la “izquierda radical” y Beatriz Talegón, entre la hoz y el Martini, proclama paranoicamente que detrás del movimiento se encuentra la derecha. Quizás el 15-M no esté tan mal, después de todo, y por lo menos sirva para meter miedo a los de arriba, poco fundado eso sí. A lo mejor el 12-M  me acerco a la mani, aunque sólo sea para gritar unas consignas ocurrentes antes de plantearme que si queremos seguir recibiendo atención sanitaria, un sueldo digno por trabajar y una pensión dentro de 30 años, deberíamos pensar en tomar otro camino.

sábado, 25 de febrero de 2012

Izquierda, sindicatos y 15-M: divide y vencerás


Se hablaba en la manifestación del 19 de febrero contra la reforma laboral del PP de la conveniencia de que el Movimiento 15-M hubiera acudido en un “bloque crítico”. Una especie de manifestación aparte, con el mismo recorrido y objetivo que la principal, pero con pancartas y eslóganes diferentes, además de una separación física entre una marcha y otra que dejara bien a las claras la diferencia entre el movimiento y los sindicatos mayoritarios.
Defendían los impulsores del “bloque crítico” que, ante el desprestigio de CC OO y UGT, ir de la mano con ellos supondría dar munición a los que esperan con la escopeta cargada cada paso en falso del 15-M, que ir juntos pero no revueltos se vería como un signo de que hay una alternativa en la lucha por los derechos de los trabajadores y tal.

Pues bien, esos que no desde mayo del año pasado, sino desde siempre, han azuzado la desconfianza o el odio a todo movimiento subversivo en general, lo vieron de otro modo. La Gaceta titulaba el lunes “Enfrentamiento entre 15-M y sindicatos”. Los abucheos en Sol a los discursos de los dirigentes de Comisiones Obreras y UGT y el huevo que un perroflauta arrojó a Cándido Méndez eran motivo suficiente para escribir “los indignados, como todos, también creen que los sindicatos no representan a nadie”. Incluso los ya clásicos “no nos representan” y “toma la calle” fueron utilizados en una contramanifestación contra CC OO y UGT en Twitter. Los trabajadores contra los sindicatos. El sueño húmedo de todo empresario.
Cierto es que en los años 90, después de tres huelgas generales contra el Gobierno del PSOE, Felipe González tuvo la astuta idea de poner en manos de los sindicatos de clase los ingentes fondos que llegaban de la UE para “promover las políticas de formación en el empleo” (esos cursos del INEM que hacemos cuando estamos en el paro y que no sirven para nada más que para hacer colegas y pasar el rato fuera de casa, dicho en buen romance). Tanta generosidad, es cierto, tenía su efecto perverso: si CC OO y UGT se ponían demasiado revoltosos, el Estado podía dejar de soltar la gallina. Cierto es también que las dos centrales mayoritarias pactaron la reforma del PP de 1997, que avanzaba –como todas- en el desmontaje del sistema de derechos de los trabajadores. Cierto es, por tanto, que se han ganado a pulso la pérdida de confianza de la clase obrera de este Estado, pero…
Pero CC OO y UGT suman dos millones y medio de afiliados, poseen una capacidad de convocatoria y de organización que para sí quisieran IU o el propio 15-M, tienen una experiencia de lucha de 120 años una y 55 la otra y, sobre todo, les guste o no, los empresarios y el Gobierno tienen que vérselas con ellos a la hora de remodelar el mapa social español.

Sobre lo primero, dudo mucho que los 2.500.000 sindicalistas estén untados o sean por esencia traidores a la causa obrera (Esperanza Aguirre dice lo contrario, pero yo no me lo creo). Igual que el pueblo no coincide exactamente con la política de sus dirigentes, en el caso de los sindicatos sucede algo parecido. Cierto es que puedes darte de baja, abandonar la vía sindical e ir por libre; así, tú solo, podrás enfrentarte en mejores condiciones al empresario (modo Ironía: activado). En cuanto a lo segundo, la experiencia es un grado, otra cosa es que la dilapiden. Y respecto a lo tercero, dos huelgas generales convocadas por los sindicatos y miles de personas en la calle pararon las reformas laborales de 1988 y 2002, mientras que de IU se ríe todo el mundo en el Congreso y a los indignados no nos hicieron ni puto caso cuando éramos 25.000 en Sol, mucho menos ahora, con 30 personas en una asambleílla de barrio.

Podemos ir de guays, decir que los indignados somos los únicos puros, los únicos que defendemos a los ciudadanos y a los trabajadores. Pero no es así. También hay sindicalistas que lo hacen, dándose de hostias en los comités y currándoselo en encierros y manifestaciones que no salen en la prensa. Ellos no son el enemigo y, mientras nuestros intereses y caminos sean convergentes deberíamos ir junto a ellos. Sin dejarnos embaucar por Méndez y Toxo, sí; promoviendo la crítica dentro de los propios sindicatos, también; sin renunciar a nuestra identidad y a nuestro modo de organización, naturalmente; conservando un discurso propio (vb. huelga general), por supuesto. Pero confundirnos de enemigo es un error. Pedir que los representantes sindicales abandonen el consejo de administración de Bankia es dejarlo en manos de los profesionales de la rapiña y los políticos corruptos. Decir que no nos representan es ceder esa parte de representación a los empresarios que nos explotan. Y, sobre todo, dirigir nuestra ira contra otros sectores de la izquierda es precisamente lo que el Gobierno, el PP, los empresarios, la banca y sus sicarios mediáticos esperan. Divide y vencerás.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Enpatiaren jukutri handia (El gran timo de la empatía)


Desde pequeños, a los habitantes del mundo occidental, influido en mayor o menor medida por la religión judeo cristiana, nos inculcan una serie de valores que se pretenden universales: el respeto a la vida, el amor al prójimo, la fuerza de la verdad… A medida que las sociedades, y sus individuos, van evolucionando, suelen perder parte o todo de ese sentido religioso de la existencia, pero ese corpus doctrinario deja su poso, y rara vez permite el cambio a nuevos valores. Los conceptos del bien y del mal aprendidos durante nuestra infancia quedan para siempre, y como mucho cambian de nombre, aunque el sustrato permanezca.

Uno de esos valores es el cacareado amor al prójimo. “Amaos los unos a los otros”, dijo Jesucristo, y nosotros nos lo creímos. Los que abandonaron el cristianismo le dieron otros nombres, pero la idea sigue siendo la misma. Fraternidad universal, solidaridad y uno que está muy de moda: empatía. Según el diccionario, la empatía es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro. De entrada, la cosa suena muy bien. Comprender cómo se siente una persona, cómo piensa y cómo reacciona, tener en cuenta sus sentimientos a la hora de actuar porque su sufrimiento también será el nuestro (aunque en menor medida) y su felicidad también redundará en la nuestra (indirectamente). Tan bien suena que, como digo, se ha puesto de moda. La lengua popular, la música, el cine y la literatura están plagados de referencias al concepto: ponte en mi lugar, caminar con los zapatos de otro, etcétera.

Como tantas otras cosas, todo esto sería maravilloso si fuera verdad. Pero no lo es. La tan cacareada empatía es más bien un timo. Por dos motivos.

El primero es la ley del embudo. Consistente en distribuir asimétricamente los beneficios y los inconvenientes de una idea o de una acción, a favor de los intereses de uno mismo, claro está. La mayoría de los que se llenan la boca hablando de empatía pretenden que los demás tengan en cuenta sus sentimientos cuando interactúan con ellos, que no les ofendan, que no les hagan daño. Hasta ahí, genial; todos queremos eso. El problema llega cuando los paladines de la dama empatía tienen que elegir su comportamiento para con los que le rodean. En ese momento, la empatía regresa al mundo de las ideas y deja el campo libre a la grosería, a la falta de respeto, a la agresión, a las puñaladas traperas. La empatía mola cuando sirve para exigir consideración para uno, pero resulta un estorbo a la hora de actuar, pues supone un límite a los arrebatos, los caprichos y los intereses de cada cual; así que nada más fácil que practicar la empatía asimétrica: la exijo para mí y me la paso por el forro cuando ofendo y maltrato a los demás.

El segundo problema es el abuso. A pesar de lo anterior, algunos seres humanos creen verdaderamente en el valor de la empatía, en tener en cuenta el estado anímico de los demás aparte del propio. Intentan comportarse de manera que los que le rodean se sientan un poco mejor, o simplemente no hacer su vida más difícil de lo que ya es. En principio, esto debería redundar en el agradecimiento y el cariño de sus congéneres y, ya más utópicamente, en una extensión del pensamiento empático que nos haría la vida un poco más agradable a todos. Pero como decía el tío Nietzsche, no hay ninguna acción buena que quede sin castigo. Parece que la reacción natural ante una persona empática es tomarla por gilipollas, interpretar su fraternidad como estupidez, su comprensión y respeto por los sentimientos ajenos como minusvalía de los propios. Las personas empáticas son consideradas personas débiles, y los que basan su poder en el daño que causan a los demás encuentran presa fácil en estas personas. Es muy fácil, demasiado fácil, maltratar a alguien sin importar cómo se sentirá después, sabiendo que ese alguien no hará lo mismo, pues su sensibilidad ante el dolor ajeno le limita para dañar a otro ser humano. Y si en un arranque de dignidad o simple instinto de supervivencia respondiera a la agresión, ya se le acusará de falta de empatía.

Así se perpetúan la injusticia y el sufrimiento, con unos fuertes que machacan a los débiles, empleando un concepto esencialmente maravilloso como instrumento de dominación. No debería ser así, sería genial que todos valoráramos el alma ajena, aunque no fuera tanto como la propia. Pero el mundo real no funciona así, la empatía omnidireccional es rara, como la bidireccional, y tenemos en su lugar una lucha constante a navajazos en el que pensar en el otro es un suicidio, pues a ese otro le importará bien poco nuestro interior cuando de imponer su interés o su mero capricho se trate. La empatía no evita el sufrimiento ajeno, simplemente lo concentra en unos cuantos pringados, entre los que me incluyo (o incluía). Lo dicho, un timo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Macumba o muerte


Un explorador va por la selva y de repente se encuentra a un negro con una lanza. El negro le apunta amenazador y le pregunta: “¿Macumba o muerte?”. El tío no sabe qué es la macumba, pero supone que será mejor que la muerte, así que responde: “Macumba”. El negro le baja los pantalones, le da la vuelta y le sodomiza a gusto. El explorador reemprende su camino, un poco escocido y al loro de no encontrarse con más negros, pero detrás de un árbol le salen al paso diez negros. El jefe le apunta con la lanza y le pregunta: “¿Macumba o muerte?”. El tío se acuerda de su anterior experiencia sexual y dice: “¡Muerte!”. El negro se le queda mirando y le responde: “Bueno, pero antes un poquito de macumba, ¿eh?”.

Esto es un chiste, aunque en blog pierde mucho. En cambio, lo de mañana, aunque se parece bastante al dilema del explorador, no tiene ninguna gracia. Según la mayoría de los medios, y de la gente de la calle, tenemos que elegir impepinablemente entre dos únicas opciones, a cual peor. La una, Rubalcaba, consiste en que nos den por el culo como ya nos han dado en los tres últimos años con el Gobierno del PSOE del que Rubalcaba –no lo olvidemos- era vicepresidente. La otra, Rajoy, consiste en que liquiden definitivamente los derechos sociales que tanto les costó a nuestros padres y abuelos conseguir. ¿Rubalcaba o Rajoy? ¿Macumba o muerte?

Habrá quien diga que, ante esta disyuntiva, se quedará en casa y no irá a votar. Lo que haría el explorador si se negara a contestar, vamos. Pero, ¿alguien cree que, ante su silencio, los negros le dejarían ir alegremente? ¿Alguien cree que dedicar el día de mañana a rascarnos alegremente la parte de nuestra anatomía que prefiramos servirá de algo? ¿El vencedor de los comicios cambiará sus políticas o los diputados renunciarán a sus actas por ilegítimas si mañana hubiera un 60% de abstención? Todas estas son preguntas retóricas, naturalmente; yo al menos estoy convencido de que la respuesta es no.

¿Qué hacer, entonces? Cada uno, lo que le dé la gana, claro está. El que quiera, que vote en blanco. Así subirá el listón mínimo para que los partidos minoritarios puedan entrar en el reparto de escaños, haciendo aún más injusta la Ley D’Hont. El que considere más conveniente votar nulo puede meter fotos de Merkel, participaciones de Standard & Poor’s o un papel manchado de chorizo; al fin y al cabo, su valor es anecdótico.

También se puede votar a un partido de los llamados pequeños, en función del más afín a las ideas de cada uno (IU, Amaiur, FAC, Equo…). Si la idea cunde, habría más partidos diferentes con pocos escaños en el Congreso, que defenderían posturas distintas a las de los componentes del bipartidismo. No habría mayorías absolutas (que todos sabemos que se convierten en cheques en blanco vía rodillo parlamentario) y la vida parlamentaria se volvería más inestable, lo que dejaría más puertas abiertas a la participación del pueblo en la política. Los regímenes más estables son las dictaduras, pero también en los que hay menos libertad.

No obstante, siempre he defendido que la política es, o debería ser, mucho más que elegir a nuestros amos cada cuatro años. Las elecciones de mañana son un acto político, sí, pero también lo son una manifestación, una huelga, una asamblea o un referéndum. Si no nos volvemos a ocupar de la política y de los políticos durante los siguientes 48 meses, ellos se ocuparán de nosotros, y no para defender nuestros intereses, sino los suyos y los de los mercados. La participación política es mucho más que las migajas que nos dejan periódicamente. Nos corresponde a nosotros reclamar y defender nuestros derechos todos los días, independientemente de lo que digan los 350 prebostes del Congreso. Yo no quiero muerte, pero tampoco quiero macumba.